El Linaje Perdido IX

CAPÍTULO IX – LA INCURSIÓN

Año 867, finales de otoño.

- ¡Yo digo que ataquemos! – la afirmación fue acompañada de un golpe en la mesa con la jarra de cerveza, que hizo que buena parte del contenido de ésta saliera despedido para desagrado de los nobles cercanos al vehemente earldorman. – Menos hablar y vayamos a matar a esos perros.

Como cada vez que alguien expresaba su opinión, una explosión de gritos a favor y en contra de la postura que defendía, llenó por completo la sala.

Sin abrir la boca, Lord Edgar siguió observando a sus compatriotas desgañitarse, tratando de decidir qué hacer, cuando para él, era obvio que allí ya se había tomado una decisión. O mejor dicho, que jamás se iba a tomar.

Divertido, dio un corto trago a su jarra, sin perder detalle de cómo dos nobles perdían los nervios y se liaban a golpes allí mismo, teniendo que ser separados por sus compañeros.

Tanto el rey Osbert, como el usurpador, Aella, habían muerto luchando contra los daneses. Y a su lado, una buena cantidad de nobles junto con los hombres que les seguían. La derrota había sido tan espectacular, que los daneses esta vez no se habían vuelto a hacer a la mar, cargados con el botín de regreso a sus hogares, sino que se habían quedado acampados en lo que parecía, una enorme base permanente.

Ahora, parecía que ninguno de esos nobles era capaz de hacerse con el liderazgo. Unos y otros gritan, se maldecían e incluso llegaban a las manos, pero en dos días de negociaciones no se había avanzado nada.

A la reunión, asistían todos los nobles de Northumbria capaces de reunir una fuerza aceptable, o como en el caso de Lord Edgar, earldorman cuyas fortalezas tuvieran cierta importancia estratégica. Y, aunque la familia de Nathaniel disponía de pocos hombres de armas, en cambio mantenía en su poder un castillo que, por su situación geográfica, era muy fácil de defender con una fuerza escasa, y dominaba una gran franja de terreno al norte, cerca de la frontera con los salvajes escoceses. Esta circunstancia, hacía de Lord Edgar una pieza más valiosa, que otros nobles capaces de movilizar tropas muchísimo más numerosas que él. Además, había representantes del alto clero y de los reinos del sur, preocupados con la situación que se vivía en su no tan lejano vecino.

Ahora, con el invierno a la vuelta de la esquina, y los daneses sin la posibilidad de huir en sus barcos, los nobles trataban de ponerse de acuerdo en qué debía de hacerse a continuación. La lógica dictaba un ataque contra los invasores ahora que eran pocos y estaban aislados. Con la primavera llegarían nuevos barcos, y ese campamento se convertiría en una herida abierta en la isla, desde la cual se extendería la infección danesa.

Ese punto era indiscutible, y todos estaban de acuerdo en la necesidad de solucionar ese asunto. El problema radicaba en que muchos eran los que reclamaban el liderazgo de la coalición que debía de atacar a los daneses atrincherados. El que venciera en esa batalla, tendría grandes posibilidades de optar al trono de Northumbria o, como mínimo, adquiriría un peso en el reino considerable.

Ante ese panorama, los más grandes nobles de Northumbria e incluso de los reinos del sur, competían entre sí por el derecho a comandar el ejército, y se negaban en redondo a prestar su apoyo si no se cedía a sus exigencias.

Los nobles más modestos, los que no podían optar a liderar el ejército ni en su más loca fantasía, sí que podían negociar para dar su apoyo a uno u otro líder, aumentando así el número de hombres con el que éste intentaba hacer fuerza para su causa.

Las embajadas, tanto de los reinos de Wessex y Mercia principalmente, como del clero, trataban de influir lo más posible en la elección, con la esperanza de que el vencedor pudiera ser un aliado en el futuro, en vez de un incómodo vecino.

