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	<title>Relatos desde Valheim</title>
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	<description>Un rincón dedicado a la narrativa de diversa temática</description>
	<lastBuildDate>Wed, 13 Feb 2013 15:18:05 +0000</lastBuildDate>
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		<title>Sangre de Dragón XXIII</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Feb 2013 10:38:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XXII. EL LEÓN DEL NORTE. El viento azotó contra los contrafuertes de madera de las ventanas. La noche estaba en su pleno apogeo, y la posada El Zarpazo del Oso se estremecía bajo la furia de la Naturaleza. Todos &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2013/02/sangre-de-dragon-xxiii/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XXII. EL LEÓN DEL NORTE.</strong></p>
<p>El viento azotó contra los contrafuertes de madera de las ventanas. La noche estaba en su pleno apogeo, y la posada <em>El Zarpazo del Oso</em> se estremecía bajo la furia de la Naturaleza. Todos los presentes lanzaban furibundas miradas a la puerta y los ventanucos, esperando, tal vez, que un ente sobrenatural penetrara en la cálida estancia para arrancarles el alma y llevársela a un lugar frío y sombrío. Solo el forastero mantenía la calma. Solo él parecía disfrutar de las inclemencias del tiempo.</p>
<p>Por un momento detuvo su relato y, al igual que su público, miró en dirección a las ventanas de madera. Parecía que el viento iba a arrancar las tablas de los goznes.</p>
<p>- Thor está enfadado – murmuró.</p>
<p>Los presentes le miraron. Y él les devolvió la mirada. Intensa. Cargada de sabiduría. Y de paz.</p>
<p>- Hablas como si le conocieras…- dijo Sam, el posadero.</p>
<p><span id="more-448"></span></p>
<p>El forastero sonrió y dio una calada a su pipa de hueso. El aroma del tabaco especiado se propagó por la estancia. Un olor dulzón, agradable hasta embotar los sentidos.</p>
<p>- Tal vez… &#8211; respondió de manera misteriosa.</p>
<p>Todos mantuvieron sus ojos fijos en aquel hombre. Sus mentes se embriagaron del aroma del tabaco, de la profundidad de sus palabras…, y de su voz. Sobre todo de su voz…</p>
<p>- <em>Un destello de plata fue todo lo que vio Halfdan por encima del escudo…-</em></p>
<p><em>Campo de Sangre de Santará-Krissez…</em></p>
<p>…Un destello de plata fue todo lo que vio Halfdan por encima del escudo antes de sentir el brutal impacto. Un golpe demoledor que, de no ser por la tremenda fuerza que le daba su sangre dragonil, no habría podido detener.</p>
<p>El escudo hoplón, un disco de pesada madera recubierta de bronce, de noventa centímetros de diámetro, se estremeció ante el impacto, proyectando una dolorosa onda expansiva al antebrazo del guerrero nórdico. Halfdan apretó los dientes y lanzó un gruñido.</p>
<p>El gigantesco saurio toro volteó  su espada de dos hojas en un círculo perfecto, pivotando y girando sobre sí mismo, para lanzar un nuevo golpe contra férrea defensa del bárbaro.</p>
<p>Halfdan detuvo una vez más la acometida y volvió a maravillarse de la rapidez de aquel monstruoso hombre lagarto. Lareth, el guardaespaldas de Garash, era un gigante incluso entre los de su raza y cuando el nórdico le vio esperándole en la arena del Campo de Sangre, enfundado en una armadura de finas placas del color del bronce, y blandiendo su colosal espada de dos hojas, tuvo la vana esperanza de que su tamaño y su peso corporal hicieran que aquella mole fuera poco más que un trozo de carne, contundente si te alcanzaba, pero lento como una tortuga.</p>
<p>El nórdico comprobó nada más comenzar la lucha cuan equivocado estaba. Lareth era rápido como una serpiente, con una maestría marcial asombrosa y una fuerza descomunal.</p>
<p>Al llevar un arma a dos manos, Lareth no portaba escudo alguno, ni tan siquiera una pequeña rodela. Halfdan por su parte iba equipado con un peto de coraza y espinilleras y muñequeras hasta el codo, todo de metal. Le habían proporcionado también un escudo hoplón, una lanza larga y un cuchillo largo que consideraba ridículo.</p>
<p>La zona destinada al combate estaba delimitada por un círculo de antorchas de veinte metros de diámetro. En dos extremos opuestos del círculo se levantaba una lanza de la que colgaba un pendón. Uno de ellos representaba la efigie dorada del dios cobra Sokhaz, en honor a Lareth y a su señor Garash. En el otro extremo, el pendón que ondeaba al viento matinal dejaba ver dos lanzas rojas cruzadas, unidas en su parte central por una cadena negra, el símbolo de Mensharaz, y por ende de su gladiador, Halfdan. Al lado de los pendones, se clavaban en la tierra dos enormes espadones a dos manos, como armas adicionales a los que los guerreros podían recurrir en caso de necesidad.</p>
<p>Halfdan era consciente de que no tardaría en tener que recurrir a la poderosa espada.</p>
<p>La lanza le había resultado útil mientras Lareth estaba a una distancia prudencial, pero en cuanto el enorme saurio toro consiguió abrir la defensa del bárbaro y entrar en combate cuerpo a cuerpo, Halfdan se vio obligado a usar el escudo para defenderse de los ataques de su adversario y la lanza larga fue un estorbo más que una ayuda.</p>
<p>Halfdan detuvo otro golpe abrumador. Sus brazos se resentían por la fuerza de los impactos. Debía encontrar la forma de invertir el estado de la lucha y tomar la iniciativa. Decidió aguantar un poco más, con la esperanza de que, de la misma manera que él se iba agotando al soportar el castigo, el saurio toro se cansara y rebajara la furia de sus golpes. La actitud excesivamente agresiva de Lareth le pasaría factura y cuando eso sucediera, él lo aprovecharía.</p>
<p>El gigantesco guardaespaldas continuó presionando al gladiador. Parecía que no iba a cansarse nunca, pero entonces sucedió. Lareth golpeó el desvencijado escudo y Halfdan percibió que la fuerza del impacto no era de la misma magnitud que las anteriores. Decidió asegurarse y resistir un poco más. Dos o tres golpes después, la fuerza con que Lareth asestaba sus golpes disminuyó de manera más que perceptible. El saurio jadeaba, pero no a la manera de los humanos, sino como el reptil que era, con la boca abierta, dejando la carnosa lengua, más parecida a la de un pájaro que a la de una serpiente,  expuesta al aire, en un intento de absorber más oxígeno hacia sus forzados pulmones. Sus mandíbulas estaban repletas de una saliva pastosa, claro signo de sequedad en la boca. Halfdan esperó un golpe más y cuando éste llegó aprovechó la fuerza de su adversario. En lugar de mantener fijo el escudo, hizo que la hoja de la espada de Lareth  se deslizara por la superficie convexa, de tal manera que el arma del hombre lagarto resbaló a lo largo de la cubierta de bronce.</p>
<p>La maniobra cogió al guerrero saurio completamente desprevenido, y le hizo perder la estabilidad durante un par de segundos.</p>
<p>Halfdan giró sobre si mismo y utilizando la lanza como un garrote golpeó el lateral de la mandíbula de Lareth partiendo el astil de la lanza en dos.</p>
<p>El brutal impacto derribó al saurio y le hizo morder el polvo, dejándolo aturdido momentáneamente. Halfdan dejó caer la lanza rota y el escudo y de un tirón extrajo el puñal largo de la vaina que llevaba ceñida en la cintura. Se acercó al hombre lagarto con paso veloz y decidido. Lareth se incorporó, con una rodilla en tierra y sacudiendo la cabeza enérgicamente para deshacerse de la niebla que nublaba sus sentidos. Su instinto le advirtió del peligro un segundo antes de que el bárbaro le atravesara el cuello. Halfdan levantó el puñal con las dos manos, para hacerlo descender de manera fulminante, pero el saurio fue más rápido y de un potente manotazo arrancó el arma de las manos del nórdico. Halfdan quedó desequilibrado y Lareth se abalanzó sobre él. Rodaron por el polvoriento suelo arenoso en un abrazo brutal. El mayor peso del hombre lagarto jugó a su favor y pronto, tras varios forcejeos y arañazos leves, Halfdan quedó tendido de espaldas con el saurio sobre él.</p>
<p>Lareth abrió sus poderosas mandíbulas y las acercó al rostro de Halfdan, dejando caer sobre éste una baba ácida. El bárbaro estiró sus musculosos brazos, agarró el cuello del hombre lagarto y estranguló hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Tras varios segundos, Lareth ahogó una bocanada de aire fresco, pero éste se negó a llenar sus castigados pulmones. El saurio movió la astada cabeza salvajemente. Con su brazo izquierdo propinó un golpe en unas de las tenazas de Halfdan, abrió un hueco en la defensa que habían formado los brazos del bárbaro, y descargó dos potentes puñetazos a la mandíbula. Una bocanada de sangre surgió de la boca del guerrero nórdico allí donde el puño del saurio había reventado el labio. Halfdan aflojó la presión durante un segundo, el cual fue aprovechado por su adversario para soltarse de la presa.</p>
<p>Lareth volvió al ataque, las fauces volvieron a acercarse peligrosamente, pero el gladiador reaccionó rápidamente y las agarró con las manos. Ejerciendo toda la fuerza que le permitía su forzada postura comenzó a abrírselas hasta casi sobrepasar el límite permitido por los músculos. Lareth abrió los ojos ante el dolor y la sorpresa, ¿Cómo podía un simple humano tener tanta fuerza? Al saurio le había sorprendido gratamente el comprobar que el nórdico resistía sus golpes de una manera bastante aceptable, pero cuando esa resistencia se mantuvo y Lareth comenzó a cansarse, se dio cuenta de que aquel humano no era un ser corriente.</p>
<p>Y ahora esas sospechas quedaban confirmadas. Las manos de Halfdan sangraban al contacto con los afilados dientes del saurio pero no daba muestras de aflojar la presa y cuando la situación llegó a un punto álgido, Lareth sintió sus fauces crujir ante la colosal fuerza de los brazos del gladiador bárbaro. Con un rugido de dolor, el saurio intentó sacudir la cabeza para liberar sus mandíbulas del agónico sufrimiento al que se veían sometidas. Pero las manos de Halfdan eran como cepos que atrapaban a su adversario. Entonces Lareth lanzó sus propias garras a la desesperada contra el rostro del bárbaro, intentando sin éxito encontrar los ojos de éste. Una de las manos de Lareth abrió un surco en el rostro del nórdico e inmediatamente después, el propio peso de su cuerpo le ayudó a librarse de las tenazas. Al levantar las garras del suelo con la intención desesperada de atacar al humano, el saurio quedó sin apoyo y su gran peso corporal cayó a plomo sobre Halfdan, sacándole todo el aire de los pulmones. Al bárbaro no le quedó otro remedio que  soltar las mandíbulas de su enemigo para zafarse de la mole.</p>
<p>Ambos contendientes rodaron por la arena, separándose en direcciones opuestas. Halfdan fue el primero en incorporarse y arremetió contra el saurio. Cargó con su hombro y embistió a Lareth por debajo de los brazos, aunque no consiguió derribarlo. El golpe dejó sin resuello al gigantesco hombre lagarto, pero haciendo caso omiso del dolor lanzó una sucesión de golpes con el codo contra los hombros y la nuca de Halfdan. El bárbaro resistió estoicamente los dos primeros, pero el tercero consiguió hacerle doblar las rodillas. Lareth agarró al nórdico por debajo de las axilas y lo lanzó por los aires más de tres metros. Halfdan se incorporó entre dolores y jadeos e intentó ubicarse dentro del círculo de combate. En las gradas, los saurios se desgañitaban aclamando a los dos campeones casi por igual. Y en el palco presidencial, Garash Al’ Benok, Sumo Sacerdote del dios cobra Sokhaz, empezó a temer en su fuero interno por la vida de su apreciado guerrero. Lareth no solo era un magnífico guardaespaldas, si no que era uno de los regalos que el Templo de Sokhaz había dado al sacerdote al llegar a la edad adulta.</p>
<p>Al inicio de la lucha, el hombre sapo no albergaba ninguna duda sobre el resultado de la misma. Poco o ningún crédito había dado a las historias y comentarios que se hacía sobre las habilidades combativas del famoso guerrero nórdico. Pero ahora…</p>
<p>Por su parte, Kha’rí no cabía en sí de orgullo, al igual que Mensharaz. El <em>Belsnazz</em> sabía que el bárbaro vencería. No había nada contra lo que no pudiera enfrentarse, ningún enemigo que no pudiera batir.</p>
<p>Era su premio, su obsesión. Nadie podría acabar con el gladiador humano. Nadie. Solo él. Él, Kha’rí Al’ Varthan, <em>Belsnazz</em> de Santará-Krissez, El Nunca Derrotado, el Conquistador de Ambareth, la Joya Negra,  el Portador de <em>Antira</em>,la Hoja de Sangre.</p>
<p>El Gran Lanista saurio había fantaseado con la idea de dejar libre a Halfdan si el nórdico sobrevivía a las durísimas pruebas las que se iban a ver sometidos los gladiadores de la ciudad, la Purga, los grandes juegos que se celebrarían dentro de poco para decidir los campeones que se llevaría a la capital, Barish para el anuncio del príncipe heredero, el viaje por tierras hostiles hasta llegar allí, los juegos ceremoniales que se disputarían en la capital, donde cada ciudad estado pondría a sus mejores campeones…, era probable que Mensharaz tuviera que enterrar al gladiador nórdico antes de que todo esto acabara, pero de no ser así…, si el bárbaro sobrevivía…, en fin, si el guerrero humano conseguía alzarse victorioso,  Kha’rí le estaría esperando, como colofón a su carrera en el Campo de Sangre…y entonces…</p>
<p>El grito ahogado de Caitlín sacó al <em>Belsnazz </em>de su ensimismamiento. El saurio centró su atención en la arena y de nuevo fue consciente de lo difícil que sería para el nórdico sobrevivir a todo aquello que estaba por venir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Halfdan corrió tambaleante hacia la enorme espada clavada en la arena, junto al pendón con la efigie de la casa de Mensharaz. El bárbaro, cegado parcialmente por la sangre del rostro sabía que su única oportunidad era hacerse con un arma. Había tenido la ocasión al alcance de la mano, de haber tenido unos segundos más, le habría destrozado la mandíbula al saurio toro, pero de nuevo los dioses parecían estar confabulando en su contra, y era consciente de que una oportunidad como esa no volvería a presentarse. El saurio toro era demasiado buen guerrero para que algo así volviera a suceder. Lareth le pisaba los talones, oía su jadeo y casi sentía su aliento. De pronto, dejo de sentir a su enemigo. Pero no se detuvo a observar. Llegó hasta la espada clavada en la arena y la arrancó de un tirón. Los hombros le ardían de dolor y la sangre y el sudor bañaban su rostro. Pivotó sobre sí mismo, se giró en una posición defensiva perfecta…</p>
<p><em>… Entonces el enorme dragón aterrizó en el claro. Una de sus garras aplastó a un guerrero bárbaro, dejando un cuerpo inerte e irreconocible fundido a la helada roca  del suelo. El coloso rugió un desafío, un bramido que indicaba a todo el que lo oía que él era el Señor Supremo de aquellas tierras. Con un poderoso batir de las alas el coloso levantó un remolino de tierra,  guijarros y nieve manchada de sangre. Las cicatrices de cien combates tatuaban su cuerpo de manera casi tribal. Una mujer joven, estaba arrodillada junto al cadáver de un anciano guerrero, éste con el torso destrozado. El dragón observaba la escena, paciente, saboreando el sufrimiento de aquella mujer ante la pérdida de sus seres queridos. Halfdan fue consciente entonces del resto de cuerpos destrozados que había a su alrededor. Algunos aparecían carbonizados, otros parcialmente devorados o terriblemente mutilados. Otros sin embargo estaban vivos, y rendían pleitesía al monstruo sin importarles nada que sus hermanos hubieran muerto. </em></p>
<p><em>Halfdan gritó al dragón y la criatura fue consciente, al parecer por primera vez de la presencia del guerrero. La mujer fue consciente también de su presencia y una mueca de horror apareció en su delicado rostro, surcado por las lágrimas. La joven se incorporó y corrió hacia Halfdan gritando algo que el nórdico no podía entender, sus manos estaban cruzadas sobre el pecho mientras zancada a zancada avanzaba a trompicones hacia él. Los mudos lamentos desgarraban su garganta, alargó la mano para alcanzarle, y algo dentro de Halfdan le dijo que debía agarrarla, la mujer caía, pero se levantaba con determinación. Había verdadera angustia en su rostro. Una sombra pasó junto a ella, Halfdan dejó de mirarla y se centró en la criatura. El dragón propulsó su cola, terminada en un poderoso aguijón. El guerrero bárbaro fue consciente de que el objetivo del mortal apéndice era él, justo en el último momento…</em></p>
<p><em>…La niebla se desvaneció mientras el bárbaro escuchaba la voz dulce de la mujer…&lt;&lt;…hijo mío…&gt;&gt;…</em></p>
<p>El mundo de Halfdan se volvió nítido de nuevo, y poco a poco sus sentidos fueron tomando el control, la arena bajo sus botas, el griterío de los saurios, el calor a sus espaldas procedente del círculo de antorchas que le rodeaban, la sangre deslizándose sobre su rostro y cayendo en pesados y espesos goterones sobre el suelo polvoriento…</p>
<p>- Madre –murmuró a la nada.</p>
<p>Su vista se aclaró y la visión de la espada de dos hojas de Lareth le sorprendió.</p>
<p>Sus músculos entrenados para la lucha tras mil y un combates respondieron a la perfección. Alzó la hoja de la espada y detuvo la embestida del saurio toro justo antes de que éste le atravesara el pecho.</p>
<p>El bárbaro busco a la mujer de su visión pero ésta había desaparecido. No tuvo tiempo para centrarse en nada más que la nueva acometida de Lareth. El saurio deslizó la mano y la colocó en el borde de la empuñadura de una de las hojas, con un rápido movimiento se separó del nórdico y trazó un arco con la espada, utilizándola como si de una guadaña se tratara.</p>
<p>Halfdan esquivó el mortal arco de acero enemigo. El saurio toro giró sobre sí mismo y repitió el ataque, dando un paso hacia el bárbaro para solventar la esquiva de éste. Halfdan levantó la espada y detuvo el ataque, pero el golpe era tan brutal que la magnífica espada de dos hojas del saurio toro arrancó esquirlas de metal de la hoja del bárbaro, mellándola peligrosamente.</p>
<p>Durante un segundo, el arma de Lareth quedó trabada en la hoja de Halfdan y el gladiador norteño no perdió el tiempo ni la oportunidad. Lanzó una potente patada frontal contra el pecho de su adversario y lo desplazó varios metros hacia atrás. A pesar del tamaño del guardaespaldas saurio y de su enorme peso, Halfdan contaba con la tremenda fuerza física que le otorgaba su herencia dracónica, sin embargo no estaba nada contento con el resultado. La espada del bárbaro, un arma de buena calidad pero simple al fin y al cabo, estaba seriamente dañada. Lareth había descendido a la arena con su propia arma, una hoja de grandísima calidad, probablemente con algún tipo de mejora mágica, un arma a fin de cuentas forjada y creada para él. Pero el bárbaro no. Su arma era una espada de arena, normal y corriente. La hoja no soportaría otro impacto igual. Por enésima vez desde su captura, Halfdan deseó blandir de nuevo a <em>Espíritu de Tormenta.</em></p>
<p>Miró en dirección al palco presidencial y vio a Mensharaz, junto al resto de lanistas y personajes importantes. Él le robó su espada y algún día pagaría por ello.</p>
<p>Pero en ese instante, tenía cosas más importantes de la que preocuparse. A espaldas del saurio toro, junto al pendón del dios cobra de los hombres lagarto, había otra espada similar a la que él portaba. Esa debía ser su siguiente baza, hacerse con un arma que no estuviese dañada.</p>
<p>Lareth se incorporó, con la mano agarrándose el pecho, a pesar de que en sus reptilianas facciones no se veía el dolor ni el desánimo, sino una espeluznante mueca socarrona. Era un guerrero experimentado y sabía perfectamente el daño que su arma había provocado en la de Halfdan.</p>
<p>- Se te acaban las opciones, esclavo – le dijo con un tosco y cerrado acento.</p>
<p>Halfdan iba a responder cuando se dio cuenta de que Lareth hacía un leve gesto de dolor, y que un hilillo de sangre se escapaba por la comisura de los labios. Sonrió a su vez.</p>
<p>- ¿Te duele el pecho, monstruo? – le preguntó al saurio toro.</p>
<p>- Escoria… &#8211; murmuró Lareth incorporándose en toda su magnitud, lo que levantó vítores entre el sanguinario público.</p>
<p>Lareth no pudo acabar la frase. Halfdan se lanzó contra él poseído por una furia que escapaba a todo cuanto había visto el saurio toro, dándole apenas tiempo de detener la embestida. El gladiador norteño descargó un potente mandoble dirigido a la cabeza de su adversario. Lareth lo detuvo y la hoja del bárbaro crujió. El nórdico intensificó sus ataques, haciendo retroceder al saurio, sin darle tiempo a contraatacar, y redirigiendo la lucha de manera que sus pasos le acercaran a la espada de reserva que se encontraba en el otro extremo.</p>
<p>Lareth retrocedía y Halfdan avanzaba sin piedad, asestando mandobles a diestro y siniestro que a su vez eran detenidos magistralmente.</p>
<p>En el palco, Garash, se incorporó de su hamaca de mármol blanco y lo mismo hizo Kha’rí.</p>
<p>El bárbaro era una máquina disciplinada, sus golpes eran demoledores, pero no había rabia en ellos, solo perfección. Y entonces, todos esos meses de entrenamiento, de luchas y combates dieron su fruto. Lareth levantó su arma para detener la espada del bárbaro. Lo consiguió pero no fue lo bastante rápido para adelantarse al siguiente golpe de su adversario. Halfdan hizo girar el mandoble hacia la derecha en un arco de muerte. La espada mellada destrozó el costado del saurio abriendo un tajo de proporciones descomunales. Una fuente de sangre inundó la arena del circo y Lareth dobló las piernas, cayendo de rodillas, mientras el bárbaro retiraba el acero y retrocedía prudentemente.</p>
<p>Pasados unos segundos, Halfdan se acercó lentamente. El monstruo herido tenía la cabeza baja y se agarraba con la mano opuesta la mortal herida, de la cual salía sangre a borbotones. Una baba ácida se deslizaba por la comisura de sus labios y se mezclaba de forma singular con el icor rojo sobre el suelo arenoso del Campo de Sangre. Un espasmo sacudió el cuerpo del saurio.</p>
<p>Halfdan estaba observándole desde arriba, con el cuerpo cubierto de  profundos arañazos y el rostro destrozado y sanguinolento. La espada reposaba en su mano derecha, baja, demostrando al enemigo que estaba vencido.</p>
<p>El cielo, que poco a poco había ido cubriéndose de nubes, descargó ahora una lluvia de grandes goterones, que empapó rápidamente a los dos contendientes.</p>
<p>- Se acabó – murmuró el bárbaro.</p>
<p>-<em>Veastarad inap sujú – </em>contestó Lareth agónicamente, &lt;&lt;Te veré en el infierno&gt;&gt;.</p>
<p>El saurio alzó la cabeza en un movimiento fulgurante y clavó uno de sus cuernos en el costado del bárbaro. De la herida comenzó a manar sangre, pero Halfdan no cayó. Movió la espada hacia adelante y atravesó con ella el pecho del saurio toro. La hoja mellada salió limpiamente por la espalda de Lareth, haciendo trizas su caja torácica.</p>
<p>El hombre lagarto emitió un aullido de dolor y se derrumbó en la arena. Muerto.</p>
<p>Durante varios segundos todo el estadio enmudeció. Halfdan se llevó las manos al costado. Aunque la herida era grande, sobreviviría. Aquel golpe le permitiría ir a la enfermería y establecer contacto con Monk.</p>
<p>Pero aún no. Antes quería saborear la victoria.</p>
<p>Y así, bajo la lluvia primaveral que limpiaba su cuerpo Halfdan Vanirson, abrió los brazos y los levantó al viento.</p>
<p>Del estadio brotó un estallido de vítores para aclamar al vencedor. Un clamor como pocas veces se había escuchado. Aquel día, sería largamente recordado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y en el palco,  mientras Garash bajaba la cabeza ante la pérdida, Kha’rí la alzó orgulloso.</p>
<p>-Ese gladiador es imbatible – dijo Garash, y se giró para encararse con Mensharaz, -  búscale otro nombre -.</p>
<p>- ¿Otro nombre? – balbuceó el lanista y su voz sonó como un saco de guijarros al moverse, rasposa.</p>
<p>- Tal vez el de alguna bestia de su tierra natal, o el de alguna criatura mitológica… – se atrevió a decir un sacerdote.</p>
<p>- No…, no conozco a las criaturas de… &#8211; empezó a decir Mensharaz.</p>
<p>- León… – sonó la voz de Caitlín a sus espaldas.</p>
<p>Sus ojos esmeralda estaba llorosos, pero su porte, orgulloso, era el de una reina mientras miraba a su guerrero victorioso en el Campo de Sangre. Nadie se atrevió a corregirla por hablar sin ser preguntada.</p>
<p>- El León del norte &#8211; murmuró al fin.</p>
<p><em>Por Ricardo Garrido.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Presentación Profesión VII bis – Caballero (Juego de Rol)</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Jan 2013 11:21:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Bendicho</dc:creator>
				<category><![CDATA[Histórico]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Edad Media]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa histórica]]></category>
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		<description><![CDATA[Despues de tanto tiempo sin publicar nada, por fin retomamos las entradas con un relato cortito, perteneciente a la colección que hicimos para el manual de juego de &#8220;El Mundo en Guerra&#8221;. Esperamos que os guste. - No estés nervioso, &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2013/01/presentacion-profesion-vii-bis-caballero-juego-de-rol/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Despues de tanto tiempo sin publicar nada, por fin retomamos las entradas con un relato cortito, perteneciente a la colección que hicimos para el manual de juego de &#8220;El Mundo en Guerra&#8221;. Esperamos que os guste.</em></p>
<p>- No estés nervioso, lo harás bien – dijo su padre con voz ligeramente pastosa, justo antes de vaciar de golpe una jarra de vino templado.</p>
<p>El envejecido noble estaba sentado en una silla situada junto a un brasero, y desde allí atacaba sin piedad una vasija de vino, así como en tiempos había atacado a las hordas de infieles en Tierra Santa. Pierre no pudo evitar mirarle con una mezcla de piedad y cierto desprecio, preguntándose como un gran guerrero podía acabar convirtiéndose en aquel despojo.</p>
<p><span id="more-441"></span></p>
<p>- No lo estoy – contestó con tono seguro. – Aprieta un poco más esa tira – indicó al escudero. – Llevo toda mi vida preparándome para este instante, estoy listo.</p>
<p>No era falsa modestia. Realmente, el recién nombrado caballero así se sentía. Este sería su primer torneo defendiendo el blasón de su familia, y no tenía la menor duda de que no lo dejaría en mal lugar. Era un buen guerrero, y mejor jinete.</p>
<p>Una a una, las piezas de la armadura fueron colocadas y ajustadas con cuidado. Cada articulación debía de probarse con todo cuidado, para asegurar que no se perdía el menor movimiento o que no existía roce. Las armas fueron comprobadas por enésima vez, aunque se sabían en perfecto estado.</p>
<p>- Guy, ¿ya está preparado Corbeau*? – preguntó el joven caballero, refiriéndose a su semental.</p>
<p>- Si, mi señor – contestó el escudero mientras apretaba las últimas correas. – El <em>cuervo</em> hoy está espectacular.</p>
<p>La respuesta debió satisfacer al noble, pues no dijo más.</p>
<p>Para cuando se terminó de tensar la última correa, Pierre d’Sadirac, vasallo del señor de Aquitania y caballero por derecho propio, ya sudaba de forma copiosa, y su padre había dado cuenta de la primera vasija, y vaciaba la segunda.</p>
<p>- Ya estáis – sentenció el sirviente, agotado.</p>
<p>- Bien. Trae la bandeja para que pueda verme y salir de aquí – gruñó su señor. – No quiero que me acaben vomitando los pies.</p>
<p>La imagen que le devolvió la bandeja de plata pulida era imponente, y Pierre sonrió satisfecho. Sin dedicarle una mirada al hombre que apenas se tenía derecho junto al vaso de vino vacio, cogió la espada que le tendían y salió de la tienda hacia el alboroto.</p>
<p>Afuera, comenzaba el torneo.</p>
<p> Corbeau – Ala de cuervo</p>
<p>      <em>Por Fernando Bendicho y Ricardo Garrido</em></p>
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		<title>Sangre de Dragón XXII</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Nov 2012 10:31:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XXI. CANCIONES DE CONQUISTA. -¿Qué se ha ido?, ¿Cómo que se ha ido? – preguntó Bassa fuera de sí al joven acólito que le había traído la noticia de la partida de Váragos. -No…no se qué ha sucedido…mi señor…solo…solo &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/11/sangre-de-dragon-xxii/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XXI. CANCIONES DE CONQUISTA.</strong></p>
<p>-¿Qué se ha ido?, ¿Cómo que se ha ido? – preguntó Bassa fuera de sí al joven acólito que le había traído la noticia de la partida de Váragos.</p>
<p>-No…no se qué ha sucedido…mi señor…solo…solo sé que se ha marchado&#8230;y que se ha llevado gran parte de las fuerzas destinadas aquí con él…- respondió el asustado aprendiz.</p>
<p>El clérigo oscuro daba vueltas por su pabellón privado como si fuera un tigre enjaulado. Sus nervios estaban a flor de piel, su pálido y demacrado rostro estaba surcado por unas marcadas ojeras y unas profundas arrugas se dibujaban en los ojos y en las comisuras de sus delgados labios, como cañones naturales en una montaña que el agua hubiera erosionado.</p>
<p><span id="more-429"></span> Su proyecto, aquel para el que había sido elegido por su siniestro dios estaba pasando factura al sacerdote, pero a pesar de la falta de sueño, de alimentos y de la cantidad de energía impía que corría por su cuerpo, demacrándolo aún más, cada vez que celebraba el macabro ritual, Bassa sentía que cada día que pasaba estaba más cerca de su objetivo.</p>
<p>Había enviado al Ladrón de Almas a Portal Blanco sin éxito, ya que según los informes del asesino, la caravana que salió de Canto de los Dioses no había llegado a la ciudad fronteriza. El tiempo pasado desde la partida del convoy donde viajaban la mujer y el nórdico hasta ese momento era muy amplio, y en condiciones normales ya debería de haber llegado. El que no lo hubiera hecho sugería algún tipo de contratiempo.</p>
<p>Bassa sabía que las posibilidades eran infinitas. La caravana podía haberse desviado por culpa de algún accidente natural o caído en una emboscada de los orcos o los ogros, o incluso de los hombres lagarto que habitaban las zonas pantanosas de la frontera con Krotán. También podía haber sido víctima de simples bandoleros o asaltantes de caminos. O simplemente el asesino se había confundido y la caravana no se dirigía a Portal Blanco y la fuente de la que extrajo la información podía haberle mentido para proteger a la mujer y a su acompañante.</p>
<p>Un sinfín de cosas podían haber sucedido y Bassa no tenía manera de adivinar cuál de ellas encajaba en la desaparición de la caravana.</p>
<p>No podía hacer mucho, pero tampoco se había quedado sentado. Bassa tenía aliados poderosos repartidos por toda Hybernia. Hasta ellos habían llegado misivas del Sumo Sacerdote, explicándoles sus planes, aunque sin entrar en detalles, y apremiándoles para que mandaran emisarios por toda Hazaria con la intención de dar con el paradero de la trovadora y del guerrero norteño.</p>
<p>Solo debía esperar, tener paciencia. Las piezas estaban desplegadas en el tablero y sí era astuto y paciente, y las jugaba con cuidado, sus enemigos se encontrarían con un infierno desatado en la tierra. Un infierno que él controlaría y del que sería amo y señor, ¿Qué importaba que Váragos se hubiera marchado?, seguramente estaría en el frente, dirigiendo a sus soldados. Bien, era perfecto. Váragos le era de mucho más valor conquistando ciudades hazarianas que dándole la monserga allí con su estúpido y estricto código de moral y honor. Ahora era libre de actuar a su manera, sin interrupciones, sin tener que explicar los motivos de sus actos al viejo soldado.</p>
<p>Una sonrisa se perfiló en los descarnados labios de Bassa. Sí, la partida del general le beneficiaba sobremanera. Se giró en redondo y miro al asustado acólito, que sudando profusamente, aguardaba las órdenes de su superior.</p>
<p>El joven aprendiz retrocedió varios pasos ante la mirada sádica y el rostro cadavérico del clérigo oscuro.</p>
<p>Bassa alzó el brazo y extendió la mano más parecida a una garra esquelética, hacía el joven, para cerrarla en un puño, en un gesto de fuerza contenida.</p>
<p>-Moral y honor…- dijo al aprendiz, y su voz siseaba como venía del más allá- moral y honor…, que Váragos se quede con su moral y con su honor, ¿sabes lo que veo en tu rostro, May?, miedo…y eso es justo lo que deseo ver. Poder es mi objetivo, poder…infinito, ilimitado poder…-.</p>
<p>Bassa estalló en unas guturales carcajadas.</p>
<p>-¡Yo soy el poder…, arrodíllate ante tu amo! – gritó, y May obedeció, sollozando de pavor – Un Imperio estoy creando, May, un Imperio que perdurará en los anales de la historia, un reino de terror y sombras donde no habrá cabida para la moral y el honor de Váragos, ni de ningún otro hombre.</p>
<p>May se atrevió a levantar la cabeza y contempló al Sumo Sacerdote del Dios de la Muerte, mirándolo desde arriba.</p>
<p>¿No lo entiendes, verdad?- le preguntó Bassa suavemente, igual que un padre abnegado le explica la lección a su díscolo hijo-.</p>
<p>-N…no…no, mi señor… &#8211; respondió el aprendiz.</p>
<p>Bassa se giró y apoyó su huesuda mano en un cráneo humano, pulido hasta brillar como un espejo al sol.</p>
<p>-Lo entenderás cuando acabe, May,…créeme…- se giró y aquella cruel sonrisa volvió a dibujarse en su rostro –…lo entenderás cuando acabe…-.</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>-Ya se acercan, mi general… &#8211; la voz aflautada de Asón, portaestandarte del general hazariano Stephan Bródem, sonó distante a oídos del veterano soldado.</p>
<p>Había recibido la misiva de tregua aquella misma mañana, y a pesar de no tener nada que parlamentar con aquellos asesinos, decidió contestar afirmativamente. Ahora, bajo un poniente sol, que teñía el cielo con destellos anaranjados, delante de las puertas de la fortaleza Bastión del Cuervo, Stephan contempló al pequeño grupo de soldados de El Maansul. A la cabeza de la delegación venía un guerrero imponente a lomos de un gran caballo de batalla, negro como una noche sin luna.  Enfundado en una armadura color ébano, portaba una magnífica espada y su porte regio le indicó que se trataba de quien él esperaba. Detrás del guerrero de cabeza, se desplegaban media docena de jinetes de rojas armaduras, uno de ellos portaba un pesado estandarte en el que había bordada una espada rodeada por una espiral de llamas.</p>
<p>Stephan respiró hondo y alzó la vista a su propio estandarte, también desplegado al viento y que representaba una esfinge dorada recostada sobre un pedestal de piedra negra.</p>
<p>-Tranquilos…- les dijo el general a sus hombres.</p>
<p>Segundos después los hazarianos entrecerraron los ojos ante la polvareda levantada por los cascos de los tremendos caballos de batalla de los maansulianos.</p>
<p>El guerrero de la armadura negra levantó la mano dando el alto a la vez que refrenaba a su montura, y dejando a sus guardaespaldas separados varios metros atrás, se acercó en solitario hasta Stephan. Se deshizo de su yelmo con forma de cabeza de dragón y lo sostuvo con aire marcial en su brazo derecho.</p>
<p>Sus ojos almendrados eran grises, calculadores e inteligentes. Su rostro, bien parecido, estaba perfilado por una barba corta y bien cuidada, que blanqueaba en la barbilla. Su pelo, corto y de un negro intenso, estaba salpicado de canas. Su tez estaba bronceada, pero no por una excesiva exposición al tórrido sol, sino que presentaba un brillo particular.</p>
<p>Stephan azuzó a su alazán tostado. El viento movió la sobrevesta blanca y azul que vestía sobre la armadura y agitó sus cabellos castaños cuando se encaró a su enemigo.</p>
<p>-¿General Stephan Bródem?, soy el general Váragos, comandante supremo del ejército de El Maansul -.</p>
<p>- Ya sé quién eres – respondió Stephan agriamente-  di lo que tengas que decir, tengo una fortaleza que defender…-.</p>
<p>- Vengo a conminaros a que rindáis Bastión del Cuervo a las fuerzas de El Maansul. Si lo hacéis, evitaremos un baño de sangre innecesario, y tenéis mi solemne promesa de que sus habitantes no sufrirán daño alguno.</p>
<p>La voz de Váragos era como un trueno, decidida, firme.</p>
<p>Stephan arqueó una ceja en un claro signo de incredulidad ante las palabras de su adversario.</p>
<p>-Promesas, promesas… – el tono del general  hazariano era de excesiva sorna -dime…general, ¿esa misma promesa le hiciste a las buenas gentes de Irgón?, ¿les prometiste que sus hombres no serían desollados vivos, sus mujeres y sus hijas apaleadas y violadas hasta morir, y sus niños empalados y asados vivos como cerdos en un espetón?- preguntó Stephan en un susurro que ahora  destilaba odio.</p>
<p>Váragos frunció el ceño ante las palabras de su rival. Era Bassa el que había invadido y arrasado Irgón, eran las fuerzas personales de Bassa las que habían sembrado el terror y cometido todas aquellas atrocidades en el lugar donde se emplazaban las misteriosas construcciones que el clérigo oscuro estaba levantando. Pero Stephan Bródem no tenía manera de saberlo, y aunque lo hubiera sabido, le hubiera dado igual. Era su gente, al fin y al cabo la que había sufrido en aquel campo de muerte, y tenía derecho a estar enfadado. Bassa había conseguido con sus macabras acciones provocar el sentimiento que Váragos quería evitar a toda costa con la población de Hazaria, el odio.</p>
<p>-¿Qué me rinda, dices?, ¿Qué me rinda? – continuó el general hazariano, se acercó un poco más a Váragos y de su garganta reseca brotaron palabras como víboras – no voy a rendir nada, hijo de puta invasor. Voy a parapetarme tras esos muros y hacer que os desangréis contra ellos. En realidad tengo que agradecerte que te presentes ante mí de esta guisa…así podré reconocerte durante la batalla…para matarte con mis propias manos como a una alimaña…, ¿quieres las llaves de la ciudad, general?&#8230;pues ven a buscarlas…-.</p>
<p>Stephan escupió a la cara de Váragos y girando su caballo regresó junto con su escolta a la seguridad de Bastión del Cuervo.</p>
<p>Váragos vio alejarse al grupo de jinetes de Hazaria, y durante unos segundos no reaccionó. Se mantuvo con la mirada fija en las espaldas de los soldados, que en ese momento desaparecían tras las puertas de la imponente fortaleza. Después, volvió grupas y se encaminó a lomos de Arcángel, su fiel caballo de batalla, hacia la formación de soldados de El Maansul.</p>
<p>El general penetró por el portón de la empalizada que sus soldados habían levantado a modo defensivo y galopó por el entramado de tiendas perfectamente alineadas. Todos los campamentos militares maansulianos tenían la misma distribución, de modo que en caso de que hubiera soldados que se encontraran provisionalmente alojados en un campamento distinto al de su unidad de origen y se diera la alarma, cada guerrero supiera exactamente dónde encontrar la enfermería, la armería o los establos. Arcángel se movió veloz y confiado entre los hombres y sus panoplias de armas. Llegó hasta la parte central y se frenó en seco a una orden de Váragos. El general descabalgó de un ágil salto, desmintiendo su aparente edad madura y el peso de la excelente armadura de campaña. Un joven mozo de cuadras salió enseguida y se hizo cargo del magnífico animal sujetándolo firmemente por las riendas de cuero.</p>
<p>Váragos accedió al interior de su pabellón de color carmesí a través de la solapa levantada, saludando con una marcada inclinación de cabeza a los dos centinelas que se cuadraron con sus lanzas y escudos cuando pasó su  comandante en jefe. La primera estancia de la estructura poseía una recia mesa de madera rodeada de sillas. Encima de ésta se desplegaban varios mapas, perfectamente alineados, sobre los cuales había figuras de madera y alabastro que representaban a las unidades de El Maansul y a las de Hazaria. Una gran maqueta de rústicos detalles de la fortaleza Bastión de Cuervo también era visible sobre la mesa, a un lado de uno de los mapas. Dos grandes braseros ardían cerca, uno a cada extremo de la mesa, con alguna que otra mesa auxiliar más ligera. Había percheros para las capas y panoplias para depositar armas y yelmos. Una abertura en el lateral derecho, ahora cerrada con una pesada lona opaca, daba acceso a las dos salitas donde el general dormía y se aseaba. El suelo estaba cubierto por unas pesadas pieles de oso, dando al interior del pabellón un ligero toque cálido y hogareño.</p>
<p>Marcus Áquila, lugarteniente y mano derecha de Váragos se incorporó de un salto en cuanto el general entró en la estancia. Váragos se deshizo del yelmo y la capa y se acercó a una de las mesitas auxiliares donde se sirvió una copa de vino aguado. La apuró de un solo trago y se sirvió otra, que siguió a la primera al interior del gaznate del general. Una vez bebida esta segunda copa, Váragos suspiró y miró a su amigo. Marcus y él se conocían desde hacía más de treinta años. Habían pasado por toda suerte de glorias y penalidades juntos y ahora allí estaban de nuevo, mano a mano, al borde del precipicio.</p>
<p>- ¿Cómo ha ido? – preguntó Marcus, conocedor, por la expresión en el rostro de su amigo, de la respuesta a su pregunta-.</p>
<p>- Mal, muy mal…peor de lo que yo esperaba – respondió el general.</p>
<p>- ¿Y eso por qué? -.</p>
<p>- Sabía que tendríamos a que tomar la fortaleza por la fuerza, pero desconocía el grado de odio que infundimos en estas gentes-.</p>
<p>-Tú no has tenido nada que ver. Lo que sucedió en Irgón fue obra de ese sacerdote demente-.</p>
<p>- Sí, Bassa se ha encargado de eso – Váragos miró a Marcus y volvió a suspirar, con una profunda expresión de preocupación – va a ser difícil. Sangriento y difícil. Perderemos muchos hombres -.</p>
<p>- Nadie dijo que la guerra fuera fácil- respondió Marcus.</p>
<p>- No,  nunca lo es… ¿está todo listo?- dijo Váragos.</p>
<p>- Todo tal y como ordenaste. Llevamos tres días montando maquinaria de asedio, catapultas, un mangonel, e incluso un ariete cubierto para protegernos de las flechas incendiarias y del aceite hirviendo. Ninguno de sus vigías tiene la menor idea de que todo esto es un engaño, de que no vamos a tomar la ciudad por arriba sino que vamos a hacerlo por debajo de la tierra -.</p>
<p>- ¿Cómo va la mina? – se interesó Váragos.</p>
<p>- Los ingenieros tienen datos precisos. Están a unos pocos metros de la puerta – Marcus miró al cielo y sonrió – nos quedan unas dos horas de luz, al caer la noche estaremos listos para el ataque y…-.</p>
<p>- No – dijo Váragos de manera contundente.</p>
<p>- ¿No?- preguntó Marcus desconcertado.</p>
<p>- No atacaremos esta noche. Esperaremos hasta el alba-.</p>
<p>- ¿Esperar al alba?, ¿te has vuelto loco? – dijo Marcus, olvidando por un momento que, aunque Váragos era su amigo, también era su general-.</p>
<p>- Lo que Bassa le hizo a estas gentes en Irgón fue atroz – Váragos levantó la vista hacia la fortaleza, en cuyas almenas se veía un intenso ir y venir de soldados con antorchas – déjales que preparen las defensas que quieran…tienen derecho a vengarse. Al amanecer…lleva a los cerdos hasta el final de la mina y revienta esas puertas…-.</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>A pesar de la gran calidad de la capa que portaba, Damirthan tiritaba terriblemente mientras caminaba con paso rápido y decidido hacia el palacete de Kha’rí. Había dejado de llover, pero el gélido viento, húmedo a causa del aguacero, atravesaba sus ropajes y se metía en sus huesos de manera casi sobrenatural. El lanista saurio se aventuraba, solo, por las desiertas calles de Santará-Krissez, como un ánima errante en un campo de batalla olvidado. La información que portaba, escrita en el pergamino que los enanos vaulnan habían traído era demasiado importante como para que nadie la descubriera, hasta tal punto que incluso había optado por acudir a casa del Belsnazz sin escolta. Y así, de manera furtiva, casi como un delincuente, el saurio se escabulló de su mansión y se internó en el entramado y laberíntico espacio que era la ciudad.</p>
<p>Una patrulla haciendo la ronda pasó sin descubrir al otrora poderoso guerrero. Sonrió para sí, enorgulleciéndose de sí mismo, por su habilidad. Aún no había perdido las facultades que antaño poseyera.</p>
<p>Una calzada empedrada y repleta de charcos aislados conducía hasta la casa en forma de concha del Gran Lanista.</p>
<p>La mole, que se recortaba contra el cielo plomizo era visible gracias a los fuegos fatuos lanzados por los Portadores, hechiceros, artistas, maestros de la decoración que dedicaban su vida y sus energías a embellecer las casas de los ricos y poderosos, y a los cuales Damirthan siempre había despreciado por su falta de ambición, aunque si bien eran poderosos gracias a las ingentes sumas de dinero que los grandes señores de la cuidad le pagaban por sus trabajos, no eran, a ojos del lanista, más que despojos que enturbiaban la ya de por sí decadente cultura de los saurios. En una época diferente su existencia no hubiera sido sino una aberración. Ahora, sin embargo, el evidente derrumbamiento del Imperio Saurio les había dado la oportunidad de medrar y convertirse en una clase privilegiada.</p>
<p>El lanista salió a la calzada desnuda y caminó hasta la verja de la mansión de Belsnazz. Dos enormes saurios toro flanqueaban la puerta, aunque el poderoso Señor de la Guerra sabía que no le detendrían. Como sospechaba que aquellas moles enfundadas en su armadura de combate no eran la única protección de la casa frente a posibles atacantes. Detrás de Kha’rí, él era el saurio más poderoso e influyente, y como tal, tenía vía libre para hablar con el Gran Lanista.</p>
<p>Solo tuvo que mostrar su rostro a los guardias para que estos dieran la orden a alguna criatura oculta en el interior y la verja se abriera.</p>
<p>Damirthan caminó hasta el palacete. Ascendió por la escalinata de mármol azulado y dejando atrás el hall de entrada, con sus estatuas de antiguos reyes. Damirthan redujo su paso hasta detenerse por completo frente a una estatua de mármol blanco del héroe Vión. La efigie representaba a un guerrero saurio en su pleno esplendor, vestido con una magnífica armadura de cuero y el <em>Safard</em>, o túnica de cintura, ondeando al viento. El guerrero miraba al horizonte, oteando orgulloso un Imperio que él mismo había forjado, apoyado sobre el pomo de <em>Lura</em>, su legendaria espada.</p>
<p>Vión había sido el más grande, el gran guerrero y caudillo de su pueblo. Lejos estaba ahora aquellos días gloriosos y sangrientos, pero Damirthan sabía que volverían. Miró el pergamino y sonrió. Sí, aquellos días volverían.</p>
<p>Pronto.</p>
<p><em> Por Ricardo Garrido.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://www.safecreative.org/work/1302134588621" xmlns:cc="http://creativecommons.org/ns#" rel="cc:license"><img src="http://resources.safecreative.org/work/1302134588621/label/barcode-72" style="border:0;" alt="Safe Creative #1302134588621"/></a></p>
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		<title>Bernard Cornwell</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Oct 2012 09:26:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Administrador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Cornwell]]></category>
		<category><![CDATA[Escritores]]></category>
		<category><![CDATA[Grandes escritores]]></category>
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		<description><![CDATA[Supongo que una amplia mayoria de los aficionados a la narrativa histórica estarán de acuerdo conmigo en que, a día de hoy, Bernard Cornwell puede considerarse uno de los escritores de referencia en el género, en especial, en la historia &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/10/bernard-cornwell/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que una amplia mayoria de los aficionados a la narrativa histórica estarán de acuerdo conmigo en que, a día de hoy, Bernard Cornwell puede considerarse uno de los escritores de referencia en el género, en especial, en la historia de Inglaterra.</p>
<p>Para los que no le hayan leido, espero que este post les sirva y pongan remedio a ello cuanto antes, porque se pierden algunas obras realmente buenas, no solo por el entretenimiento que ofrecen, que te tiene aferrado al libro hasta que te das cuenta que ha llegado a su fin, sino por la manera que tiene el autor de sumergirte en una época pasada, y como consigue recrearla alternando rigor histórico con ficción.</p>
<p><strong>Bernard Cornwell</strong></p>
<p><strong>Bernard Cornwell</strong>, OBE (Londres, 23 de febrero de 1944) es un novelista y periodista inglés. Perdió a sus padres a muy corta edad, un soldado de las Reales Fuerzas Aéreas Canadienses y una recluta del Cuerpo Auxiliar Femenino Británico. El apellido Cornwell es el de su madre.</p>
<p><span id="more-424"></span></p>
<p>Adoptado por los miembros de una estricta secta protestante, Cornwell cursó diversos estudios y llegó a ser empleado como maestro tras pasar por la Universidad. Tras trabajar para la BBC, se trasladó a Estados Unidos donde comenzó las sagas históricas por las que se ha hecho famoso. Según Cornwell la decisión de escribir procede de una necesidad estrictamente económica: al no tener tarjeta de residente, solo la actividad intelectual le estaba permitida para ganarse la vida dentro de la legalidad.</p>
<p>En junio de 2006 fue nombrado Caballero del Imperio Británico dentro de la lista colectiva en honor del 80 cumpleaños de la reina Isabel II.</p>
<p>En España sus novelas han sido publicadas por Edhasa y Quinteto. Sus principales sagas son las dedicadas al fusilero Richard Sharpe en la época de la conquista de la India por el Imperio británico y las guerras napoleónicas. Editada bajo el epígrafe &#8220;El sable y el fusil&#8221;, la saga fue adaptada para televisión por la BBC con Sean Bean como protagonista.</p>
<p>Hay otras tres series de Cornwell publicadas en castellano. Son la dedicada a las leyendas artúricas (compuesta por <em>El rey del invierno</em>, <em>El enemigo de Dios</em> y <em>Excalibur</em>); al arquero Thomas de Hookton (<em>Arqueros del rey</em>, <em>El sitio de Calais</em> y <em>La batalla del Grial</em>); y, por último, la ambientada en las invasiones vikingas de Gran Bretaña durante el reinado de Alfredo el Grande (hasta el momento, <em>Northumbria, el último reino</em> ,<em>Svein, el del caballo blanco</em>, <em>Los Señores del Norte</em>, <em>La canción de la espada</em> y <em>La tierra en llamas</em>).</p>
<p>También se han publicado en castellano sus novelas <em>Stonehenge</em> y <em>El ladrón de la horca</em>. Quedarían al menos otras 6 novelas inéditas.</p>
<p>Además, en el año 2011 editaron el primero de sus libros de la saga de Nathaniel, Starbuck, llamado en castellano Rebelde.</p>
<p><strong>Obra</strong></p>
<p><strong>El sable y el fusil</strong></p>
<p>La serie de Cornwell (compuesta por varias novelas y cuentos cortos) traza el progreso de de Sharpe en el Ejército británico durante las guerras napoleónicas. Comienza como un soldado en <em>Sharpe y el tigre de Bengala</em> y es promovido gradualmente a lo largo del conflicto, por diversos méritos y circunstancias. La serie escenifica su lucha por la aceptación y el respeto del resto de oficiales y de los hombres bajo su mando. Sharpe fue abandonado al nacer y se hizo un experto de la supervivencia en Londres. Ascendido en el campo de batalla, deja atrás su propia clase para ejercer como oficial en un ejército donde el rango suele ser comprado. A diferencia de muchos de los oficiales que con él sirven, Sharpe sabe luchar.</p>
<p>Sharpe es descrito como &#8220;brillante pero rebelde&#8221; en <em>Sharpe y la campaña de Salamanca</em>, y el auto reconoce que es como una escopeta cargada. Un líder muy cualificado de tropas de infantería ligeras, participa en una amplia gama de acontecimientos históricos durante las guerras napoleónicas y otros conflictos, incluida la batalla de Waterloo. Los primeros libros según la cronología del personaje (fueron publicados en orden no-cronológico) se desarrollan en la India, y narran los años que Sharpe pasó en las filas portando la insignia. Se le conoce por ser un hombre peligroso si lo tienes como enemigo. Es un experto tirador y se convierte en un buen espadachín.</p>
<p>Debido al éxito de la adaptación televisiva que la BBC realizó de la saga de Richard Sharpe, Cornwell escribió varios libros que precedían a la estancia europea del fusilero y rellenó algunos huecos de la estancia de Sharpe en España y Francia. El orden cronológico de sus aventuras es el siguiente:</p>
<ul>
<li> </li>
</ul>
<ul>
<ul>
<li><em>Sharpe&#8217;s Story</em>, (2007, historia corta)</li>
</ul>
<li>Sharpe y el tigre de Bengala, (<em>Sharpe&#8217;s Tiger</em>, 1997, el asedio de Seringapatam, 1799)</li>
<li>El triunfo de Sharpe, (<em>Sharpe&#8217;s Triumph</em>, 1998, la batalla de Assaye, septiembre de 1803)</li>
<li>Sharpe y la fortaleza india, (<em>Sharpe&#8217;s Fortress</em>, 1999, el asedio de Gawilghur, diciembre de 1803)</li>
<li>Sharpe en Trafalgar, (<em>Sharpe&#8217;s Trafalgar</em>, 2000, la batalla de Trafalgar, octubre de 1805)</li>
<li><em>Sharpe&#8217;s Prey</em>, (2001, la expedición a Copenhague, 1807)</li>
<li><em>Sharpe&#8217;s Rifles</em>, (1988, la invasión francesa de Galicia, enero de 1809)</li>
<li><em>Sharpe&#8217;s Havoc</em>, (2003, la campaña en el norte de Portugal, Primavera de 1809)</li>
<li>Sharpe y el águila del imperio, (<em>Sharpe&#8217;s Eagle</em>, 1981, la campaña de Talavera, julio de 1809)</li>
<li>Sharpe y el oro de los españoles, (<em>Sharpe&#8217;s Gold</em>, 1981, la destrucción de Almeida, agosto de 1810)</li>
<li>La fuga de Sharpe, (<em>Sharpe&#8217;s Escape</em>, 2004, la campaña de Bussaco, 1810)</li>
<li>La furia de Sharpe, (<em>Sharpe&#8217;s Fury</em>, 2006, la batalla de la Barrosa, marzo de 1811)</li>
<li><em>Sharpe&#8217;s Battle</em>, (1995, la batalla de Fuentes de Oñoro, mayo de 1811)</li>
<li>Sharpe y sus fusileros, (<em>Sharpe&#8217;s Company</em>, 1982, el asedio de Badajoz, de Enero a abril de 1812)</li>
<li>Sharpe y la campaña de Salamanca, (<em>Sharpe&#8217;s Sword</em>, 1983, la campaña de Salamanca, de Junio a julio de 1812)
<ul>
<li><em>Sharpe&#8217;s Skirmish</em>, (1999, historia corta; 2002 edición revisada, la defensa del río Tormes, agosto de 1812)</li>
</ul>
</li>
<li>Sharpe y su peor enemigo, (<em>Sharpe&#8217;s Enemy</em>, 1984, la defensa de Portugal, Navidad de 1812)</li>
<li>Sharpe y la batalla de Vitoria, (<em>Sharpe&#8217;s Honour</em>, 1985, la campaña de Vitoria, Febrero a junio de 1813)</li>
<li>Sharpe y su regimiento, (<em>Sharpe&#8217;s Regiment</em>, 1986, la invasión de Francia, Junio y noviembre de 1813)
<ul>
<li><em>Sharpe&#8217;s Christmas</em>, (1994, historia corta; 2003 edición revisada, Navidad de 1813)</li>
</ul>
</li>
<li>Sharpe a la conquista de Francia, (<em>Sharpe&#8217;s Siege</em>, 1987, la campaña de Invierno de 1814)</li>
<li>La venganza de Sharpe, (<em>Sharpe&#8217;s Revenge</em>, 1989, la Paz de 1814)</li>
<li>Sharpe en Waterloo, (<em>Sharpe&#8217;s Waterloo</em>, 1990, la campaña de Waterloo, del 15 al 18 de junio de 1815)
<ul>
<li><em>Sharpe&#8217;s Ransom</em>, (1994, historia corta; 2003 edición revisada, Navidad de 181¿?)</li>
</ul>
</li>
<li><em>Sharpe&#8217;s Devil</em>, (1992, Richard Sharpe y el Emperador, 1820-21)</li>
</ul>
<p><strong>Guerra de la Secesión Americana</strong></p>
<p>La acción se sitúa en el estado de <strong>Virginia</strong>, claramente alineado dentro de aquellos que apoyaron de forma más radical la <strong>Secesión</strong>. El protagonista de la novela es un joven yanqui, <strong>Nate Sturbuck</strong>, que huyendo de su padre, un fanático predicador abolicionista, queda atrapado de forma accidental en los disturbios que estallan en algunos lugares del Sur como prolegómeno a la guerra. A punto de ser linchado a manos de una multitud encolerizada que se entera de su condición nordista y lo acusa de espía, <strong>Nate</strong> es salvado en última instancia por uno de los grandes terratenientes de la zona, <strong>Washington Faulconer</strong>, que además es el padre del mejor amigo de <strong>Starbuck</strong>. Éste, agradecido, se queda en la zona sudista, dispuesto incluso a luchar contra el Norte que le vio nacer.</p>
<p>La novela, a partir de ahí, nos relata la creación de la <strong>Legión Faulconer</strong>, un batallón armado que de forma independiente crea el poderoso amigo de nuestro protagonista para apoyar la lucha contra los estados abolicionistas del Norte, y donde el autor sitúa a una buena ristra de personajes secundarios, todos ellos bastante variopintos y encuadrados en diferentes tramas secundarias que añaden interés a la novela. La <strong>Legión Faulconer</strong>, que en un principio no parecerá más que un despropósito, logrará ser tenida en cuenta para poder entrar en acción, ya que su fundador está ávido de hacer probar el plomo auténticamente americano a los traidores abolicionistas de la <strong>Unión</strong>, que con el humo de sus fábricas y sus nuevas ideas, quieren contaminar el verdadero espíritu del viejo Sur algodonero.</p>
<ul>
<li>Rebelde (<em>Rebel</em>, 1993)</li>
<li>Fuerte (<em>Copperhead</em>, 1994)</li>
<li>(<em>Battle Flag</em>, 1995)</li>
<li>(<em>The Bloody Ground</em>, 1996)</li>
</ul>
<p><strong>Crónicas del señor de la guerra</strong></p>
<p>En tres volúmenes, Cornwell relata su visión puramente histórica de la realidad tras el mito de la leyenda artúrica.</p>
<p>Al igual que otras tomas &#8220;históricas&#8221; sobre las leyendas artúricas, la serie postula que la época post-romana en Bretaña fue difícil para los bretones nativos, ya que estaban amenazados por la invasión de los anglosajones por el este y los motines irlandeses en el oeste. Al mismo tiempo, padecían por las luchas internas por el poder entre sus pequeños reinos y la fricción entre la vieja religión druida y el recién llegado cristianismo.</p>
<p>La historia fue escrita como si se realizara en la Bretaña del oscurantismo, como se describe en las leyendas galesas originales, con los tipos apropiados de tecnología, cultura, armamento y actitudes. Cornwell también rescata adiciones mitológicas posteriores, como la presencia de Guinevere y Lancelot.</p>
<p>El protagonista de la serie es Derfel Cadarn, un sajón convertido en bretón por Merlín, el más grande de todos los druidas. En el curso de la historia, Derfel se convierte en un gran guerrero y uno de los lugartenientes de Arturo en su guerra contra los sajones. Merlín, mientras tanto, se preocupa por tratar de restaurar los viejos dioses de Bretaña.</p>
<ul>
<li>El rey del invierno, (<em>The Winter King</em>, 1995)</li>
<li>El enemigo de Dios, (<em>Enemy of God</em>, 1996)</li>
<li>Excalibur, (<em>Excalibur: A Novel of Arthur</em>, 1997)</li>
</ul>
<p><strong>Arqueros del Rey</strong></p>
<p>Serie ambientada en la guerra de los cien años.</p>
<p>Después de un salvaje ataque de los hombres de Guillaume d´Evèque a Hookton, el joven Thomas, que estaba iniciándose como arquero y que se convierte en el único superviviente, decide hacer todo lo que esté en su mano para cruzar el canal de la Mancha para luchar contra los franceses y vengarse de la matanza en la persona de uno de sus cabecillas, conocido como el Arlequín. El destino le llevará a participar en una de las batallas iniciales de la Guerra de los Cien Años, el asedio de Crécy, en la que por primera vez un ejército integrado principalmente por infantería logró un éxito importante.</p>
<ul>
<li>Arqueros del rey, (<em>Harlequin</em>, 2000)</li>
<li>La batalla del grial, (<em>Vagabond</em>, 2002)</li>
<li>El sitio de Calais, (<em>Heretic</em>, 2003)</li>
</ul>
<p><strong>Sajones, vikingos y normandos</strong></p>
<p><em>Northumbria, el último reino: Sajones, vikingos y normandos de Bernard Cornwell:</em></p>
<p>La novela arranca en el año 866 y se centra en la vida de Uthred, un joven anglo-sajón de ascendencia aristocrática que vive escindido entre dos mundos antagónicos. Desde pequeño vive entre vikingos, pues fue raptado por estos, lo que le otorga una situación privilegiada desde la que enjuiciar las costumbres, las creencias y los ritos de sajones y daneses. Poco a poco Uthred va ganándose el respeto de los vikingos por su audacia y su valentía, pero, como no podía ser de otra manera, llega un momento en que la cuestión de la identidad se convierte para él en un peso difícil de soportar.</p>
<ul>
<li>Northumbria, el último reino (<em>The Last Kingdom</em>, 2004).</li>
<li>Svein, el del caballo blanco (<em>The Pale Horseman</em>, 2005).</li>
<li>Los señores del Norte (<em>The Lords of the North</em>, 2006).</li>
<li>La canción de la espada (<em>Sword Song</em>, 2007).</li>
<li>La tierra en llamas (<em>The Burning Land</em>, 2009).</li>
<li>(<em>Death Of Kings</em>, 2011).</li>
</ul>
<p><strong>Otras novelas</strong></p>
<ul>
<li>(<em>Redcoat</em>, 1987)</li>
<li>El ladrón de la horca, (<em>Gallows Thief</em>, 2001)</li>
<li>Stonehenge. Una novela del año 2000 A.C., (<em>Stonehenge: A Novel of 2000 BC</em>, 1999)</li>
<li>(<em>Azincourt</em>, 2008)</li>
</ul>
<p><strong>FUENTES</strong></p>
<p> De Wikipedia, la enciclopedia libre</p>
<p>La casa del libro</p>
<p>Lecturalia</p>
<p>www.hislibris.com</p>
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		<title>Sangre de Dragón XXI</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Sep 2012 16:20:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XX. UN MENSAJE INQUIETANTE. Halfdan, Vidar y Branor se asomaron a las ventanas con barrotes. El Campo de Sangre estaba abarrotado, y los saurios se desgañitaban aclamando a Lock, como uno de los campeones preferidos y pedían sangre y &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/09/sangre-de-dragon-xxi/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XX. UN MENSAJE INQUIETANTE.</strong></p>
<p>Halfdan, Vidar y Branor se asomaron a las ventanas con barrotes. El Campo de Sangre estaba abarrotado, y los saurios se desgañitaban aclamando a Lock, como uno de los campeones preferidos y pedían sangre y violencia.</p>
<p>Desde su posición no tenían buena visión del palco, pero parecía estar engalanado de manera exagerada, con pendones donde se reflejaba la efigie de una gran cobra dorada. Dentro del palco presidencial, se veía afluencia de público, con una figura enorme, cuya cabeza sobresalía por encima de todas las demás.</p>
<p><span id="more-412"></span></p>
<p>En la arena, los encargados de la escenografía del circo habían montado una plataforma de madera muy ancha, con forma cuadrada de unos siete por siete metros. En el centro de la plataforma, habían colocado un poste, de unos cuatro metros de altura. Colgando del poste había dos gruesas cadenas que terminaban en un par de grilletes cada una.</p>
<p>Halfdan y sus amigos, vieron como unos saurios metían ramas y otras cosas debajo de la plataforma de madera, y después se retiraban a toda prisa.</p>
<p>-¿No pensarán hacer lo que creo que creo que van a hacer? – preguntó Branor en voz alta.</p>
<p>-¡Por todos los Dioses…! – dijo Vidar.</p>
<p>Halfdan apretaba los barrotes con sus grandes manos, con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos, a la vez que una profunda mueca de odio se perfilaba en su rostro.</p>
<p>- ¡Hijos de perra…! – murmuró.</p>
<p>Un saurio delgado, que portaba una escalera, corrió a la plataforma, y tras subirse a ella, apoyó ésta en el poste. Subió por ella y en la parte superior, clavó una pequeña cadena en cuyo extremo había atado un objeto pequeño.</p>
<p>Cuando el saurio se hubo retirado, las <em>trasisgas</em> anunciaron la salida de los luchadores.</p>
<p>El portalón enrejado se abrió y Lock, junto con otro gladiador salieron a la arena. Los guerreros iban escoltados por cuatro enormes saurios toro. A ambos se les había proporcionado, una espada corta, ligeramente curvada en su punta y un escudo pequeño, algo mayor que una rodela. Como protección los dos llevaban peto de coraza de metal, grebas, brazales y hombreras, también metálicas y un casco cerrado. La armadura en su conjunto debía de pesar más de veinticinco kilos.</p>
<p>Los gladiadores avanzaron por la arena, lanzando miradas furibundas a la plataforma, sin saber lo que los saurios habían colocado debajo de esta. Después, presentaron sus respetos al <em>Belsnazz</em> y a una figura oronda, semejante a un sapo, que estaba a su lado. Luego fueron conducidos a la estructura de madera, a la cual accedieron mediante unas escaleras móviles.</p>
<p>Una vez arriba, un saurio toro ató a los luchadores con los grilletes. Las cadenas eran lo suficientemente largas para permitir que los gladiadores se movieran por la plataforma, pero no lo suficiente cómo para permitirles bajar de ella. El saurio toro descendió a la arena y otros dos operarios del circo retiraron las escaleras móviles.</p>
<p>En la tribuna presidencial, Kha’rí se adelantó y su mirada se dirigió a las masas hambrientas de violencia.</p>
<p>El enorme saurio toro se bajó de un salto de la recia plataforma de madera, recogió una tea ardiente que alguien había depositado a los pies de la estructura y miró hacia la tribuna presidencial, donde Kha’rí, esperaba el beneplácito de Garash.</p>
<p>El Sumo Sacerdote asintió levemente y Kha’rí soltó al viento el pañuelo rojo que indicaba el inicio del combate.</p>
<p>Entonces, el saurio toro lanzó la antorcha encendida al interior de la plataforma, y la leña y yesca que había debajo prendió al instante.</p>
<p>El circo estalló en vítores al comprender la función que cumplía la plataforma.</p>
<p>Lock y Devon se miraron, con los ojos desorbitados. Cada uno sabía que tendría que matar al otro rápidamente para poder escalar el poste y coger la llave que le liberaría de los grilletes, antes de que las llamas los devoraran.</p>
<p>Tan ensimismado estaba Lock, que faltó poco para que Devon le atravesara el cuello con su espada.</p>
<p>Ambos contrincantes estaban uno a cada lado del poste, y utilizaban éste como elemento de protección contra los ataques de su adversario, de modo que lanzaban estocadas por los laterales, sobre todo a los brazos y a las piernas.</p>
<p>Pasados un par de minutos, las llamas empezaron a salir por los laterales de la plataforma, envolviendo ésta por completo, y el humo que había ascendido en pequeñas volutas al principio, aumentó de intensidad, cubriendo parte del combate y haciendo que las figuras de los gladiadores que combatían se transformaran en sombras neblinosas, lo que daba un aire de misterio a la lucha.</p>
<p>La plataforma ardía lentamente, como si fuera algún tipo de madera especial o la hubieran tratado de algún modo. Pero aquello no mitigaba el calor que la estructura empezaba a sufrir. Los pies de los dos luchadores ardían dentro de las botas de cuero endurecido, y ya habían empezado a formarse pequeñas y dolorosas ampollas en las plantas. Devon lanzó una estocada rápida desde arriba, pero Lock la rechazó con un revés desde abajó, con tanta fuerza que a punto estuvo de arrancarle la espada a su adversario. Devon quedó momentáneamente descubierto y Lock aprovechó para lanzar su propio ataque. La espada del gladiador hazariano se deslizó por debajo del brazal y cortó las correas que lo unían al brazo, provocando con  ello un profundo corte en el antebrazo derecho. Devon retrocedió con un grito de dolor, que fue ahogado por un profundo ataque de tos, cuando una nube de humo negro se le introdujo en la garganta.</p>
<p>Sin embargo, aquel humo le salvó la vida, pues también cegó a Lock, que sin desaprovechar la ocasión, había dado un par de pasos con la intención de terminar el trabajo de manera fulgurante.</p>
<p>Las maderas que conformaban el suelo de la plataforma empezaban a ennegrecerse por culpa de las lenguas de fuego que las lamían desde abajo, y el calor era ya tan insoportable, que ambos gladiadores, casi al unísono, se arrancaron los cascos con la esperanza de robar algo más de aire dentro de aquel infierno de fuego y humo.</p>
<p>Pasaron un par de minutos, en los que ambos luchadores intercambiaron varias estocadas, cada vez más lentas, cada vez más torpes. Los ojos les ardían y las armaduras lanzaban destellos rojizos al acumularse el calor en las placas de metal.</p>
<p>Lock se jugó el todo  por el todo, consciente de que tenía que salir de allí como fuera. Dejó entonces un hueco en sus defensas, a la vez que con la mano del escudo agarraba una sección de la cadena que lo mantenía atado al poste. El contacto con el metal ardiente le produjo un dolor más allá de lo imaginable y lanzó un grito de agonía, pero no lo soltó. Esperaba que Devon mordiera el anzuelo, y éste así lo hizo. Cuando su adversario lanzó un tajo recto con la intención de clavarle la espada en el vientre, Lock propulsó la mano que sostenía la cadena, y se la enrolló a Devon en el antebrazo de la mano que portaba la espada. Su enemigo se sorprendió al descubrir que aquel movimiento no había sido otra cosa sino una treta, y el gladiador hazariano no perdió ni un segundo. Tiró fuerte de la cadena hacia él, desequilibrando a Devon. Con el cuerpo completamente desprotegido Lock lanzó la espada y se la clavó a su enemigo en el estómago. Después con un fuerte tirón, la extrajo en un arco, destripando a Devon, cuyos intestinos salieron disparados en todas direcciones junto con gran cantidad de sangre y excrementos. Devon se derrumbó en la plataforma y Lock tiró la espada al suelo y se acercó al poste de madera. La Llave colgaba de una argolla de metal a cuatro metros de altura por encima de su cabeza. Se acercó con la intención de iniciar el ascenso.</p>
<p>Varias tablas se partieron por el calor y la estructura se tambaleó ligeramente.</p>
<p>El hazariano dudó. La armadura era muy pesada y le lastraría a la hora de subir. Soltó el poste e intentó soltarse las cinchas de cuero de  la armadura. Consiguió aflojar dos, pero le quedaban por lo menos otras ocho. Volvió a dudar. Se acercó de nuevo al poste y lanzó una mirada de súplica a la llave, como si con ello pudiera conseguir que ésta descendiera sola de las alturas.</p>
<p>Otra tabla se partió y una lengua de fuego alcanzó levemente al gladiador, que lanzó un grito de dolor. La armadura adquiría por momentos un tono rojizo y Lock volvió a gritar de agonía.</p>
<p>Se estaba asando vivo.</p>
<p>Detrás de los barrotes de metal, Halfdan, Branor y Vidar miraban impotentes como su compañero se freía bajo las placas de la pesada armadura.</p>
<p>-¡Vamos, maldita sea, haz algo! – gritó Branor.</p>
<p>Finalmente, Lock no pudo soportarlo más y una pierna le falló. Posó una rodilla sobre las carcomidas maderas.</p>
<p>-Está perdido…- dijo Vidar mientras se retiraba de la ventana hecho una verdadera furia.</p>
<p>En la estructura, Lock lanzó un alarido, como pocas veces se había escuchado en el Campo de Sangre. La otra pierna se le dobló y cayó de rodillas. Estiró el cuello en un intento de salir de aquella prisión de metal que se fundía sobre su propia piel y su cuerpo por fin cedió a las quemaduras.</p>
<p>Lock se derrumbó sobre la plataforma y en pocos segundos la estructura al completo se vino abajo envuelta en llamas.</p>
<p>Las gargantas de los saurios, que por un momento habían enmudecido, estallaron ahora en vítores salvajes.</p>
<p>-¡Maldita sea! –gritó Branor a la vez que golpeaba los muros de piedra.</p>
<p>Halfdan apoyó la frente en los barrotes, desolado.</p>
<p>Unos segundos después, el enano se dejó caer en una silla, completamente abatido.</p>
<p>Halfdan se apartó de la ventana enrejada y se acercó a su amigo. Le pasó el brazo por los hombros en un gesto de consuelo. Branor y Lock eran amigos desde hacía años.</p>
<p>- Era un gran guerrero – le dijo el nórdico al enano – echaremos en falta su espada cuando llegue el momento -.</p>
<p>Branor le miró con los ojos humedecidos. Por el dolor y la rabia.</p>
<p>- Mantente firme, amigo mío – le dijo Halfdan &#8211; nuestra hora esta cerca, y entonces tendrás tu venganza.</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>-Impresionante, Kha’rí – dijo Garash en un tono que dejaba entrever lo satisfecho que estaba.</p>
<p>A su lado, el Belsnazz hizo una reverencia. El palco presidencial estaba lujosamente engalanado, con suntuosas telas blancas, ribeteadas en fino hilo de oro, y que colgaban formando arcos que se mecían con el viento.</p>
<p>Junto al Gran Lanista, estaban los Grandes Señores de la Guerra. Gastek, como dueño de los dos gladiadores que acababan de luchar, permanecía más cerca que el resto, sin embargo su estado de ánimo distaba mucho de ser bueno. Había perdido a Lock, uno de sus mejores hombres. Devon le daba un poco igual, nunca había sobresalido demasiado, pero el hazariano era una verdadera joya, y lo peor de todo aquello era que no iba a ver ni una mísera moneda de cobre. El combate se había celebrado en honor a la visita del Sumo Sacerdote, por lo que se suponía que los lanistas implicados debían de poner a sus guerreros de buen grado en la arena. Hasta ese momento, todo era normal. Todos los esclavistas tenían hombres de los que podían prescindir, pero dado la importancia de Garash, Kha’rí decidió escoger el personalmente al gladiador principal, y así Gastek se había visto privado de un plumazo de una de sus mejores inversiones.</p>
<p>Al lado del <em>Belsnazz</em>, Caitlín estaba roja de furia. No podía creerse que aquellos monstruos fueran tan sádicos como para imaginar semejante escenario de lucha. Siempre la había afectado el ver morir a un gladiador de su propia raza, y había visto a muchos hacerlo en los largos meses que llevaba allí, pero lo de aquel día no tenía nombre. Nunca olvidaría los gritos de dolor de Lock mientras se quemaba vivo dentro de la armadura de metal.</p>
<p>Ahora tenía una razón más para escapar. Una razón más para odiar.</p>
<p>Kha’rí iba a salir de la tribuna, hacía su residencia, donde tenía preparada una comida en honor al sacerdote, cuando Garash lo cogió por el brazo.</p>
<p>- Kha’rí…, llevo tiempo queriendo preguntarte algo…, ese guerrero del que se habla por todas las ciudades…el humano de los extraños ojos azules, ¿Cómo lo llamáis?&#8230;- preguntó.</p>
<p>El rostro del Gran Lanista se ensombreció, y una alarma silenciosa sonó en su mente.</p>
<p><em>- Abra’Khul </em>– dijo Kha’rí con un tono que indicaba claramente que no le gustaba la mención que el sacerdote había hecho al gladiador.</p>
<p>-Sí, eso es…<em> Abra’Khul. </em>Verás…estaría muy interesado en verlo luchar…digamos… contra mi campeón – respondió el hombre sapo con algo parecido a una grotesca sonrisa y señalando a su vez al gran saurio toro de rojas escamas.</p>
<p>Caitlín ahogó un grito y por una vez, el rostro de Mensharaz, como dueño de Halfdan que era, palideció. Todos habían visto al guerrero saurio. No había más que decir.</p>
<p>Kha’rí frunció el ceño. No le gustaba nada la idea. El nórdico era uno de los mejores campeones de la ciudad, una gran baza para los juegos en honor al príncipe heredero, no quería arriesgarse a perderlo como había sucedido con el gran campeón hazariano de Gastek. Además…, Kha’rí tuvo que reconocer que le atraía sobremanera luchar contra Halfdan. La escena en la que ambos cruzaban sus espadas se repetía cada vez con más frecuencia en su mente. En sus sueños derrotaba al humano delante de Yariszza, como él llamaba a Caitlín. No estaba muy seguro de que el nórdico fuera capaz de abatir al guardaespaldas de Garash.</p>
<p>Pero si el Sumo Sacerdote lo ordenaba, nadie podría remediarlo. Kha’rí miró a Mensharaz, y el lanista dueño de Halfdan le devolvió una mirada de suplica en la que le pedía que intercediera.</p>
<p>-Excelencia – dijo – esperamos grandes cosas de ese luchador. La Gran Purga, de donde saldrán nuestros campeones, se celebrará pronto. Creo que el humano saldrá victorioso y me gustaría que fuera uno de los guerreros que representara a Santará-Krissez en los juegos de la coronación -.</p>
<p>- Estoy seguro de que tienes a otros muchos campeones que también harán un buen papel, Kha’rí. Me causaría una enorme decepción no ver luchar al humano – respondió Garash en un tono claramente amenazante.</p>
<p>- No es mi intención desagradaros, Excelencia, pero…- continuó el <em>Belsnazz</em>.</p>
<p>- Entonces, pon al humano en la arena. Mañana. En un combate a muerte contra Lareth, mi campeón y guardaespaldas, ¿Quién es el <em>ssazar</em> del nórdico?- preguntó finalmente.</p>
<p>- Yo Excelencia – dijo Mensharaz, dando un paso al frente y agachando la cabeza en señal de sumo respeto. Su voz, semejante al ruido que haría un saco de piedras al ser movido debido a la herida que Halfdan le había provocado en el pecho, no mostraba ninguna emoción.</p>
<p>- ¿Cuál es tu nombre, lanista? – preguntó Garash.</p>
<p>- Mensharaz Al’ Visán, Excelencia –.</p>
<p>- Mensharaz Al’ Visán, si tu campeón derrota mañana a Lareth, te entregaré mil talentos como premio. Pero si pierde serás despojado de todo cuanto posees, y todas tus riquezas pasarán al Templo de Nuestro Glorioso Señor Sokhaz -.</p>
<p>Las mentes de todos los presentes hervían de emoción, ¡mil talentos!, de golpe, Mensharaz podría hacerse más poderoso que cualquiera de los nobles lanistas de la ciudad, superando incluso a Gastek o a Damirthan.</p>
<p>- ¿Te complace mi decisión? – preguntó el sacerdote hombre sapo.</p>
<p>- Será como tú lo ordenes, Excelencia- dijo Mensharaz.</p>
<p>- ¡No te he preguntado eso!  He dicho sí te complace mi decisión, no sí la vas a acatar-  dijo Garash.</p>
<p>Mensharaz sudaría a mares si los hombres lagarto hubieran podido hacerlo. Un nudo en la garganta amenazaba con estrangular las ya de por sí delicadas vías respiratorias del lanista.</p>
<p>- Me complace, Excelencia – mintió al fin.</p>
<p>El hombre sapo sonrió y se relamió los gruesos labios con una lengua áspera y babosa.</p>
<p>- Bien, sea entonces. Mañana -.</p>
<p>Garash salió, seguido de otros sacerdotes, y de su monstruoso guardaespaldas. Los lanistas lo siguieron. Todos menos Kha’rí y Mensharaz.</p>
<p>Mientras las espaldas de los grandes señores se perdían escaleras abajo, el <em>Belsnazz</em>, habló al lanista menor sin mirarle.</p>
<p>- Mensharaz…-.</p>
<p>- Si, <em>Belsnazz</em>…-.</p>
<p>- Avisa al monje. Dile que esté preparado, vamos a necesitarlo. Yo correré con los gastos en caso de haberlos. Que tenga su mejor magia curativa preparada &#8211; dijo Kha’rí con decisión.</p>
<p>- Como órdenes, <em>Belsnazz</em>-. Respondió Mensharaz con su vos rugosa, para perderse apresuradamente escaleras abajo.</p>
<p>Kha’rí se giró y miró a Caitlín a los ojos. La joven le aguantó la mirada, y una solitaria lágrima descendió por su mejilla.</p>