Y entre medias, estaba el grupo de los escépticos, grupo al que pertenecía Lord Edgar. Estos reconocían el peligro de los daneses, pero también la debilidad de la coalición anglosajona, dispuesta a romperse en pedazos antes de ser formada.

Esas tierras no soportarían otra derrota como la sufrida por el rey Osbert y su ejército, y los daneses habían elegido muy bien el emplazamiento de su campamento. El ataque sería una sangría que requeriría muchos hombres, lo que dejaría muchas plazas fuertes mal defendidas para la primavera, cuando sin duda llegaría una nueva oleada de barcos con cabezas de dragón, cargados hasta los topes de nórdicos sedientos de sangre.

Lord Edgar estaba en condiciones de resistir en su fortaleza, Norshield, sin ayuda alguna de sus vecinos, a un ejército de gran tamaño durante muchas semanas. La geografía, con caminos estrechos y acantilados, jugaba a su favor, y no estaba por la labor de arriesgar a uno solo de sus valiosos hombres de armas, si no era para obtener un beneficio claro.

- ¿Qué va a pasar, padre? – preguntó Nathaniel en un susurro, inclinándose hacia el noble para que nadie escuchara sus palabras.

- Nada – fue la lacónica respuesta de éste. – Seguirán, y seguirán. Mientras nosotros comeremos un poco más de este magnífico cerdo, y beberemos de su cerveza, en lo que les miramos aparentando un gran interés. Y mañana nos iremos.

- ¿No vamos a luchar? – el chico parecía sorprendido.

- Nadie lo va a hacer. O por lo menos, nadie lo va a hacer y va a vivir para contarlo. Míralos bien – dijo, señalando la sala donde los nobles discutían por el poder. – Van a dejar que los maten. Lo prefieren así antes que ver a su vecino por encima de ellos. Y yo prefiero verme vivo antes que cualquier otra cosa. Recuerda hacia quién tienes tus responsabilidades. Hemos venido para obtener lo mejor para nuestra gente, no su ruina.

Nathaniel no volvió a sacar el tema. Tal como había dicho su padre, de aquella reunión no salió nada de valor, y a la mañana siguiente, justo después del amanecer, Lord Edgar y su hijo se fueron sin decir nada a nadie.

Los nobles del norte no se unieron contra el enemigo común, y mucho menos consiguieron ayuda efectiva de los reinos del sur ni de la iglesia. Uno de los nobles más influyentes reunió un ejército con varios aliados menores, y juntos intentaron destruir el reducto danés, fracasando estrepitosamente.

Tal y como había predicho Lord Edgar, lo único que se consiguió ese día, fue debilitar las tropas de algunas guarniciones, que al año siguiente serían asediadas por la siguiente oleada de nórdicos.

El siguiente año fue duro. Las predicciones hechas en cónclave se mostraron correctas, y ese año llegó una flota danesa como no la habían conocido esas tierras jamás.

Northumbria, debilitada y desunida, sucumbió rápidamente, quedando tan solo las más poderosas fortalezas como solitarias islas en un mar bajo control danés.

Cuando los daneses llegaron a la frontera norte, se encontraron con la pequeña fortaleza que dominaba la zona. El jarl que mandaba la fuerza se dio cuenta del enorme coste que le supondría  tratar de tomar por las armas el lugar, y se limitó a saquear la región con total impunidad a sabiendas que el noble no se atrevería a salir a plantar batalla.

Desde las murallas, Lord Edgar observó cómo sus tierras ardían.

 

            *          *          *          *          *          *          *          *          *          *

- Mi señor, con su permiso – la voz de Ryan sacó a Lord Edgar de sus ensoñaciones.

- Si – la voz del noble sonaba distraída.

- Los escoceses han vuelto a atacar una de nuestras granjas. Se han llevado el grano y el ganado, no han dejado a nadie con vida.