<p>El Gran Lanista la observó durante unos instantes. Luego se acercó y una mano semejante a una garra le limpió la lágrima.</p>
<p>- No sufras, Yariszza. Tú guerrero no va morir mañana…- le dijo en un susurro.</p>
<p>La mujer miró al hombre lagarto con intensidad, desafiándole abiertamente.</p>
<p>- ¿Cómo puedes saberlo? – le preguntó Caitlín, sabiendo que podría matarla allí mismo por aquella insolencia.</p>
<p>- Porque nadie ha de matarlo sino yo…- le respondió.</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>- Pase – dijo Valisar en respuesta a los dos golpes secos que habían sonado en su puerta.</p>
<p>El picaporte de metal se giró y el sargento de guardia Luzz asomó su reptiliana testa por el dintel.</p>
<p>- Mi teniente… &#8211; dijo Luzz con la voz quebrada a causa del frío reinante en el exterior.</p>
<p>- Adelante Luzz, entra – respondió Valisar dejando una pluma impregnada de tinta oscura sobre su ajado y rústico escritorio &#8211; ¿Qué sucede?-.</p>
<p>- Tenemos…tenemos un problema en la puerta, señor, y creo que debería venir…-.</p>
<p>Valisar, torció el gesto en una mueca de desagrado, dejando a la vista una hilera de dientes blancos y afilados.</p>
<p>- ¿Tan importante es, sargento? – preguntó con desgana.</p>
<p>- Creo…creo que sí, señor…- respondió Luzz.</p>
<p>Valisar se levantó de la mesa y se acercó a un desvencijado perchero de pie que había en una esquina, del cual descolgó una capa. Se la colocó sobre los hombros con gesto ágil y se giró hacia el sargento de guardia.</p>
<p>- Está bien, Luzz…veamos cual es ese problema tan grave…, después de ti…- dijo haciendo un ademán para que Luzz atravesara la puerta delante de él.</p>
<p>Teniente y sargento salieron al exterior. La noche era fría y una fuerte lluvia azotaba Santará-Krissez, convirtiendo la zona pantanosa en la cual se asentaba en un infierno lodoso y humeante.</p>
<p>Valisar se arrebujó en su capa y su humor se ensombreció. Luzz era un buen guerrero y hombre leal, pero le faltaba esa pequeña chispa en la toma de decisiones, consecuencia principal de que siguiera siendo sargento cuando podría ser oficial. Ambos pertenecían a la Casa de Damirthan, y puesto que el imperio saurio no tenía un ejército regular, cada casa se encargaba de la seguridad de sus diferentes ciudades por un periodo de tiempo preestablecido.</p>
<p>Este espacio temporal variaba de unas ciudades a otras, en el caso de Santará-Krissez cada Casa ponía sus guerreros como guardia durante seis meses.</p>
<p>A Valisar todavía le quedaban dos largos meses para ser relevado y puesto que no llevaba bien lo de realizar servicios de armas a favor de la patria, el que además éstas fueran “moviditas” no contribuía a mejorar su humor. El era y se consideraba así mismo un buen guerrero, debería estar patrullando la frontera, dando caza a los salteadores orcos o en el frente de batalla con el rey, y no detrás de los gruesos muros de la ciudad donde no era beneficioso para nadie.</p>
<p>Con el enfado bullendo en su interior, cada vez con más intensidad, Valisar y Luzz llegaron hasta el portón de la muralla interior. Los dos centinelas se apresuraron a levantar la pesada reja de hierro negro que separaba la muralla exterior de la interior. Los dos saurios atravesaron la breve distancia que era conocida como “tierra de nadie”, justo cuando la gélida lluvia arreciaba. Llegaron a la puerta principal. La reja de hierro estaba subida, pero el puente levadizo que daba acceso a la ciudad, estaba bajado y reposaba plácidamente sobre el fangoso suelo del camino.</p>
<p>Dos garitas de piedra, con cabida para cuatro soldados cada una, flanqueaban la entrada. Pegado a la muralla, una casa de piedra de dos plantas funcionaba como cuerpo de guardia y pegado a este, un establo con espacio para dos docenas de salamandras destinadas a las patrullas nocturnas por las calles de la ciudad. Dos guerreros montaban guardia en la entrada de la casa, cubiertos con pesadas capas y armados con lanzas largas y escudos.</p>
<p>Valisar frunció el ceño al ver el puente bajado.</p>
<p>-¡Tú! – gritó a uno de los centinelas – ¡dile a los de las garitas que quiero ese puente subido ahora  mismo, y que tendrán noticias mías! -.</p>
<p>Fue entonces cuando, a través de la incesante lluvia, distinguió un grupo de figuras achaparradas, custodiadas por varios guerreros saurios.</p>
<p>Valisar se acercó al grupo, seguido de Luzz.</p>
<p>La comitiva estaba compuesta por una docena de enanos vaulnan, un subtipo de la raza enana, carentes de pelo, con la piel oscura y cetrina y los ojos blancos y acuosos. Los vaulnan vivían en grandes ciudades subterráneas, aunque tenían una vasta red comercial con los reinos humanos, a pesar de que no gozaban de simpatía entre la mayoría de los reinos, debido en gran parte a su naturaleza sádica y demente.</p>
<p>Rezaban a una extraña y malévola deidad, mitad vaulnan, mitad cangrejo, de nombre impronunciable, cuya iglesia era la máxima autoridad en su sociedad. Los Sacerdotes vaulnan se hacían llamar Conocedores y cada urbe tenía un consejo compuesto por un sumo sacerdote y ocho clérigos de menor rango que eran los que gobernaban.</p>
<p>También eran excelentes asesinos, y las poderosas hermandades solían tener a algún miembro de esta raza entre sus filas. Los grandes dirigentes pagaban verdaderas fortunas por los servicios de estas cofradías de asesinos cuando era un vaulnan el encargado de hacer el trabajo.</p>
<p>Uno de los enanos giró la cabeza y con sus ojos de pez distinguió las insignias en la armadura de Valisar que habían quedado expuestas tras un fuerte golpe de viento. Se acercó con pasos decididos, abandonando el grupo y los guerreros saurios se pusieron en tensión. Un joven sargento extrajo su acero, salió a su encuentro dándole el alto. El enano no se detuvo, y tanto Valisar como Luzz acercaron sus manos en forma de garra al pomo de las espadas. Sin mediar palabra, el vaulnan alargó un brazo y ofreció un pergamino sellado con lacre rojo al teniente. Detrás del enano, media docena de guerreros blandían largas lanzas de terrible aspecto, y otra docena más amenazaba al resto de la comitiva encerrándoles en un círculo de puntas de acero templado.</p>
<p>Valisar dudo durante un segundo. Al fin, alargó la mano despacio y recogió el pergamino que le ofrecía el vaulnan. Era de muy buena calidad, Valisar venía de una familia acomodada y sabía distinguir estas cosas, con un lacre de color rojo sangre. El agua torrencial caía sobre el pergamino sin estropearlo, signo inequívoco de que había sido sometido a algún tratamiento especial, o incluso modificado mágicamente.</p>
<p>El teniente rozó las manos del siniestro enano al recoger el mensaje. Estaban frías, no por la gélida noche, sino de una manera espeluznante y sobrenatural.</p>
<p>Bajo la capucha oscura, el sacerdote vaulnan sonrió. Un vaho caliente se le formaba delante del rostro, indicándole a Valisar que el sombrío clérigo no era un muerto viviente.</p>
<p>El teniente saurio se acercó a la luz de uno de los candiles de aceite que iluminaban la entrada al cuerpo de guardia, con Luzz pisándole los talones.</p>
<p>Cuando estuvo debajo y tuvo buena visibilidad, abrió el lacre con un movimiento rápido y elegante.</p>
<p>Solo tardó unos segundos en leer los caracteres escritos. Levantó la cabeza, miró al vaulnan y después a Luzz con ojos desorbitados.</p>
<p>Valisar enrolló de nuevo el mensaje y salió corriendo en dirección al cuartel general, perdiéndose en la fría noche de Santará-Krissez.</p>
<p><em>Por Ricardo Garrido</em></p>
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		<title>Sangre de Dragón XX</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Aug 2012 08:54:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XIX. LA DELEGACIÓN DE SOKHAZ.  -¿De acuerdo, entonces?, &#8211; preguntó el enano en un susurro &#8211; ¿podemos contar con tu espada? -. Las penumbras envolvían la sala, y el aire denso procedente del vapor de agua de las termas, &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/08/sangre-de-dragon-xx/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XIX. LA DELEGACIÓN DE SOKHAZ.</strong></p>
<p><strong> </strong>-¿De acuerdo, entonces?, &#8211; preguntó el enano en un susurro &#8211; ¿podemos contar con tu espada? -.</p>
<p>Las penumbras envolvían la sala, y el aire denso procedente del vapor de agua de las termas, agobiaba sobre manera a Branor. El enano sudaba profusamente a pesar de llevar puesta solo una ligera toalla de paño blanco ceñida a la cintura.</p>
<p>A su lado, el guerrero humano movió la cabeza, sopesando las consecuencias de responder afirmativa o negativamente a la pregunta del enano.</p>
<p><span id="more-406"></span></p>
<p>El hombre era delgado pero fibroso, con el pelo negro y largo por debajo de los hombros. Tenía los ojos verdes y entre los de su raza se le podría considerar  bien parecido. Una cicatriz larga le corría a lo largo del mentón derecho, que sin embargo no lo afeaba en absoluto.</p>
<p>Se llamaba Lock, y era natural de Hazaria. Llevaba seis años en Santará-Krissez, luchado por su vida como gladiador. Era propiedad de Gastek, un poderoso lanista al que le faltaba media mandíbula, según decían fruto de un combate con un minotauro. Gastek era un saurio despiadado, pero terriblemente inteligente. Procedía de un linaje noble, de grandes señores de la guerra. Bajo su guía, los cordones verdes, símbolo de sus guerreros, habían cosechado grandes triunfos, y en batalla, el saurio dirigía una importante sección de caballería pesada, con enormes salamandras de guerra.</p>
<p>Lock estaba al servicio de Gastek desde hacía cuatro años. Los dos anteriores había combatido en Los Pozos, los pequeños circos de madera que proliferaban en la periferia de la ciudad, más brutales incluso que el Campo de Sangre.</p>
<p>El gladiador de Hazaria, con su impresionante destreza y su maestría con dos espadas pronto se hizo un hueco entre los campeones de baja estofa de estos antros infernales.</p>
<p>Un día, Lock derrotó en combate singular a un treanut, un extraño semigigante de dos cabezas, procedente de las tierras de Krotán, en el sur, reino de las Naciones Orcas. El treanut era propiedad de Gastek, y el saurio quedó tan impresionado por la lucha que decidió comprar a Lock. Sin embargo, el esclavista dueño del gladiador no estaba por la labor de vender al guerrero que podía hacer que saliera de Los Pozos y hacerse un lugar entre los grandes lanistas que operaban en el Campo de Sangre. Nada más lejos de la realidad. De haber aceptado, probablemente Gastek hubiera promocionado al esclavista menor, pero al negarse a vender al hazariano, selló su propio destino.</p>
<p>Gastek había concertado una cita con el lanista de baja estofa, le había dicho que llevara a su gladiador, ya que estaba interesado en hacerle una última oferta. Una vez en el lugar del encuentro, Gastek capturó al esclavista, le dio una espada a Lock y el propio guerrero de Hazaria acabó con la vida de su anterior dueño. Desde ese momento, había pasado a formar parte de las filas de Gastek. Y no le había decepcionado en todo ese tiempo.</p>
<p>Ahora, cuatro años después de aquello, Branor le proponía que se uniera a ellos en una huida suicida, donde lo más probable era que los mataran a todos.</p>
<p>Lock se incorporó y empezó a colocarse metódicamente la pesada armadura. Era el próximo en salir a la arena. Cogió el casco y lo sopesó. El sol de la tarde aún estaba alto en aquel día de finales de verano. Este iba a ser un combate especial, o eso le habían dicho al gladiador hazariano.</p>
<p>-¿Qué me dices, Lock?, ¿estás con nosotros? – volvió a preguntar Branor.</p>
<p>El hazariano sonrió al enano mientras se ataba el cordón verde en el antebrazo. En el exterior, una voz chirriante lo llamó, era la hora.</p>
<p>-Cuenta conmigo – dijo enseñando sus blancos y perfectos dientes.</p>
<p>Un saurio toro de más de dos metros y medio asomó su astada cabeza por el dintel de la puerta.</p>
<p>-¿Es que no has oído al juez, escoria?, sal de una vez o entraré yo a buscarte-.</p>
<p>Lock volvió a sonreír. Por un momento fantaseó con que el saurio toro entrara para obligarle a salir. Sería un gran espectáculo cuando apareciera en la arena del circo con la cabeza cornuda del hombre lagarto en las manos.</p>
<p>- Gracias, amigo &#8211; dijo Branor.</p>
<p>- Nos vemos luego – respondió Lock, mientras se colocaba el casco y corría escaleras arriba hacia la entrada del Campo de Sangre.</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>Branor se unió a Halfdan y a Vidar en las ventanas de observación, desde donde los propios gladiadores podían ver luchar a sus compañeros. Estas ventanas, con forma de medio círculo, estaban cerradas con gruesos barrotes de acero y se situaban más o menos a media altura del suelo de arena del circo.</p>
<p>-¿Y bien? – preguntó Halfdan cuando vio aparecer al recio guerrero enano.</p>
<p>Branor levantó el pulgar por toda respuesta, indicando con ello que Lock ya formaba parte del grupo de conspiradores.</p>
<p>-¡Bien! – dijo Vidar.</p>
<p>-Sí, esto marcha – respondió Halfdan.</p>
<p>-¿Cómo te ha ido a ti? – preguntó el enano al bárbaro.</p>
<p>- Podemos contar con la lealtad de Weber, pero a Devon…no me atrevo a preguntárselo… &#8211; dijo Halfdan.</p>
<p>- No lo hagas – dijo Vidar – creo que pondríamos en peligro la misión. No me fío de él -.</p>
<p>-Yo tampoco – afirmó Branor.</p>
<p>Halfdan asintió.</p>
<p>- Decidido, entonces. Tendremos que matarlo si nos cruzamos con él en los grandes juegos, no podemos arriesgarnos a que se vuelva contra nosotros por ganarse el favor de su lanista – prosiguió Vidar.</p>
<p>Sus amigos asintieron y Branor miró a Halfdan.</p>
<p>-¿Vas a decírselo al hombre mono? – preguntó haciendo referencia al gigantesco carship.</p>
<p>- No, no voy a decírselo-.</p>
<p>-¿Por qué no?- preguntó Vidar.</p>
<p>- Porque quiero matarlo – respondió Halfdan con los ojos de víbora inyectados en sangre.</p>
<p>- Sería una buena adquisición si quisiera unirse a nosotros – objetó Vidar.</p>
<p>- No va a unirse a nosotros. Me odia, igual que yo a él. Le he arrebatado la popularidad en la arena. Nunca me lo perdonará-.</p>
<p>- Mirándolo así, yo también debería odiarte – dijo Branor con una sonrisa que Halfdan le devolvió.</p>
<p>- Ya sale Lock – dijo Vidar.</p>
<p>- Branor, en cuanto Lock vuelva, infórmale oportunamente. Cuéntale lo que sabemos hasta ahora – ordenó Halfdan al enano.</p>
<p>Branor asintió y los tres amigos se concentraron en la arena, y en el combate que se iba a desarrollar en pocos segundos.</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p><em>Santará-Krissez, unas horas antes…</em></p>
<p>La guardia de honor formó en la avenida principal. Eran cien guerreros saurios, formados en dos hileras, enfundados en sus armaduras ceremoniales de color rojo y negro y armados con largas lanzas de más dedos metros y pesados escudos de acero con el emblema de Kha’rí, una serpiente negra con dos enormes alas de llamas, y coronada con tres espadas cruzadas, símbolo de la unión de las tres razas de saurios existentes. Aquel emblema, creado por el Gran Héroe Vión, era testimonio del legado de Kha’rí, de su linaje ancestral, que se remontaba directamente a las familias antiguas.</p>
<p>Delante de la escolta de honor estaban los máximos representantes de la ciudad. Kha’rí como principal figura de poder, sustituyendo al gobernador, que hacía las veces de rey en Santará-Krissez, ya que éste llevaba dos meses en la frontera con Krotán guerreando contra un poderoso cacique orco, el cual lanzaba incursiones continuadas a las caravanas de los saurios. Detrás de él, los Grandes Señores de la Guerra, Damirthan, Saak, Gastek, Mensharaz, y  Siskhaa entre otros de menos  valía y fama.</p>
<p>Todas las ciudades de los saurios tenían un gobernador, que rendía cuentas solo ante el emperador, en la lejana capital, Barish. Al partir a guerrear el gobernador de la ciudad, Kha’rí había asumido el mando de ésta, como segundo poder que era.</p>
<p>El <em>Belsnazz</em> estaba enfundado en una armadura negra como la noche, y un faldón de color rojo le colgaba por la parte de atrás de la cintura, como si fuera una falda cortada a la mitad, que solo cubriera la parte posterior de las piernas,  desde los riñones hasta los gemelos. <em>Antira</em>, su magnífica espada élfica, descansaba en su cintura.</p>
<p>Los demás Señores de la Guerra estaban ataviados también con sus mejores galas, y al igual que Kha’rí vestían los típicos faldones largos característicos de los nobles saurios, cada uno con el color de su casa. Mensharaz portaba, ceñida a la cintura, a <em>Espíritu de Tormenta</em>, la espada que le había robado a Halfdan.</p>
<p>Detrás de los lanistas, se encontraban cuatro hembras saurias, vestidas con túnicas blancas, semitransparentes. Su reptiliana cabeza presentaba un tocado de enredaderas, de hojas rojas y verdes, simulando una corona y portaban en sus manos unos cuencos de oro con grabados antiguos, de los que salían unas llamas rojizas. Este fuego purificador simulaba <em>La  Llama de At’meral</em>, el Día Sagrado, la festividad más importante de los saurios, símbolo de su independencia y de su libertad como pueblo lejos del yugo humano y orco.</p>
<p>Cuando las <em>trasisgas</em> sonaron, las puertas de la ciudad se abrieron. A lo lejos se distinguía una caravana compuesta por no menos de cincuenta miembros. Todos los integrantes de la comitiva de recepción de la ciudad esperaron pacientemente.</p>
<p>Tras varios minutos de tensión, la escolta de vanguardia de la caravana llegó por fin a las puertas de Santará-Krissez, cuatro gigantescos saurios toro, tan grandes como nunca se habían visto en la ciudad. Montaban enormes salamandras de guerra, de color anaranjado. Las bestias, más grandes que un caballo de guerra pesado, rugieron un desafío, y a pesar del entrenamiento de los guerreros que formaban la guardia de honor, un escalofrío recorrió la espalda de todos ellos.</p>
<p>Las salamandras podían ser utilizadas como bestias de carga, y para ello se les arrancaban las garras y lo más importante, se extirpaba una glándula que tenían en la garganta con la cual podían hacer uso de su arma más mortífera, un cono de fuego. Esta glándula privaba también al animal de su furia y agresividad naturales, por lo que se convertían en perfectas para el trabajo pesado.</p>
<p>Pero cuando eran usadas como monturas de guerra, se convertían en verdaderos depredadores. Una carga de salamandras de guerra sobre una formación de infantería era algo verdaderamente terrorífico, el retumbar de la tierra bajo un peso de casi una tonelada de puro músculo, sus garras como espadas, dos hileras de dientes rematados en cuatro colmillos largos como estiletes, el olor a carne quemada y los gritos de sus víctimas friéndose cuando lanzaban su mortal chorro de fuego…, era algo devastador.</p>
<p>Sin embargo era un animal poco numeroso, imposible de amaestrar si se le capturaba en estado salvaje, y a la vez extremadamente difícil de criar en cautividad, por eso los saurios no tenían una gran capacidad ofensiva en cuanto a caballería, hecho del que se habían beneficiado los reinos humanos y orcos. Si las cosas hubieran sido diferentes, si los hombres lagarto hubieran tenido más caballería, ahora toda Hazaria y todo Krotán serían suyos.</p>
<p>Los saurios toro no eran menos impresionantes. Escogidos de entre los más grandes y brutales, las escoltas de este tipo de delegaciones eran grupos fuertemente armados y duros, capaces de resistir una elevada dosis de castigo en caso de verse atacados por patrullas hazarianas o por grupos de incursión  de orcos, ogros o minotauros.</p>
<p>Los cuatro que venían en vanguardia medían casi tres metros de alto, sus escamas eran de un exótico color verde pálido y  con unos cuernos curvados, largos como el brazo de un ser humano.</p>
<p>Vestían armaduras color tierra, ligeras y ajustadas, para poder cabalgar y moverse con comodidad y estaban armados con largas lanzas de caballería. Completaban el atuendo con unas temibles espadas curvas y con escudos ovoides de metal.</p>
<p>Los saurios toro bajaron las lanzas delante de Kha’rí, en señal de respeto, y el <em>Belsnazz</em> les devolvió el saludo con una leve inclinación de cabeza. Los saurios toro guiaron a sus monturas y se situaron delante de la comitiva de la cuidad, dos a cada lado del camino.</p>
<p>Pasados unos minutos, la caravana hizo acto de presencia. El grupo estaba formado por una veintena de jinetes de salamandras en vanguardia, e inmediatamente detrás dos enormes carruajes de madera reforzada con hierro, completamente cerrados, como si fueran cajas de mercancías. De los laterales de cada carruaje, colgaban pesados pendones de tela, con el emblema del Templo del Dios Serpiente Sokhaz, como principal deidad de los saurios. La efigie del Templo, símbolo del Dios, era una cobra gigante de color dorado, con las fauces abiertas enseñando unos prominentes colmillos, la característica capucha desplegada, y que se enroscaba alrededor de un pilar de piedra de color blanco.</p>
<p>Cada carro llevaba un conductor y un arquero sentado a su lado.</p>
<p>Cuatro jinetes de salamandras, dos a cada lado, escoltaban los flancos de cada carruaje. En retaguardia podían verse pesadas salamandras de carga, con los enseres necesarios para el viaje y otra veintena de jinetes pesados y armados como protección.</p>
<p>Cuando la comitiva entró en la ciudad, la escolta abrió filas y se colocó en posición de revista. Los carruajes, tirados cada uno por cuatro pesadas bestias de tiro, se detuvieron delante de la recepción de la ciudad.</p>
<p>Del primero de ellos salieron un grupo de saurios, sacerdotes menores del dios Sokhaz, que se apresuraron a formar delante de la puerta del segundo monstruo de madera y metal. Los sacerdotes saurios vestían túnicas azul oscuro, con los puños ribeteados en hilo de plata, y las ceñían a la cintura con cordones argénteos, de los que colgaban varias bolsitas de cuero. Calzaban unas extrañas zapatillas de tela,  curvadas hacia arriba en la punta, en el mismo color azul que la vestimenta. Un pequeño amuleto, también de plata, con la forma de una cobra, colgada de sus escamosos cuellos.</p>
<p>Cuando la puerta del segundo carro se abrió, tanto los sacerdotes menores como toda la comitiva de la ciudad posó la rodilla en el suelo.</p>
<p>Del interior en penumbra surgió un saurio toro.</p>
<p>Si los guerreros de vanguardia eran grandes, este era una verdadera torre andante. Debía de medir por lo menos tres metros y medio, y sus escamas eran de un tono rojizo, incluidos los cuernos que le salían del lateral de la cabeza. Llevaba una armadura color herrumbre con unas placas adicionales superpuestas en los hombros. Su rostro estaba pintado de blanco, en un dibujo que asemejaba una calavera y por sus poderosos brazos corrían salvajes tatuajes tribales del mismo tono blanquecino. En sus manos como garras llevaba una extraña espada de doble hoja, con los filos curvados, como si se hubieran unido dos cimitarras por las empuñaduras. De su cintura colgaba un puñal largo, cuya empuñadura estaba tallada en forma de enredadera y del otro lado colgaba un cráneo humano pulido, donde podían verse una serie de caracteres rúnicos grabados a fuego.</p>
<p>Detrás del monstruo apareció una voluminosa figura que descendió los dos peldaños de madera que se desplegaban al abrir el portón.</p>
<p>La criatura era semejante a un sapo humanoide, con el cuerpo increíblemente gordo e hinchado. Tanto las piernas como los brazos eran muy delgados en comparación con el tronco, hasta tal punto que parecía obra de magia el que unas extremidades inferiores tan raquíticas pudieran sostener semejante montón de carne.</p>
<p>El hombre sapo tenía la piel verde oscuro, con la parte de la garganta de un tono más claro, llena de protuberancias, semejante a las de los sapos corrientes, sus ojos saltones, de un profundo color negro, tenían un brillo de inteligencia más allá de lo humanamente posible. Era bajo comparado con los saurios, alrededor de metro setenta, y vestía una toga dorada, con intrincados ribetes blancos y portaba un cayado nudoso, en cuya parte superior giraba una espiral de luz de color anaranjado. Un sello de oro con un gran rubí engastado descansaba en una de sus manos de cuatro dedos.</p>
<p>-Levanta, oh Kha’rí Al’ Varthan, <em>Belsnazz</em> de Santará-Krissez, la poderosa, fundada por nuestro caudillo Vión Al’ Rastam, en el albor del Imperio. Tú, El Nunca Derrotado, el Conquistador de Ambareth, la Joya Negra, Tú el Portador de <em>Antira</em>,la Hoja de Sangre, no debes arrodillarte ante mí- dijo el Sumo Sacerdote de Sokhaz con una voz gutural, semejante a la de gigante.</p>
<p>Kha’rí levantó la vista, y lentamente se incorporó.</p>
<p>-Bendito seáis, oh Garash Al’ Benok, Sumo Sacerdote de Nuestro Señor el Glorioso Sokhaz, Rey de todas las Serpientes. Bienvenido a Santará-Krissez –respondió respetuosamente el Gran Lanista, para besar después el anillo del sacerdote.</p>
<p>El hombre sapo se dirigió entonces hacia las doncellas vestidas de blanco, con Kha’rí  y el gran saurio toro siguiéndole los pasos. Al llegar a su altura levantó el cayado por encima de su cabeza. La luz de la espiral del báculo brilló con más intensidad y aumentó la velocidad a la que el vórtice se movía.</p>
<p>Entonces las vírgenes empezaron a mover el cuello en círculos, a la vez que emitían un ligero ronroneo. Sus ojos parecían de cristal, sin vida y, lentamente, el ronroneo fue aumentando de intensidad.</p>
<p>-Fuego Sagrado de  At’meral, purifica esta tierra que piso, que tu Llama Vengadora sea Purga  para mí y Azote para los enemigos de Tu Pueblo -.</p>
<p>Garash clavó el cayado en el suelo y  Kha’rí se situó a su lado. Ambos introdujeron entonces las manos dentro de las llamas, pero a pesar del dolor lacerante, ninguno gritó. Cuando las extrajeron estaban inmaculadas, sin quemadura ninguna.</p>
<p>- Glorioso Sokhaz, Toma este sacrificio de sangre como agradecimiento por Tu benevolencia para con tus fieles servidores- dijo el sapo.</p>
<p>Entonces, rápido como un rayo, el enorme saurio toro hizo descender su mortífera espada doble y de dos precisos movimientos seccionó la cabeza de las doncellas.</p>
<p>Fuentes de sangre verdosa surgieron de los cuellos cortados, regando la tierra y el suelo que pisaba la comitiva.</p>
<p>El sacerdote se arrodilló entonces y besó el suelo manchado de sangre.</p>
<p>-Bendita estás, Santará-Krissez- murmuró.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El gran caballo de guerra descendió la ladera polvorienta. El viento barría toda la zona, creando remolinos de arena que se metían en los ojos y resecaban las gargantas.</p>
<p>Por enésima vez, Váragos miró a su alrededor, y su ánimo se volvió más sombrío. Allí, abajo, al fondo del valle, podía verse una interminable columna de trabajadores, un macabro carnaval de almas, sumergidas en un destino peor que la misma muerte.</p>
<p>Los látigos de los capataces, sicarios de Bassa, descendían sin piedad sobre las espaldas de los rezagados. Las fosas comunes originales no tenían cabida ya para tantos muertos y se había establecido un nuevo campo de muerte al otro lado de la colina, apartado de estas primeras trincheras. Sin embargo, la cal viva era bien visible por todo el perímetro del campamento, un terrorífico recuerdo de lo que les esperaba a todos aquellos pobres diablos.</p>
<p>Váragos era un guerrero. A pesar de que sabía que no podía hacer mucho por evitarlo, no le gustaba que sus hombres violaran mujeres y mataran niños. Una cosa era enfrentarse a un guerrero armado en el campo de batalla y otra muy distinta vejar a un ser indefenso.</p>
<p>Cuando tomó la decisión de invadir Hazaria, sabía que indudablemente sucederían estas cosas. No se podía pretender mantener el asedio de una ciudad durante tres meses y cuando ésta al final caía, esperar que los hombres, que habían pasado penalidades fuera de las murallas y habían visto morir a sus camaradas en los diferentes asaltos a los muros, no sacaran a relucir su lado más siniestro. Así era la guerra. Pero aquello…, aquello no era bueno.</p>
<p>El objetivo del general era asimilar Hazaria, no reducirla a cenizas, ¿Cómo podía esperar Bassa que la población de aquel reino aceptara de buen grado al nuevo gobierno, haciendo aquello con sus gentes? La situación se le estaba escapando de las manos. Si no fuera por que le daba un miedo atroz dejar a Bassa campar a sus anchas sin tenerlo vigilado, Váragos se habría marchado al frente hacía mucho tiempo.</p>
<p>Había perdido la cuenta de las veces que se había preguntado por qué el cielo, los dioses de aquellas gentes, se empeñaban en mantenerles fuera de su reino. Por que sus dioses no se los llevaban a su lado en lugar de permitir que pasaran por aquel infierno.</p>
<p>Ensimismado estaba el general en sus propios pensamientos, cuando un movimiento de personas, unido a un griterío, llamó su atención. Váragos miró en la dirección del escándalo y divisó un grupo de capataces, tres en concreto, que arrastraban a una figura más pequeña hasta una choza cercana. La figura se debatía como una fiera herida, pero no podía hacer nada por superar la fuerza de los hombres.</p>
<p>El general azuzó a su gran destrero negro, y bajó al trote. Llegó a la pequeña casucha justo antes de que los tres hombres metieran a una joven, una niña en realidad, dentro del edificio. La chica tenía los ojos de un azul profundo, y entre la porquería que cubría su cuerpo, podían verse unos hermosos cabellos rojizos, como un atardecer en los desiertos de El Maansul.</p>
<p>Los tres hombres se detuvieron ante su aparición, uno de ellos estaba levantándole los andrajosos vestidos a la niña. Allí, la belleza era una desgracia para las mujeres. Los ojos de Váragos se encendieron de ira. Se apeó del caballo y fue hasta los hombres.</p>
<p>Uno de ellos le increpó algo al general, sin duda no sabían quien era.</p>
<p>-¿Te apetece probarla, soldado? – Le dijo el que tenía a la niña sujeta por los cabellos – espera tu turno, llevamos varios días detrás de ella.</p>
<p>La muchacha estaba aterrorizada, sus ojos azules parecía que iban a salirse de las órbitas. Miró a Váragos con una mezcla de temor y de súplica.</p>
<p>El hombre, enterró su grasiento rostro entre los cabellos de la niña al tiempo que metía la mano por debajo de la polvorienta falda.</p>
<p>-Suéltala – ordenó el general con una voz de trueno.</p>
<p>-¡Déjame en paz, saco de mierda, te he dicho que esperes tu turno! – le gritó el capataz con una boca llena de dientes podridos.</p>
<p>-Te he dicho que la sueltes- repitió Váragos.</p>
<p>El hombre se giró hacia el general con el rostro encendido por la ira. Miró a sus compañeros que esperaban su turno para violar a la niña.</p>
<p>-¡Echad a este payaso de aquí, no quiero que me estorbe…! -.</p>
<p>Los dos capataces se encararon con Váragos. Llevaban armaduras de cuero, y espadas cortas al cinto. Cada uno blandía además una porra de cuero para noquear.</p>
<p>Debieron de pensar que la pesada armadura del general le haría más lento.</p>
<p>El primero de ellos no tuvo tiempo ni siquiera de parpadear.</p>
<p><em>Partealmas</em> salió de su vaina, rápido, a tal velocidad que su filo aparecía difuminado, como en un sueño, y menos de un segundo después, la cabeza del hombre caía a tres metros de su cuerpo.</p>
<p>El segundo capataz miró la cabeza cortada de su compañero y entonces sintió un golpe a la altura del hombro. La hoja de la espada de Váragos alcanzó la base del cuello y allí cortó limpiamente armadura, carne y hueso. El cuerpo del capataz cayó con un estertor agónico, seccionado por la mitad desde el hombro hasta la cintura. El agresor de la niña se levantó de un salto. No tuvo tiempo de hacer nada más. Unas manos gigantescas lo cogieron por la espalda, asiéndole de las muñecas. Intentó tirar con fuerza para soltarse, sin  entender que era algo imposible de realizar.</p>
<p>Archade levantó al espantajo sin esfuerzo. Para el golem era tan ligero como una pluma. El capataz giró la cabeza y la sola visión del coloso de piedra bastó para que perdiera el control de los esfínteres.</p>
<p>Archade levantó sus ojos de lava hacia su amo, en espera de órdenes.</p>
<p>Váragos limpió la hoja de <em>Partealmas</em> en las ropas de un de los muertos, luego, con movimientos pausados, la guardó en su vaina. Miró a la niña y a Archade no le hizo falta ninguna orden verbal.</p>
<p>Los gritos del capataz se difuminaron con el ulular del viento cuando el golem lo desmembró.</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>Aquella misma tarde, cuando el sol ya se ponía para dejar paso a la noche, Bassa entró en el pabellón del general.</p>
<p>Ante su avance enérgico y decidido, Archade emitió un gruñido de amenaza.</p>
<p>-No pasa nada, Archade – dijo Váragos.</p>
<p>Bassa llegó a su altura y se encaró con el general.</p>
<p>-¡No puedo creer que seas tan estúpido! – le gritó el sacerdote.</p>
<p>-¿Qué quieres, Bassa? – preguntó Váragos.</p>
<p>-¿Qué qué quiero?, ¡mi jefe de capataces ha venido a contarme tu pequeña aventura de hoy! –Bassa estaba desencajado por la ira &#8211; ¿tienes idea del revuelo que has levantado?, ¡Todos mis hombres hablan de que deambulas por el campamento, matando a tu antojo!, ¡nadie quiere trabajar, están aterrados! -.</p>
<p>-Bueno, un poco de miedo no está mal. Eso infunde respeto entre las tropas-.</p>
<p>-¡No son tus tropas, no son tus hombres, son míos, igual que todo esto!, ¿o es que no lo entiendes, maldito idiota? – estalló Bassa.</p>
<p>-Es la segunda vez que me insultas, Bassa, si vuelves a hacerlo, será la última… &#8211; dijo Váragos con una mirada viperina.</p>
<p>-¿Me estás amenazando, general? – preguntó el sacerdote oscuro con incredulidad.</p>
<p>-Si – respondió Váragos.</p>
<p>Durante un momento, la mano excesivamente delgada de Bassa parpadeó y un pequeño haz de luz surgió en su palma. Váragos se mantuvo impasible, con la enguantada mano sobre el pomo de <em>Partealmas. </em>Archade rugió y se irguió cuan alto era, más de tres metros de coloso de piedra negra. Sus ojos eran como el corazón de un volcán, ira pura, furia a punto de desatarse sin control.</p>
<p>-Tranquilo, Archade, Bassa ya se iba -.</p>
<p>El sacerdote oscuro se serenó, la luz desapareció de su mano y el golem se relajó visiblemente.</p>
<p>-No vuelvas a tocar a ninguno de mis hombres, Váragos, te lo advierto. Has estado a punto de que todo se fuera al infierno por salvar a esa basura que no se merece ni el aire que respira-.</p>
<p>Bassa se encaminó hacia la salida de la tienda de mando cuando Váragos le respondió.</p>
<p>-Volveré a hacerlo, Bassa,  tantas veces como sea necesario-.</p>
<p>Bassa se giró en la entrada.</p>
<p>-No, no volverás a hacerlo, porque casi nos cuesta una rebelión, y además no ha servido para nada…- dijo el clérigo con un atisbo de sonrisa.</p>
<p>-¿Qué quieres decir con eso? – preguntó el general.</p>
<p>-La niña ha muerto…, la que salvaste. Se corrió la noticia y un grupo de capataces la violaron más de una docena de veces en represalia por sus compañeros muertos – en el cadavérico rostro de Bassa se dibujó una sonrisa sádica, de victoria – su cuerpo está en la fosa norte, pero no te aconsejo que vayas, lo acaban de rellenar con cal viva…-.</p>
<p>El sacerdote oscuro salió de la tienda y estalló en carcajadas.</p>
<p>Y como tantas otras veces, Váragos se preguntó si estaba haciendo lo correcto…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Por Ricardo Garrido.</em></p>
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		<title>H.P. Lovecraft</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Aug 2012 21:34:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Administrador</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Cthulhu]]></category>
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		<category><![CDATA[Grandes escritores]]></category>
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		<category><![CDATA[Terror]]></category>

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		<description><![CDATA[Si nuestra primera selección fue una eminencia en la literatura fantástica, hoy hemos seleccionado a un clásico de la literatura de terror. Howard Phillips Lovecraft Nació el 20 de agosto de 1890 en Providence (Rhode Island). Un niño enfermizo con &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/08/h-p-lovecraft/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000;">Si nuestra primera selección fue una eminencia en la literatura fantástica, hoy hemos seleccionado a un clásico de la literatura de terror.</span></p>
<p><span style="color: #ff0000;"><strong>Howard Phillips Lovecraft</strong></span></p>
<p><span style="color: #000000;">Nació el 20 de agosto de 1890 en Providence (Rhode Island). Un niño enfermizo con una infancia desgraciada ya que perdió a sus padres enfermos de locura. Fue una persona solitaria que dedicaba su tiempo a la lectura, la astronomía y a cartearse con otros aficionados a la literatura macabra. </span></p>
<p><span style="color: #000000;"><span id="more-400"></span></span></p>
<p><span style="color: #000000;">Su prosa está influenciada por LORD DUNSANY, WILLIAM H. HODGSON, ARTHUR MACHEN y EDGAR ALLAN POE. Fue un gran innovador del cuento de terror gracias a su singular tratamiento de la narrativa y la atmósfera de sus historias, que acercó el género a la ciencia-ficción. Con 16 años escribía una columna de astronomía para el Providence Tribune. De 1908 a 1923 ganaba algo de dinero escribiendo ocasionalmente relatos para revistas de poca tirada, como Weird Tales. Murió en Providence, el 15 de marzo de 1937 en la pobreza y el anonimato. Diez años más adelante, su obra empezó a interesar a mucha gente. Sus relatos tratan sobre espíritus malignos, posesiones psíquicas y mundos oníricos donde el tiempo y el espacio se alteran irremediablemente, como en sus Mitos de Cthulhu.</span><br />
<span style="color: #ff0000;"><strong><br />
</strong><span style="color: #000000;">Algunas obras de H. P. Lovecraft, cuentos o alguna novela breve:</span><strong></p>
<p></strong><span style="color: #000000;"><strong>La llamada de Cthulhu</strong></p>
<p>La sombra sobre Insmouth</p>
<p>El Ceremonial</p>
<p>Dagon</p>
<p>El Color de Más Allá del Espacio</p>
<p>Los Sueños en la Casa de la Bruja</p>
<p>La Ciudad Sin Nombre</p>
<p>La Cosa en el Umbral</p>
<p>El clérigo malvado</p>
<p>La Sombra mas alla del Tiempo</p>
<p>El Caos Reptante</p>
<p>El que susurraba en las tinieblas contada.</p>
<p>El Extraño</p>
<p>El caso de Charles Dexter Ward</p>
<p>El Horror de Dunwich<br />
</span><br />
<span style="color: #000000;">Los llamados &#8220;Mitos de Cthulhu&#8221; (la mayoría de los títulos antes citados corresponden a este ciclo, en la etapa de creación madura del maestro) reposan en un sustrato mitológico propio creado por el propio Lovecraft, derivados de los capítulos del &#8220;abominable Necronomicón&#8221; libro ficticio supuestamente creado por un vidente árabe de la época abasí llamado Abdul Alhazred, cuyos contactos con el inframundo le valieron ser devorado vivo por un monstruo invisible&#8230;.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El <strong>Necronomicón</strong> no existió nuca más que en la afiebrada imaginación de Lovecraft, pero el genial escritor pobló a su supuesta historia de tales datos, que aún hoy lectores ilusos lo piden en las librerías&#8230;</span><strong></p>
<p></strong></span></p>
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		<title>Sangre de Dragón XIX</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Aug 2012 10:08:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XVIII. VICTORIA O VALHALLA.  A pesar de que la greba de metal detuvo gran parte del daño, la lanza del gladiador de tez morena había abierto un profundo corte en el muslo de Halfdan. La herida era una fuente &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/08/sangre-de-dragon-xix/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XVIII. VICTORIA O VALHALLA.</strong></p>
<p><strong> </strong>A pesar de que la greba de metal detuvo gran parte del daño, la lanza del gladiador de tez morena había abierto un profundo corte en el muslo de Halfdan. La herida era una fuente de sangre y aunque el nórdico tenía la constitución de un toro, la pérdida del icor rojo hizo que se derrumbara en pocos segundos como si fuera un árbol recién talado.</p>
<p>Inmediatamente, dos esclavos humanos salieron a la arena, cargaron al bárbaro en una camilla de madera y lo llevaron al interior del circo, a los sótanos donde se encontraba la enfermería.</p>
<p><span id="more-394"></span></p>
<p>De todo esto, al igual que del desarrollo del combate, había sido testigo Monk. El monje se había ofrecido de manera voluntaria a Mensharaz para ser el curandero de su gladiador, en caso de que lo necesitara, y el lanista saurio, conocedor de la reputación de Monk había aceptado al instante.</p>
<p>El monje deshizo la posición de meditación que tenía adoptada y se giró hacia la puerta. A través de los pasillos de fría y lóbrega piedra se oía el ruido de los pasos apresurados de los camilleros.</p>
<p>Todo estaba listo, pues si bien el resto de la ciudad no sabía nada, él sí que era consciente de lo que iba a pasar. Monk sabía que Halfdan iba a ganar el combate, como también sabía que iba a resultar herido. Lo había visto. El <em>Ki</em> se lo había revelado.</p>
<p>En un sueño…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Santará-Krissez, dos días antes…</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>“…Sus pies tocaron la cumbre de la montaña y aspiró el aire puro del cielo. La cima del mundo, un lugar solo reservado a los héroes de antaño, un lugar al que únicamente los puros de corazón tenían acceso. El regalo de los Dioses.</em></p>
<p><em>Divisó al dragón de manera nítida, un coloso azul iridiscente, recortado contra el azul más pálido del cielo. </em></p>
<p><em>La bestia batía sus poderosas alas en un vaivén enérgico, en perfecta sincronización. Era un espectáculo magnífico. Una aureola de poder, de grandeza, de primitiva majestuosidad, impregnaba al ser. </em></p>
<p><em>El dragón descendió en picado, desapareciendo por un momento de su vista. Reapareció poco después, con un enorme ciervo en sus fauces. Lo lanzó al aire y volvió a recogerlo, para engullirlo en apenas un suspiro.</em></p>
<p><em>Sonrió. Todo era perfecto. Todo era equilibrio. El dragón era un depredador y como tal se comportaba. El ciervo era la presa. Y su muerte contribuía a que todo estuviera como debía de estar, a que el ciclo de la vida fluyera de acuerdo con las leyes establecidas.</em></p>
<p><em>El coloso lanzó un rugido, declarando a todo el que pudiera escucharle, que era el señor supremo de aquellas tierras. </em></p>
<p><em>No había maldad en aquel rugido. Solo equilibrio. </em></p>
<p><em>El monje quedó satisfecho, pero tras unos segundos, decidió participar en aquella paz. Proyectó su mente y sus pensamientos se fundieron con los del ser. La criatura no percibió el cambio, pero el monje sí lo hizo. Su psique fue una, y se sintió partícipe de aquello. Sentía como el viento golpeaba su rostro, como el mundo pasaba por debajo de él, como el corazón se aceleraba ante la visión de la tierra. Y en su interior gritó y deseó que aquello nunca acabara. </em></p>
<p><em>Y por eso, porque sentía lo mismo que el dragón, supo lo que el coloso iba a hacer. Y no le pareció buena idea. Pero no tenía poder para decidir. Y el dragón se dirigió hacia la pequeña aldea. Y como sucediera antes, no había maldad en ello, solo ganas de aprender, de formar parte de la vida de aquellas buenas gentes. </em></p>
<p><em>Pero ellos no lo entendieron. Solo vieron al gigante monstruoso que se les venía encima. Y el desconocimiento se transformó en miedo, y el miedo en agresividad.</em></p>
<p><em>Sintió en mismo dolor que el dragón cuando el primer virote, lanzado desde una ballesta gigantesca, atravesó el pecho del coloso. </em></p>
<p><em>Fue consciente de la incredulidad del dragón, de su total ignorancia hacia aquel hecho. Decidió acabar con aquello de inmediato. Justo cuando un segundo virote se clavaba profundamente en el pecho de la criatura, Monk abandonó la mente del dragón y una parte de sí mismo se materializó en la aldea. </em></p>
<p><em>Allí todo era caos. Las gentes corrían de un lado para otro, chillando, con los rostros desencajados por la ira y el miedo. Enseguida localizó al tirador, detrás de la balista. Se dirigió hacia allí pero supo al instante que de poco serviría. Su cuerpo insustancial, atravesaba los de las personas que se cruzaban en su camino. No podían verle, ni oírle. Y se horrorizó al instante al ver como un tercer proyectil salía disparado en dirección al señor de los cielos. </em></p>
<p><em>-¡No! – gritó &#8211; ¡no lo entendéis, no quiere haceros daño! , ¡Por favor! -.</em></p>
<p><em>De nada sirvieron sus suplicas, ni sus intentos de detenerlos por la fuerza. Sus manos de niebla atravesaban los cuerpos sólidos de los aldeanos sin afectarlos lo más mínimo.</em></p>
<p><em>Con el corazón encogido por el dolor, levantó la vista a los cielos y vio como el virote impactaba contra el cuello del dragón. El cuerpo de la criatura se convulsionó por el golpe y una fuente de sangre bañó las copas de los árboles cercanos.</em></p>
<p><em>El gigante lanzó un alarido agónico y se precipitó a tierra herido de muerte, lejos de la aldea. </em></p>
<p><em>Monk proyectó su mente y aún sintió vida en el cuerpo del dragón. Rápidamente buscó el lugar donde había caído y se materializo a su lado. El cuerpo del dragón había menguado hasta alcanzar el tamaño de un humano alto. Tres horribles flechas sobresalían de su cuerpo robándole la vida. El monje se arrodilló a su lado. Los ojos de la criatura estaban cristalinos, y en su regazo Monk pudo ver que acunaba un pequeño objeto cilíndrico. No recordaba donde, pero alguien, tal vez en otro tiempo, le había descrito algo parecido. Cuando el monje iba a coger el objeto de las manos del dragón, sintió un gélido viento a su alrededor. </em></p>
<p><em>Una figura, delgada hasta parecer un esqueleto,  y ataviada con una túnica negra, apareció ante él. Se cubría el rostro con una capucha y parecía flotar más que caminar cuando se acercó al cadáver del dragón y le arrebató el cilindro. </em></p>
<p><em>Levantó la cabeza para mirar al monje, como si por primera vez reparara en su presencia. Monk intentó descubrir quien se ocultaba bajo los siniestros ropajes,  pero nada sustancial había dentro de la capucha negra, solo frío y muerte. </em></p>
<p><em>-Gracias por no hacer nada- le dijo con una voz cadavérica y chirriante.</em></p>
<p><em>La figura tomó el cilindro en sus huesudas manos y se giró, dando la espalda al monje. Levantó los brazos y comenzó a recitar un impío ensalmo. </em></p>
<p><em>Inmediatamente  después de que las primeras palabras fueran pronunciadas, el mundo, tal y como lo veía Monk, empezó a cambiar. El cielo se volvió negro y después rojo sangre, y todo alrededor estalló en llamas. Entonces, delante de la figura encapuchada, se abrió una fisura azulada, larga, como la herida de una espada en la carne desnuda. La rasgadura fue haciéndose mayor, a medida que la profana letanía era entonada y alcanzaba su momento culmen.</em></p>
<p><em>Con un grito desgarrador, la impía ceremonia llegó a su fin y de las entrañas del infierno, fuera cual fuera, una garra enorme agarró el borde de la grieta, para entrar en el mundo.</em></p>
<p><em>Monk cayó de rodillas y se cubrió la cabeza con las manos. Un terror más allá de lo comprensible le desgarró el alma, y sintió como su propia esencia era violada por aquella maldad infinita.</em></p>
<p><em>De repente todo quedó en silencio. El monje levantó temerosamente la cabeza. Estaba rodeado de oscuridad. Las lágrimas aún corrían por sus mejillas.</em></p>
<p><em>-Tienes las manos manchadas de sangre- le dijo desde algún lugar una voz femenina, vagamente familiar.</em></p>
<p><em>-¡No! –respondió él con desesperación.</em></p>
<p><em>-Sí – volvió a decirle la voz, esta vez desde el lado opuesto.</em></p>
<p><em>-¡No! -  Gritó el monje…”</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Monk despertó en su cama empapado en sudor. Su pecho subía y bajaba aceleradamente, y su respiración era entrecortada. Miró a su alrededor durante unos segundos sin entender donde se encontraba. Luego, poco a poco, volvió a la realidad. Se dejó caer de nuevo en su austero camastro y lanzó un profundo suspiro. Los ecos de la pesadilla aún martilleaban dentro de su cabeza.</p>
<p>-Un mal sueño…- dijo a la oscuridad reinante en su habitación – solo ha sido un mal sueño -.</p>
<p>Se llevó las manos a la cara y descubrió que estaban mojadas. Lentamente, a tientas, se acercó a un rústico mueble y encendió una vela.</p>
<p>Ahogó un grito cuando descubrió las palmas manchadas de rojo.</p>
<p>Rápidamente se las limpió en un paño de fino hilo blanco, que colgaba de una percha de madera.</p>
<p>Se sentó en el suelo, mientras contemplaba los restos de sangre en sus manos.</p>
<p>-Tienes las manos manchadas de sangre… &#8211; dijo Monk en un susurro.</p>
<p>El <em>Ki</em> había hablado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Caitlín se sobresaltó cuando unos ligeros golpes sonaron en su puerta. Al principio pensó que lo había soñado, pero enseguida volvieron a repetirse, esta vez con mayor insistencia. Se levantó despacio y fue hasta la entrada de sus aposentos. Apoyó la oreja en la puerta de madera reforzada con hierro pero no escuchó nada. Pensó durante un par de segundos y se acercó a la mesa. Cogió un pesado jarrón de cerámica, extrajo de él unas flores y volvió a la puerta. Los golpes volvieron a sonar.</p>
<p>A pesar de que sabía que nadie en la ciudad se atrevería a hacerla daño, no podía asegurarlo del todo. Su corazón latía desbocado y durante unos instantes rememoró el asalto que había sufrido en la biblioteca de Canto de los Dioses. De no haber sido por Halfdan, ahora estaría muerta.</p>
<p>&lt;&lt; ¡Basta ya! &gt;&gt; se dijo &lt;&lt;ahora sabes luchar, no eres una pobre aldeana indefensa&gt;&gt;.</p>
<p>Decidió esperar. En cuanto los golpes en la madera volvieron a sonar, Caitlín abrió de un tirón con la intención de sorprender a quien quiera que estuviera detrás y estamparle el jarrón en la cabeza si era necesario.</p>
<p>Monk entró como exhalación. Con una rapidez abismal, arrebato el jarrón a la trovadora y cerró la puerta suavemente con el pie.</p>
<p>Caitlín lo miro incrédula.</p>
<p>- ¿Qué demonios haces aquí?, ¿tienes idea de la hora que es?- preguntó.</p>
<p>- Sí, hora de que esa idea tuya se convierta en un plan de verdad…-.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Campo de Sangre de Santará-Krissez, de vuelta al presente…</em></p>
<p>-¡Ponedlo aquí, rápido! -  Les dijo Monk a los camilleros cuando entraron en la enfermería portando a un inconsciente Halfdan.</p>
<p>Los esclavos humanos obedecieron la monje depositaron al guerrero nórdico encima de la mesa de operaciones con toda la delicadeza  que fueron capaces, que no fue mucha, dado el tamaño del gladiador, que añadía a su tremendo peso el de la armadura que se había elegido para él ese día.</p>
<p>- Fuera de aquí, vamos – instó Monk a los hombres.</p>
<p>Estos obedecieron sin rechistar, dejando solos a médico y paciente.</p>
<p>Monk sacó un cuchillo largo y contó rápidamente y sin miramientos las cinchas que sujetaban la armadura. Las piezas fueron cayendo al suelo con pesados golpes. En el exterior, se libraba otro cruento combate entre un ogro gigantesco y otro de los campeones sobresalientes en la ciudad, un enorme minotauro llamado Troxxos.</p>
<p>Monk cortó la pernera del pantalón de cuero y examinó la herida de Halfdan. Era una laceración profunda, pero afortunadamente, a pesar de la mucha sangre que había perdido, la lanza del gladiador de Vihss no había dañado ningún vaso capilar importante.</p>
<p>Monk limpió la herida con una mezcla de agua y vino tibio. Después la cosió y aplicó un emplasto a base de cola de caballo, una planta conocida por su poder cicatrizante.</p>
<p>Eso bastaría por el momento. El monje podía haber usado sus poderes curativos mágicos, pero quería tener una buena excusa para examinar a Halfdan varias veces y así poderle contar lo que Caitlín descubriera en las reuniones de los lanistas, de modo que fueran capaces de ir perfilando un buen plan de huida.</p>
<p>Seguidamente, Monk lanzó sobre el bárbaro un pequeño conjuro vigorizante. Tenían poco tiempo, y el monje debía de asegurarse que Halfdan estaba dispuesto a arriesgarse a escapar.</p>
<p>Parecía una decisión lógica, después de todo, el nórdico era un esclavo, obligado a luchar por su vida en combates brutales. Pero no todos los hombres pensaban igual.</p>
<p>Halfdan podría medrar como campeón de la arena, de hecho de no ser porque había estado a punto de matar a su propio lanista, y Mensharaz le odia por ello, el nórdico tendría lujos al alcance de pocos esclavos y gozaría de una vida privilegiada dentro de la sádica cultura de los saurios. </p>
<p>Otros hombres podían entender esta vida, resignándose a permanecer como gladiadores hasta ser liberados, cosa muy rara pero que había sucedido en alguna ocasión, o a aceptar  que tal vez los mataran en la arena.</p>
<p>De modo que, antes de poder en peligro las intenciones de Caitlín debía asegurarse de que el nórdico estaba dispuesto a escapar o a morir en el intento si las cosas se torcían.</p>
<p>El hechizo tuvo un efecto inmediato, y Halfdan abrió los ojos. Giró la cabeza y miró al monje a los ojos. No era la primera vez que Monk sanaba al guerrero. En el año largo que Halfdan llevaba entre los saurios, el sanador le había recompuesto en más de una docena de ocasiones. La primera de ellas, el día en que los saurios le capturaron.</p>
<p>- Hola, Halfdan &#8211; dijo el Monk con cordialidad.</p>
<p>- ¿Me has amputado, monje? – pregunto el bárbaro sin rodeos.</p>
<p>- No, conservas todos tus miembros. La herida no era tan grave como parecía-.</p>
<p>El guerrero nórdico hizo ademán de levantarse, pero un mareo le invadió e hizo que volviera a tumbarse en el camastro. Tenía un dolor en la pierna de mil demonios y la garganta más seca que los desiertos de El Maansul.</p>
<p>- Te he lavado la herida y te he puesto un emplasto. Creo que sanará sin problemas- dijo Monk.</p>
<p>- Déjate de emplastos y dame algo de beber- respondió el nórdico.</p>
<p>- Tengo que hablar contigo – dijo de repente el monje.</p>
<p>El bárbaro lo miro sin entender.</p>
<p>- ¿De qué? – preguntó.</p>
<p>- No tenemos mucho tiempo. Voy a hacerte una proposición sincera, y solo quiero un honesto “sí” o “no”. Y tienes que darme la respuesta ahora, es demasiado arriesgado para que pierdas el tiempo pensándotelo-.</p>
<p>- ¿De qué demonios hablas, monje?-  preguntó Halfdan, cada vez más intrigado.</p>
<p>- Antes de contarte nada, quiero que me des tu palabra de honor de que, si tu respuesta es negativa, no le contarás a nadie lo que voy a decirte. Sé que sois orgullosos, los guerreros de Valheim,  que el honor lo es todo para vosotros y que cumplirás con tu promesa una vez me la hayas hecho-.</p>
<p>Halfdan escudriñó al sanador humano, pero no consiguió descifrar nada en la cara del monje.</p>
<p>- Está bien, Monk. Tienes mi palabra de honor, seré una tumba tanto si me gusta lo que tienes que decirme, como si no &#8211; declaró el bárbaro.</p>
<p>- Bien. Caitlín tiene un plan para fugarse de aquí. Yo la estoy ayudando. De hecho, este es el primero de los muchos encuentros que tendremos que tener para ir perfilando la huida…si decides aceptar, claro – explicó el sanador.</p>
<p>Halfdan tardó en reaccionar y Monk tuvo que sacarle de su ensimismamiento con un leve golpe en la cabeza.</p>
<p>- ¿Qué Caitlín va a hacer qué…? – preguntó sin dar crédito aún a las palabras de su interlocutor.</p>
<p>- Ya lo has oído, va a escapar de aquí. Te quiere y te necesita. Pero debes darme la respuesta ahora. Y has de saber que será la única vez que tendremos esta conversación. Si tú no aceptas, lo intentará sola. Es decir, lo intentaremos. Yo voy también -.</p>
<p>- Pero… ¿Cómo…? -.</p>
<p>- ¿Sí o no, Halfdan? – preguntó Monk mirando la puerta de la enfermería con impaciencia.</p>
<p>- Sí, por supuesto que sí -.respondió el guerrero, esta vez sin titubear.</p>
<p>- Ahora no puedo darte los detalles. Solo puedo decirte que de ahora en adelante os harán combatir con mucha regularidad. De aquí a un tiempo habrá unos grandes juegos, de donde saldrán los mejores. Esos campeones viajarán a la capital del imperio saurio para participar en los juegos que se celebrarán para anunciar  la coronación del príncipe heredero. De momento no tengo tiempo para decirte nada más-.</p>
<p>- De acuerdo – dijo Halfdan tras meditarlo unos segundos – intentaré captar a alguien más para nuestra causa-.</p>
<p>- Hay una cosa más, Halfdan. Tendremos que encontrarnos con cierta regularidad, tú y yo, para que pueda informarte de los descubrimientos que va haciendo Caitlín. Tendrás que dejarte… herir en los combates. Yo no tengo acceso a los gladiadores si no es para curarlos…-.</p>
<p>El nórdico levantó el mentón con orgullo.</p>
<p>- No te preocupes, monje, dejaré que todos estos sacos de mierda me castiguen un poco antes de matarlos a todos -.</p>
<p>Monk sonrió ante el comentario.</p>
<p>- Bien, he curado tu herida sin magia para volver a verte en unos días, digamos… ¿de aquí a cuatro jornadas?-.</p>
<p>- Perfecto, pero no me corresponde a mí decidir…- objetó el bárbaro.</p>
<p>- No te preocupes por eso, yo hablaré con Mensharaz. Déjalo en mis manos-.</p>
<p>El nórdico se levantó de la camilla e hizo una mueca de dolor cuando apoyó la pierna herida. Luego, se encaminó hasta la puerta. La abrió y antes de salir se giró.</p>
<p>- Dile que la quiero. Y que la prometo por mi vida y mi honor que pronto se lo diré en persona-.</p>
<p>- Lo haré- prometió el monje.</p>
<p>El guerrero salió cojeando y Monk recogió y limpio la enfermería.</p>
<p>El plan estaba en marcha.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *         </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Avanzada la tarde, Halfdan entró cojeando en los baños calado por la fuerte lluvia que se había desatado en el exterior. En cuanto le vieron, Vidar y Branor corrieron junto a él.</p>
<p>- ¡Estás a salvo, por un momento nos temimos lo peor…!- dijo el enano apretando la mano de su amigo nórdico.</p>
<p>- Estuvo cerca – reconoció Halfdan – un par de centímetros más, y no lo hubiera contado-.</p>
<p>-  Suerte que estaba el monje, ese hombre es una bendición de los cielos- dijo Vidar.</p>
<p>- La suerte no tiene nada que ver en esto- dijo Halfdan.</p>
<p>Vidar hizo una mueca al no entender el significado oculto en las palabras de su amigo.</p>
<p>- Nada de suerte, la greba de metal fue lo que le salvó- respondió Branor.</p>
<p>Halfdan miró a ambos lados. Cuando se aseguró que nadie podía oírlos explicó a sus amigos la conversación que había tenido con Monk.</p>
<p>Vidar y Branor no daban crédito a lo que oían, pero pasados unos segundos de completa sorpresa, la cara del enano se iluminó como un farol.</p>
<p>- ¡Eso es magnífico, cuenta conmigo amigo!- dijo eufórico.</p>
<p>Halfdan asintió y miró a Vidar. El clérigo de Tyr no parecía muy convencido.</p>
<p>- ¿Y bien?- le preguntó.</p>
<p>- No lo tengo muy claro, Hal – dijo Vidar en tono sombrío.</p>
<p>- ¿El que no tienes claro?, ¿lo de que no quiero morir siendo un esclavo de estos malditos hijos de perra? – dijo Halfdan en tono gélido.</p>
<p>- Ya sé que no quieres morir aquí. Ninguno queremos. Pero los designios de los Dioses…- dijo el clérigo.</p>
<p>- ¿Qué dioses, Vidar?, ¿Qué dioses?, – preguntó Halfdan destilando veneno &#8211; ¿los mismos que nos han condenado a un lugar como este, para matarnos entre nosotros como animales?, ¿a esos dioses te refirieres? -.</p>
<p>- ¡No te permito que blasfemes! -.</p>
<p>- Me da igual lo que me permitas. No eres nadie para prohibirme nada. Los dioses nos han abandonado, se han olvidado de nosotros. Solo eres un alma más, Vidar. No saldrás vivo de aquí mientras sigas pensando así. Tarde o temprano envejecerás, entonces llegará un guerrero más joven y aprovechará el momento y se habrá acabado la leyenda de Vidar, el Nórdico-.</p>
<p>- No temo a la muerte. Cuando Tyr decida llamarme a su lado, estaré dispuesto para unirme a Él en el Banquete de los Héroes- respondió el guerrero sagrado levantando el mentón con orgullo.</p>
<p>- Yo tampoco temo a la muerte. Pero cuando las Nornas decidan cortar el hilo de mi vida quiero ser un hombre libre, no un perro de guerra que se mata con sus congéneres por un trozo de carne. Soy un guerrero de Valheim, no un débil esclavo sureño-.</p>
<p>- ¿Las Nornas?, – dijo Vidar con sarcasmo – creía que habías renunciado a los Dioses…-.</p>
<p>- A los Dioses, sí. Pero no a mi destino -.</p>
<p>- Das muchas cosas por sentadas, Halfdan. Das por sentado que Kha’rí llevará a Caitlín a todas sus reuniones, das por sentado que iremos en la misma parte de la caravana, das por sentado que no morirás mañana en la arena, todo está en el aire amigo mío, todo esto es demasiado difuso para salir bien…-.</p>
<p>Halfdan miró a Vidar a los ojos. Por un momento pareció que el guerrero de Tyr iba a sostenerle la mirada al Hijo del Dragón. Pero no fue así. Y los ojos de víbora de Halfdan pronto se impusieron y Vidar no tuvo más remedio que apartar los suyos.</p>
<p>- Tal vez sea designio de Tyr el que vengas conmigo. Tal vez haya decido que ya es hora de que te comportes como un auténtico guerrero nórdico y no como el gallo de pelea de esta basura a la que servimos. En tus manos está. Yo ya he elegido. Ahora te toca a ti. Un hombre o un ratón, ¿qué quieres ser?- dijo Halfdan.</p>
<p>Los ojos de Vidar se centraron de nuevo en Halfdan. Esta vez, el guerrero de Tyr no los apartó. Una expresión de férrea decisión apareció en su rostro. Alargó el brazo y se lo ofreció a Halfdan.</p>
<p>-Está bien, maldito loco, está bien- respondió.</p>
<p>Halfdan sonrió a su amigo y una sonrisa lobuna se dibujó en su faz. Los ojos del dragón se entrecerraron, prometiendo sangre y muerte a los saurios.</p>
<p>- Victoria o Valhalla- dijo estrechando el antebrazo de Vidar con fuerza.</p>
<p>A lo lejos, un rayo partió el cielo y ambos guerreros miraron el intenso resplandor y las nubes que amenazaban con tragarse el mundo.</p>
<p>Thor había sellado el pacto.</p>
<p>      <em>Por Ricardo Garrido.</em></p>
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		<title>Sangre de Dragón XVIII</title>
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		<pubDate>Tue, 31 Jul 2012 11:18:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XVII. PLANES DE FUGA.  Tres golpes secos en la puerta rompieron la concentración de Caitlín. -Un momento…- dijo, mientras volvía a enroscar la pata de la silla en su sitio. Después, se sentó en la cama mientras se alisaba &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/07/sangre-de-dragon-xviii/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XVII. PLANES DE FUGA.</strong></p>
<p><strong> </strong>Tres golpes secos en la puerta rompieron la concentración de Caitlín.</p>
<p>-Un momento…- dijo, mientras volvía a enroscar la pata de la silla en su sitio.</p>
<p>Después, se sentó en la cama mientras se alisaba el vestido y respiraba hondo un par de veces.</p>
<p>-Adelante…- continuó a la vez que se pasaba la mano por el pelo.</p>
<p><span id="more-386"></span></p>
<p>El picaporte de metal se giró y un hombre entró en la habitación. Rondaría los cincuenta años, y era de estatura media, con la cabeza rapada y los ojos marrones en forma de almendra. Estaba delgado, pero sus movimientos eran armoniosos. Sus antebrazos descubiertos reflejaban unos músculos fibrosos, bien formados. Vestía una sencilla túnica corta de hilo blanco y unos pantalones anchos de color oscuro.</p>
<p>Una sonrisa cálida iluminó su rostro al ver a la trovadora, dejando al descubierto unos dientes blancos perfectos.</p>
<p>-¿Aún es bienvenido este viejo cascarrabias a vuestras habitaciones, mi señora?- dijo en tono divertido</p>
<p>-Claro que sí…- dijo Caitlín a la vez que se levantaba y corría a abrazar al monje &#8211; ¿Dónde te metes?, llevo una semana sin verte &#8211; .</p>
<p>-Ya sabes…por aquí y por allá-.</p>
<p>- Tan enigmático como siempre…-.</p>
<p>-¿Y que me dices de ti, has terminado ya con la pata de la silla?-.</p>
<p>La pregunta cogió a Caitlín completamente por sorpresa y su rostro palideció al instante.</p>
<p>-¿Cómo…?- preguntó la trovadora en tono nervioso.</p>
<p>- La pata de la silla… ¿has terminado ya de practicar esgrima con ella? dijo Monk señalando el objeto con un ademán de la cabeza.</p>
<p>-No sé de que hablas…-</p>
<p>-Claro…, espero que la hayas enroscado bien, no sería correcto que mis viejos huesos dieran en el suelo – respondió en monje, al tiempo que separaba la silla correcta de la mesa y se sentaba despacio.</p>
<p>Caitlín y Monk se miraron y a aquella mirada le siguieron varios segundos de tenso silencio. Al final la trovadora fue la primera en romperlo, visto que el monje no apartaba la mirada. Suspiró.</p>
<p>-¿Cuánto hace que lo sabes? – preguntó la mujer.</p>
<p>-¿Cuanto hace que practicas? – respondió Monk a su vez con otra pregunta</p>
<p>-¿No se te puede ocultar nada, verdad? – respondió Caitlín algo molesta porque su secreto fuera tan evidente.</p>
<p>- Casi nada…-.</p>
<p>-¿Puedo contar con que mantendrás el secreto? – continuó la trovadora.</p>
<p>Monk la miró intensamente, e hizo una mueca de desagrado.</p>
<p>-El mero hecho de que me lo preguntes, me ofende -.</p>
<p>-Lo siento…- dijo la mujer.</p>
<p>- ¿Qué pasa, Caitlín?, ¿Qué te sucede? – preguntó en monje.</p>
<p>La mujer mantuvo el silencio, y la mirada fija en la chimenea encendida.</p>
<p>-Puedes contármelo, ya lo sabes… ¿o es que no te fías de mí?-.</p>
<p>La trovadora lo miro a los ojos.</p>
<p>-El mero hecho de que me lo preguntes, me ofende- dijo repitiendo la frase que el monje le había dicho apenas unos segundos antes.</p>
<p>Monk rió sin tapujos.</p>
<p>-Tocado…- respondió.</p>
<p>-Es una historia muy larga…-.</p>
<p>-Tengo todo el tiempo del mundo…y creo que tú también…-</p>
<p>Caitlín asintió.</p>
<p>-¿Por qué estás aquí, Monk?, no eres un esclavo, puedes ir donde quieras y cuando quieras &#8211; .</p>
<p>-Ya sabes la respuesta. Estoy donde debo estar. Cuando el <em>Ki </em>quiera que me marche, así lo haré – respondió el monje con convicción.</p>
<p>-Ah sí, tu famoso <em>Ki</em>, la fuerza suprema que impulsa todo y a todos, el sentido de la vida y de la misma existencia…, permíteme que dude de su eficacia como doctrina a seguir…- dijo Caitlín con un deje de sarcasmo.</p>
<p>Monk guardó silencio ante la pulla, pero su rostro era de total convicción hacia sus creencias en cuanto al místico karma que guiaba a todos los seres vivientes. Al final Caitlín se dio por vencida.</p>
<p>-¿Sabes quien era el príncipe Naron? – preguntó.</p>
<p>-¿El heredero de Hazaria?, por supuesto, aunque la última noticia que tengo es que murió – dijo el monje.</p>
<p>La trovadora sintió una punzada de dolor ante la indiferencia de Monk, aunque no tan intensa como hubiera esperado. Era cierto que el tiempo lo curaba todo.</p>
<p>- Lo asesinaron. Y poco después, a todo aquel que mantenía una estrecha relación con él. Incluida yo -.</p>
<p>- A mí no me pareces muerta en absoluto…- observó el hombre.</p>
<p>- No, no lo estoy. Gracias a Halfdan. Espero que dispongas de tiempo, la historia no es corta…- dijo Caitlín</p>
<p>- Adelante -.</p>
<p>La trovadora narró entonces al monje sus peripecias desde la muerte de Naron, el extraño objeto cilíndrico, el plan de Gavin, el consejero real y tutor de Naron, de viajar a Portal Blanco junto a Derek Stan, el capitán de la guardia y amigo personal del príncipe, para descubrir qué demonios era aquel artefacto, el asesinato de los dos hombres y posiblemente el de la reina, su huida de la habitación a la biblioteca, el ataque del asesino y como Halfdan le había salvado la vida. Contó también cómo el bárbaro la había cuidado durante los días que estuvo convaleciente tras el asalto, como decidió ayudarla sin pedir nada a cambio…</p>
<p>&lt;&lt;Solo mi nombre…&gt;&gt; pensó Caitlín entristecida.</p>
<p>Caitlín narró lo que sabía del bárbaro, su mágica ascendencia, hijo de un dragón y una humana, la muerte del mejor amigo de Halfdan, Sven, y la de su mentor, Osric.</p>
<p>Habló de la caravana, de los entrenamientos marciales y de las largas noches contemplando las estrellas junto al guerrero nórdico, el ataque a la caravana por parte de los saurios, y como, poco a poco, Naron había pasado a ser un recuerdo y Halfdan a convertirse en…en…</p>
<p>- En el hombre al que amas…- terminó Monk por ella.</p>
<p>- Sí – contestó Caitlín.  </p>
<p>- Una historia fascinante. Pero eso no me aclara que es lo que te pasa-.</p>
<p>-¿Supongo que conoces los planes de Kha’rí, y de los juegos que van a celebrarse en la capital por el anuncio del príncipe heredero? – preguntó la trovadora.</p>
<p>Monk asintió afirmativamente.</p>
<p>- Tengo la intención de fugarme. El viaje  a  Barish es largo y peligroso. Sé que se presentará la oportunidad. Asistiré a todas y cada una de las reuniones que Kha’rí va a mantener con los lanistas. Tengo que sacar algo de ahí, estoy segura -.</p>
<p>-No es un plan muy brillante- dijo Monk.</p>
<p>-No es un plan, es solo una idea. No conozco el territorio, ni el camino a seguir, ni las fuerzas que saldrán de la ciudad con la caravana. Pero me enteraré, asistiendo a las reuniones, me enteraré-.</p>
<p>- Bien, ¿y donde encajo yo? -.</p>
<p>- Necesito a alguien que transmita a Halfdan mi intención de escapar, y toda la información que vaya recopilando. Tú eres un curandero magnífico, el mejor de la ciudad. Te mezclas con los gladiadores, los lanistas te pagan sumas exorbitantes por que les salves la vida a sus campeones, dinero que por cierto rechazas…-</p>
<p>-El <em>Ki</em> &#8211; .</p>
<p>- Si, el <em>Ki</em>. Llámalo como quieras, pero eres mi mejor opción, de hecho eres la única que tengo. Ayúdame, Monk. Ayúdanos a salir de aquí. Aún tenemos tiempo de ir a Portal Blanco y descubrir que está sucediendo.</p>
<p>- Para eso tendrías que quitarle el cilindró a Kha’rí, ¿supongo que sabrás que lo tiene él? – peguntó Monk.</p>
<p>- Sí, lo sé. Lo lleva colgado al cuello. Yo se lo arrancaré de sus manos muertas- dijo Caitlín.</p>
<p>- Es obvio que no has visto luchar a Kha’rí – dijo el monje.</p>
<p>- Entonces será Halfdan quien le venza -.</p>
<p>- Eres testaruda como una mula -.</p>
<p>- ¿Significa eso que me ayudarás?- preguntó la mujer.</p>
<p>- Sabes que necesito algo más, Caitlín. El <em>Ki</em> nos retiene aquí por algún motivo. No puedo hacer oídos sordos a sus enseñanzas únicamente por tus palabras. Lo siento &#8211; dijo Monk tristemente.</p>
<p>Las piernas de Caitlín temblaron ante la sinceridad del monje, pero, algo en su interior le dijo que la respuesta no le era del todo desconocida. Se acercó a la ventana. La brisa azotó su rostro y le hizo pensar en los atardeceres de Valheim, la tierra natal de Halfdan, donde la luz del fin del mundo hacía llorar al horizonte con historias olvidadas. </p>
<p>- ¿Piensa en mí?, ¿alguna vez?- preguntó Caitlín.</p>
<p>Monk no tuvo necesidad de que la mujer le dijera a quien se refería.</p>
<p>-Todos y cada uno de los días- dijo el monje en un susurro, para después salir de la habitación sin hacer ruido.</p>
<p>Una solitaria lágrima se deslizó por la mejilla de Caitlín, para caer sobre el suelo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y en su espartana habitación, Halfdan sintió como una gota de agua aparecía en su mano. Apoyó la frente en los gruesos barrotes y cerró los ojos, mientras la cerraba, guardando aquella gota como si fuera un tesoro. Pues sabía que Caitlín estaba pensando en él.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *         </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Al principio le pareció injusto a Halfdan que su contrincante saliera al Campo de Sangre sin armadura, más cuando él iba bastante bien protegido, pero enseguida comprendió la razón de aquello.</p>
<p>El gigante de tez morena era más o menos de su misma altura, con un tórax amplio y musculoso. Su cabeza rasurada tenía grabados una serie de tatuajes  tribales en color blanco, en sus codos y rodillas llevaba unas pulseras de pelo negro largo, de algún tipo de animal, y un taparrabos de piel cubría su sexo. Su rostro estaba pintado con un pigmento rojo claro, simulando una máscara, que no ocultaba en absoluto una mueca de feroz determinación. Un cordón azul, atado a uno de sus antebrazos dejaba claro a los presentes que el gladiador era propiedad de Vihss Al’ Rezkar.</p>
<p>Sus armas consistían en una lanza larga, armada con numerosas puntas y pequeños filos que continuaban por debajo de la hoja principal del arma. La suposición de Halfdan era que estas puntas estaban pensadas para dejar el arma trabada una vez que fuera clavada, dificultando enormemente la extracción de la lanza sin que se causaran daños terribles en el enemigo. El gladiador de piel morena completaba su atuendo con un gran escudo ovalado, ligero en apariencia pero que otorgaba casi una protección total del cuerpo, y de cuyos extremos sobresalían dos agujas de metal de dos dedos de grosor, tan largas como el antebrazo del nórdico.</p>
<p>El preparador marcial del gladiador moreno había preferido dar alcance a su guerrero utilizando un arma larga y protegerlo poco en aras de una mayor movilidad y rapidez.</p>
<p>Frente a él, Halfdan, o <em>Abra’Khul, </em>como le llamaban los saurios. El guerrero nórdico estaba armado con una espada corta de ahusado filo y una pequeña rodela en el otro brazo. Se protegía el cuerpo con una armadura de buen cuero endurecido, tachonado de metal y sus brazos y piernas estaban bien resguardados gracias a las grebas y los brazales. Al igual que su contrincante en la arena, el norteño portaba un cordón, de color dorado, que le decía a los asistentes a los juegos que era un guerrero de Mensharaz Al’ Varak.</p>
<p>El tamaño de la lanza de su adversario, así como la buena protección que le ofrecía su escudo llevaron al guerrero bárbaro a cambiar su opinión sobre que el gladiador moreno llevara armadura.</p>
<p>A él le protegían bien, pero sus armas eran cortas, con muy poco radio de alcance, mientras que su enemigo acusaría cualquier golpe por leve que fuera pero tenía un alcance infinitamente superior al del nórdico. Como siempre los saurios querían espectáculo y los lanistas lo habían preparado todo para que así fuera.</p>
<p>Halfdan respiró hondo y al toque de las <em>trasisgas </em>ambos gladiadores avanzaron hasta colocarse delante de la tribuna presidencial. En lo alto del balcón, Kha’rí observó a los dos guerreros. Vestía unos ropajes amplios de color azulado, que ondeaban a la fresca brisa del atardecer. Detrás de él estaban Caitlín, ataviada con un elegante vestido verde y negro, semitransparente, que dejaba entrever sus sensuales curvas y su bien torneado cuerpo. Llevaba el pelo negro suelto, con una tiara de oro para recogerle la parte frontal.  Vihss, como dueño del gladiador de tez morena y Mensharaz como dueño de Halfdan, estaban también en el lugar de honor, este último con <em>Espíritu de Tormenta</em> bien visible y ceñida a la cintura. Y detrás de estos, todos los demás lanistas.</p>
<p>Por un momento, los ojos de Halfdan y Caitlín se encontraron. Y el fuerte vínculo que sentían quedó claro a los reunidos en el palco principal.</p>
<p>Kha’rí extrajo de entre los pliegues de sus voluptuosas ropas un pañuelo de seda de color rojo sangre. Lo levantó delante de él y a la vista de todos lo dejó caer sobre la arena de combate del circo.</p>
<p>Era la señal que los dos gladiadores esperaban, pero Halfdan fue más rápido que su adversario. Consciente de que estaba en inferioridad en cuanto al alcance de sus armas, el guerrero nórdico salió disparado hacia su rival con la intención de no dejarle reaccionar y de elegir él el radio de acción. El relampagueante ataque cogió al gigante moreno por sorpresa, que apenas si tuvo tiempo de alzar su escudo ante las furiosas y rápidas estocadas de la espada del bárbaro. Halfdan atacaba lanzado aguijonazos con la extremadamente afilada punta de su espada, golpeaba dando dos o tres picotazos, y después cogiendo impulso, saltaba y lanzaba un potente pinchazo desde arriba, manteniéndose siempre muy cerca del cuerpo del otro, para evitar que éste pudiera hacer uso de su mortífera lanza, pero su enemigo se protegía de manera eficaz detrás de su enorme escudo y el bárbaro no conseguía romper sus defensas. La potencia de Halfdan y su incansable ritmo de lucha le dijeron al gladiador moreno que debía intentar contraatacar, de modo que, de vez en cuando, inmediatamente después de detener una estocada, lanzaba un fulguroso ataque con las púas del escudo. En más de una ocasión, Halfdan tuvo que retirarse un paso para no quedar ensartado en los clavos de metal, pero enseguida volvía a la carga, golpeando por arriba, de frente y por debajo, hacia las espinillas desprotegidas de su rival.</p>
<p>Dado que los ataque con el escudo no daban el resultado deseado, el gladiador de Vihss decidió probar suerte con la lanza. Pegándola firmemente a su costado, creo un cuerpo sólido y comenzó a lanzar estocadas con ella, que si bien al principio eran inofensivas, fueron ganando en efectividad según el experimentado guerrero iba viendo por donde debían de ir los golpes. En una de aquellas lanzadas, uno de los ganchos que el arma poseía en su parte lateral, agarró uno de los brazales de Halfdan. El gladiador moreno, tiró hacia él y arrancó la protección del brazo del bárbaro. Además de aquello, Halfdan quedó desequilibrado, momento que aprovechó su enemigo para lanzar un potente golpe con el escudo al rostro del nórdico.</p>
<p>Halfdan recibió un fuerte golpe en la cara que lo proyectó más de un metro hacia atrás y cayó de espaldas sobre la arena.</p>
<p>En el palco, Caitlín ahogó un grito, y Kha’rí giró levemente la cabeza en su dirección, dejando claro que era consciente de la angustia de su esclava humana. A su lado, Mensharaz vomitó una maldición por lo bajo, mientras Vihss a su vez lanzaba un grito de júbilo ante el giro del combate.</p>