Lord Edgar permaneció en silencio durante unos instantes mirando el fuego. Le gustaba hacerlo cuando pensaba, le ayudaba a concentrarse. Desde la llegada de los daneses sus problemas no paraban de crecer. A la presión constante que sufría desde el sur, por parte de sus nuevos y belicosos vecinos, que se traducía en saqueos periódicos que podía sustituir por el pago de un rescate, cuya cuantía variaba en función a las ganas de saquear que tenía el jarl en cuestión, había que añadir los ataques cada vez más frecuentes provenientes del norte, de tribus de escoceses que normalmente no se habrían atrevido, pero que ahora, sabedores de la delicada situación que atravesaban en Norshield, se iban volviendo cada vez más audaces.

- Quiero mi grano –dijo tras varios minutos en silencio.

Durante unos instantes Ryan se quedó mirando a su señor como si hubiera escuchado mal.

- ¿Mi señor?

- Quiero ese grano de vuelta, Ryan. Y las cabezas de esos escoceses. De todos. Como en los viejos tiempos – en ese momento el noble se volvió para mirar al hombre de armas, y éste se dio cuenta de que no bromeaba.

- Pero, mi señor. ¿Quién defenderá Norshield si atacan los daneses?

- Si no acabamos con los ataques del norte, no habrá mucho Norshield que defender, ¿no crees? – contestó su señor. Para desgracia de Ryan, tuvo que reconocer que la situación era tan lamentable como la pintaba el earldorman. – Cogerás a quince de tus hombres, con cuatro perros. Te llevarás a Nathaniel contigo.

- Sí, señor.

- Ryan. Quiero el grano, pero no es imprescindible. No vuelvas sin esas cabezas. Que sea ejemplar.

Hacía mucho tiempo que los hombres no se preparaban para tomar la iniciativa, y en el patio de armas reinaba un ambiente de excitación, incluso entre los soldados que se quedaban para defender la fortaleza.

La noticia de las represalias contra los atacantes ordenadas por su señor habían sentado muy bien entre la soldadesca, que tras la llegada de los daneses, se había visto reducida a una guarnición, siempre atenta de no ser descubierta en campo abierto, donde se encontraba en inferioridad frente a los temibles guerreros nórdicos, superiores en número y equipo.

Como años atrás, cuando Lord Edgar tuvo que sofocar la revuelta campesina, Nathaniel paseó la mirada por la plaza mientras se ponía, esta vez él solo, la cota de mallas. Alrededor suyo los hombres de armas que le acompañarían hacían lo propio y terminaban de ensillar sus monturas.

Esta vez disfrutó de la tensión que se acumulaba en el ambiente. Por fin, las horas de duro entrenamiento iban a dar su fruto. Ansiaba con todas sus fuerzas que llegara el momento de entrar a sangre y fuego en el poblado de esos salvajes.

Observó como uno de los mozos de cuadras forcejeaba con uno de los mastines intentando ponerle su arnés. Éste se resistía tenazmente, inicialmente con estoicismo, hasta que en un momento determinado se cansó del juego, y sacó a relucir una colección de enormes dientes que hizo que el joven quedara congelado en el sitio, lo que levantó una ola de risas.

- ¡Basta! – el tono de Ryan no era excesivamente severo, pero se notaba que no quería retrasar más de lo necesario la partida. – Dame eso, chaval – dijo arrebatando de las manos temblorosas al mozo el arnés de cuero. Cuando el curtido veterano se acercó a ponerle la pieza, el perro era la viva imagen de la docilidad, imagen que se evaporó en cuanto el capitán lo dejó cubierto de cuero y otra vez al cuidado del desdichado muchacho. Nathaniel no pudo reprimir una sonrisa cuando, desde la distancia, observó como el perro volvía a mostrarle los dientes al mozo de cuadras cada vez que el tendía una mano hacia él.