<p>El gigante de tez morena tuvo entonces la oportunidad de resarcirse del implacable acoso al que se había visto sometido. Ahora la distancia jugaba a su favor y atacó sin perder ni un segundo. La lanza salió propulsada contra el cuerpo de Halfdan, pero éste rodó sobre sí mismo, escapando por poco de los mortales filos, La escena se repitió en varias ocasiones, pero en todas, el bárbaro esquivó la lanza, lo que no le salvó de recibir un par de cortes con las hojas exteriores de la cabeza de metal de la mortífera arma, incluido un profundo tajo en la sien que hizo que la cabeza del guerrero sangrara en abundancia.</p>
<p>Entonces, el nórdico cogió un puñado de arena y se lo lanzó al gigante moreno a los ojos. Éste se cubrió con el escudo para evitar que el polvo le cegara y el guerrero bárbaro tuvo los dos segundos que necesitaba para ponerse en pie. Con una rapidez abrumadora Halfdan se lanzó hacia su adversario, pero éste reaccionó y propulsó su arma hacia delante en una lanzada frontal devastadora. La punta de la lanza se hundió en la greba de metal, la perforó y continuó clavándose en la pierna del nórdico. Sin embargo, la protección de metal hizo su trabajo y evitó que la herida fuera mortal. El gigante moreno lanzó un grito de victoria. Y este fue su último error. Halfdan propulsó el brazo de la rodela y partió el astil de la lanza. La gruesa madera se quebró como si fuera de mantequilla. El guerrero nórdico giró sobre sí mismo y aprovechado toda la potencia de su cuerpo clavó la espada en la boca del guerrero de tez morena, introduciéndola hasta la empuñadura. Una explosión de sangre y dientes reventados salpicó a Halfdan y empapó la arena del Campo de Sangre.</p>
<p>Los saurios estallaron en vítores a su campeón y en el palco presidencial Mensharaz levantó una garra, cerrada en un puño en señal de victoria.</p>
<p>En la arena, Halfdan sonrió, se incorporó y, volviéndose hacia su sanguinario público, levantó los brazos. Los saurios estaban fuera de sí, su campeón no les había defraudado.</p>
<p>Y fue entonces, en medio de aquella orgia brutal y sin sentido, donde  Kha’rí empezó a fantasear con una idea que terminaría por convertirse en obsesión. En su mente, se vio por un momento enfrentado al guerrero nórdico que no había perdido ni un solo combate desde que le habían lanzado a la arena del circo.</p>
<p>También entonces, como en un sueño, la nebulosa de la victoria dio un giro caprichoso. Y en medio de un gran charco de sangre, Halfdan se derrumbó sobre la arena.</p>
<p>Y el Campo de Sangre de Santará-Krissez enmudeció.</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *         </p>
<p>El viento cargado de polvo levantó la lona del pabellón carmesí donde Váragos daba cuenta de una frugal comida, desganado. A espaldas del general, Archade destilaba el mismo mal humor que su amo, aunque de manera distinta. Váragos era un ser racional, su furia venía dada por los continuos fracasos en el frente, por la aparente pasividad de Bassa, y por cien problemas más que dificultaban la campaña. Pero Archade no. El vínculo que unía al general con su guardaespaldas de piedra estaba más allá de una simple creación mágica. El gólem sentía la furia de su amo, su frustración, su malestar. Y esos pensamientos negativos, esa desesperación ante el fracaso en la conquista de Hazaria, la criatura lo transformaba en ira. Ira pura, incontrolable y primitiva.</p>
<p>Era fácil adivinar cuando un pensamiento no satisfactorio cruzaba la mente del general, pues los ojos de Archade resplandecían como fuego infernal y un gruñido gutural emergía de sus entrañas, haciendo que un sudor frío corriera por la espalda de toda la cúpula del estado mayor del ejército de El Maansul.</p>
<p>No era la primera vez, ni sería la última que el monstruo partía por la mitad a un general simplemente porque Váragos estaba de mal humor.</p>
<p>En una mesa de madera, retirada de la del veterano soldado, Bassa daba las últimas instrucciones a dos de sus acólitos sobre la colocación de ciertas piedras especiales que debían ser ubicadas en la colosal obra de ingeniería que se estaba llevando a cabo en Irgón.</p>
<p>El humor del sacerdote oscuro era excelente, y Váragos prefería no saber el por qué de ese estado.</p>
<p>Justo en el momento en que el general apuraba una rústica copa de vino aguado para pasar el último trozo de cerdo asado, la lona volvió a abrirse, pero esta vez, un oficial del ejército de El Maansul entró en la tienda.</p>
<p>Su aspecto era desolador, su armadura otrora reluciente y orgullosa, estaba ahora abollada, manchada de sangre y polvo e incluso le faltaba alguna pieza que otra. El rostro del oficial, también presentaba los estragos de la batalla y una venda mugrienta y ponzoñosa le cubría el ojo derecho.</p>
<p>- ¡Azzam! – Gritó Váragos cuando vio al coronel en la puerta del pabellón &#8211; ¿Qué demonios ocurre?, ¿Qué haces aquí?-.</p>
<p>- Mi general…yo…yo…- el rostro del coronel Azzam Ganem palideció, y su voz entrecortada no sabía encontrar las palabras para continuar.</p>
<p>-¡Habla, maldita sea!, ¿Qué haces aquí?- Váragos se levantó de la silla y Bassa se mantuvo a la expectativa, esperando las noticias que el oficial traía del frente. A espaldas del general, Archade gruñó y los ojos del color de la lava volcánica del gólem de piedra ardieron ante la furia de su amo, su cuerpo se encrespó, sumando más de treinta centímetros a su ya de por sí colosal altura.</p>
<p>El rostro del coronel era la viva imagen de la muerte, su único ojo, surcado de arrugas y visiblemente cansado no se apartaba de la mole de piedra.</p>
<p>Los miembros de la cúpula de mando estaban arrinconados de manera casi cómica en el extremo más alejado del pabellón.</p>
<p>-Bastión del Cuervo ha caído, mi general…el frente…hemos tenido que replegarnos cinco millas…-</p>
<p>Váragos examinó al oficial con más detenimiento. En su lado izquierdo, sobre el pecho podía verse claramente que habían cosido la divisa de coronel sobre la de capitán.</p>
<p>&lt;&lt;Esto es lo que está pasando en tu ejército, Váragos&gt;&gt;, se dijo el general así mismo, &lt;&lt;un capitán que asciende a coronel en el mismo campo de batalla,  un soldado que asciende a teniente porque al anterior le han cortado la cabeza…y todo esto mientras tú estás aquí sentado cuando deberías estar en primera línea…&gt;&gt;.</p>
<p>-Retírate, coronel- dijo Váragos en un tono calmado que desde luego no sentía- dale todos los detalles al escriba, que redacte un informe completo-.</p>
<p>Azzam se cuadró y salió del pabellón. Cuando lo hubo hecho, el general estalló en un arranque de furia.</p>
<p>-¡Maldita sea! &#8211; gritó mientras golpeaba la recia mesa de madera, partiéndola por la mitad. Archade lanzó un gruñido, sus brazos de piedra, gruesos como troncos de árbol se movieron ante el nuevo estallido emocional de su amo.</p>
<p>Al final de la estancia, Bassa estalló en carcajadas, mientras uno de sus jóvenes acólitos se orinaba encima ante la visión del pétreo coloso enfurecido.</p>
<p>-Nervios…nervios…debes controlar tus nervios, general, si no, todo estará perdido…-</p>
<p>-¡Ya está todo perdido, maldita sea! – Gritó Váragos &#8211; ¡Bastión del Cuervo era un enclave vital…, nuestro granero…desde donde mandar alimentos y suministros para continuar con el avance!, ¡Y ahora está todo perdido! -.</p>
<p>Archade se incorporó, su brazo salió propulsado hacia delante y arrancó dos postes del pabellón. Si los dos maderos hubieran sido humanos ahora su cabeza se habría convertido una masa sanguinolenta de huesos, carne y sangre.</p>
<p>-No hay nada perdido, general. Estamos ganando. Cada día que pasa, mi proyecto avanza un poco más. Dentro de poco dominaré toda Hazaria y tú serás testigo de mi obra-.</p>
<p>Váragos arqueó una ceja ante el comentario del sacerdote oscuro. Era curioso como Bassa hablaba de Su imperio, de Su victoria, de Su magnífico y esplendoroso proyecto, mientras que recalcaba la derrota de Váragos, los fallos de Váragos, la impaciencia e incredulidad de Váragos…</p>
<p>El general se sentó de nuevo y se cubrió el rostro con las manos a la vez que suspiraba de pura extenuación. Archade se relajó visiblemente.</p>
<p>-Espera… ¿quieres verlos?, ¿quieres que te muestre mi creación?- preguntó Bassa excitado ante la perspectiva de mostrar al mundo su siniestra y macabra idea.</p>
<p>-¿De qué estás hablando, Bassa? – la voz de Váragos era poco más que un susurro cansado.</p>
<p>El clérigo de Sarak se levantó, orgulloso.</p>
<p>-Ven conmigo…general…-</p>
<p>Bassa salió de la tienda de mando y Váragos le siguió con paso cansado.</p>
<p>Descendieron por una ladera pedregosa y se adentraron en un complejo entramado de cavernas naturales, para salir, al poco rato, a una especie de claro, como el cráter de un pequeño volcán.</p>
<p>Y allí fue donde Váragos los vio por primera vez. Y donde por primera vez, aunque no por última,  se preguntó si estaba haciendo lo correcto.</p>
<p>-Dios…- dijo horrorizado.</p>
<p>A su espalda, la voz de Bassa le llegó como de otro mundo, cargada de un mal que llevaba dormido miles de años.</p>
<p>-Sí, eso es precisamente en lo que voy a convertirme… -.</p>
<p>      <em> Por Ricardo Garrido. A mi hijo Eduardo&#8230;bienvenido al mundo&#8230;</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://www.safecreative.org/work/1302134588621" xmlns:cc="http://creativecommons.org/ns#" rel="cc:license"><img src="http://resources.safecreative.org/work/1302134588621/label/barcode-72" style="border:0;" alt="Safe Creative #1302134588621"/></a></p>
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		<title>John Scalzi</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Jul 2012 09:23:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Administrador</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Ciencia Ficción]]></category>
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		<description><![CDATA[Si para comenzar la sección de nuestros escritores favoritos nos decantamos por un clásico de renombre de la fantasía, para esta segunda entrada hemos seleccionado un escritor actual, infinitamente menos conocido, aunque, a nuestro criterio, se ha ganado un lugar entre &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/07/john-scalzi/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em><span style="color: #000000;">Si para comenzar la sección de nuestros escritores favoritos nos decantamos por un clásico de renombre de la fantasía, para esta segunda entrada hemos seleccionado un escritor actual, infinitamente menos conocido, aunque, a nuestro criterio, se ha ganado un lugar entre los grandes escritores de la ciencia ficción gracias a su saga &#8220;Fuerzas de Defensa Coloniales&#8221;.</span></em></p>
<p><span style="color: #ff0000;"><strong>John Scalzi</strong></span></p>
<p>De nombre <strong>John Michael Scalzi</strong>, nació en California y actualmente reside en Ohio. Es un prolífico columnista y escritor de ensayos. Se graduó en la Universidad de Chicago, en la que fue Defensor del Estudiante.</p>
<p><span id="more-379"></span></p>
<p>Trabajó como crítico de Cine para <em>The Fresno Bee</em>, y escribió críticas para Oficial EEUU Playstation Magazine. Más tarde trabajó para American Online y posteriormente lo ha hecho para varios blogs, incluido el suyo propio. Desde el año 1998, se dedica a la escritura por completo, y desde el 2010, es presidente de la Asociación de Escritores de Fantasía y Ciencia Ficción de América. <strong>Entre otros premios, ha recibido el Hugo</strong>.</p>
<p>Su género principal, es la ciencia ficción, caracterizándose por la acción que desarrolla en sus novelas y el tratamiento humano de sus personajes. Son frecuentes sus consideraciones morales respecto al desarrollo tecnológico. También escribe obras fuera de la ciencia ficción.</p>
<p>Su blog, <em>The Whatever</em>, es uno de los más visitados de la red.</p>
<p><strong>Todos los libros y obras de John Scalzi</strong></p>
<p><a title="Leer sobre El visitante inesperado" href="http://www.lecturalia.com/libro/69044/el-visitante-inesperado">El visitante inesperado</a>                                2012</p>
<p><a title="Leer sobre El sueño del androide" href="http://www.lecturalia.com/libro/58265/el-sueno-del-androide">El sueño del androide</a>                                  2011</p>
<p><a title="Leer sobre El agente de las estrellas" href="http://www.lecturalia.com/libro/46771/el-agente-de-las-estrellas">El agente de las estrellas</a>                            2010</p>
<p><a title="Leer sobre La historia de Zoë" href="http://www.lecturalia.com/libro/42078/la-historia-de-zoe">La historia de Zoë</a>                                        2010</p>
<p><a title="Leer sobre La colonia perdida" href="http://www.lecturalia.com/libro/28546/la-colonia-perdida">La colonia perdida</a>                                       2009</p>
<p><a title="Leer sobre Las brigadas fantasma" href="http://www.lecturalia.com/libro/22643/las-brigadas-fantasma">Las brigadas fantasma</a>                               2008</p>
<p><a title="Leer sobre La vieja guardia" href="http://www.lecturalia.com/libro/13050/la-vieja-guardia">La vieja guardia</a>                                           2006</p>
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		<title>J.R.R. Tolkien</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Jun 2012 10:17:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Administrador</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
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		<category><![CDATA[Tolkien]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Quién mejor para comenzar este apartado, que uno de los maestros del género de fantasía medieval? John Ronald Reuel Tolkien (Bloemfontein, Sudáfrica, 1892 &#8211; Bournemouth, Reino Unido, 1973) Escritor británico de origen sudafricano mundialmente conocido como autor de El señor &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/06/j-r-r-tolkien/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>¿Quién mejor para comenzar este apartado, que uno de los maestros del género de fantasía medieval?</em></p>
<p><span style="color: #ff0000;"><strong>John Ronald Reuel Tolkien</strong></span></p>
<p>(Bloemfontein, Sudáfrica, 1892 &#8211; Bournemouth, Reino Unido, 1973) Escritor británico de origen sudafricano mundialmente conocido como autor de <em>El señor de los anillos</em> (1954-1955), un verdadero clásico de la literatura fantástica. Aunque el autor ya era sobradamente conocido, en fechas recientes su obra ha alcanzado una difusión todavía mayor gracias a las adaptaciones cinematográficas de Peter Jackson.</p>
<p><span id="more-367"></span></p>
<p>Hijo de padres ingleses, vivió en Sudáfrica hasta la muerte de su padre en 1896, año en que se trasladó con su familia a Inglaterra. La conversión de la madre al catolicismo lo marcó profundamente. Estudió en Oxford, y mostró muy pronto un vivo interés por la filología y las antiguas sagas y leyendas nórdicas. Tras participar en la Primera Guerra Mundial, enseñó primero lengua inglesa en la Universidad de Leeds. Profesor de lengua y literatura anglosajona en la Universidad de Oxford, se especializó en la época medieval.</p>
<p>Tras publicar algunos ensayos (<em>Sir Gawain y el caballero verde</em>, 1925; <em>Beowulf</em>, 1936), inició la creación de una personal mitología inspirada en la saga artúrica y en la épica medieval anglosajona, plagada de elementos fantásticos y de seres y mundos imaginarios. Así, la novela <em>El hobbit</em> (1937) narra las vicisitudes de un pueblo apacible y sensato que vive en un mundo llamado Tierra media, junto con elfos, duendes y magos.</p>
<p><em>El hobbit</em> fue el punto de partida de un ambicioso ciclo épico que se concretó en la trilogía de <em>El señor de los anillos</em> (1954-1955), dividida en tres volúmenes: <em>La comunidad del anillo</em> (1954), <em>Las dos torres</em> (1954) y <em>El retorno del</em> rey (1955). Dirigida a un público adulto, la obra de Tolkien encontró a mediados de la década de 1960 una gran acogida, hasta el extremo de convertirse en libro de culto y dar lugar a un género en alza, la «alta fantasía».<br />
La actividad de J. R. R. Tolkien como novelista es inseparable de la del filólogo. Su goce intelectual por las lenguas antiguas (conocía el griego, el anglosajón, el medio inglés, el galés, el gótico, el finlandés, el islandés antiguo, el noruego antiguo, el alto alemán antiguo) lo llevaba a crear sonidos y a inventar lenguajes, siguiendo un método rigurosamente filológico.</p>
<p>Tras <em>El señor de los anillos</em>, Tolkien trabajó en la obra que había de ser el poema épico general de su fantástico mundo mitológico: <em>The Silmarillion</em>, aparecido póstumamente (1977). En el ensayo <em>On Fairy Stories, A Critical Study</em> (1946), Tolkien discute la relación de la literatura fantástica con el romance. Entre sus colecciones poéticas cabe mencionar <em>The Homecoming of Beorhtnoth Beorthelm´s Son</em> (1953) y los poemas narrativos <em>The Lay of Aotrou and Itroun</em> (1945) e <em>Imran</em> (1955).</p>
<p><strong>El señor de los anillos</strong></p>
<p>En <em>El señor de los anillos</em>, Tolkien inventa un reino de fantasía cuyos habitantes, los hobbits (seres antropomorfos y más pequeños que los enanos), poseen una lengua propia, con una gramática perfectamente desarrollada. El eje de la narración lo constituye la oposición entre el bien y el mal, que trasciende de lo puramente local de este reino fantástico a la interpretación del mundo actual. Un anillo de poder, arrancado por un hobbit al enemigo de todos los hombres (Gollum), se convierte en el objeto central de la novela. Las propiedades del anillo (objeto que contiene el máximo poder) lo convierten en una amenaza, por lo que se hace necesaria su destrucción.</p>
<p>El narrador sostiene que la historia se apoya en el &#8220;libro rojo de Westmach&#8221;, en el que Bilbo Baggins, el más famoso de los hobbits, recogió la historia de su pueblo. Después de años de peregrinaje, los hobbits se han establecido en un lugar llamado Shire. Bilbo ha conseguido arrancarle un anillo al monstruo Gollum y se lo confía a su pariente Frodo. Pero el mago y consejero Gandalf el Gris descubre que, de todos los anillos, éste es el que más poder confiere, y convoca a un consejo que decide destruir el peligroso anillo. Su destrucción debe efectuarse en Mordor, país habitado por los enemigos de los hobbits: los orcos.</p>
<p>De inmediato se funda una cofradía para librar al mundo del anillo, compuesta por hombres y por criaturas fantásticas como los elfos, los enanos y los hobbits. Boromir, uno de los cofrades, sediento de poder, trata de adueñarse del anillo y se rompe la cofradía. En la segunda parte del libro se cuentan las aventuras que viven los miembros de la hermandad, disgregados y debilitados por la traición. Frodo se enfrenta al monstruo de Gollum iluminado por el sabio sentido común propio de los hobbits y logra vencerle. Herido de muerte, entrega el anillo a su servidor y le ordena llevar a término la misión. El anillo de Gollum es destruido y con él el país de Mordor. Frodo, completamente curado, se marcha con Bilbo hacia tierras lejanas. Un amplio apéndice completa este mundo mítico. En él se incluyen sinopsis históricas y genealógicas, tablas cronológicas, un calendario y los signos alfabéticos de los hobbits.</p>
<p>Inspirado en las leyendas nórdicas y artúricas, el libro puede leerse como una alegoría sobre la búsqueda espiritual, tarea especialmente difícil en una época de crisis de valores. Las leyendas de la cultura anglosajona, y en especial la leyenda de Beowulf, constituyeron la fuente de inspiración para crear sus personajes fantásticos, muchos de ellos con una intencionalidad claramente simbólica.</p>
<p>Crónica histórica, alegoría o utopía, la importancia de <em>El señor de los anillos</em> reside, sobre todo, en su valor literario. Tolkien emplea un lenguaje comprensible, con reminiscencias del estilo bíblico y de las antiguas formas literarias inglesas; junto a esas formas tradicionales, convive en la novela un lenguaje desenvuelto, cotidiano y actual del que se sirven casi todos sus personajes fantásticos. Aunque de trama compleja, en la trilogía se consigue la fusión entre motivos aparentemente dispares, que sirven para interpretar las inquietudes y sueños de nuestra época.</p>
<p>Fuente: <a title="http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/tolkien.html" href="http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/tolkien.html" target="_blank">http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/tolkien.html</a></p>
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		<title>Sangre de Dragón XVII</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jun 2012 10:15:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Gladiadores]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XVI. UN PACTO SINIESTRO.  El hombre mono lanzó una serie de ataques estratégicamente dirigidos contra el estafermo de madera reforzada, en rápida sucesión. Tan veloces y perfectos eran, que cualquiera se daba cuenta de que, para el gladiador carship, &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/06/sangre-de-dragon-xvii/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XVI. UN PACTO SINIESTRO.</strong></p>
<p> El hombre mono lanzó una serie de ataques estratégicamente dirigidos contra el estafermo de madera reforzada, en rápida sucesión. Tan veloces y perfectos eran, que cualquiera se daba cuenta de que, para el gladiador carship, era algo normal. Unos movimientos entrenados y repetidos hasta hacerlos automáticos, que llevaba a cabo sin ni siquiera pensar en ello.</p>
<p>Banthor era el único gladiador que no hacía uso de los baños. El tiempo que los demás guerreros dedicaban al descanso y a relacionarse entre ellos, él lo ocupaba en seguir entrenando. Era un guerrero temible, como más de dos metros de estatura, los brazos extremadamente largos, enormes y musculosos que le daban una ventaja inestimable en las luchas cuerpo a cuerpo, su pelaje negro y su rostro simiesco con el hocico redondeado, propio de los monos, con colmillos de cinco centímetros que le otorgaban, no solo una apariencia fiera, sino un arma letal en toda regla.</p>
<p><span id="more-356"></span></p>
<p>Al otro lado de la arena de entrenamiento, detrás de una ventana enrejada, Branor observaba al carship con detenimiento. El enano apoyó su recio antebrazo en los gruesos y fríos barrotes de hierro, el contacto con el metal le resultó agradable.</p>
<p>-Ese carship es una verdadera bestia – les dijo a sus dos amigos.</p>
<p>-Sí, lo es – respondió Vidar, que, sentado en una especia de tumbona, jugaba distraídamente con un cubilete de dados, haciéndolos girar dentro del recipiente de madera.</p>
<p>-Tarde o temprano, alguno de nosotros tendrá que enfrentarse a él – dijo Halfdan.</p>
<p>- ¿Tú crees?- preguntó el enano – somos de lo mejor que tiene la ciudad, no estoy convencido de que se arriesguen a que alguno muera. Les reportamos demasiadas ganancias a todos-.</p>
<p>- Algún día se les acabarán los monstruos, o los gladiadores expertos, o simplemente alguien pagará una suma desorbitada por ver matarse a dos campeones. Es solo cuestión de tiempo – afirmó Halfdan.</p>
<p>Branor se volvió hacia su extraño amigo de ojos reptilianos. La expresión en el rostro del enano era adusta, de preocupación. No le tenía miedo al hombre simio, pero sabía, en el fondo de su corazón, que no era rival para él. Halfdan le devolvió la mirada. Los ojos de víbora del bárbaro eran fríos. Daban miedo. El nórdico se levantó de su asiento y se acercó a la ventana. Agarró los barrotes con sus grandes manazas, mientras el enano y Vidar le seguían con la vista. Halfdan apretó el metal. Daba la sensación de poder arrancar los gruesos barrotes de un solo tirón. En la arena, Banthor destrozó el estafermo de un tremendo martillazo, proyectando astillas en todas direcciones. El hombre mono jadeaba visiblemente agotado por el esfuerzo. El pesado martillo de guerra temblaba en sus manos. Giró la cabeza en dirección a los ventanales desde donde el resto de gladiadores le observaba. Con los redondeados ojos negros puestos en Halfdan y sus dos amigos, Banthor levantó su arma y los señaló, lanzado un claro pero mudo desafío. Todos los gladiadores sabían de la aversión del carship por los dos nórdicos y su amigo enano, los cuales se habían encargado de destronar el poderío absoluto del hombre mono en el Campo de Sangre. Ahora el reto se hacía público.</p>
<p>Dos saurios toro salieron a la arena y obligaron al carship a abandonar la zona de entrenamiento. Cuando desapareció, Halfdan se apartó de la ventana.</p>
<p>-Ahí lo tenéis – dijo, para después perderse de camino al comedor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *         </p>
<p>Caitlín encendió los braseros de piedra negra, decorados con siniestros grabados de los oscuros dioses de los saurios. Unos dioses de lucha y batalla, que premiaban el valor, la lucha y el derramamiento de sangre por encima de todo. Unas llamas verdes iluminaron la estancia y convirtieron el santuario en un mundo de luces y sombras danzarinas, amenazantes, que bailaban al compás del dolor y de las tinieblas. La trovadora se situó detrás de su <em>ssazar </em>sin pronunciar una sola palabra, aunque fue consciente de la mirada escrutadora que le lanzaba Mensharaz.<em> </em></p>
<p>Las garras del Belsnazz tamborileaban en su trono de ébano, mientras era servido el vino especiado de color púrpura que tanto gustaba a los saurios. Aunque pocos eran los que podían permitirse el lujo de pagarlo.</p>
<p>Cuando las copas de cristal enjoyado estuvieron llenas, y los esclavos se retiraron, el Gran Lanista reveló el motivo de la apresurada reunión a los Grandes Señores de La Guerra de la ciudad.</p>
<p>-Grandes Señores de Santará-Krissez…, Larass’Al Jathan, va a ser declarado Príncipe Heredero en la víspera de La Luna de Bengal. Para la ceremonia el emperador quiere celebrar unos Grandes Juegos de Sangre como jamás haya visto nuestra raza, desde los gloriosos días de Vión Al’ Rastam- dijo Kha’rí llevándose los dedos índice y corazón a la frente en señal de respeto al legendario caudillo que había unificado las tribus y fundado el Gran Imperio Saurio miles de años atrás.</p>
<p>El gesto fue repetido solemnemente por todos los presentes en la sala, incluida Caitlín. Siempre que se pronunciaba el nombre del gran líder de antaño debía rendírsele tributo, y aquel saludo era muestra del orgullo que aún sentían los hombres lagarto por el guerrero que los había hecho libres frente al imparable avance de la raza humana. El no hacerlo era castigado con la más cruel de las muertes.</p>
<p>- Así pues, &#8211; continuó Kha’rí -  cada ciudad proporcionará a sus treinta mejores gladiadores para batirse por el Honor y la Gloria en el nuevo Campo de Sangre que se ha erigido en Barish. A partir de este momento los combates se intensificarán con el fin de depurar a los mejores guerreros de la ciudad y en El Día de La Llama de At’meral, celebraremos una Gran Purga, de donde emergerán nuestros campeones -.</p>
<p>Todos los presentes asintieron con fervor, pues era un gran honor participar en aquel evento, que estaba llamado a ser un acontecimiento del cual hablarían las generaciones futuras.</p>
<p>Kha’rí pasó la mirada por cada uno de los presentes, y no le pasó desapercibido la mirada que le dirigían los lanistas más ricos al nuevo y misterioso saurio. Todos bajaban los ojos cuando la mirada del poderoso general de Santará-Krissez se posaba en ellos. Pues Kha’rí Al’ Varthan, no solo era el Gran Lanista, sino un gran guerrero, un general temido y honrado en todo el Imperio. Sus victorias contra la nación de Krotán se contaban por decenas, sus incursiones en tierras humanas le habían proporcionado fama y poder, y su habilidad con su espada élfica, llamada <em>Antira</em>, era legendaria.</p>
<p>-Vihss…- dijo  Kha’rí llamando al recién llegado, dueño de un gladiador humano de tez morena, que estaba demostrando ser una gran promesa.</p>
<p>-Sí, Belsnazz…- respondió el interpelado con sumo respeto</p>
<p>-Para la próxima luna, quiero a tu guerrero contra <em>Abra’Khul- </em>dijo el Gran Lanista de manera contundente.</p>
<p>Caitlín se movió inquieta, y su corazón se aceleró ante la mención de otro combate en el que Halfdan lucharía por su vida. Ella había visto batirse al gigante de tez morena y sabía que era un enemigo a tener en cuenta.</p>
<p>Kha’rí giró levemente la cabeza en dirección a la trovadora. Sospechaba, no sin razón, que una relación sentimental unía a la mujer con el guerrero nórdico.</p>
<p>Todos los presentes sonrieron divertidos ante la palidez del rostro de Vihss.</p>
<p>Al igual que Mensharaz y Siskhaa, Vihss era un lanista de baja estofa que había tenido la enorme fortuna de hacerse con un gladiador excepcional, de hecho el único que poseía con unas buenas habilidades, y que había obtenido varias victorias seguidas de manera fulminante. El enfrentarlo al campeón nórdico de Mensharaz le suponía a Vihss una amplia probabilidad de volver a caer en picado en el estrato social de la ciudad. Todos los lanistas lo sabían y les resultaba divertido ver la cara de pánico del nuevo miembro al pensar en las consecuencias de quedarse sin nada. Sin embargo era algo que Kha’rí podía hacer como máxima autoridad en Santará-Krissez. Su palabra era ley, así de simple. Y aunque el lanista menor podía negarse, ya que el gladiador era de su propiedad, no le convenía hacerlo. No obstante y a pesar de saberlo, el miedo inicial de Vihss, fue rápidamente reemplazado por la ira más ardiente.</p>
<p>-¡No puedes hacer eso! – le dijo al Belsnazz &#8211; ¡<em>Abra’Khul </em>es un guerrero experimentado, si mi gladiador pierde, me quedaré sin nada! –</p>
<p>Kha’rí frunció el ceño ante el tono insolente del lanista. Cuando habló su voz había adquirido un tono de amenaza letal.</p>
<p>-Puedo hacerlo y lo haré. Puedes negarte, ya lo sabes, pero te aseguro que si lo haces me encargaré personalmente de que en breve vuelvas a Los Pozos -.</p>
<p>Vihss apretó la mandíbula con fuerza y emitió un gruñido de frustración, fruto de la ira. Se había levantado del lujoso sillón ante aquel tratamiento injusto e inmisericorde. Pero sabía que no tenía elección. Por nada del mundo volvería a los pequeños estadios de madera que había en los bajos fondos, conocidos como Los Pozos, donde los esclavistas sin fama, como él, enfrentaban a hombres y bestias en verdaderas y horrendas orgías de sangre y dolor.</p>
<p>En un extremo del medio círculo en el que se habían dispuesto los Grandes Señores de la Guerra, Mensharaz sonrió. No le caía bien Vihss, y el humillarlo delante de toda la ciudad iba a ser algo con lo que disfrutaría sobremanera.</p>
<p>Caitlín le lanzaba furtivas miradas de odio y el saurio no cabía en sí de gozo. En aquel momento se prometió así mismo que algún día compraría a la mujer humana.</p>
<p>-¡No es justo!,  ¿quieres ver matarse a dos campeones?, ¡pues enfrenta a los dos nórdicos! – dijo Vihss haciendo referencia a Halfdan como gladiador de Mensharaz y a Vidar como gladiador de Siskhaa.</p>
<p>-Sabes que eso no es posible. Mensharaz y Siskhaa son parientes. La ley lo prohíbe – respondió Kha’rí.</p>
<p>Vihss iba a abrir la boca para replicar, pero sabía que no tenía nada que hacer. Miró a los saurios, que ahora lo miraban a su vez con expresión de suficiencia. Tenían la misma estructura de cara, delgados hasta casi parecer enfermizos, con una cresta roja larga y fina, aunque Siskhaa era más alto que su primo lejano Mensharaz, su parecido resultaba inconfundible.</p>
<p>Y según la ley un pariente no podía enfrentarse a otro, no solo en un conflicto abierto, sino también atentar contra intereses económicos. En este caso, los gladiadores reportaban fama, dinero y estatus social a los lanistas, por lo que los gladiadores de los dos parientes no podían enfrentarse en la arena.</p>
<p>Si surgían disputas, del tipo que fueran, la sociedad de los saurios tenía unos comisarios conocidos como los <em>Desash</em>, encargados de mediar en el conflicto. Si un pariente lanzaba una agresión contra otro, todo el poder de la ciudad era lanzado contra el atacante.</p>
<p>Esta ley se remontaba a la época del héroe Vión Al’ Rastam, ya que gran parte de la decadencia de los saurios como raza, y su posterior condición de esclavos tanto para los humanos como para las naciones goblins, se debía al debilitamiento por luchas intestinas, sobre todo entre miembros de una misma familia. Nunca, bajo ninguna circunstancia, salvo que las costumbres y leyes ancestrales cambiaran, Mensharaz y Siskhaa podrían enfrentar a sus gladiadores en el Campo de Sangre.</p>
<p>Vihss agachó el cabeza, totalmente derrotado. Se sentó de nuevo en la pomposa butaca y después de varios segundos de tenso silencio, levantó la cabeza para mirar a los ojos de Kha’rí.</p>
<p>-Se hará como ordenes, Belsnazz – respondió con voz quebrada, y volviendo a bajar la testa en señal de obediencia – perdona mí falta de respeto- concluyó.</p>
<p>-No se te tendrá en cuenta, Vihss – dijo Kha’rí, y añadió con tono gélido – tal vez alguno de estos Grandes Señores vean enfrentados entre sí a sus campeones, si continúa haciéndoles gracia mis decisiones.</p>
<p>El resto de los lanistas enmudeció y sus rostros adquirieron una palidez extrema.</p>
<p>Kha’rí aguardó unos instantes a que su amenaza surtiera el efecto deseado y después continuó.</p>
<p>-He designado una serie de reuniones con mis comandantes de campo para las próximas jornadas, a fin de establecer una ruta por la que mandar la caravana para la participación de los Grandes Juegos y la ceremonia de anuncio de la coronación-.</p>
<p>Caitlín entregó una serie de documentos lacrados a cada uno de los presentes, y después uno a uno los lanistas fueron saliendo respetuosamente.</p>
<p>-Yariszza, <em>valasth</em>… -“canta”, ordenó el Gran Lanista.</p>
<p>Caitlín se adelantó al centro del semicírculo y obedeció. Todos disfrutaron de una magnífica velada. Al día siguiente tendrían órdenes que cumplir.</p>
<p>Santará-Krissez se preparaba para ser la más grande de todo un Imperio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>Caitlín cerró la puerta de sus aposentos. Tras la agitada noche debería de estar rendida, pero no era así. Su cuerpo era un cúmulo de nervios y su mente trabajaba a marchas forzadas. Empezó a caminar por la habitación de un lado a otro, como un tigre enjaulado. Se mordía las uñas y movía los dedos de las manos, abriéndolas y cerrándolas.</p>
<p>&lt;&lt;La víspera de La Luna de Bengal&gt;&gt;, había dicho Kha’rí. Según el calendario de los saurios faltaban poco más de seis meses para que eso sucediera. Aunque estaba asustada  esta era la oportunidad que estaban esperando. No había forma de salir de la ciudad luchando, era simplemente imposible. Pero ahora todos saldrían. Ella, junto con Kha’rí y los gladiadores que resultaran vencedores, y…y… una escolta fuertemente armada…Sí, pero no se le presentaría otra oportunidad. Abandonar la ciudad ya suponía un riesgo enorme para los saurios por lo que no escatimarían en guerreros…pero si ella pudiera encontrar alguna forma de escapar,…tal vez…sí, solo tal vez…</p>
<p>Las próximas semanas serían cruciales. Caitlín acudiría a reuniones, y tendría que sacar la máxima información de ellas para poder perfilar un plan. Pero… ¿Quién podría ayudarla? Necesitaba hacerle llegar a Halfdan sus intenciones… ¿Cómo podría hacerlo? No lo sabía.</p>
<p>-¡Maldita sea!- gritó a la oscuridad de la noche.</p>
<p>La ira comenzó a aflorar, pero se contuvo. Respiró hondo y para tranquilizarse hizo lo que llevaba haciendo desde hacía meses. Fue hasta la mesa de uno de los extremos. Había un conjunto de cuatro sillas alrededor de ésta. Caitlín separó la de la derecha y le dio la vuelta. Lentamente, sin hacer apenas ruido desenroscó una de las patas. Se hizo con ella y la agitó en el aire. La pata de la silla tenía el tamaño aproximado de su espada corta, aunque era un poco más ligera. La trovadora adoptó una pose de combate y repasó mentalmente los ejercicios que había aprendido y comenzó a practicarlos sistemáticamente.</p>
<p>De una manera u otra, encontraría la manera de sacar provecho a la situación. Y cuando la oportunidad de escapar se presentara, ella estaría lista…</p>
<p>Lista para matar saurios…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *         </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El gran caballo de batalla se detuvo en la cima de la colina. Abajo, en el valle se alzaba Irgón, el bastión de Bassa. Váragos contempló el baldío espacio donde antes se levantara la ciudad del mismo nombre. A su lado, el esbelto palafrén de Bassa, piafó ante el viento, seco y abrasador, que hacía que cortinas interminables de polvo y arena castigaran los ojos de hombres y bestias. Al fondo del cráter, redondeado, aunque de forma irregular, podían verse los cimientos de piedra gris de cuatro estructuras cuadradas, aún sin forma definida. Justo en el centro de aquellas construcciones sin terminar, una legión de esclavos abría un colosal agujero en la tierra reseca y resquebrajada. Los capataces encargados de los trabajos de construcción molían a latigazos a todo aquel que se retrasaba lo más mínimo en su cometido.</p>
<p>Por fuera de los cuadrados de piedra, podían verse unas trincheras, blancas como la nieve, que rodeaban todo el perímetro del campo de trabajo.</p>
<p>Váragos sabía lo que era aquello. Fosas comunes. Agujeros en el suelo, donde se tiraban los cadáveres de los esclavos muertos de inanición o de agotamiento. Estos fosos de muerte eran rellenados con cal viva, para impedir que se propagaran enfermedades mortales como la peste o la disentería.</p>
<p>Los esclavos trabajaban bajo el yugo de sus captores, y el que moría era arrojado a la fosa. Olvidado en una tumba sin nombre.</p>
<p>El general miró al sacerdote oscuro. Los ojos amarillentos de Bassa le devolvieron la mirada, y una sonrisa lobuna se perfiló en su demacrado rostro. La declinante luz del atardecer proyectaba una luz fantasmal sobre aquella faz apergaminada y macilenta, haciendo que sombras aún mayores que las surgidas por el ocultamiento del sol, embargaran el espíritu de Váragos.</p>
<p>-¿Qué es esto, Bassa?, ¿Qué has hecho?- preguntó el general en un susurro.</p>
<p>-Voy a ganar tu maldita guerra, general- respondió el sumo sacerdote de Sarak.</p>
<p>-Estás loco, ¿en esto te gastas los fondos destinados a la invasión?, ¿en un campo de muerte donde ver hundirse a estos pobres diablos?-</p>
<p>-Me abruma tu compasión, general…pensaba que odiabas a los hazarianos…-dijo Bassa con un deje de sarcasmo.</p>
<p>-Soy un guerrero, Bassa, no un asesino. Quiero ganar esta guerra, sí. Pero lo haré de manera honorable-.</p>
<p>-¿De manera honorable? – el sacerdote estalló en carcajadas &#8211; ¿piensas que tus hombres no violan a las mujeres de las aldeas que queman y clavan las cabezas de los niños en picas? – el clérigo oscuro lanzó otra macabra risotada.</p>
<p>Váragos bajó la mano y asió el pomo de <em>Partealmas. </em></p>
<p>Bassa lo miró. Su maquiavélica sonrisa se transformó en una mirada cargada de maldad y amenaza.</p>
<p>-Tú me pediste resultados, Váragos. Me echaste en cara que gastaba dinero a espuertas alquilando los servicios de los Ladrones de Almas y que estaba obsesionado con encontrar el objeto. Me dijiste que malgastaba la vida de tus hombres con mi locura. Cuando lo que estoy construyendo aquí esté terminado,  no habrá ninguna vida más que malgastar.</p>
<p>Bassa extrajo del interior de su túnica negra un cilindro de metal,  cubierto de runas. Lo llevaba sujeto al cuello con una hermosa cadena de oro, trenzada suavemente, al estilo de las joyas de los elfos.</p>
<p>-Solo esta mitad – dijo alzando el cilindro delante del general – nos dará la fuerza suficiente para conquistar Hazaria sin que ni uno solo de tus guerreros se deje la vida en ello. Y cuando posea la otra parte, forjaré de nuevo el Conectador de Mundos. Cuando el artefacto esté completo toda Hybernia caerá postrada de rodillas ante nosotros-.</p>
<p>El sacerdote de Sarak guardó el objeto mágico de nuevo y apoyó una huesuda mano en el hombro cubierto de placas negras del general.</p>
<p>-Me dijiste que no querías ver morir a tus hombres. Ahora te ofrezco esa posibilidad. Pero necesito que me ayudes en esta empresa, Váragos. Tu mismo lo has dicho, eres un soldado, y yo no. No sé nada del arte de la guerra ni de cómo llevar una campaña a buen puerto. Tu petición ya está cumplida. He hablado con el Ladrón de Almas y le he dicho que, en la medida de lo posible, traiga al nórdico con vida. Te necesito, general. Yo pondré los medios y tú harás uso de ellos. Y juntos ganaremos esta guerra, ¿Qué me dices, Váragos? ¿Trato hecho?-.</p>
<p>Bassa extendió la mano al general. Durante unos instantes, Váragos la observó, parecía una garra siniestra, más que una mano humana. Tal vez lo fuera. Pero Bassa tenía razón, su objetivo era ganar. Lentamente, casi con miedo a las consecuencias que aquello le podría suponer, el general Váragos estrechó la mano que el clérigo oscuro le ofrecía.</p>
<p>-De acuerdo, Bassa. Enséñame lo que tienes en mente -.</p>
<p> <em>     Por Ricardo Garrido</em></p>
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		<title>El Linaje Perdido XII</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jun 2012 10:53:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Bendicho</dc:creator>
				<category><![CDATA[Histórico]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Edad Media]]></category>
		<category><![CDATA[Nórdicos]]></category>
		<category><![CDATA[Vikingos]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XII – COSAS DE CRIOS - ¿Qué baje el tono, Rob? – la voz de Etel, lejos de decrecer, subió incluso un punto más, si es que eso era posible ya. &#8211; ¿Te parece bien este tono de voz, &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/06/el-linaje-perdido-xii/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XII – COSAS DE CRIOS</strong></p>
<p>- ¿Qué baje el tono, Rob? – la voz de Etel, lejos de decrecer, subió incluso un punto más, si es que eso era posible ya. &#8211; ¿Te parece bien este tono de voz, Rob? ¿Qué vas a hacer para que me calle, Rob? – cada vez que la mujer repetía el nombre de su marido conseguía que este sonara como el peor de los insultos.</p>
<p>- Etel, intenta calmarte. Esto no tiene que ser bueno para el bebé – la voz del tabernero trataba de mostrarse conciliadora pero, cualquiera que le conociera, detectaría ya, claros signos de que el hombre se encontraba cerca de perder también los nervios. – Además los chicos están afuera, y Eddy y Jack. Pueden oírte.</p>
<p><span id="more-345"></span></p>
<p>- ¿Por qué le llamas así? Ese no es su nombre. Llámalo por su nombre,…</p>
<p>- ¡Cállate! – al final Rob perdió los papeles. &#8211; ¡Cállate de una puta vez! ¿Me has entendido?</p>
<p>Durante unos instantes, Etel se quedó mirando a su marido asombrada. Nunca, ni una sola vez en todos sus años de matrimonio, Rob le había levantado la voz, y mucho menos la mano.</p>
<p>Por otro lado, Rob también era consciente de ese hecho, y no se sentía orgulloso de lo ocurrido, pero también era consciente de que no había tenido opción. De no haberlo hecho, el daño podría haber sido irreparable.</p>
<p>- Escúchame bien, Etel. Eddy se va a quedar aquí. – Rob intentó hablar de la forma más calmada posible, con la esperanza de que su mujer le escuchara y no se cerrara en banda. – Se va a quedar porque es mi invitado; y lo es, porque le salvó la vida a nuestro hijo y porque es un buen hombre. Lo que te he contado, lo he hecho porque eres mi mujer y porque confío en ti. Punto. Eso no cambia nada.</p>
<p>- Pero…</p>
<p>- Cállate, Etel – Rob la interrumpió firme pero delicadamente, y la mujer no rechistó. – No, Etel. No hay peros. Se llama Eddy. Y es importante que no lo olvides, porque cobijar a Eddy no nos acarreará ninguna desgracia, pero si andas gritando el nombre que ibas a gritar, entonces solo Dios sabe como acabaremos. ¿Sabes por qué?</p>
<p>- ¿Por qué? – la respuesta fue solo un murmullo malhumorado. Etel no estaba acostumbrada a ser derrotada.</p>
<p>- Porque, pase lo que pase, no dejaré tirado a ese hombre. Porque salvó a mi hijo cuando podía haberse metido a emborracharse como cada noche, dejándolo a su suerte – concluyó el hombretón. – Tenlo en cuenta.</p>
<p>- Entonces, aquí, ¿ya no cuenta lo que opine yo? – contraatacó con lágrimas en los ojos la mujer, jugando sus últimas bazas.</p>
<p>- Si. Siempre te he escuchado. Siempre. Y lo sabes. Pero esta vez te equivocas. No daré la espalda a quién no me la dio a mí.</p>
<p>- De acuerdo. Eddy se quedará entonces. Pero prométeme que ante el menor indicio de problemas, se irá.</p>
<p>Durante unos instantes el matrimonio se miró fijamente. Ninguno quería ser el primero que cediera y apartara la vista.</p>
<p>- Rob, prométeme que no antepondrás nada a la seguridad de tu familia.</p>
<p>- Te lo prometo, pequeña – dijo Rob poniéndose de rodillas, y depositando un suave beso en el vientre hinchado de su esposa.</p>
<p>                                               *          *          *          *          *          *</p>
<p>Los siguientes días pasaron en una calma tensa. El resto de los miembros de la familia habían escuchado la fuerte discusión de sus progenitores, y sabían que tras la apariencia inofensiva de Eddy, se escondía un desconocido del que no sabían nada, pero cuya identidad atemorizaba a sus padres.</p>
<p>Cuando los chicos preguntaron a Rob y a Etel, estos le restaron importancia, y obligaron a la familia a retomar la vida cotidiana como si nada hubiera pasado. Pero la semilla de la curiosidad ya estaba plantada, y a ciertas edades, erradicarla es altamente complicado.</p>
<p>Nathaniel también había escuchado los gritos aquella noche. El cobertizo donde vivían se encontraba relativamente alejado de la vivienda principal, pero cuando se produjo la pelea conyugal él se encontraba dando un paseo nocturno, y aunque no era su intención espiar a sus anfitriones, no pudo dejar de oír lo que allí se dijo, dado el elevado volumen de las voces que salían de la casa. Eso le previno para la tensión que, inevitablemente, seguirían los próximos días, y se prometió hablar con Rob en cuanto pudiera. Quedarse allí era demasiado arriesgado, su identidad comenzaba a estar comprometida, y con ella, su seguridad y la de aquellos que le ayudaran.</p>
<p>Por eso, no le extrañó cuando, tanto Robby como Dana, comenzaron a soltarle lo que consideraban sutiles preguntas sobre su pasado, creyendo ambos que él no sabía que ellos estaban enterados de la situación, ni le costó sortearlas, a veces con diplomacia, otras con brusquedad.</p>
<p>                                               *          *          *          *          *          *</p>
<p>- No me parece bien lo que estáis haciendo – soltó Dana a mitad de la cena, interrumpiendo una conversación banal acerca de cómo había ido el día.</p>
<p>- ¿Cómo? – contestó Etel. &#8211; ¿A qué te refieres, cariño?</p>
<p>- A Eddy – Rob, que estaba bebiendo en ese instante, casi se ahogó al escuchar eso, mientras que Nathaniel, que llevaba varios días viendo llegar ese momento, se tensaba en su asiento. – No me parece bien que nos excluyáis de lo que ocurre aquí. Os escuchamos gritar.</p>
<p>Durante unos segundos nadie dijo nada. Después, como si la conversación no se hubiera complicado especialmente, Nathaniel retomó su cena, y tras unos bocados, le dijo a Rob:</p>
<p>- Te dije que se iba a complicar. Me puedo ir esta noche.</p>
<p>- ¡No! – gritó Robby. – Sabemos guardar un secreto. Nadie sabrá nada. No queremos que te vayas, queremos que confiéis en nosotros.</p>
<p>- No lo entiendes, chico – la voz de Nathaniel no se alteró lo más mínimo. – No es un juego.</p>
<p>- Si ella dice que guardará el secreto, yo la creo – dijo Etel, tras observar a su hija unos instantes.</p>
<p>- Etel, ¿qué te pasa? – preguntó desesperado Nathaniel. – Tú eras la que más quería que desapareciera.</p>
<p>- ¿A dónde vas a ir, Eddy? – preguntó Rob. – Dímelo. Cuéntame tu plan, convénceme de que hago lo mejor echándote a la calle.</p>
<p>- ¡No lo sé! ¿Qué más da? He hecho esto ya una docena de veces, Rob. No sé qué hago todavía aquí.</p>
<p>- Yo si – contestó el tabernero con voz tranquila. – Estás con tu familia. Con tu nueva familia.</p>
<p>La respuesta dejó a Nathaniel totalmente descolocado. Lo cierto es que había estado retrasando su marcha con excusas absurdas, como que no quería que echaran a Jack, como si no supiera que no lo iban a hacer; que Robby necesitaba un par de clases más para aprender ciertas técnicas “indispensables”; no podía marcharse sin hablar debidamente con Rob, y otras parecidas.</p>
<p>En una situación semejante en el pasado, habría salido disparado del pueblo la primera noche. Sin más.</p>
<p>&lt; Ahora todo se ha complicado, estúpido sentimental &gt; se lamentó. &lt; Vas a conseguir que te maten y, ya de paso, que maten a toda esta gente &gt;</p>
<p>- ¿Quieres mas gachas, Eddy? – la voz de Etel le sacó de sus pensamientos.</p>
<p>- Si, gracias – contestó tendiéndole el plato, que la mujer rellenó.</p>
<p>- ¿Alguno más?</p>
<p>Un tímido coro de respuestas negativas respondió a la mujer, mientras todos los rostros permanecían fijos en Nathaniel mientras este daba cuenta de su plato, intentando ignorar a sus expectantes amigos.</p>
<p>- ¿Qué tal, Eddy? – preguntó burlón Rob. &#8211; ¿Está todo de tu agrado?</p>
<p>- Si, gracias – contestó molesto este, consciente de lo que esperaban de él, pero poco dispuesto a ceder a pesar de lo que le pedía su corazón.</p>
<p>- ¿Si? ¿No quieres nada más?</p>
<p>- ¡Vale! – cedió por fin Nathaniel simulando un enfado que estaba lejos de sentir. – Me quedaré un tiempo. Pero mantengo lo que dije, Rob. Ahora delante de todos. Ante el menor síntoma de que algo no va bien, desapareceré. Sin más.</p>
<p>- Es justo – concedió su amigo. – Pero ahora estás aquí, y todo está bien. Así que ya está bien de amenazar con irte, o esta semana no vas a ver una moneda – amenazó con una sonrisa Rob.</p>
<p>- Bien – dijo Dana, que desde que comenzó la conversación, se había mantenido en un segundo plano observando. &#8211; Entonces, ¿quién eres?</p>
<p>- Su nombre es Nathaniel Edgarson, hija – contestó Rob. – Aunque ese nombre no debéis repetirlo nunca, ni siquiera cuando estemos solos. Y, ni que decir tiene, los niños no deben de escuchar nunca.</p>
<p>- Y, ¿por qué te persiguen? – continuó, lanzada.</p>
<p>- Es una historia demasiado larga para contar en una cena, incluso en una noche – contesto Nathaniel. – Quizás algún día os la cuente, por lo menos algunas partes, a fin de cuentas es mi vida, no un cuento. Pero no hoy, pequeña. Hoy hay que trabajar – terminó levantándose de la mesa. – Tu padre querrá abrir la taberna antes de que los vecinos echen abajo la puerta.</p>
<p>- Hum. Sí, creo que si – dijo Rob como si necesitara pensar la respuesta.</p>
<p>- Bueno – en la voz de Dana se podía detectar claramente la decepción de no haber obtenido todo lo que deseaba, aunque por lo menos habían conseguido introducirse en el secreto familiar.</p>
<p>Para Nathaniel fue un alivio que Dana y Robby, con su curiosidad infantil, hubieran forzado el fin de esa tensión que creaba el secreto flotando alrededor de la familia. Ahora, con todos los adultos informados y conscientes de la situación, se sabía aceptado por primera vez siendo quien era. Tan solo los niños más pequeños desconocían la verdad, y solo porque ellos eran incapaces de guardar secreto alguno debido a su edad.</p>
<p>Aquella noche disfrutó del trabajo como si formara parte de la parroquia que disfrutaba de la velada, y no del personal que trabajaba para ellos. El peso que le había agobiado en los últimos tiempos había desaparecido, y por fin volvía a respirar tranquilo, o todo lo tranquilo que puede estar un hombre cuya cabeza tiene precio.</p>
<p>Bromeó con los vecinos; se paraba aquí y allí para intercambiar algunas palabras con algunos, que hace unos meses no le habrían mirado a la cara, pero que desde que trabajaba para Rob e impartía las lecciones de combate, le consideraban un vecino más; incluso participó en una competición de pulsos, consiguiendo ganar un par de ellos antes de ser tumbado para regocijo general, era satisfactorio ver al siempre vencedor de los combates en la pradera, derrotado y humillado en la mesa.</p>
<p>Rob, consciente de lo necesaria que era esa noche para su amigo, no puso impedimentos para que su empleado estuviera algo disperso. Normalmente era un trabajador muy eficaz, y no pasaba nada porque una noche bajara algo el nivel. “Eddy” lo necesitaba.</p>
<p>                                               *          *          *          *          *          *</p>
<p>- Eddy – llamó Robby mientras cruzaban los bastones una tarde bajo una fina cortina de agua. El mal tiempo había propiciado que se encontraran solos, y por fin veía la oportunidad que llevaba buscando un tiempo.</p>
<p>- Dime – contestó Nathaniel mientras lanzaba un golpe malintencionado, que de no haber sido esquivado, habría golpeado los dedos que sujetaban el arma del chico.</p>
<p>- ¿Por qué te persiguen?</p>
<p>Lo directo de la pregunta hizo que el hombre dudara, y el joven aprovecho esto para contraatacar con una sucesión de rápidos golpes. El despiste tuvo como premio un palazo en las costillas, lo que enfadó a Nathaniel por partida doble.</p>
<p>- ¿No te ha dicho tu padre que no te debes meter en la vida de los demás, mocoso? – preguntó ofendido, mientras se masajeaba la zona contusionada.</p>
<p>- Lo siento. Es que siento curiosidad por saber qué ocurrió para que te persigan de esa forma. Además, – añadió con descaro &#8211;  lo que más te enfada no es que te pregunte, es que te haya vencido.</p>
<p>- Ah. Así que, ¿eso es lo que más me molesta?</p>
<p>- Si, eso es lo que creo – contestó Robby, desenfadado, conocedor del carácter de su amigo, y como, con un suave empujón, podía acabar llevándole a su terreno.</p>
<p>- Vamos a hacer una cosa, chico – según escuchó esto, Robby sonrió para sí mismo, consciente de que había logrado lo que quería. – Volvemos a pelear. Si ganas tú, te contesto a una pregunta, solo a una. Si gano yo, me dejas en paz.</p>
<p>- Me parece b…</p>
<p>El golpe de Nathaniel no impactó en la cabeza de Robby por centímetros. Aun así, el veterano no permitió que el chico se recuperara y continuó acosándolo con rápidas combinaciones de golpes.</p>
<p>Por su lado, Robby apenas si conseguía mantener el bastón entre las manos. No se esperaba el ataque traicionero de su maestro, aunque no era la primera vez que lo utilizaba, y se maldijo amargamente mientras agonizaba por mantenerse dentro del combate a duras penas. Debía de habérselo olido según Eddy había comenzado a hablar. Ahora recuperar la iniciativa sería muy complicado, y la experiencia le decía que, si no lo hacía rápido, el combate no duraría mucho.</p>
<p>No pocas veces, a lo largo de la vida como guerrero de Nathaniel, este había visto un combate aparentemente ganado (o perdido), darse la vuelta repentinamente, ya fuera debido al azar o a la intervención divina. Aquella tarde ese combate estaba ganado, Nathaniel vio perfectamente cómo se desmoronaba la defensa de su pupilo, y se dispuso a devolverle el favor de las costillas y, ya de paso, a terminar con el asunto de las preguntas, cuando notó como su pie de apoyo se deslizaba en el barro. Y así, el golpe que debería de haber terminado el combate, se transformó en un derrumbamiento en toda regla. Cuando levantó la vista desde el embarrado suelo, se encontró con el bastón de Robby a escasos centímetros de la cara.</p>
<p>- Estás vencido, villano – dijo, pomposo, el chico.</p>
<p>- ¿Villano? – Nathaniel apartó el bastón que le apuntaba de un manotazo. – Las Nornas deben de burlarse de mí.</p>
<p>- ¿Las Nornas? ¿Eres danés, Eddy? – preguntó con curiosidad Robby.</p>
<p>- ¿Esa es tu pregunta?</p>
<p>- No.</p>
<p>- Lástima. No, no soy danés. ¿Cuál es tu pregunta? – preguntó mientras se levantaba trabajosamente del barro y recuperaba su bastón. – Hazla de camino a casa. Estoy empapado, lleno de barro, y harto de ti – añadió.</p>
<p>- No tienes que enfadarte, Eddy – contestó alegre Robby. – Has perdido con un gran luchador.</p>
<p>- No te pases, Robby – advirtió el hombre. – ¿Quieres jugártelo a doble o nada? – preguntó con la furia brillando en la mirada, fría como el hielo.</p>
<p>- No. Lo siento, Eddy – se apresuro a contestar. – Estaba bromeando.</p>
<p>- Haz tu pregunta – repitió Nathaniel mientras echaba a andar de vuelta a sus respectivas casas.</p>
<p>- ¿Por qué te persiguen?</p>
<p>- Es una historia muy, muy larga. No podría contártela ahora, ni aunque quisiera, que no quiero.</p>
<p>- ¡Pero me lo prometiste! – protestó el muchacho.</p>
<p>- Podría decirse que me persiguen por matar a mis hermanastros – dijo como si nada Nathaniel. – Entre otras cosas, vamos – añadió.</p>
<p>Robby casi se cayó de bruces cuando escuchó esta confesión. Así oída, y sin conocer el contexto, los crímenes de Eddy parecían de lo más terribles, y no le extrañaba en absoluto que le persiguieran. Su amigo no solo era un asesino, sino que era un fratricida.</p>
<p>Durante varios minutos ambos caminaron en silencio, los dos perdidos en sus pensamientos, hasta que Robby no pudo aguantarse más.</p>
<p>- ¿Mi padre lo sabe?</p>
<p>- Supongo que algo sabrá. No lo sé, la verdad. No sé que se cuenta de mí.</p>
<p>- ¿Se lo merecían?</p>
<p>- ¿De qué hablas ahora, chico? – preguntó Nathaniel, que aunque sabía a qué se refería Robby, ya veía su vivienda, y con ella la oportunidad de dar fin a la conversación.</p>
<p>- Tus hermanos. ¿Se lo merecían?</p>
<p>- Primero, no eran mis hermanos, eran mis hermanastros. No es lo mismo. Segundo…- en ese punto Nathaniel hizo una pausa teatral a la vez que se detenía frente a la puerta de su cobertizo. – Te dije una pregunta. Hasta luego, Robby.</p>
<p>Dicho esto, el hombre entró sin más en la construcción, dejando al joven bajo la fina lluvia con la palabra en la boca y un sinfín de preguntas por hacer.</p>
<p>- Pero, ¡Eddy!</p>
<p>- ¡Adiós, Robby!</p>
<p>Durante unos segundos el muchacho permaneció quieto frente a la puerta. El agua le corría por el rostro y la ropa empapada mientras se esforzaba en organizar sus ideas. El descubrimiento era de gran envergadura, eso lo sabía. Pero también era consciente que, sin el resto de la historia, valía poco. De hecho, solo había servido para alimentar de una forma brutal su curiosidad.</p>
<p>Poco después, frustrado, se marchó a casa.</p>
<p>Dentro del cobertizo Nathaniel sonreía mientras veía alejarse al chico entre el hueco que dejaban dos tablones. Le comenzaba a conocer, y era plenamente consciente de que acababa de desatar sobre sí mismo una tormenta digna del mismísimo Thor. El muchacho no cejaría hasta conocer toda la historia.</p>
<p>No pudo evitar reírse pensando en lo mucho que se iba a divertir a su costa.</p>
<p>- ¿De qué te ríes, Eddy? – preguntó Jack, que se encontraba tumbado en su camastro.</p>
<p>- De nada, Jack. De cosas de críos.</p>
<p>      <em>Por Fernando Bendicho</em></p>
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		<title>Sangre de Dragón XVI</title>
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		<pubDate>Thu, 17 May 2012 10:39:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XV. EL CONOCIMIENTO ES PODER. El asesino extrajo el cuchillo facón del pecho del hombre. Limpió la hoja en los ropajes oscuros de su víctima, y devolvió la mortífera arma a su vaina de cuero negro. Después, sin miedo &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/05/sangre-de-dragon-xvi/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XV. EL CONOCIMIENTO ES PODER.</strong></p>
<p>El asesino extrajo el cuchillo facón del pecho del hombre. Limpió la hoja en los ropajes oscuros de su víctima, y devolvió la mortífera arma a su vaina de cuero negro. Después, sin miedo a que alguien descubriera el atroz acto que había cometido, sacó una pequeña pirámide de cristal rosado de debajo de su jubón de cuero tachonado y entró en comunión con el sacerdote oscuro.</p>
<p><span id="more-333"></span></p>
<p>Esperó pacientemente a que las energías mágicas del maravilloso objeto recorrieran el espacio que separaba los dos reinos, veloces, a través de los planos de existencia.</p>
<p>La mágica materia fluctuó cuando la llamada llegó a su destino, apenas unos instantes después.</p>
<p>-Partieron en una caravana. Rumbo a Portal Blanco. La mujer, junto a un guerrero enorme, un nórdico con unos extraños ojos azules- dijo el Ladrón de Almas.</p>
<p>Un escalofrío recorrió la espalda del sacerdote, y un sudor frío perló su frente. Vívidos eran aún los recuerdos de las pesadillas de las últimas semanas, en las que los ojos del hombre dragón le atormentaban.</p>
<p>-Encuéntralos. Recupera el cilindro y mátalos- dijo Bassa haciendo un esfuerzo ímprobo para que no se le quebrara la voz.</p>
<p>-Portal Blanco está muy lejos. El precio acaba de incrementarse- respondió la sombra desde detrás de los vendajes que le cubrían el rostro.</p>
<p>-El dinero no es problema. Comunícate con tus Maestros. Diles que acepto, sea cual sea la cifra. Pero que te quede claro…quiero una prueba de su muerte &#8211; respondió el Sumo Sacerdote.</p>
<p>El asesino asintió con una leve inclinación de cabeza y cortó la mágica comunión.</p>
<p>Bassa se giró, aún estremecido.</p>
<p>-¿Lo ves?, hacerlo a mi manera nos da mejor resultado-</p>
<p>Váragos hizo una mueca de indiferencia ante el comentario del clérigo.</p>
<p>-Tu alegría me abruma, general…-dijo Bassa.</p>
<p>-Ese nórdico que ayuda a la mujer… ¿sabes algo de él?-preguntó el general.</p>
<p>-No – mintió Bassa – y ahora…vamos, tenemos mucho que preparar antes de nuestra marcha hasta Irgón-.</p>
<p>- Mientes muy mal, Bassa – dijo Váragos- ¿Quién es?</p>
<p>El Sumo Sacerdote de Sarak, suspiró.</p>
<p>- Estamos muy cerca, Váragos, no lo estropees todo, no quiero que te embarques en una búsqueda que no nos puede traer nada bueno. La guerra no marcha todo lo bien que esperabas. Los hazarianos han demostrado ser unos enemigos peligrosos que no…-</p>
<p>- No hubiera pasado nada de no ser por tu maldita obsesión. Llevamos ocho meses de campaña, la mitad de Hazaria debería ser nuestra, y solo hemos conseguido consolidar la frontera. Gracias a ti- respondió el general.</p>
<p>- Cuando el Conectador de Mundos esté en mi poder, &#8211; respondió el clérigo oscuro, con la voz destilando veneno &#8211;  ningún ejército de Hybernia podrá hacernos frente… ¿quieres respuestas?&#8230;, muy bien Váragos, te las daré. El ente con él cual me comuniqué le llamó El Hijo de los Azules, dice que su sangre es antigua… que tiene poder….que tiene…los ojos del dragón. No sé más, pero antes de que digas nada, ven conmigo a Irgón. Verás lo que he construido en estos meses en los que piensas que he estado malgastando tú precioso tiempo y las vidas de tus valerosos guerreros-.</p>
<p>- Sí te acompaño, quiero tu ayuda para localizar al nórdico…-.</p>
<p>-La tendrás…si el Ladrón de Almas no lo caza primero – respondió Bassa con una malévola sonrisa – salimos mañana al alba. Dispón la escolta como creas conveniente-.</p>
<p>Bassa salió de la estancia donde habían estado reunidos y Váragos se encaminó hacia el enorme ventanal y se apoyó pensativo en el alfeizar.</p>
<p>-Reza para que no lo haga… – susurró el general, mientras un viento imaginario le traía los lamentos de sus soldados heridos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las enormes jaulas mantenían a los gladiadores separados unos de otros. En una zona cubierta, exterior del circo y alejados de las miradas de los transeúntes, los luchadores podían adiestrarse y observar, con disimulo, a los que tal vez algún día fueran sus rivales en la arena.</p>
<p>Cada gladiador llevaba un cordón sujeto a un brazalete en el brazo derecho, con un color identificativo, que lo señalaba como propiedad de un lanista en concreto.</p>
<p>Así, había guerreros con los cordones rojos de Saak, los verdes de Gastek, los naranjas de Damirthan, uno de los cuales era un gigantesco hombre simio, de la raza de los carship, con más de dos metros y unos colmillos que acrecentaban su rostro simiesco y que era considerado unos de los grandes campeones del Campo de Sangre.</p>
<p>También estaban allí los guerreros de Siskhaa, con los cordones negros, entre los que estaban Vidar y un recio enano llamado Branor, del Clan Piedraoscura, un guerrero temible, letal con el hacha de dos filos y el escudo, duro como una roca, con una frondosa barba pelirroja, partida en dos y trenzada hábilmente, como solo los enanos podían hacerlo. Y por supuesto los gladiadores de Mensharaz con sus cordones dorados, entre los que se encontraba Halfdan.</p>
<p>Los luchadores nunca se juntaban para entrenar, pues la rivalidad entre los propios lanistas era tal, que se temía que los guerreros de uno u otro esclavista se mataran durante las sesiones de adiestramiento. Sí se reunían, sin embargo para comer y para las sesiones de baños, donde tenían cierto grado de relajación, pero eran cacheados exhaustivamente, y si alguno se enzarzaba en una pelea se diezmaba a todo el grupo, esto era, que uno de cada diez gladiadores, al azar, era apaleado hasta morir, tuviera algo que ver con la pelea o no.</p>
<p>Halfdan entrenaba en ese momento junto a un tipo llamado Baltore, gladiador desde hacía más de tres años. Era un rudo montañés, grande y estúpido, cubierto de un hirsuto pelo negro, y los dientes podridos. Halfdan apenas había cruzado un par de palabras con él en todos estos meses, y el tipo no le tenía mucho aprecio al nórdico por que hasta que él llegó era el mejor guerrero de Mensharaz, al que por otro lado no le había reportado demasiadas ganancias. El bárbaro no tenía nada que aprender del montañés, de hecho, si alguna vez se veían las caras en la arena, cosa difícil ya que ambos pertenecían al mismo lanista, Baltore no duraría ni dos minutos.</p>
<p>Hacía poco, había llegado un gladiador nuevo, que al parecer se defendía bastante bien y había hecho subir a su <em>ssazar</em> rápidamente, de manera semejante a lo que sucedía con Halfdan y su amo Mensharaz. Era un tipo de piel oscura, muy oscura, tan alto como el nórdico, con la cabeza rapada y unos profundos ojos negros. Llevaba un tatuaje en la cabeza, una especie de media luna de color blanco y su espalda tenía un dibujo tribal, hecho con las cicatrices de decenas de pequeños cortes. Casi siempre combatía con una lanza corta cuya hoja estaba dentada y tenía unos ahusados filos destinados a destripar a un adversario cuando se clavaba. Completaba sus armas con un escudo ligero pero muy resistente, con forma oval, que tenía dos afiladas puntas de metal en los extremos. Por lo que se decía,  aquel gladiador había ganado cinco o seis combates seguidos y el sanguinario público de Santará-Krissez lo aclamaba como una estrella emergente, en el duro mundo del Campo de Sangre, pero ningún gladiador le había visto pelear, de modo que no sabían si debía ser un enemigo a tener en cuenta.</p>
<p>Una <em>trasisga</em> anunció el final del entrenamiento y la hora de comer, con su peculiar tono agudo. Los gladiadores dejaron los aparejos de entrenamiento, armas y armaduras de madera el doble de pesadas que las reales, en su lugar de ubicación y, obedientemente, como reses dóciles y amaestradas, formaron una fila delante de la puerta enrejada que daba a los baños, para ser cacheados exhaustivamente antes de dejar el recinto de adiestramiento.</p>
<p>Era un ritual idéntico todos los días. Los luchadores combatían en fieros entrenamientos durante horas y después, si no había ocurrido ningún incidente, disponían de un tiempo para los baños y para comer.</p>
<p>Las termas de los baños era el único lugar donde se permitía  a los gladiadores hablar los unos con los otros, entremezclarse y disfrutar de cierta “libertad”. La instalación constaba de dos grandes salas, cada una con una enorme piscina, una de agua caliente y otra de agua fría, y otra estancia más pequeña a modo de sencillo vestuario. Media docena de saurios toro se ocupaban de la vigilancia y de sofocar cualquier posible altercado que pudiera producirse.</p>
<p>Halfdan entregó el equipo de entrenamiento y accedió  a un edificio de piedra. El interior estaba fresco, de una manera agradable, y después de recoger un paño blanco, limpio, se lo colocó en la cintura, a modo de toalla. Anduvo entonces a lo largo de un pasillo también de piedra, cuyo techo estaba decorado con arcos a tramos regulares. El corredor se abría a izquierda y derecha, para dar cabida a estancias empleadas para diferentes usos, desde masajes hasta cómodas salas de lectura.</p>
<p>Este era el hogar de Halfdan y el de todos los gladiadores de Santará-Krissez, independientemente de a que lanista pertenecieran. Sin embargo no todos “disfrutaban” de una vida con idénticas condiciones.</p>
<p>Cuanto más poderoso y rentable era un gladiador, mayores “lujos” le permitían tener, así un recién llegado compartía un cuarto con otros ocho o diez luchadores como él, en el cual no había cabida para ningún tipo de mejora y solo se le otorgaba lo necesario para cubrir sus necesidades básicas, mientras que un guerrero veterano, que hubiera demostrado su valía, podía disponer de una habitación para él solo, mejor alimentación y tener mujeres de manera esporádica.</p>
<p>El nórdico, a pesar de sus incontables victorias, no poseía grandes lujos. Si tenía una habitación propia, pero pocos eran los privilegios que le eran concedidos, principalmente por el hecho de que su propio lanista le odiaba a muerte.</p>
<p>Halfdan había llegado a la ciudad de los saurios encadenado como una bestia, pero sus acciones en el asalto a la caravana de mercaderes, en el Bosque de Orthain, jugaron a su favor en cuanto a la decisión de acabar con su vida inmediatamente. Muchos de los guerreros de Santará-Krissez declararon acerca de la furia del extraño humano y su capacidad para la lucha, de modo que le mantuvieron encerrado hasta que Mensharaz lo reclamó. Si el lanista saurio hubiera muerto, el prisionero hubiera sido subastado y entregado al mejor postor.</p>
<p>Pronto Halfdan demostró que valía el precio de haberlo mantenido con vida y, durante todos estos meses, sus victorias no habían dejado de crecer, expandiendo su leyenda, no solo entre los saurios de la ciudad, sino entre alguna de las ciudades vecinas, donde el nombre de <em>Abra’Khul </em>ya corría de boca en boca. Mercaderes y lanistas de la ciudad de Tendarshall o de la colosal “capital”,  Barish, hablaban del guerrero de ojos de reptil, de su ira en la arena y de sus desafíos a las autoridades y costumbres saurias.</p>
<p>Poco tiempo después de llegar, y tras varias aplastantes victorias, Halfdan entabló contacto con otro nórdico, un guerrero afamado en la arena llamado Vidar, un Campeón del Dios nórdico Tyr, un hombre que le había dado a Halfdan su amistad incondicional desde el primer momento y, más importante aún, la paz espiritual que el hijo del dragón necesitaba para no sucumbir a la furia de su mágica herencia.</p>
<p>Los guerreros conocidos como Campeones eran una especie de soldados místicos, se decía que tocados por el dios al cual servían, y dotados de ciertos poderes sagrados. Vidar servía a los dioses norteños, pero en especial a Tyr, Dios de la Guerra, y había aceptado que su estancia en la ciudad de los hombres lagarto obedecía a un plan de su deidad, por lo que no cuestionaba su destino como gladiador. Tyr lo mantenía con vida y Vidar le daba más almas al dios que cualquier otro de sus Campeones.</p>
<p>Junto con Vidar, otra persona se habían ganado la amistad del bárbaro, Branor Piedraoscura, un poderoso enano, herrero de profesión en su tierra natal, pero mortal con el hacha, una verdadera piedra, al que Halfdan había visto partir la cabeza de un ogro de los glaciares en los diez primeros segundos de haber empezado el combate, con un sorprendente talento para meterse en problemas y una autentica eminencia bebiendo cerveza, o al menos eso decía él.</p>
<p>Halfdan accedió a la sala de las piscinas de agua caliente, y enseguida distinguió a sus amigos. Si bien Vidar disfrutaba en aquellos momentos de un apacible y relajante baño, Branor se negaba e entrar en el agua, como buen enano que era, y solo frecuentaba estas estancias por que lo hacían los dos norteños, y siempre a regañadientes.</p>
<p>El bárbaro se plantó de dos zancadas al lado de sus amigos. El vapor de agua proveniente de la cálida piscina, cubría la sala de una niebla agobiante que dificultaba la visión.</p>
<p>Vidar sonrió ante la aparición de su amigo, salió del agua, colocándose una toalla blanca en la cintura. Alargó la mano y ambos guerreros se estrecharon los antebrazos, en el típico saludo nórdico. Halfdan era por lo menos veinte centímetros más alto que Vidar, pero el Campeón de Tyr casi lo igualaba en corpulencia, si bien la herencia dragonil del bárbaro hacía que su cuerpo más grande. Los ojos de Vidar eran de un azul claro, límpido como el cielo de una mañana de verano y una fina barba castaño rojiza le cubría el rostro. Su pelo era largo y liso, por debajo de los hombros, también de color castaño. Una profunda cicatriz le surcaba el costado derecho, fruto de la lanzada de un cacique orco. Halfdan todavía mostraba las marcas de los latigazos, castigo que había sufrido por su osadía en el último combate.</p>
<p>-Tyr vela por sus fieles guerreros- dijo Halfdan con una amplia sonrisa</p>
<p>-No se me ha concedido todavía el honor de ocupar mi lugar en el Banquete de los Héroes- respondió Vidar orgulloso</p>
<p>Branor avanzó y estrechó la manaza de Halfdan con las suyas, callosas y rudas.</p>
<p>-Honor a Branor, del Clan Piedraoscura, cuyas rojas barbas son la envidia del mismísimo Thor- saludó el nórdico.</p>
<p>-Hail, hijo de Vanir, que el Forjador guíe tu brazo en la batalla- respondió el enano.</p>
<p>Los tres amigos se miraron y después de dos segundos de silencio estallaron en carcajadas. Un día más, seguían vivos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Caitlín se situó detrás de Kha’rí. Estaba espectacular con un largo vestido verde, de mangas largas y anchas en sus extremos y una tiara de oro con esmeraldas incrustadas adornando sus cabellos negros, sueltos, cayendo en cascada por debajo de los hombros.</p>
<p>La sala privada de reuniones del Belsnazz, era una estancia circular, con las paredes de piedra de color negro. Escudos y armas de todas las clases estaban colgados a lo largo de la habitación. Dos fuentes de agua cristalina, con tallas de dragones rampantes flanqueaban la única entrada, protegida por una férrea puerta doble del mejor acero. Allí estaban todos. Los grandes lanistas, Señores de la Guerra de Santará-Krissez, la Poderosa.</p>
<p>La trovadora observó a todos y cada uno de ellos, detenidamente, mientras charlaban entre sí y bebían un vino especiado, de color purpúreo en copas de cristal enjoyado.</p>
<p>Kha’rí estaba impresionante. Con sus dos metros quince de altura, sus músculos fuertes y bien formados, vestía una armadura ceremonial de color negro, con adornos tribales en un siniestro tono carmesí y una capa de la mejor seda semperiana a juego. Habían acicalado y limpiado sus coriáceas escamas color turquesa, hasta darle un brillo deslumbrante, y su orgullosa cresta roja lucía todo su esplendor. Los ojos verdes del Gran Lanista, eran dos esmeraldas que parecían tener un corazón latiendo en su interior. Tan fríos. Tan letales.</p>
<p>A pesar de ser nobles poderosos, ninguno de los presentes le hacía sombra a Kha’rí. Él era el amo y señor de la ciudad, y los demás harían bien en no olvidarlo.</p>
<p>La mujer humana vio allí a Saak, un saurio gordo, vestido con una holgada túnica verde bosque, dueño de los mejores establos de toda la ciudad, donde se criaban las salamandras gigantes que los saurios usaban como bestias de carga o como monturas de guerra.</p>
<p>Ligeramente apartados, estaban Gastek y Damirthan. El primero era un lanista de gran fama, responsable de poner en la arena de combate a la mayoría de las bestias salvajes con las que luchaban los gladiadores. Era bajo para los cánones saurios, apenas un metro ochenta, aunque disponía de un buen físico general y la túnica de seda azulada que vestía en estos momentos dejaba claro que prosperaba dentro del gremio.</p>
<p>Damirthan, era un lanista al que podría denominarse “común y corriente”, altura normal, físico normal y costumbres normales. Un hecho hacía de él alguien especial para Santará-Krissez. Era el dueño de unos de los mejores y más agresivos campeones que había en la ciudad, un  carship llamado Banthor.</p>
<p>Los carship eran una raza de hombres mono, muy poderosos físicamente. Sus rostros se asemejaban a los de los simios conocidos como gorilas, con unos prominentes colmillos, poseían unos brazos largos y musculosos y unas extremidades inferiores, que, a pesar de ser cortas en comparación al cuerpo, les permitían caminar erguidos. Sus cuerpos estaban casi por completo cubiertos de pelo, que iban desde el negro hasta el marrón rojizo y a tenor de que su primitivo aspecto podía hacer creer que eran simples animales, esto distaba del todo de ser cierto, pues poseían la misma inteligencia que los humanos o los saurios, tenían sus propias ciudades, y cultura.</p>
<p>Tres eran los lanistas restantes. A uno de ellos, Caitlín no lo había visto nunca, y no sabía que podía querer el Gran Lanista de este nuevo miembro del consejo. Los otros dos, sin embargo, si eran viejos conocidos de la trovadora. Uno de ellos era  Siskhaa, dueño de un gran gladiador humano llamado Vidar. El otro era Mensharaz, el dueño de Halfdan.</p>
<p>Siskhaa vestía un chaleco corto, de piel color rojizo, de alguna bestia exótica, y un faldellín de metal dorado. Mensharaz, vestía un jubón ceremonial, de buen cuero, en color negro y un faldellín idéntico al de Siskhaa. De su costado izquierdo colgaba, en una vaina enjoyada, <em>Espíritu de Tormenta</em>, la espada de Halfdan.</p>
<p>Caitlín lo miró con profundo odio, pasando sus ojos del rostro del saurio a la vaina de la espada mágica.</p>
<p>Mensharaz advirtió el escrutinio del que era objeto por parte de la mujer humana, y le devolvió la mirada con una malévola sonrisa, mientras acariciaba el pomo del arma.</p>
<p>Faltaban más lanistas importantes, y Caitlín no tenía forma de saber sí era por que Kha’rí había prescindido de ellos a propósito o porque estaban ocupados en otros menesteres.</p>
<p>-Cierra la puerta, Yariszza – le dijo Kha’rí a Caitlín – tenemos mucho que hacer…-</p>
<p>La mujer inclinó la cabeza en señal de respeto y obedeció sin rechistar. El Belsnazz movía ficha para llevar a cabo su plan, cualquiera que fuera éste.</p>