Ryan no tardó mucho en pasar revista a los hombres. Había seleccionado para la salida a los más curtidos y veteranos. Ninguno necesitaba que le dijeran lo que iba a necesitar y lo que no. Y de Nathaniel ya se había ocupado previamente.

Una vez montados todos, les repitió de nuevo lo que se esperaba de ellos. Irían en línea recta y lo más rápido posible hacía el poblado del que provenía el clan que les había atacado. Los harían pedazos, y regresarían tan rápido como habían ido. Antes de la llegada de los daneses eso era impensable. Los escoceses tenían centinelas y les habrían sorprendido mucho antes de que hubieran llegado. Pero también era impensable que las tribus se atrevieran a adentrarse tan al sur si no era en gran número.

- No parece un plan muy sofisticado – comentó con sorna Nathaniel colocando su montura al lado de la de Ryan.

- ¿Y tú que sabrás de sofisticación, cachorro? – le contestó el veterano con falso disgusto.

- Ir en línea recta. Rezar para que no haya centinelas. Atacar. Matarlos. Y regresar. Hum. Me imagino que habrás pasado horas para idear tan astuta jugada. Seré solo un cachorro, pero este cachorro sabe que como esos perros tengan centinelas, con los pocos que somos, lo vamos a pasar muy mal.

- Cállate, joder – contestó malhumorado el hombre. – ¿Te crees que no lo sé? No tenemos otra forma de hacerlo. Tenemos la ventaja de ir montados, y de que con suerte llegaremos sin que se lo esperen. Si es así, les haremos trizas. Si no… Pues entonces ya veremos. Tu padre me ha pedido cabezas. Ya veremos las de quien obtiene. Ahora, ocupa tu lugar, y recuerda que aunque seas hijo de Lord Edgar, aquí mando yo. Deja de tocarme los huevos.

Nathaniel, que conocía bien al soldado, levantó las manos a forma de disculpa, y colocó su montura de nuevo en su posición, en los primeros puestos, pero ligeramente retrasada respecto a la de Ryan. Cuando la columna estuvo dispuesta, se puso en marcha entre los vítores de sus compañeros que, envidiosos, les observaban marchar desde las murallas de la fortaleza.

Los exploradores habían determinado que el ataque había sido perpetrado por uno de los clanes escoceses situados más cerca de la frontera, aunque para llegar hasta su aldea tendrían que atravesar primero otra más pequeña situada a mitad de camino, o dar un enorme rodeo en el cual correrían más riesgo de ser avistados por alguien. En total, el viaje duraría entre una semana y nueve días, de los cuales, dos terceras partes lo pasarían en territorio enemigo. Si se decantaban por el rodeo, la duración del mismo podía llegar a los once o doce días. Todas las esperanzas de supervivencia del grupo pasaban por conseguir llegar hasta su objetivo sin ser vistos, cumplir con lo que se les había encomendado, y regresar antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar.

Por ello, Ryan decidió que lo mejor era esperar a la noche, cerca de la primera aldea fronteriza. Ésta, era poco más que unas cuantas chozas mugrientas, agrupadas en mitad de una tierra que apenas les daba para malvivir. Contaban con pocas cabezas de ganado y el suelo no les permitía cultivar gran cosa.

Cuando anocheció, Ryan y diez hombres, sin ningún tipo de armadura que pudiera emitir un ruido o un brillo delatador, se introdujeron en la misma. De vez en cuando se escuchaba los ladridos furiosos de un perro que, al contrario de su somnoliento amo, había detectado el peligro que acechaba entre las chozas y la voz de estos mandándoles callar.

Una a una, las cabañas fueron visitadas por los sigilosos soldados, y sus inquilinos pasados a cuchillo. No hubo supervivientes.