<p>El conocimiento es poder, le habían dicho una vez, y ella estaba dispuesta a sacar partido de todo lo que se dijera en aquella reunión.</p>
<p>Fuera de la manera que fuera…</p>
<p><em> Por Ricardo Garrido</em></p>
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		<title>El Linaje Perdido XI</title>
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		<pubDate>Fri, 11 May 2012 09:30:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Bendicho</dc:creator>
				<category><![CDATA[Histórico]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Edad Media]]></category>
		<category><![CDATA[Nórdicos]]></category>
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		<category><![CDATA[Vikingos]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XI – THORGILS IVARSON El grupo de catorce jinetes continuó con su penoso avance a pesar de encontrarse al borde de la extenuación. Necesitaban mantener la máxima distancia con sus perseguidores, y adelantarse a cualquier mensajero que pudieran enviar &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/05/el-linaje-perdido-xi/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XI – THORGILS IVARSON</strong></p>
<p>El grupo de catorce jinetes continuó con su penoso avance a pesar de encontrarse al borde de la extenuación. Necesitaban mantener la máxima distancia con sus perseguidores, y adelantarse a cualquier mensajero que pudieran enviar estos, en busca de refuerzos que pudieran cerrarles el paso más adelante. Su plan de ataque había sido osado, pero ahora tenían que lograr escapar.</p>
<p><span id="more-325"></span></p>
<p>- ¡Ryan! – gritó Nathaniel al jinete que encabezaba la marcha – ¡Tenemos que parar!</p>
<p>- ¿Estás loco, chico? – contestó este – Nos va en esto el pellejo.</p>
<p>- Mira – dijo el joven, señalando la cabeza del caballo más cercano. El animal, reventado por el esfuerzo al que había sido sometido, tenía los ojos desencajados y soltaba espuma por la boca. Sin duda estaba cerca del colapso. – Si no paramos, pronto continuaremos la huida a pie.</p>
<p>- Mierda – murmuró el veterano, que no se había percatado del lamentable estado de las monturas, exprimidas en los últimos días. &#8211; ¡Paramos!</p>
<p>La orden fue bien acogida entre los sajones, que se encontraban agotados. El combate y la posterior huida les habían pasado un elevado coste. Todos se encontraban heridos, algunos hasta tal punto, que tuvieron que ser ayudados a bajar de su montura.</p>
<p>Los hombres no perdieron tiempo. Según tocaron suelo, hicieron cuanto pudieron por tratar sus heridas, comieron lo primero que agarraron de sus provisiones, y se tumbaron con la esperanza de aprovechar hasta el último segundo de descanso, antes de que su líder volviera a retomar esa huida frenética.</p>
<p>Nathaniel no fue menos. Durante el combate, había recibido un golpe de espada en la cabeza que podría haber acabado fatalmente de no haber llevado yelmo. Aun con todo, el arma le había abierto un feo corte en el cuero cabelludo que sangraba de una forma escandalosa. Además, tenía un sinfín de contusiones producidas por impactos que no habían logrado atravesar la cota de mallas.</p>
<p>- ¿Estás bien, chico? – se interesó Ryan. – Tienes un aspecto horrible.</p>
<p>- Estoy bien. Dolorido. Esos cabrones me han apaleado bien.</p>
<p>- Más les hemos dado nosotros – contestó con una sonrisa el guerrero, consiguiendo arrancar a su vez una de su pupilo. – Vaya plan te sacaste allí, muchacho. Se lo pensarán dos veces antes de volver a atacar nuestras tierras. Yo no sé a cuántos de ellos hemos matado esta noche, y el daño que ha sufrido su mierda de aldea.</p>
<p>- Pero hemos perdido a tres. Y los mastines.</p>
<p>- ¿No esperarías que entráramos hasta aquí, matáramos a todos esos cerdos, y regresáramos cantando, verdad? – Ryan parecía genuinamente sorprendido, no había mala intención en su pregunta. – Chico, perder solo a tres, viniendo a hacer lo que hemos hecho, es una gesta por la que tu padre nos recompensará, si es que nos cree, claro.</p>
<p>Durante unos instantes, los dos se miraron en silencio. Después Ryan, tras comprobar el estado de la herida de la cabeza, le dio una palmada amistosa en el hombro.</p>
<p>- Hoy lo has hecho muy bien, Nathaniel. Lo digo en serio. Descansa. En cuanto los caballos se recuperen medianamente nos pondremos en marcha de nuevo &#8211; tras decir esto, fue a ocuparse de otros asuntos importantes, dejando a Nathaniel a solas con sus pensamientos.</p>
<p>La pausa, tal y como había avisado Ryan al detenerse, no se alargó ni un minuto más del absolutamente necesario para que los animales se recuperaran, y cuando llegó el momento de volver a montar, el grupo se encontró con un desagradable contratiempo: Alan, uno de los lanceros que peor parado había salido del ataque al poblado escocés, apenas se tenía en pie, y en su rostro sin color tenía dibujada la cercana muerte. Cuando Ryan le obligó a enseñarle el costado herido, el hombre dejó al descubierto una terrible herida por la que se entreveía hueso y músculo seccionado por igual, y por la que se había ido desangrando lentamente en silencio.</p>
<p>Consciente de lo fútil de la medida, ordenó que se vendara lo mejor posible al herido, y le dio un pellejo de vino para mitigar el dolor que atormentaba al guerrero. Después, se encargó de que quedara bien sujeto a la silla de su montura, usando unas cuerdas. Alan se lo agradeció con voz débil, consciente de que esta sería su última cabalgada.</p>
<p>Durante los siguientes tres días, sajones y escoceses se lanzaron en una loca carrera, unos en busca de la seguridad que les ofrecía la fortaleza de Norshield y la fuerza que la guarnecía, los segundos buscando venganza por todas las muertes sembradas por los incursores sajones.</p>
<p>No fueron pocas las veces que los fugitivos estuvieron cerca de ser alcanzados. Sus perseguidores conocían la región mejor que ellos y utilizaban caminos y atajos desconocidos por extraños, acortando permanentemente las distancias, hasta el punto de que una noche, una partida de exploradores llegó a, literalmente, darse de bruces con los guerreros sajones, que los pasaron a cuchillo antes de que pudieran darse a la fuga.</p>
<p>El límite a partir del cual ambos grupos cambiaban de tornas, entrando en territorio sajón, y en el que en cualquier momento la partida escocesa podía ser interceptada por una fuerza enemiga, venía marcado por un rio cuyo caudal alcanzaba la grupa de las monturas en su zona de menor profundidad, y cuya fuerza bien podía arrastrar a un jinete y a su caballo hacia la perdición.</p>
<p>En la zona no existían puentes construidos, pues ambos pueblos se sentían cómodos con ese obstáculo entre ellos que dificultaba el movimiento de grandes fuerzas, y el afluente solo podía ser cruzado por varios vados en los cuales la fuerza de la corriente era menor y la profundidad decrecía sensiblemente. Otra forma existente, pero que en nada les servía a los jinetes, era mediante un sistema de barcazas unidas a una soga atada en ambas orillas.</p>
<p>Nathaniel no fue el único que suspiró aliviado cuando el último de los jinetes sajones atravesó el vado, introduciéndose en las tierras dominadas por Lord Edgar. Los trece hombres, a pesar de sus heridas y el agotamiento, rieron e hicieron bromas mientras continuaban la marcha, ya a un ritmo más tranquilo. A partir de ese punto no podían ser sorprendidos, y si el enemigo aparecía tras ellos, siempre podrían volver a forzar la marcha.</p>
<p>Apenas habían avanzado un par de kilómetros, cuando Ryan observó un enorme grupo de jinetes que se les acercaba desde tierras sajonas. Inicialmente, estos fueron confundidos como parte de la guarnición de Lord Edgar, enviada para escoltarles o para espantar a sus perseguidores. Sin duda algún explorador les había avistado y su señor les enviaba ayuda.</p>
<p>Poco después pudo distinguir los estandartes, y al comprobar el rumbo de los jinetes, supo que estaban perdidos. Lo que se les acercaba no eran refuerzos, era una partida danesa.</p>
<p>Con los daneses situados entre ellos y Norshield y los escoceses siguiéndoles de cerca, Ryan supo que ya no le quedaba más que elegir el lugar donde lucharía por última vez, y vender cara su vida.</p>
<p>Sin dudarlo dio orden de girar bruscamente las monturas, atrayendo tras ellos a sus nuevos perseguidores, poco dispuestos a dejar escapar tan fácil presa.</p>
<p>El lugar seleccionado por el veterano era un recodo especialmente cerrado del rio. En esa parte el agua corría con gran fuerza, así que no podrían ser atacados desde allí. El que el lugar fuera estrecho les permitiría formar un muro de escudos sin que les flanquearan.</p>
<p>Los daneses les superaban ampliamente en número, por no hablar de que estaban frescos, mientras que ellos estaban agotados por la huida sin tregua y con heridas que comenzaban a infectarse tras días de no cuidarlas correctamente, así que el resultado era inevitable. El muro se rompería antes o después, y por ahí entrarían las espadas y hachas danesas. Pero no antes de que se llevaran por delante a unos cuantos, pensó con resignación.</p>
<p>El lugar estaba tal y como lo recordaba. El agua, que avanzaba furiosa, parecía compartir la indignación de los guerreros sajones, que veían como todo su esfuerzo se perdía en el último momento, por una cuestión de simple mala suerte. Si hubieran pasado media hora antes o después, los daneses no les hubieran visto, y lo habrían conseguido. Ahora el rugido producido por la corriente rivalizaba con los gritos de los hombres y los relinchos de los caballos.</p>
<p>Cuando los daneses llegaron, Ryan, con Nathaniel a su izquierda, ya había formado a sus hombres, que esperaban con estoicismo su destino.</p>
<p>Los nórdicos no se precipitaron. No había prisa alguna, sus enemigos ni irían a ningún sitio, más que al Salón de los Muertos, cuando ellos terminaran allí. Ese día les aguardaba un gran combate. Con la alegría que les producía ese hecho dibujada en el rostro, fueron formando su muro de escudos mientras hacían bromas.</p>
<p>- ¿Se acabó, Ryan? – preguntó Nathaniel con el miedo asomándole por los ojos. &#8211; ¿Así termina todo?</p>
<p>- Al final hemos tenido mala suerte. Pero alégrate, chico – dijo tratando de parecer animado. – Lo hemos hecho bien, y estos todavía tendrán que pagar su precio por nuestras espadas. ¿Habéis oído? ¡Tendrán que pagar su precio por nuestras espadas! – terminó para todos sus hombres, acompañando la frase con un golpeteo del arma contra el escudo.</p>
<p>Pronto, el resto de las armas sajonas golpeaban contra los escudos, y los guerreros comenzaron a gritar todo tipo de improperios a sus adversarios, retándolos e incitándolos a lanzarse contra sus armas.</p>
<p>Enfrente, un muro de hombres cuyos rostros quedaban parcialmente ocultos detrás de sus cascos con toberas, observaba impertérrito como los sajones se desgañitaban. Ninguno de los nórdicos hizo el menor movimiento, y no pasó mucho tiempo antes de que Ryan cortara los golpes que menguaban las fuerzas de sus hombres, y que habían perdido su efecto moralizador.</p>
<p>No fue hasta que no quedó más sonido que el rugido del rio al pasar, cuando el <em>jarl</em> danés dio una voz a sus hombres que los puso en movimiento. Como uno solo, la hilera de hombres se puso en marcha. Detrás de ellos, varias hileras contribuirían al combate haciendo presión, rellenando los huecos que fueran dejando sus compañeros caídos o bien golpeando o lanzando sus armas por encima de la primera fila.</p>
<p>Los primeros minutos fueron cruentos para los nórdicos. Los sajones, una vez eliminado en gran medida la ventaja de la superioridad numérica al seleccionar ese escenario para combatir, también habían conseguido minimizar la presión que podían aplicar los daneses situando las monturas entre ellos y el rio, de esa forma se aseguraban no acabar siendo empujados al agua, que en ese punto de la corriente hubiera sido una muerte segura.</p>
<p>Los defensores, desesperados, luchaban sin nada que perder, o más bien, con todo perdido ya, y no se dejaban llevar por el pánico.</p>
<p>Con los dos muros unidos en un abrazo mortal, los golpes volaban de un lado al otro de los escudos.</p>
<p>Nathaniel ya había encontrado aterradora la experiencia del poblado escocés, cuando los sajones tuvieron que formar un muro para contener a los furiosos habitantes que les caían por todas partes. Pero aquello no fue nada en comparación con lo que tenía ahora delante. Los nórdicos aguantaban perfectamente el tipo, a pesar de que ya habían sufrido un par de bajas entre sus filas, y no pocos sangraban mientras continuaban luchando con furia.</p>
<p>El brazo con el que se defendía comenzaba a pesarle como si el escudo estuviera hecho de piedra, además de sentirlo ligeramente dormido a causa de los constantes golpes que impactaban contra la madera. El de la espada no estaba mucho mejor. Ya había renunciado a intentar hacer blancos concretos, y se limitaba a lanzar cuchilladas salvajes por cualquier hueco que se abriera entre los escudos. En lo que le parecía una eternidad desde que había comenzado el combate, había notado varias veces como su arma encontraba algo blando donde alojarse, pero no sabía a ciencia cierta el resultado de sus ataques. Solo tenía claro que por el momento, él seguía vivo, y su espada estaba tinta de sangre danesa.</p>
<p>Pero, según fueron pasando los minutos, la lógica fue imponiéndose en la orilla del rio, cada vez más teñida de sangre.</p>
<p>Uno a uno, los guerreros sajones fueron cayendo bajo los filos daneses. Al principio despacio, después, según los huecos se fueron ensanchando, con mayor rapidez, los nórdicos deshicieron el muro enemigo y, furiosos por el enorme precio que se les había hecho pagar, se dispusieron a matar hasta el último de ellos.</p>
<p>Nathaniel, por mucho que se esforzó con el paso de los años en tratar de recordar cómo fueron aquellos últimos minutos de combate, nunca consiguió reconstruir completamente la escena. Solo guardaba imágenes que saltaban, inconexas.</p>
<p>La ruptura del muro de escudos sajón, y como Ryan y él se situaron espalda con espalda; por algún extraño motivo, se le quedó grabado a fuego el rostro desdentado de un danés que, tras errar su ataque, cayó tras recibir una cuchillada de Nathaniel en el cuello, que bañó al chico con un chorro de líquido caliente; después llegó el golpe, y con él, la oscuridad, con la voz de Ryan gritando sinsentidos de fondo.</p>
<p>Más tarde le explicaron que los gritos de Ryan le salvaron la vida. Cuando el veterano guerrero soltó la espada para cubrir con su cuerpo y escudo el cuerpo del chico, gritando que era el hijo de un earldorman, el <em>jarl</em> danés vio la oportunidad de sacar una buena tajada.</p>
<p>Así, fue como los caminos de Nathaniel Edgarson e Thorgils Ivarson, el Afortunado, se cruzaron.</p>
<p>                                    *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>Un dolor estremecedor en el muslo, unido al crepitar y el olor de la carne achicharrada, arrancaron de golpe a Nathaniel de las bondadosas manos de la inconsciencia.</p>
<p>El despertar no pudo ser más desconcertante para el chico. Varios pares de brazos lo mantenían inmovilizado mientras un nórdico sonriente le aplicaba un hierro al rojo en una de sus piernas. El hombre se reía descaradamente de él, al parecer divertido por su repentino despertar, lo que enfureció al postrado muchacho, que consiguió liberar su pierna lacerada y propinó un fuerte plantillazo en la entrepierna al hombre, que automáticamente se dobló sobre sí mismo de dolor, lo que levantó otra ola de risas entre los hombres que rodeaban a Nathaniel. Cuando el nórdico se levantó ya no se reía y, cuando agarró otro hierro candente del fuego, la sonrisa que decoraba su rostro había perdido todo rastro de humor.</p>
<p>Un instante después, el mundo de Nathaniel se convirtió en un estallido de dolor. Después, la oscuridad volvió a reclamarle.</p>
<p>                                   *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>Cuando abrió lentamente los ojos se encontró con la mirada preocupada de Ryan. Tal fue su alivio, que por un momento creyó que su anterior experiencia había sido sin duda fruto de una pesadilla producida por la fiebre. Un segundo más tarde, un latigazo de dolor le ascendió desde la pierna herida, devolviéndole a la realidad.</p>
<p>- Ryan, ¿qué ha pasado? – preguntó con voz temblorosa.</p>
<p>- Shhh. Tranquilo. No hables. Todo está bien, chico – contestó este. – Te hirieron. La cosa se puso fea. Pero eres fuerte. Parece que te vas a quedar con un bonito recuerdo, y poco más.</p>
<p>- Me quemaron.</p>
<p>- La herida no paraba de sangrar – explicó Ryan. – Y podía infectarse. Había que cerrarla. Hicieron lo que había que hacer.</p>
<p>- ¿Y los demás?</p>
<p>- No – contestó el hombre con voz queda. – Solo quedamos nosotros. Y solo porque esperan sacar una buena tajada en Norshield – añadió lúgubre. – Ahora descansa, chico. Mañana volvemos a casa.</p>
<p>Desde su posición, Nathaniel no podía ver gran cosa del campamento de los hombres que habían derrotado y aniquilado a su partida.</p>
<p>Alrededor de una gran hoguera, un grupo numeroso bebía y voceaba en su lengua, sin duda compartiendo historias y hazañas, y riéndose los unos de los otros. El humor era excelente, a pesar de haber perdido hace tan poco tiempo a varios compañeros, lo que reforzó la certeza de Nathaniel de que se encontraba a merced de bárbaros sin escrúpulos.</p>
<p>Durante un par de minutos, el barullo decreció para permitir que los versos de un gigantón pelirrojo de barba trenzada, se pudieran escuchar perfectamente. Cuando el hombre terminó, Nathaniel podría asegurar que en más de un rostro se podían ver rastros de lágrimas, y la algarabía volvió a estallar alrededor del aclamado artista, tan habilidoso con las armas como con la boca.</p>
<p>Aquella noche los dos sajones fueron testigos de canciones, versos, peleas y risas. Sus captores fueron atentos y generosos con ellos, y en ningún momento les ataron ni maltrataron, a fin de cuentas, todos eran conscientes de que, en el estado que se encontraba el chico, si intentaba huir no llegaría lejos, y entonces sí que sería peor. Lo mejor era esperar, y rezar porque Lord Edgar y los daneses llegaran a un acuerdo satisfactorio.</p>
<p>      <em>Por Fernando Bendicho</em></p>
<p><a href="http://www.safecreative.org/work/1205111620997" rel="cc:license"><img src="http://resources.safecreative.org/work/1205111620997/label/standard-72" style="border:0" alt="Safe Creative #1205111620997" /></a></p>
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		<title>Sangre de Dragón XV</title>
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		<pubDate>Thu, 03 May 2012 14:55:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XIV. SANTARÁ-KRISSEZ. Los ojos amarillentos del saurio se entrecerraron con suspicacia cuando la humana ahogó un grito. En la arena, su guerrero esquivaba los mortíferos apéndices del monstruo devorador, luchando por su vida en un frenético y sanguinario escenario. &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/05/sangre-de-dragon-xv/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XIV. SANTARÁ-KRISSEZ.</strong></p>
<p>Los ojos amarillentos del saurio se entrecerraron con suspicacia cuando la humana ahogó un grito.</p>
<p>En la arena, su guerrero esquivaba los mortíferos apéndices del monstruo devorador, luchando por su vida en un frenético y sanguinario escenario. El saurio llevaba tiempo observando este comportamiento, y no le había pasado desapercibido el sufrimiento en los ojos de la hembra humana cuando su campeón saltaba al Campo de Sangre. Ni su alivio al verlo salir victorioso una y otra vez. ¿Qué era aquello que veía en sus ojos?, ¿lo que los humanos llamaban amor? Para su raza, el sentimiento era desconocido, y sustituido por el simple hecho de aparearse y reproducirse.</p>
<p>Y ni siquiera eso estaba al alcance de todos los saurios.</p>
<p><span id="more-316"></span></p>
<p>¿Tal vez… pena, por ver a un miembro de su raza obligado a luchar por su vida de manera implacable?</p>
<p>Pena. También era algo que su raza ignoraba.</p>
<p>No. Era algo más profundo. Algo que el <em>ssazar </em>de Halfdan estaba decidido a entender y desentrañar. Con el tiempo.</p>
<p>Un acceso de tos y todos los músculos de Mensharaz se estremecieron de dolor. Ni todas las ganancias del mundo hubieran sido preferibles a que su cuerpo se partiera en dos por el agónico sufrimiento. A pesar de la desorbitada cantidad de dinero que le había hecho ganar su mejor gladiador, el odio que profesaba el lanista saurio por Halfdan era superior al placer que sentía al recoger el dinero que le proporcionaban los combates.</p>
<p>Mensharaz se palpó disimuladamente la cicatriz redondeada que tenía en el pecho. Sus brillantes escamas color turquesa habían adquirido un feo tono negruzco allí donde el pico de guerra enano, que le había clavado el bárbaro en el bosque, había perforado piel, músculo y hueso, y su cuerpo, ya de por sí nada agradecido en comparación a los cánones de los hombres lagarto, se había tornado en un tono más claro, claramente enfermizo. El saurio había estado a punto de morir y solo sus tenebrosos dioses sabían por que no lo había sucedido.</p>
<p>Lo primero que había hecho el tratante de esclavos en cuanto se recuperó de las heridas, fue hacer valer su derecho a quedarse con el guerrero humano, puesto que éste le había herido pero no lo suficiente para matarlo. Al ser parte agraviada, el saurio tenía pleno derecho a reclamar la propiedad del esclavo, para explotar sus habilidades o simplemente para matarlo de la manera más horrible que se le ocurriera. Y aunque Mensharaz había estado tentado a hacer esto último, él era, por encima de todo, un mercader práctico y un “hombre de negocios”. En el bosque, el humano había matado a siete u ocho magníficos guerreros en apenas un minuto, así que el lanista saurio decidió probar suerte y confiar en su instinto. Y su olfato no le defraudó. En unos pocos meses, Mensharaz había pasado de ser un esclavista de muy baja estofa a convertirse en un lanista de reputado éxito y poder. Los combates ganados por el guerrero nórdico le reportaban cantidades ingentes de dinero, fama y gloria,  y a pesar de los castigos físicos que imponía al guerrero, este no hacía sido medrar como luchador. En un principio, el saurio temió que, al someter al nórdico a demasiada presión, éste se derrumbara, pero sucedió todo lo contrario. Cuanto peor eran los castigos, con más furia salía su gladiador a la arena. Y Mensharaz disfrutaba como no lo había hecho nunca. Podía dar rienda suelta a su sádica y enfermiza mente castigando a su esclavo, por haberle llevado a aquel estado de salud tan precario, gracias al cual, en los últimos siete meses había estado a punto de morir en dos ocasiones, debido a infecciones respiratorias.</p>
<p>El silbido enfermizo que salía de los pulmones perforados de Mensharaz era claramente audible para los que estaban a su alrededor, mientras miraba detenidamente a la humana y la veía suspirar de alivio, una vez terminado el combate. ¿Sentiría lo mismo su gladiador si la viera a ella? Era un pensamiento inquietante.</p>
<p>Una garra se posó sobre el pensativo saurio, y sacó al lanista de sus íntimas cavilaciones.</p>
<p>-Impresionante como siempre, Mensharaz- dijo el Gran Lanista.</p>
<p>-Gracias, <em>Belsnazz- </em>respondió el interpelado, agachando la cabeza en señal de respeto – como siempre estoy a tu disposición para lo que desees – la voz de Mensharaz, semejante al ruido de un saco de piedras agitadas, resultó estridente para los oídos del administrador de los juegos.</p>
<p>Kha’rí, el Gran Lanista, el <em>Belsnazz,</em> en el idioma de los saurios, avanzó hacia la salida del palco presidencial, haciendo ondear sus voluptuosos ropajes color carmesí. Su regio porte imponía respeto, más allá del cargo que desempeñaba parala Ciudad Estado de Santará-Krissez. Sus brillantes escamas color turquesa, su cuerpo, fuerte y bien formado y su impresionante cresta rojiza, símbolo de un linaje centenario, eran más que suficientes para demostrar a todos su poder.</p>
<p>Kha’rí cruzó el umbral de mármol blanco del palco, flanqueado por impresionantes cortinas de seda de color azul profundo, y cosidas con hilos de oro, seguido permanentemente de sus dos guardaespaldas y de su mayor trofeo, su esclava humana.</p>
<p>Durante el ataque del bosque, el mismo en el cual Mensharaz había sido herido por el bárbaro, dos de los guerreros del <em>Belsnazz </em> habían caído bajo la espada de la hembra humana, de modo que, de la misma manera que él había reclamado al guerrero que le había herido, el Gran Lanista hizo lo propio con la mujer.</p>
<p>El lanista iba a retirarse a la escalera que lo llevaría hasta la ventanilla de recaudación donde recogería sus ganancias, cuando Kha’rí lo llamó.</p>
<p>-Mensharaz…- dijo el Gran Lanista.</p>
<p>-¿Sí, <em>Belsnazz</em>? –</p>
<p>-A pesar de lo mucho que me gusta ver matar a tu gladiador, detesto profundamente su falta de respeto…-</p>
<p>-Una falta intolerable, <em>Belsnazz</em>. Me ocuparé de ello- prometió Mensharaz.</p>
<p>-Estoy seguro de que lo harás…Ven a cenar mañana, serás huésped de mi casa -.</p>
<p>-Será un honor, mi señor-</p>
<p>Kha’rí descendió del palco sin mirar atrás mientras Mensharaz aguantaba la profunda mirada de odio de la joven humana.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Caitlín siguió a su amo, obediente, sin pronunciar una sola palabra. Salieron del circo a una explanada privada, donde Kha’rí tenía su litera personal, porteada por cuatro fornidos humanos. Las calles de la ciudad de los saurios estaban abarrotadas, mercaderes, trabajadores, esclavos que realizaban las tareas encomendadas por sus despóticos señores, pequeñas crías lagarto, patrullas de vigilancia… Hombres lagarto de una gran variedad, la mayoría más altos que un humano corriente, pero que exhibían una gran tonalidad de colores en sus brillantes y duras escamas, desde el azul turquesa, como color más predominante, hasta el amarillo enfermizo, pasando por el verde bosque o incluso el rojo. Aquí y allá se veían las crestas rojizas de las clases altas, rasgo fisiológico que diferenciaba a los nobles, de raza pura, de los simples plebeyos.</p>
<p>Sin embargo, fuera cual fuera su posición todos tenían algo en común, su amor por la guerra. No era que les gustase luchar, si no que para ellos la guerra era una forma de vida, una tradición arraigada en lo más profundo de sus oscuros corazones y más antigua que sus milenarias ciudades.</p>
<p>Santará-Krissez solo era una más en el gran conglomerado de ciudades-estado de los saurios. Un Imperio con un glorioso pasado, pero que había ido decayendo frente al imparable avance de la raza humana. Y aunque no estaba extinto del todo, su antigua magnificencia era ahora una sombra del pasado. Y poco a poco, esa gran cultura, que había dominado gran parte de lo que era el actual reino de Hazaria y los fértiles valles sureños de El Mansuul, se veía ahora reducida a unas cuantas ciudades-estado, cada una gobernada por un rey propio, con un pasado cultural común y leyes particulares, grandes señores de la guerra, y poder suficiente, sin embargo, para que el gobierno humano de Hazaria las dejara en paz. Era cierto que los saurios llevaban a cabo incursiones puntuales, como en la que capturaron a la trovadora, pero ese era un precio pequeño que el reino humano pagaba gustoso, con tal de no enzarzarse en un conflicto abierto con la belicosa raza reptiliana.</p>
<p>Ese amor a la guerra, el vivir por y para ella, y el no tener un enemigo oficialmente declarado, les había hecho descargar su sed de sangre de otro modo: en los combates de gladiadores. Los lanistas, o dueños de estos gladiadores, de otras razas en su mayoría, aunque también había saurios esclavos, o machos libres que veían en el arte de matar un camino glorioso para alcanzar la fama y la riqueza, poseían a esta carnaza para lanzarlos unos contra otros o incluso contra las más horribles bestias de toda Hybernia.</p>
<p>Caitlín no sabía mucho de los lanistas de la cuidad, pero su amo, <em>ssazar, </em>en la lengua de los hombres lagarto, llamado<em> </em>Kha’rí, era el más poderoso de todos ellos. Era el <em>Belsnazz</em>, o Gran Lanista, que gestionaba el circo, organizaba los juegos y solo rendía cuentas ante el propio rey de Santará-Krissez.</p>
<p>Durante el ataque a la caravana, hacía ya más de siete meses, Caitlín había acabado con la vida de dos buenos guerreros de Kha’rí, de modo que, según las leyes, el dueño de ellos tenía derecho a reclamar al esclavo, si éste era capturado, como parte compensatoria por la pérdida. La trovadora había dado muerte a otros dos saurios, pertenecientes a un lanista de menor poder, de modo que cuando se daba un caso, en el que había más de un individuo agraviado, las partes podían disputarse el trofeo en un combate a muerte, en el cual el lanista podía luchar personalmente o designar un campeón.</p>
<p>Uno de los litigantes podía, no obstante, “ceder”, el trofeo como forma de respeto, o a modo de regalo, para evitar la pelea.</p>
<p>Y eso era lo que había sucedido, ya que ningún lanista de Santará-Krissez era lo bastante estúpido como para plantarle cara al <em>Belsnazz.</em></p>
<p>Caitlín había sido ubicada en un principio en las cocinas y el mantenimiento de limpieza del circo, y de haber seguido allí, probablemente hubiera acabado como uno de los premios que se les entregaba a los mejores gladiadores después de los combates. Pero su talento la había salvado.</p>
<p>Un día mientras restregaba una pesada y enorme olla de latón empezó a cantar, y uno de los capataces la escuchó y quedó maravillado. Con la intención de ganarse el favor de Kha’rí, corrió a darle la noticia de su descubrimiento.</p>
<p>La razón de aquella reacción tan precipitada era bien sencilla, los hombres lagarto eran incapaces de cantar. Su fisiología no se lo permitía, sus cuerdas vocales habían evolucionado de manera diferente a las de los mamíferos, e incluso su propia lengua, era bífida, como en la mayoría de los reptiles, de manera que consideraban a las criaturas de otras razas, que sí eran capaces de hacerlo, como un auténtico tesoro, un artículo de verdadero lujo y distinción, al alcance de muy pocos.</p>
<p>El Gran Lanista rescató a la trovadora de los sucios y lóbregos pasillos de las cocinas del circo, y desde ese día no se había separado de él. Ella era su bien más preciado, su amuleto, la más deseada de sus riquezas.</p>
<p>De esa forma, Caitlín había conseguido ver a Halfdan en la arena de combate y había sabido que seguía con vida. Sin embargo, cada vez que el guerrero era lanzado a luchar contra todo tipo de criaturas, la trovadora le rezaba al Creador, para que lo mantuviera con vida y le concediera la victoria.</p>
<p>Hasta ahora, el dios había respondido a sus súplicas, pero el <em>ssazar</em> de Halfdan era perverso y rencoroso, sobre todo después de que el bárbaro casi lo matase durante la incursión a la caravana, y era cuestión de tiempo el que el nórdico cometiese un error que resultase fatal.</p>
<p>Caitlín suponía que Halfdan no tenía manera de saber nada que no se limitara al interior del circo. Al igual que le había sucedido a ella, los esclavos eran aislados y se les castigaba duramente si les encontraban hablando con otros esclavos. Ahora, desde su posición más privilegiada, ella tenía acceso a cierta información, como tratos a los que llegaba Kha’rí, en que momento se iban a celebrar los próximos combates, y qué lanistas pondrían a sus gladiadores en El Campo de Sangre, así como muchas otras cosas. La trovadora había jugado con la idea de sugerir sutilmente a su <em>ssazar</em> que comprara a Halfdan, pero no tenía la suficiente confianza para hacerlo, de modo que había decidido esperar algo más de tiempo. Se esforzaría en agradar a Kha’rí para intentar jugar su baza. Tal vez, con un poco de suerte, pudiera convencerle incluso de que tomara al nórdico en su guardia personal. Tal vez  algún día podrían escapar, o al menos…</p>
<p>&lt;&lt;Sí, dilo&#8230; Al menos estar juntos…&gt;&gt; pensó Caitlín.</p>
<p>La trovadora cerró los ojos, ¿Cómo podía haberle sucedido esto en tan poco tiempo? Se decía una y otra vez que solo era pena, que únicamente sentía dolor por ver esclavizado al hombre que la había salvado la vida, al hombre que…que…</p>
<p>&lt;&lt;Al hombre que amas…&gt;&gt; se dijo.</p>
<p>Caitlín abrió los ojos. El sol poniente se reflejó en ellos y devolvió a la realidad a la mujer humana. La luz se desvanecía en el horizonte y los tejados de Santará-Krissez, pináculos malditos, semejantes a sombreros cónicos, portadores del dolor de cientos de gargantas silenciosas, tiñeron de vivos colores el cielo.</p>
<p>Sobre la calzada adoquinada, marchó la columna hasta dejar atrás los barrios adyacentes al circo. La comitiva se adentró en el barrio rico, marcado por dos pilares lisos de mármol de un exótico tono verdoso. La zona noble de la ciudad estaba construida sobre una colina, desde la cual se divisaba toda la urbe. La calzada de piedra blanca estaba flanqueada por árboles altos y bien cuidados. Siguiendo el camino se llegaba a la gran mansión de Kha’rí, una gigantesca mole con forma de caracola, de un hermoso tono azulado.</p>
<p>Los porteadores bajaron la litera en cuanto la verja de metal del palacete se cerró a sus espaldas.</p>
<p>Una comitiva de siervos estaba en fila delante de la doble puerta que permitía la entrada, atentos a los deseos de su señor.</p>
<p>El chambelán se adelantó, hizo una profunda reverencia e intercambió algunas palabras con Kha’rí en el extraño idioma de los saurios. Después, impartió órdenes y la recepción se retiró, rauda.</p>
<p>El <em>Belsnazz</em> se giró entonces  y miró a Caitlín fijamente.</p>
<p>-Yariszza&#8230; &#8211; la llamó, utilizando el nuevo nombre que le había dado.</p>
<p>-¿Sí, <em>ssazar</em>? – respondió la mujer, bajando la cabeza respetuosamente</p>
<p>-Ve a ver a Shaa. Quiero que estés preparada. La velada de mañana es importante y tendremos invitados ilustres. <em>Valasthad</em> para nosotros.</p>
<p>&lt;&lt;<em>Valasthad…</em>,”cantarás”, para nosotros…&gt;&gt; repitió Caitlín para sí.</p>
<p>-Como mi <em>ssazar</em> ordene – dijo.</p>
<p>El Gran Lanista esperó unos segundos, sopesando el rostro de la humana. Luego, se giró haciendo ondear su ropa con un zozobrar del viento y se perdió en las frescas estancias privadas de su morada.</p>
<p>Caitlín dejó que Kha’rí se marchara, luego levantó la cabeza y con gesto decidido entró en la mansión.</p>
<p>Durante la fiesta tendría otra gran ocasión para ganarse un poco más la confianza del <em>Belsnazz</em>.</p>
<p>&lt;&lt;Aguanta un poco más, mi amor &gt;&gt; le susurró a Halfdan, esperando que el viento le llevase sus palabras…</p>
<p><em>Por Ricardo Garrido</em></p>
<p><a href="http://www.safecreative.org/work/1302134588621" xmlns:cc="http://creativecommons.org/ns#" rel="cc:license"><img src="http://resources.safecreative.org/work/1302134588621/label/barcode-72" style="border:0;" alt="Safe Creative #1302134588621"/></a></p>
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		<title>El Linaje Perdido X</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Apr 2012 09:36:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Bendicho</dc:creator>
				<category><![CDATA[Histórico]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Edad Media]]></category>
		<category><![CDATA[Nórdicos]]></category>
		<category><![CDATA[Vikingos]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO  X – SIN SECRETOS - ¡Dale, muchacho! – las voces del público animaban a Robby, cuyo bastón se movía cada vez con mayor velocidad. Alrededor de los dos combatientes, un corrillo de habituales se desgañitaban animando a su favorito, &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/04/el-linaje-perdido-x/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO  X – SIN SECRETOS</strong></p>
<p>- ¡Dale, muchacho! – las voces del público animaban a Robby, cuyo bastón se movía cada vez con mayor velocidad.</p>
<p>Alrededor de los dos combatientes, un corrillo de habituales se desgañitaban animando a su favorito, por lo normal Robby, e incluso un ojo avispado, podría llegar a ver algún movimiento de monedas furtivo. Esto era así, porque desde el primer día, Nathaniel había dejado claro que no quería ver ningún tipo de apuesta en sus lecciones.</p>
<p><span id="more-313"></span></p>
<p>Con toda la concentración puesta en no perder de vista a su escurridizo adversario, Robby trató de continuar acosándolo, con la esperanza de acabar encontrando un hueco en su defensa, o por lo menos evitar que su maestro cogiera la iniciativa. De sobra sabía que si permitía que esto ocurriera, acabaría con un buen moratón añadido a su colección.</p>
<p>Durante unos minutos los bastones se cruzaron levantando golpes secos. El rostro de Nathaniel no dejaba traslucir ningún pensamiento, y nadie sería capaz de decir si estaba cansado o no. Esa era una de las cosas que trataba de que aprendiera el chico, y que más le estaba costando asimilar. El rostro de Robby mostraba concentración, determinación, signos de cansancio y otras emociones e indicadores que le decían claramente al veterano guerrero, cómo actuar frente al novel.</p>
<p>- Te estás deshaciendo, Robby – le advirtió, sin que le temblara la voz lo más mínimo.</p>
<p>- Calla, anciano – contestó el chaval entre jadeos, redoblando sus ataques.</p>
<p>Uno a uno, estos fueron desviados por el bastón de Nathaniel, que conocía lo suficiente a su alumno como para saber cómo reaccionaría ante la provocación, por leve que fuera. El chico era orgulloso, demasiado. O conseguía pulir eso. O no viviría mucho.</p>
<p>Cuando la cadencia de los golpes se fue haciendo más lenta de forma ostensible, y la fuerza de los mismos fue decreciendo, llegó el turno de Nathaniel. Progresivamente, fue encadenando una serie de golpes, alternando golpes altos y bajos y de diferentes potencias, que obligó a Robby a abandonar cualquier posibilidad de llevar la ofensiva, y contentarse con mantener una posición defensiva mientras pudiera.</p>
<p>- Quizás sea un anciano – la voz del maestro seguía sin dar muestras de cansancio, mientras que el alumno ya reservaba todas sus fuerzas para defenderse. – Pero este anciano todavía es capaz de darle una buena paliza a un chiquillo.</p>
<p>Dicho esto, Nathaniel amagó con un golpe a la cabeza que su adversario se aprestó a tratar de bloquear. En cuanto el bastón de Robby se puso en marcha, fintó, y golpeó los gemelos del muchacho, haciendo que se pegara una buena costalada.</p>
<p>El público, como siempre, lanzó una sarta de abucheos al ver a su campeón nuevamente derrotado.</p>
<p>Robby permaneció durante unos instantes tumbado boca arriba con los ojos cerrados, concentrado en el dolor que sentía en las pantorrillas y en la espalda, fruto de su última derrota, mientras visualizaba la pelea, tratando de descubrir sus errores.</p>
<p>- ¿Estás bien? – la voz de Nathaniel le sacó de sus ensoñaciones.</p>
<p>- Si – gruñó, malhumorado. – Hoy he estado cerca.</p>
<p>- Bueno. Digamos que vas mejorando – concedió el guerrero.</p>
<p>Durante la siguiente media hora, los dos, junto con su pequeño regimiento de imitadores, fueron practicando movimientos. Para Nathaniel era prioritario que el chico aprendiera a moverse, y a controlar su genio cuando combatía.</p>