Cuando el grupo pasó al galope junto a la aldea silenciosa, Nathaniel no pudo evitar sentir un escalofrío correrle por la espalda al pensar en lo terrible de lo que acababan de hacer. Puede que con ello hubieran salvado sus vidas, pero eso no cambiaba lo despreciable del hecho. Hombres, mujeres, niños, ancianos. Todos habían muerto. Solo para que ellos no tuvieran que dar un rodeo. Aunque él mismo no hubiera bajado allí, sentía el peso de cada muerte sobre sus hombros.

Los siguientes días el grupo viajó lo más rápido que pudo, con un par de batidores con perros en vanguardia, en busca de algún tipo de peligro que pudiera acecharles más adelante. Durante la noche, dormían sin encender fuego, arrebujados en sus mantas y apretados los unos con los otros. Y las jornadas pasaron sin novedad. Lo cierto, es que el plan de Ryan iba saliendo a la perfección.

Los clanes escoceses, sintiéndose seguros ante el creciente debilitamiento de sus enemigos naturales del sur, y con tantas jornadas de viaje entre ellos y las tierras de Northumbria, se habían ido relajando progresivamente, hasta eliminar casi por completo ciertas costumbres que antaño cumplían a rajatabla. Ahora que sabían que los anglosajones no estaban en condiciones de atacar, los belicosos escoceses aprovechaban para batallar entre sí, o para saquear la frontera de Northumbria, aunque esto último no era del todo seguro, ya que más de una partida se había topado con un grupo danés y lo que prometía ser un saqueo fácil, había acabado en una carnicería.

Se encontraba avanzado el cuarto día de viaje, cuando uno de los batidores regresó junto al grupo a galope tendido. El poblado enemigo, este de mayor tamaño, se encontraba a pocos kilómetros de allí.

Durante un buen rato, el explorador fue detallando al grupo cuanto había visto. La aldea estaba dispuesta alrededor de una estructura de gran tamaño, que debía de ser el salón donde residía el jefe y donde se celebraban los actos sociales relevantes. El resto de las cabañas eran como pequeños satélites de la primera, y formaban un entramado que dificultaría considerablemente avanzar a caballo entre ellas. El poblado disponía de algo que pretendía ser una muralla, pero que no era más que una empalizada baja plantada sobre un terraplén de tierra. Aún así, el obstáculo era suficiente para dar al traste con el plan de Ryan, que era entrar a la carga durante la noche, y valiéndose de la sorpresa y de la superioridad otorgada por las monturas, terminar con rapidez con la mayor parte de aquellos que pudieran suponer una amenaza.

A éste se le cayó el mundo al suelo. El plan desde el principio había dependido de demasiados factores, y suponer que el poblado iba a estar indefenso había sido una estupidez. Y más proviniendo de un hombre que había guerreado contra los clanes durante toda su vida.

Pesimista, le indicó al batidor que les guiara hasta un lugar desde el que pudiera observar el enclave, con la esperanza de que viéndolo con sus propios ojos, apareciera de repente una solución a su apurada situación. El ataque o la retirada no podían retrasarse. Era cuestión de tiempo que un pastor o un cazador se topara con ellos o descubrieran la masacre de la aldea, y entonces su grupo dejaría a ser incursor, y adquiriría la categoría de presa.

- Ataquemos – interrumpió sus pensamientos Nathaniel.

- Calla, muchacho. No sabes lo que dices. Esa empalizada estará vigilada, no podremos atravesarla, o si lo hacemos, lo que no podremos hacer es volver a salir. No veo la forma.

- Ataquemos – la terquedad del chico comenzaba a irritar profundamente a Ryan. – Echemos abajo la empalizada, y hagamos lo que hemos venido a hacer.

- Ah, bueno. Pues ya está, muchachos. Echemos la empalizada abajo, matemos a todos y salgamos pitando de aquí. Joder, no sé cómo no se me había ocurrido un plan así. Y eso lo haremos los diecisiete, con los cuatro mastines. A ver listillo, ¿cómo vamos a hacer semejante cosa? – la respuesta irónica del veterano levantó alguna sonrisa entre los hombres, que hubiera estado cargada de más humor si la situación no fuera tan preocupante.

- Mira ahí, Ryan – dijo Nathaniel, paciente, señalando una sección del muro defensivo en concreto. – Los troncos parecen inclinados. No están bien asentados. Esperaremos a la noche. Y cuando la oscuridad juegue a nuestro favor, los ataremos a dos caballos y echaremos abajo esa basura. Después…

Durante unos instantes nadie dijo nada. Ninguno de los presentes se había percatado de ese detalle a pesar de ser bastante más experimentados. Ahora, con el plan del chico, se les presentaba una oportunidad de regresar ante Lord Edgar victoriosos. Era arriesgado, pero era algo. Así que se dispusieron a esperar el anochecer.

Aquella noche las nubes fueron parte activa en el ataque al poblado escocés. Desde última hora de la tarde, el cielo fue cubriéndose por un denso manto que hizo que la noche fuera especialmente oscura. Y a medianoche, como si quisieran completar su obra, fueron descendiendo, hasta posarse sobre la tierra.

Los escoceses se sentían seguros tan adentrados en su territorio, y la noche no invitaba a paseos por la empalizada, así que en cuanto cayó la neblina, todos los habitantes del poblado se pusieron a resguardo. Nadie estaba en disposición de dar la voz de alarma, cuando el grupo de anglosajones se acercó sigilosamente al sector de la empalizaba en mal estado.

Cuando los caballos tiraron de las sogas atadas a los postes mal fijados, estos cedieron con facilidad, y mucho más silenciosamente de lo que habían esperado. Tan solo un hombre, de la cabaña más cercana, salió a investigar la fuente del extraño ruido que había interrumpido su sueño. Una daga en el cuello terminó rápida y silenciosamente con el somnoliento escocés.

Una vez dentro, Ryan no acababa de creerse el vuelco que había dado la situación, y no estaba dispuesto a renunciar a su suerte. Con un gesto, dividió a sus hombres en dos grupos. El primero se encargaría de ir entrando, cabaña a cabaña, e iría eliminando a cuantos lugareños pudieran antes de que, inevitablemente, acabaran siendo descubiertos. Entonces entraría en acción el segundo grupo, más numeroso, y que además disponía de los perros. Éste formaría un muro de escudos, y se enfrentaría a cuantos enemigos fueran saliendo y haciéndoles frente.

Durante lo que parecieron horas, los cinco hombres designados para ello, fueron entrando en las chozas más cercanas al punto por el que había entrado el grupo, y eliminaron sistemáticamente a todos sus moradores, sin excepción.

Durante la espera, Nathaniel se acercó sigilosamente a Ryan.

- Ryan, se nos acaba el tiempo –le susurró, señalándole el cielo que comenzaba a clarear. Era cuestión de tiempo que los habitantes más madrugadores salieran de sus cabañas y el poblado entero se convirtiera en una trampa.

- Tienes razón. Nos retiramos. Cuando se levanten y vean esto entenderán el mensaje – dijo el guerrero.

- ¡No! Mi padre dijo que debía ser ejemplar. Tengo una idea.

Durante unos instantes, Ryan estuvo tentado de cruzarle la cara al mocoso por su falta de disciplina. Daba lo mismo que fuera el hijo de su señor; en esa incursión mandaba él, no un adolescente imberbe. Pero después su lado más pragmático se impuso, y con un gesto le animó a exponer su plan.

La charla fue corta. El plan era simple, y si salía bien les permitiría escapar con relativa tranquilidad. Si se torcía… Bueno, entonces nadie saldría de allí vivo. Con la seña preestablecida se reunió a todo el grupo de nuevo, y los diecisiete hombres avanzaron entre las chozas en dirección al gran salón que dominaba el poblado.

Una vez situados en la parte trasera del mismo, el grupo fue encendiendo, una a una, varias antorchas que fueron acumulando. Cuando tuvieron un número suficiente para llevar a cabo su plan, lanzaron varias de ellas sobre la techumbre del gran salón, que no tardó en encenderse por varios puntos distintos. El resto fueron arrojadas sobre los techados de paja de las chozas más cercanas, que también comenzaron a arder con rapidez.

En pocos segundos el poblado entero se convirtió en una locura de gritos. Los escoceses, desconcertados, salían en tromba de sus cabañas alertados por los gritos de pánico de sus vecinos y muchos se encontraron con las hojas desnudas de los guerreros anglosajones esperándoles. Los mastines fueron soltados por fin, y tras horas de estar amordazados, se lanzaron como posesos contra cuanto se les puso por delante, como demonios en la noche.

La gran mayoría de los escoceses, cegados por las llamas y el humo, no se habían percatado todavía del grupo de guerreros apiñados que, lentamente, iba reculando hacia el hueco que habían abierto en la empalizada.

Para cuando la alarma comenzó a propagarse por entre los norteños, el grupo ya había recorrido la mitad del camino y seguía avanzando con paso decidido hacia su salvación.

Una vez descubiertos, se desató el infierno sobre los hombres de Norshield. Los escoceses, furiosos, cayeron sobre ellos armados con cualquier cosa que tuvieran en la mano.

Al principio fue fácil rechazarlos, y el avance continuó dejando tras de sí un reguero de cuerpos maltrechos, pero lentamente los guerreros escoceses fueron organizándose, y el acoso al pequeño grupo que se movía entre las chozas fue volviéndose más violento. Pronto una espada consiguió atravesar las defensas, y un hombre cayó, quedando atrás, presa de la marea furiosa que les seguía. Luego cayó otro. Junto a la empalizada, pudieron crear un férreo muro, donde se estrellaron las olas de escoceses. Y aunque varios sufrieron diversas heridas, consiguieron que los defensores se retiraran momentáneamente. Eso era todo lo que necesitaba Ryan, que era consciente que si los habitantes del poblado salían y los rodeaban, serían hombres muertos.

Sin más, dio la orden de echar a correr hacia las monturas, y los quince hombres abandonaron el hueco de la empalizada, perdiéndose en la noche.

Nathaniel corría con el corazón desbocado. No acababa de creerse que su plan hubiera salido tan bien, cuando una flecha se enterró profundamente en la espalda del hombre que corría junto a él. El guerrero dio dos torpes zancadas más, y se desplomó con estrepito. Cuando el chico se detuvo para tratar de socorrer al herido, otro guerrero que pasaba junto a él le agarró del brazo y le gritó:

- ¡Corre! Corre o eres hombre muerto, ¡como él!-

Nathaniel no tuvo más remedio que dar la razón al hombre, y echó a correr mientras a su alrededor llovían las flechas. Metros más adelante, las monturas les esperaban. Y con ellas, un largo camino de varias jornadas, para lograr escapar de la ira de los escoceses.

      Por Fernando Bendicho. Para Cynthia, ella sabe por qué.

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3 pensamientos en “El Linaje Perdido IX

  1. Bueno Fer,las he pasado pu.. canutas con los escotos, estaba esperando el momento de ser descubiertos,pero todo ha ido bien (aunque sea de momento,ya que vete tu a saber, que tienes preparado en esa mente tan retorcida).Nuevamente te doy las gracias por este intenso episodio.
    KIND REGARDS,COBBER.

  2. Ante todo muchas gracias Fer!! El capitulo impresionante, he estado con un nudo en la garganta todo el rato, esperando que no los descubrieran. Esto deseando saber mas de mi Nathaniel jejejeje

  3. Tío, ya te lo dije: está genial! Vuelto a leer y la tensión por que no fueran descubiertos se cortaba en el aire. Voy a leer el siguiente a ver si los han cogido joer! ;-)

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