<p>No llevaban ni media jornada cuando el vozarrón de Rob interrumpió la lección.</p>
<p>- ¿Así vas a enseñar al chico a pelear? – varias docenas de ojos se posaron en la mole que era el posadero, que se acercaba con buen paso. – Llevo semanas escuchándoos hablar, y me he dicho: ¡Qué demonios! Vamos a echar un ojo.</p>
<p>- Rob, ¿no será por casualidad, que Etel hoy está con las otras mujeres donde Enid? – dijo una voz entre los parroquianos que gustaban de asistir a las jornadas de combate con bastón.</p>
<p>- Cállate, Powny. O esta noche vas a beber lo que yo te diga – contestó con una sonrisa el tabernero. – No tengo ni que decir que nadie me ha visto aquí, ¿no es así? – dijo mucho más serio, pasando la mirada por cada uno de los presentes. Ninguno aguantó la mirada del hombretón. – Si tuviera problemas en casa, solo Dios sabe cuántos días estaría cerrada la taberna hasta que se calmara la cosa – este último comentario levantó una nube de miradas preocupadas, y todos los hombres asintieron, cómplices. No cabía duda que de allí no iba a salir ni una palabra.</p>
<p>- Bueno, ¿y que te trae por aquí, Rob? – preguntó Nathaniel.</p>
<p>- Como he dicho, había pensado en echar un ojo. Tengo curiosidad de ver esas lecciones de pelea con bastón, de las que os pasáis las noches hablando.</p>
<p>- Creía que Etel no te dejaba pelear – le aguijoneó con saña.</p>
<p>- Esto no va a ser una pelea, Eddy. Estamos practicando con bastones. Esto es casi un juego. ¿Te apetece probar conmigo? – a Rob no le había hecho tanta gracia el chiste de Nathaniel, y en su tono se podía leer perfectamente la amenaza.</p>
<p>- Oh. Será un placer. Robby, dale el bastón a tu padre y tómate un descanso.</p>
<p>Los parroquianos tardaron apenas unos segundos en crear un anillo humano vociferante, y las apuestas comenzaron a volar, esta vez sin ningún tipo de pudor ni control.</p>
<p>Unas semanas antes nadie hubiera apostado contra Rob. En apariencia el combate era tremendamente desigual. El tabernero era mucho más grande y corpulento que el, hasta entonces, anónimo Eddy. Además todos sabían que en tiempos el hombretón había sido guerrero, y que el manejo de las armas no le era ajeno.</p>
<p>Pero ahora la cosa había cambiado. Desde la muerte del pequeño de los Foy, con las lecciones de combate con bastones, la leyenda de Eddy no había parado de crecer. Los hombres, como con cualquier tema que desconocen y les intrigan, especulaban e inventaban historias. Se hablaba que Eddy era un gran guerrero que había caído en desgracia; o que, perseguido por sus fantasmas, se había dado a la bebida, a fin de cuentas eso no era tan raro; otros que lo querían mal, advertían ante la posibilidad de que fuera un danés, atento para observar donde escondían sus objetos de valor. Toda la región estaba bajo control danés, y sus gentes les debían vasallaje. No sería la primera vez que un grupo de paso ponía patas arriba la aldea en busca de cuantas cosas de valor hallaran; muchas eran las especulaciones, pero en realidad nadie tenía ni idea de quién era ese extraño, en cuyas manos un bastón se podía convertir en un arma letal.</p>
<p>- Patherson, bribón. ¿Cómo van las apuestas? – preguntó Nathaniel riendo.</p>
<p>- Pues de momento, la mayoría dicen que te vas a llevar una buena paliza, Eddy – contestó el granuja, que normalmente se encargaba de llevar las apuestas de forma encubierta, y que por una vez podía hacerlo libremente.</p>
<p>- Bueno, pues coge esto – dijo el luchador, lanzando una pequeña bolsita, que tintineó cuando la cogió al vuelo el otro hombre. – A ver si hoy me gano unas monedas, últimamente mi patrón es un poco tacaño – dijo en alusión a Rob.</p>
<p>- Demasiado pago a un gandul que se pasa las horas jugando con los palos en la pradera con mi hijo. Muy cara me sale la niñera – contestó riendo el aludido, levantando un coro de risas. – Además, no sé para qué te pago nada si después lo vas a tirar en apuestas locas.</p>
<p>- Veremos, veremos. ¿Estás listo?</p>
<p>- Vamos allá – contestó el tabernero, moviendo sus enormes brazos.</p>
<p>Durante unos instantes ambos contendientes se limitaron a girar sobre la alfombra de hierba, los ojos fijos en los del contrincante en busca de cualquier señal que les pudiera indicar algo.</p>
<p>Al final fue Rob quien se decidió y, agarrando el bastón por uno de sus extremos como si fuera una espada, se lanzó al ataque encadenando una serie de golpes de gran potencia, ante los cuales Nathaniel se tuvo que aplicar al máximo para poder desviarlos o esquivarlos. En ningún momento se propuso intentar blocar un golpe así, ya que no tenía claro que uno de los dos bastones no fuera a partirse, y de ser así, acabaría mal.</p>
<p>Un despliegue ofensivo semejante levantó una oleada de gritos entre el público, tanto entre los que veían como su inversión cogía fuerza, como de los que veían a la suya retroceder acosada y trataban de darle ánimos.</p>
<p>Lentamente, el combate volvió a sosegarse, según el corpulento tabernero fue perdiendo fuelle. Esto alivió profundamente a Nathaniel, que se encontraba en serios aprietos, y que ese rebaje en la presión le permitió a su vez alternar la defensa con algún tímido golpe, que no supuso una gran amenaza para su adversario.</p>
<p>- ¿Eso es todo lo que sabes hacer? – preguntó Rob. Cuando lo contabais junto a una jarra parecía mucho más épico.</p>
<p>- Te veo cansado. ¿Quieres dejarlo? – fue la respuesta que recibió antes de que le lloviera una tormenta de golpes.</p>
<p>Ahora era el bastón de Nathaniel el que volaba salvaje. Éste utilizaba el arma a dos manos, golpeando indistintamente con ambos extremos. Eso, aunque le restaba mucho alcance, le permitía improvisar y sorprender mucho más a su contrincante, que comenzaba a sufrir.</p>
<p>Una vez que Nathaniel atravesó la defensa de Rob la primera vez, el resto fue todo seguido. Con un golpe del bastón, consiguió que el arma del tabernero se desviara lo suficiente como para asentar un golpe seco con la suya en su estómago.</p>
<p>Cuando su oponente comenzó a doblarse por el dolor el bastón de Nathaniel ya había cambiado de rumbo, y apenas unas decimas de segundo después, el arma impactó por segunda vez en la cabeza del hombretón, que se desplomó como un enorme saco.</p>
<p>De entre el público se levantó un clamor. Alegría e indignación, sobre todo esta última, eran mostradas mientras monedas y objetos cambiaban de manos.</p>
<p>- Cabrón con suerte – dijo Rob cuando le ayudaron a levantarse. – Has tenido un golpe de fortuna. ¿Otra quizás? – por la sien del tabernero corría un hilillo de sangre.</p>
<p>- Rob, no quiero problemas – en la cara de Nathaniel ya no había rastro de la anterior alegría, ya que veía que de esa situación no podía salir nada bueno.</p>
<p>- ¿Qué problemas va a haber? Como mucho que te de una buena tunda. La primera vez me has pillado desprevenido, eso es todo. Venga, unas monedas para animar el asunto – esta vez fue Rob el que se descolgó un saquillo del cinto, y lo arrojó a las codiciosas manos de Patherson, que una vez más cogió al vuelo las monedas. – No irás a dejarme sin revancha, ¿no es así?</p>
<p>- Joder… – masculló Nathaniel. – Venga. Una más,  Rob. No quiero problemas.</p>
<p>- Calla y pelea – dijo el hombretón, mientras los dos luchadores volvían a girar sobre el césped. A su alrededor, no había una garganta que no gritara, como poseída, sus apuestas.</p>
<p>Los golpes no tardaron en comenzar a caer, esta vez más controlados, con ambos contendientes midiendo cada movimiento.</p>
<p>Cualquier ventaja inicial que tuviera Nathaniel por la falta de hábito en el manejo del bastón por parte de Rob, se evaporó rápidamente.</p>
<p>Pronto Nathaniel recibió un golpe en el costado, acompañado por una oleada de gritos y movimiento de monedas. Pero el combate no paró, para asombro y encanto de los espectadores, y más gritos y monedas fueron corriendo de mano en mano, según los dos hombres iban consiguiendo abrir brecha en la cada vez más debilitada defensa del oponente.</p>
<p>Cuando terminaron, tanto Rob como Nathaniel, se encontraban molidos a palos. Ambos sangraban por varios cortes en el rostro y cuero cabelludo, y de haberse quitado las ropas, hubieran dejado al descubierto una colección de golpes y hematomas que habría espantado a cualquiera. Aun así, los dos contrincantes se reían a carcajadas cuando se dejaron caer, derrotados sobre la hierba.</p>
<p>- Patherson – llamó Rob, tras escupir un cuajarón de sangre. &#8211; ¿Cómo ha ido la cosa? ¿He ganado algo? – añadió entre risas.</p>
<p>Al hombrecillo le temblaban las manos sin saber qué hacer. No sabía a quién declarar vencedor. Los dos luchadores estaban igual de hechos polvo, tirados uno al lado del otro sobre la hierba, riéndose descaradamente de él.</p>
<p>Lentamente introdujo en el saquillo de Nathaniel unas monedas por el primer combate, y después devolvió ambas bolsas a sus dueños.</p>
<p>Rob, cuando vio que su bolsa regresaba exactamente igual que había partido, simuló un enfado que no sentía.</p>
<p>- Parece que el combate no me ha salido muy rentable – dijo sopesando la bolsa. – Ni una miserable moneda, y estoy medio muerto. Tú por lo menos has ganado algo – añadió señalando la bolsa ligeramente engordada de su oponente.</p>
<p>- Es lo que hay. La próxima vez, te lo pensarás mejor.</p>
<p>- La próxima vez, morderás el polvo, quieres decir.</p>
<p>Esa noche Rob invitó a cenar a Nathaniel junto a su familia. Cuando llegaron, Etel y Dana ya habían regresado de la arboleda de Enid, y no fueron pocas, las explicaciones que tuvieron que ofrecer a la furiosa embarazada, mientras curaba bruscamente los cortes a su marido.</p>
<p>La cena comenzó tensa, con los hombres tratando de sacar conversaciones alegres y banales, que eran rápidamente cortadas de raíz por Etel mediante algún comentario mordaz o hiriente.</p>
<p>La mujer se sentía muy desilusionada con el hecho de que su marido hubiera vuelto a combatir, a pesar de que había prometido no hacerlo. Conocía a Rob. Era un guerrero, no un tabernero, ni un granjero. Si le permitía sacar esa parte de él de vez en cuando, el día menos pensado, le vería embutido de nuevo en una armadura y agitando un arma. Regresarían los días de incertidumbre, cuando las semanas pasaban sin saber si era viuda o si seguía teniendo marido. No, eso se había acabado. No permitiría que el extraño desenterrara viejos fantasmas. Aunque hubiera salvado a su hijo.</p>
<p>Apenas había tomado esa última línea de pensamientos, cuando Rob soltó la noticia que tenía preparada.</p>
<p>- Familia. Hoy he invitado a Eddy a cenar, porque llevo unos días dándole vueltas a una cosa – Etel no tenía claro cómo iba a continuar eso, pero se quedó lívida, porque conociendo a su marido, ya sabía que no le iba a gustar.</p>
<p>- Con el giro que han dado nuestras vidas últimamente, teniendo en cuenta todo el tiempo que Eddy pasa con nosotros, y su delicada situación con esos perros de los Foy, había pensado que se podría mudar al cobertizo que tenemos ahí detrás.</p>
<p>- ¿Qué…? – preguntaron a la vez Etel y Nathaniel.</p>
<p>- Es buena idea, ¿verdad? – Rob no estaba dispuesto a dejar que nadie echara abajo sus planes así como así. – No es que el sitio sea gran cosa, pero ahora mismo vives en un cuchitril, igual que tu amigo Jack. Si vais a trabajar para mí, me vendría bien teneros más cerca, y a la vez estaríais más seguros.</p>
<p>- No sé, Rob… &#8211; comenzó Nathaniel. – Yo…</p>
<p>- Es verdad, cariño – le cortó Etel. – Eddy ya tiene su casa. Y Jack también. Están cerca. Los Foy no se atreverán a hacer nada. Y el cobertizo está sin acondicionar.</p>
<p>- Bien. ¡Entonces decidido! – dijo el hombretón con lo que hubiera sido una sonrisa encantadora, de no haber tenido todavía sangre entre los dientes y la cara hecha polvo por la lluvia de golpes recibida. – Etel tiene toda la razón. Eso no está para vivir. Mañana empezaremos a arreglarlo un poco.</p>
<p>Esta vez la mujer no se molestó en discutir. Conocía perfectamente el carácter terco de su marido, y sabía que esa batalla ya la había perdido. Tras dirigir una mirada asesina a Nathaniel, a quién responsabilizaba de las últimas complicaciones que habían acosado a su familia, devolvió su atención a la cena, y no intervino más en la conversación.</p>
<p>Durante días, la familia alternó el trabajo en el cobertizo con sus obligaciones habituales, y lentamente el lugar fue adquiriendo la categoría de habitable.</p>
<p>Nada habría cambiado si Rob hubiera sido un hombre paciente.</p>
<p>Y un buen día, por fin terminaron. Nathaniel y Jack se dirigían a sus respectivas viviendas para recoger sus pertenencias, haciendo bromas. Una vez asumido el cambio, había que reconocer que iban a salir ganando y con mucho. Esa noche dormirían ya en su nueva casa.</p>
<p>Cuando llegaron a la puerta de Jack, los dos amigos se despidieron sin más, y Nathaniel continuó su camino.</p>
<p>Cuando abrió la puerta del que había sido hasta ese día su hogar, se quedó petrificado.</p>
<p>Sentado en la cama, con el retrato que tenía colgado en una de sus paredes, estaba Rob. Cuando sus miradas se cruzaron, en los ojos del antiguo guerrero no había ni rastro de la habitual cordialidad existente entre ambos.</p>
<p>-¿Me pregunto… – comenzó sin más. – Me pregunto qué clase de persona tiene el retrato de un noble en un cuchitril? – Nathaniel notó como se le secaba la boca, mientras escuchaba a su amigo. – Pienso en las cicatrices de guerrero, en tu habilidad en el manejo de las armas, en esto – dijo agitando el trozo de pergamino. – Y me doy cuenta de que no sé quién eres.</p>
<p>Durante un instante la mirada asustada de Nathaniel fue hacía su jergón, con la esperanza de que, en su desconfianza, el tabernero no hubiera registrado a fondo la habitación y encontrado el resto de sus secretos. Rob malinterpretó esa mirada, y con movimientos lentos se puso en pie y levantó las manos, creyendo que Nathaniel buscaba algún arma con la que atacarle.</p>
<p>- Eddy, cálmate. Solo quiero hablar. Cuando hablamos por primera vez, después de lo de los Foy, te pregunté si acogiéndote ponía en peligro a mi familia. No sé qué pensar.</p>
<p>- Deja eso ahí mismo. Vete, y esta noche estaré lejos de aquí. Ya te lo dije. No quiero problemas, Rob – en el tono de voz de Nathaniel había verdadera tristeza, ya que parecía que esta vez permanecería más tiempo en el mismo lugar. Ahora parecía que tendría que adoptar una nueva identidad, empezar de nuevo. Pero con más gente persiguiéndole.</p>
<p>- No. No quiero que te marches, Eddy. Quiero que te sinceres. Yo te he abierto las puertas de mi casa, de mi familia. Te he dado trabajo. ¡Somos amigos, por Dios! Voy a dejar esto aquí, tal y como me has pedido. Y me voy a casa. Hoy cenaremos pronto, que quiero meter unos barriles antes de abrir. Trata de no llegar tarde. Y encárgate de que Jack tampoco lo haga, es responsabilidad tuya.</p>
<p>&lt;&lt; Que cabronazo &gt;&gt; pensó Nathaniel. &lt;&lt; Me acaba de echar sobre las espaldas a Jack. Si huyo, seré responsable de su suerte, no solo de la mía. &gt;&gt;</p>
<p>Aquella noche la cena fue tensa. Era evidente que entre los dos hombres había ocurrido algo, y el malestar que flotaba entre ellos no tardó en extenderse por el resto de la mesa. La conversación fue escasa y forzada, solo animada por Jack que, o bien no era consciente de la situación, o simplemente no le importaba.</p>
<p>Después de la cena, mientras Robby y Jack se encargaban de colocar los barriles en los almacenes de la taberna, y colocaban todo antes de la apertura, Rob y Nathaniel salieron fuera de la casa, lejos de cualquier oído indiscreto.</p>
<p>- Parece que al final te quedas – dijo Rob mientras echaba un fuerte licor en uno de los dos vasos de barro que había sacado y se lo pasaba a Nathaniel, que lo agradeció con un gesto de la cabeza.</p>
<p>Pasaron unos segundos en silencio, degustando la potente bebida, perdido cada uno en sus pensamientos.</p>
<p>- Eddy, ¿Qué hay que hacer para que confíes en nosotros? – preguntó el tabernero con la mirada perdida en el horizonte. &#8211; Si vas a quedarte tendrás que hacerlo.</p>
<p>- Lo sé.</p>
<p>- Eso significa que no habrá más mentiras.</p>
<p>- No te he mentido nunca. Desde el primer día fui sincero contigo, Rob.</p>
<p>- Pues ahora lo serás más. Quiero la verdad, Eddy. Creo que me la merezco, nos la merecemos.</p>
<p>Pasaron unos segundos más en silencio. Desde que habían comenzado la conversación, ninguno de los dos hombres había hecho el menor movimiento, ni siquiera para mirar a su interlocutor. Ambos mantenían la mirada clavada en un punto indeterminado, como si estuvieran hablando de cualquier cosa mientras cavilaban sobre sus asuntos.</p>
<p>- No me llamo Eddy – soltó de repente Nathaniel.</p>
<p>- Humm – fue toda la respuesta de Rob ante tan obvia confesión.</p>
<p>- Me llamo Nathaniel. Nathaniel Edgarson, legítimo heredero de Norshield.</p>
<p>- Dios bendito – susurró Rob, mirando por primera vez a su interlocutor.</p>
<p>- Ahora que lo sabes, supongo que querrás que me vaya. Nunca dejarán de perseguirme, ni yo a ellos – añadió en tono lúgubre.</p>
<p>- No, claro que no quiero que te vayas. Aunque preferiría que no volvieras a repetir ese nombre en voz alta fuera de casa. Nada ha cambiado. Bueno, sí. Ahora tienes una historia que contarnos cuando no haya oídos indiscretos. Verás que cara se le va a quedar a Etel cuando le contemos quien eres – esta vez el comentario gracioso no termino de hacerle gracia ni al propio Rob.</p>
<p>A Nathaniel no le costó ni un ápice imaginarse a la mujer. Le encantaría saber que habían acogido a un hombre cuya cabeza tenía precio. A Rob tampoco le costó imaginarse su cara. Esa noche le esperaba una buena en la alcoba.</p>
<p>      <em>Por Fernando Bendicho</em></p>
<p><a href="http://www.safecreative.org/work/1205111620997" rel="cc:license"><img src="http://resources.safecreative.org/work/1205111620997/label/standard-72" style="border:0" alt="Safe Creative #1205111620997" /></a></p>
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		</item>
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		<title>Sangre de Dragón XIV</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Apr 2012 18:25:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XIII. PIEL AZUL. El viajero carraspeó y bebió un sorbo de agua. Mientras todos sus espectadores le miraban sin pronunciar ni una sola palabra. - ¡Deja de beber y continua!, ¿Qué pasó después?, ¿no me digas que aquí termina &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/04/sangre-de-dragon-xiv/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO XIII. PIEL AZUL.</strong></p>
<p>El viajero carraspeó y bebió un sorbo de agua. Mientras todos sus espectadores le miraban sin pronunciar ni una sola palabra.</p>
<p>- ¡Deja de beber y continua!, ¿Qué pasó después?, ¿no me digas que aquí termina todo?- preguntó Alina Shelton, airada.</p>
<p>El forastero sonrió débilmente.</p>
<p>- Pensaba que no os gustaba…-dijo con humilde picardía</p>
<p>- Y…y…no me gusta…pero…pero quiero que termines para irme a acostar…-respondió la mujer.</p>
<p><span id="more-305"></span></p>
<p>- Puedes irte si lo deseas. La puerta está abierta- dijo Sam, el posadero, mientras se giraba y guiñaba un ojo a Lomar.</p>
<p>El capitán de la guardia sonrió ampliamente. Había captado la broma del posadero.</p>
<p>&lt;&lt; Tengo curiosidad de saber cómo saldrá Alina de esta &gt;&gt; pensó.</p>
<p>Sam decidió ponérselo todavía más difícil a la avariciosa dueña del almacén. Devolviéndole la sonrisa de complicidad a su amigo Lomar, Sam trajo unas jarras llenas de un líquido caliente, oscuro, dulce y espeso.</p>
<p>Aquella bebida le había reportado al posadero la mayor parte de su fortuna. Se la traían en exclusiva de las tierras del sur. La llamaban chocolate.</p>
<p>- Bueno Alina… ¿te vas o te quedas? &#8211; pregunto Sam fingiendo estar disgustado, cuando en realidad se lo estaba pasando en grande, viendo como la mujer hacía verdaderos esfuerzos por no reconocer que le gustaba la historia del viajero.</p>
<p>- ¡Esta bien, maldita sea!- reconoció Alina &#8211; ¡me gusta…me gusta! Continúa de una maldita vez…-.</p>
<p>El viajero sonrió. Sorbió de su tazón de chocolate caliente y mientras en el exterior arreciaba la tormenta, los oyentes se apretujaron junto al fuego.</p>
<p>Y la historia continuó…</p>
<p><em>Santará-Krissez, ciudad de los Saurios, siete meses después</em></p>
<p><em> </em>El guerrero suspiró cuando las <em>trasisgas</em> sonaron al viento de la tarde.</p>
<p>Su hora había llegado. Una vez más.</p>
<p>La reja que lo mantenía confinado se abrió con un estruendo, y el guerrero ascendió corriendo las escaleras que lo separaban de la arena de combate del circo.</p>
<p>Su musculoso cuerpo iba protegido por un peto de coraza quitinosa, el caparazón de una araña de fuego.</p>
<p>Sus brazos, cubiertos hasta la mitad por unas muñequeras de cuero, estaban armados por sendas cuchillas, similares a guadañas.</p>
<p>Cuatro poderosas zancadas y el rugir de miles de gargantas inundaron su mente.</p>
<p>Halfdan avanzó hacia su adversario como un lobo hambriento, deseoso de sangre, ansioso de matanza.</p>
<p>Su enemigo era un ogro  de casi tres metros, armado con una pesada maza de púas. Dos hombreras de ahusados pinchos protegían la parte superior del tórax del monstruo. Le esperaba en el centro del Campo de Sangre.</p>
<p>El gladiador nórdico centro la vista, apretó la mandíbula y corrió hacía él.</p>
<p>La muerte lo impulsaba. La furia era un amante al que se había acostumbrado durante todos estos meses.</p>
<p>El ogro rugió ante la acometida y propulsó su pesada maza claveteada hacia adelante en un arco devastador.</p>
<p>Halfdan rodó por debajo de la curvatura trazada por la maza y se situó a la espalda del monstruo.</p>
<p>Las guadañas relampaguearon en un movimiento fulgurante y abrieron dos profundos tajos en la piel dura como roca del ogro.</p>
<p>Una fuente de sangre negra brotó del muslo y el costado de su adversario, mientras lanzaba un rugido de dolor.</p>
<p>El ogro giró en redondo y descargó un mazazo al frente, pero el bárbaro lo esquivó lanzándose a la derecha, sin embargo el monstruoso ser lo acosó sin descanso, barriendo el aire una y otra vez.</p>
<p>La enorme maza levantaba nubes de polvo y arena al golpear pesadamente el suelo, donde un segundo antes había estado el cuerpo del guerrero.</p>
<p>En uno de aquellos golpes, el ogro consiguió adelantarse al bárbaro. Como había hecho en anteriores ocasiones, dio un tremendo mazazo en el suelo, y entre la arena en suspensión, invirtió el movimiento. Lanzó la maza hacia arriba, rompió la defensa del gladiador nórdico, creada por la cuchilla de la guadaña derecha, y con un barrido lateral golpeó la hoja partiéndola por la mitad.</p>
<p>Halfdan rodó por la arena y se incorporó de un salto. Tenía que acabar pronto con esto, de modo que, simulando estar fuera de sí, corrió hacia el ogro.</p>
<p>El monstruo flexionó las piernas para soportar la embestida y cuando creyó que su enemigo estaba al alcance levantó la maza con las dos manos con la intención de destrozarle la cabeza al nórdico.</p>
<p>Entonces Halfdan aceleró su movimiento de manera fulgurante, e introduciéndose por debajo de la maza, rajó el antebrazo del monstruo.</p>
<p>El ogro lanzó un alarido, y dejó caer  el arma.</p>
<p>Halfdan rodó por el suelo y se incorporó en una posición defensiva perfecta.</p>
<p>Su monstruoso adversario sabía que iba a morir y propulsó el puño hacia delante en un último  intento de agarrar al humano, pero Halfdan adelantó a su vez la hoja de la guadaña y cortó por la mitad la manaza del ogro, abriéndola como la pinza de un cangrejo.</p>
<p>Sin detenerse, el gladiador nórdico pivotó sobre sí mismo en un giro completo y atravesó el costado del ogro con la parte que le quedaba de la guadaña rota.</p>
<p>Una explosión de sangre negra baño a Halfdan, sin embargo, el ogro agarró la cabeza del bárbaro y comenzó a estrujar, para seguidamente estampar con su mano partida en dos, un globo viscoso relleno de una sustancia melosa y maloliente, en el cuello y parte del tórax de Halfdan. El bárbaro reaccionó al instante y lanzó un arco ascendente con el brazalete guadaña. El antebrazo del ogro, grueso como en tronco de un árbol joven, salió volando por los aires. La criatura se derrumbó, muerta.</p>
<p>Mientras Halfdan avanzaba hasta el cuerpo sin vida de su enemigo caído, el portón oriental del Campo de Sangre se abrió con un chirriar de pesadas cadenas. Una figura enorme surgió del interior de las sombras y el nórdico retrocedió ante el pesado avance del engendro.</p>
<p>Era tan grande como esos extraños animales que había visto en un libro, procedentes de las lejanas sabanas de El Maansul. Elefantes creía recordar.</p>
<p>Su cuerpo parecido al de una araña, era una masa peluda y bulbosa, con seis patas terminadas en unos afilados espolones. La cabeza, parecía la de una hormiga gigante, con unas mandíbulas como pinzas en el extremo de la boca, de la cual manaba una baba de aspecto asqueroso. El monstruo era de color terroso, amarillento. Se llamaba devorador de los páramos. Una bestia terrible.</p>
<p>El devorador estaba sujeto por fuertes cadenas, que solo le permitían avanzar unos pocos metros. Dos enormes saurios toro, armados con picas, controlaban a la criatura como si fueran pastores de ovejas.</p>
<p>El monstruo estaba fuera de sí. Unos espumarajos blanquecinos, que se mezclaban con la baba, le salían de la boca. Los dos pares de ojos negros estaban centrados en el bárbaro, y aquello hizo sospechar a Halfdan. La sustancia que le había impregnado el ogro…El bárbaro volvió a tocar la sustancia, y mirándola fijamente se la acercó a la nariz. Olía a perro muerto.</p>
<p>&lt;&lt; Claro… malditos bastardos &gt;&gt; pensó.</p>
<p>Recordaba haber oído algo así. No era la primera vez que el guerrero veía a un devorador de los páramos. Sus crías exudaban una especie de miel maloliente como sistema de defensa. Además, aquella sustancia tenía la capacidad de inducir a la madre de las larvas a un estado de frenesí atroz.</p>
<p>Eso era lo que habían hecho. ¿Qué promesas le habrían hecho a aquel pobre ogro para conseguir que con su último aliento le empapara de aquella mierda?</p>
<p>Ahora Halfdan estaba lleno de miel de retoño devorador y la madre pensaba que sus crías estaban en peligro.</p>
<p>Los saurios toro soltaron las cadenas de la bestia y entonces se desató el caos. El devorador de los páramos salió disparado hacia Halfdan, rugiendo como un demonio. El bárbaro agarró la maza de púas del ogro. Resultaba ridículamente grande en sus manos, pero no tenía otra cosa, aparte de la guadaña que le quedaba.</p>
<p>Alcanzó a Halfdan en menos de un segundo. Levantó las dos patas delanteras y comenzó a arremeter contra el guerrero con la intención de empalarlo. Su rapidez era abrumadora y el bárbaro se vio retrocediendo, acosado por aquel horror gigantesco.</p>
<p>El devorador lanzaba los espolones hacía adelante y Halfdan se defendía de su furiosa carga levantando las hojas de guadaña. Soportaba a duras penas los devastadores embates gracias a su tremenda fuerza. De haber sido un ser humano normal, la criatura ya le hubiera hecho trizas.</p>
<p>El devorador arremetió contra la férrea defensa de Halfdan golpeando con la parte frontal de su pata derecha, como su fuera un garrote.</p>
<p>El bárbaro detuvo el golpe una vez más, pero el impacto fue tan brutal que le lanzó varios metros hacia atrás. Su cuerpo se estampó contra la arena, robándole, por un instante, el aire de los pulmones y la maza de las manos. Halfdan se incorporó, pero volvió a caer al suelo, mareado y dolorido por el golpetazo.</p>
<p>Como si de una furiosa tormenta se tratase, los atronadores pasos de la bestia alertaron a Halfdan de que debía reaccionar o moriría.</p>
<p>Un segundo antes de que las mandíbulas del devorador se clavaran en la arena, el bárbaro se lanzó a un lado, esquivando las titánicas pinzas.</p>
<p>Halfdan se arriesgó entonces. Aunque su posición era mala, tenía que empezar a infligir daño al monstruo o este sería su final. Agazapado como una pantera, lanzó un tajo horizontal con la afilada hoja que le quedaba a la pata del devorador. La coraza quitinosa que protegía el mortífero apéndice, no era lo suficientemente gruesa para detener el ataque. La fuerza de Halfdan y el filo de su arma hicieron el resto, y dos palmos de garfio ahusado salieron volando por los aires cubriendo al bárbaro de sangre verdosa.</p>
<p>El devorador alzó la cabeza y lanzó un aullido de dolor, más parecido a un gorgoteo asfixiante que a un rugido, y Halfdan se levantó de un salto, aprovechando esos preciosos instantes para correr en dirección a la maza del ogro muerto.</p>
<p>Justo en el  momento en que el bárbaro se hacía con el arma, la bestia cargó de nuevo contra él. Sin apenas tiempo para defenderse, el devorador lanzó sus potentes mandíbulas contra la cabeza del guerrero y, aunque evitó que las pinzas mandibulares le cortaran la cabeza, no salió airoso del todo, ya que una de ellas le abrió un feo corte por encima de la ceja izquierda.</p>
<p>Sin embargo, Halfdan también contraatacó, y la hoja de guadaña abrió un corte profundo en la boca del monstruo.</p>
<p>La bestia sacudió la cabeza ante el dolor y el nórdico tuvo los segundos que necesitaba. Sujetó la maza con las dos manos y levantándola sobre su propia cabeza, estampó la bola de púas contra el cráneo del devorador.</p>
<p>El frontal coriáceo de la bestia estalló, proyectando restos de masa encefálica en todas direcciones. La criatura se derrumbó con una sacudida, pero el bárbaro no detuvo sus ataques. Una y otra vez, Halfdan descargaba mazazos contra el cuerpo del monstruo e iba reduciéndolo a una pulpa gelatinosa mientras gruñía de furia.</p>
<p>Pasados unos segundos, cuando el rugiente griterío fue menguando, la consciencia volvió a la mente del guerrero, que detuvo los golpes y dejó caer la maza en la arena.</p>
<p>Resopló mientras su pecho, subía y bajaba por el cansancio. Halfdan se limpió toda la porquería del rostro, aunque pocas partes de su cuerpo habían escapado a la explosión de sangre y pedazos de la cabeza del devorador.</p>
<p>La sangre manaba en abundancia por la herida de la frente, fiel reflejo de lo profundo que era el corte.</p>
<p>Los dos saurios toro, miraban sorprendidos al guerrero y Halfdan sintió como la ira renacía de nuevo en lo más profundo de su ser. Otra victoria más. El gentío lo aclamaba como a su campeón.</p>
<p>&lt;&lt; No eres un dios. Solo eres un esclavo más &gt;&gt;.</p>
<p>El bárbaro gruñó de furia. Se acercó al cadáver del ogro, lo cogió por los grasientos y negros cabellos y de un poderoso tajo le seccionó la cabeza. La levantó al viento, mientras la sangre negra le corría por los brazos y los saurios, extasiados por la orgía de sangre, corearon su nombre</p>
<p><em>“Abra’Khul…Abra’Khul…Abra’Khul…”, “Piel Azul”.</em></p>
<p>Halfdan lanzó la cabeza cortada a las gradas y con un giro lanzó la guadaña rota a uno de los saurios toro, que la esquivó por poco.</p>
<p>Luego, escupiendo de puro desprecio en la arena salió del Campo de Sangre y se perdió en los lóbregos pasillos que eran las mazmorras de los gladiadores.</p>
<p>En uno de los palcos de honor, detrás de su poderoso <em>ssazar,</em> Caitlín resopló aliviada.</p>
<p>Halfdan había sobrevivido. Una vez más.</p>
<p><em> Por Ricardo Garrido.</em></p>
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		<title>Sangre de Dragón XIII</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Apr 2012 20:05:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Bendicho</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[Comienza aquí la segunda parte de Sangre de Dragón. La verdad es que este segundo tramo iba a ser un capítulo más, pero Fernando me dio la idea de ampliarlo, y hacer de ese simple capítulo una parte más amplia de &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/04/sangre-de-dragon-xiii/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Comienza aquí la segunda parte de Sangre de Dragón. La verdad es que este segundo tramo iba a ser un capítulo más, pero Fernando me dio la idea de ampliarlo, y hacer de ese simple capítulo una parte más amplia de la Saga. Tengo que reconocer que me ha aportado un montón de buenas ideas y he querido que, en honor a lo mucho que me está ayudando, escriba él, el primer capítulo de esta segunda parte. Esperamos que os guste.</em></p>
<p><em>Ricardo Garrido.</em></p>
<p><strong>SEGUNDA PARTE. GLADIADORES.</strong></p>
<p><strong>CAPÍTULO XII &#8211; VIDAR</strong></p>
<p>El rugido del público, ávido de sangre y muerte, retumbaba en las celdas como si se encontrara a escasos metros de él. A su alrededor, encerrados en sus respectivas jaulas, los luchadores de los diferentes lanistas aguardaban su turno, cada uno afrontando la espera a su manera. Desde un humano aterrorizado que, presa del miedo, se balanceaba en cuclillas, a un enano tuerto que parecía fuera de sí y se lanzaba una y otra vez contra los barrotes que lo retenían, hasta otro grupo más experimentado que ejercitaba y estiraba sus músculos para evitar problemas en la arena, pasando por un meditabundo saurio que parecía deleitarse con el ruido que provenía de los miles de gargantas de sus congéneres de la superficie.</p>
<p><span id="more-300"></span></p>
<p>Vidar sonrió. Él era más partidario de los estiramientos. La concentración no le era necesaria. Era nórdico, había nacido para el combate. Ya estaba concentrado para lo que iba a venir, hoy, mañana o dentro de veinte años. ¿Qué más le daba?</p>
<p>Mientras iba calentando los músculos, continuó observando detalladamente al resto de los cautivos. Posiblemente, alguno de ellos acabara delante de su arma dentro de poco, y quizás pudiera sacar alguna información de él antes de que se enfrentaran. Por ejemplo, &lt;&lt; Del enano, ya sé que está loco de remate&gt;&gt; pensó, mientras observaba como el ser trataba de roer los barrotes que lo mantenían cautivo, sin importarle que en su vano intento de fuga se le partieran varios dientes.</p>
<p>A pocos metros, el saurio comenzaba a balancearse suavemente, como si bailara. Tenía los ojos entrecerrados. El ser, a pesar de ser un cautivo más, parecía disfrutar igual que el resto de sus compatriotas del momento de éxtasis sangriento. De su garganta salía un rugido sordo, mitad excitación, mitad furia. Vidar entendió lo que hacia el reptil. Lo había visto hacer en su tierra miles de veces, el gladiador se estaba autosugestionando. Cuando saliera a la arena lo haría inflamado de ardor guerrero, o como lo llamaba su pueblo, de furia berserker.</p>
<p>El guerrero terminó de hacer sus estiramientos justo cuando entró Siskhaa, el hombre lagarto que era su dueño, en la sala.</p>
<p>El saurio era un lanista de importancia en la ciudad, con contactos, y bien posicionado, y la adquisición del Campeón de Tyr no había sino incrementado su popularidad, ya que el humano se había convertido en un gladiador muy valorado en los combates, que movía grandes cifras en apuestas.</p>
<p>Siskhaa era algo más grande de la media de su especie, rondando el metro noventa, y tenía las escamas de una mezcla de colores azul y verde. La cresta que le señalaba como parte de la élite sauria era de un verde brillante, tenía una cicatriz enorme, fruto de una de sus muchas contiendas. No era la única. El hombre lagarto tenía el cuerpo salpicado de antiguas heridas, y lucía con orgullo esas marcas.</p>
<p>Cuando el enano vio al saurio se lanzó con renovadas fuerzas contra los barrotes, abriéndose un feo corte en la frente en su intento de atraparlo. Vidar lo observó con desagrado, no porque no compartiera su odio por los lagartos, sino porque estaba desaprovechando estúpidamente unas fuerzas y una sangre que dentro de muy poco le iban a hacer mucha falta.</p>
<p>&lt;&lt; Bueno. Mejor. Con suerte me tocará contra él. &gt;&gt; pensó, mientras el saurio recorría los últimos metros hasta su jaula.</p>
<p>- ¿Estás listo, Xadá? –preguntó el hombre lagarto con el siseo que arrastraba esa raza cuando utilizaba la lengua común. Una de las costumbres que tenían los saurios cuando adquirían nuevos esclavos, eran cambiarles los nombres, poniéndoles nuevos que les fueran más fáciles de pronunciar, o simplemente que les gustaran más, tal y como harían con una mascota.</p>
<p>- Por supuesto, <em>ssazar</em> – Vidar puso cuidado en pronunciar la palabra que en el idioma de los saurios significaba “amo”.</p>
<p>- Hoy hay buenas apuestas. Va a ser difícil, pero si lo consigues, te cubrirás de gloria. Y te premiaré.</p>
<p>- Eres generoso, <em>ssazar</em>.</p>
<p>- Lo soy, Xadá. Por eso hoy ganarás para mí.</p>
<p>Vidar llevaba el suficiente tiempo prisionero de los hombres lagarto, para saber que la mueca feroz de éste era una sonrisa. Sonrió a su vez. Lo cierto es que una vez que había asumido su situación, no vivía mal. Era un paladín de Tyr, Dios de la Guerra, y como tal estaba bendecido en el combate. Él no era nadie para cuestionar el designio de los dioses. Si querían devolverle la libertad, le mostrarían el camino. Mientras tanto, las Nornas tejían su historia en esas arenas, matando para Siskhaa, el saurio.</p>
<p>- Xadá, hoy elegirás tú las armas.</p>
<p>- ¿Yo, <em>ssazar</em>? – preguntó, pues normalmente, en aras del espectáculo, los gladiadores salían a la arena con las armas preseleccionadas, como una dificultad añadida.</p>
<p>- Se te permite elegirlas a ti. Así como la armadura.</p>
<p>Vidar asintió con la cabeza. La noticia le había pillado totalmente por sorpresa. Si se le permitía eso, era solamente porque lo tenía realmente difícil.</p>
<p>- Sacadle – indicó Siskhaa a los guardias del recinto, dos saurios toro que llevaban grandes mandobles a dos manos, que blandían como si fueran espadas largas. – Dadle el equipo que necesite, y que salga. Ha llegado el momento.</p>
<p>Vidar no tardó mucho en decantarse. Inicialmente estuvo tentado de seleccionar una pesada armadura de placas que le ofrecería una buena protección, aunque eso le privaría de movilidad. En cuanto se percató de ello cambió rápidamente de armadura, seleccionando una de cuero endurecido con refuerzos de metal. También llevaría brazales y grebas, y un casco con toberas que le protegía gran parte del rostro. Para completar la protección llevaría un escudo pavés. Uno más pequeño le daría más movilidad, pero la verdad es que se había acostumbrado a utilizarlo, y si podía, nunca salía sin él. Para combatir, en esta ocasión llevaría su arma preferida, un martillo de guerra a una mano. Una de las cabezas del martillo era plana, mientras la otra acababa en punta.</p>
<p>Vidar se tomó su tiempo. Una a una, fue colocándose las piezas de la armadura, ajustándolas con cuidado. Una vez hubo terminado, le hizo una señal a los saurios toro y, situado entre ambos, se dirigió hacía la arena. Allí, la multitud le esperaba enfervorecida.</p>
<p>Cuando el gladiador salió, el volumen de los rugidos aumentó un punto, si es que eso era posible.</p>
<p>Aquel día ya ha había habido varios combates, y la arena del circo estaba teñida de sangre de distintos colores. En las gradas, saurios de varios tipos animaban y gritaban sus apuestas. El nórdico pudo ver saurios nobles, con sus crestas perpendiculares con puntas óseas asomando de ellas, mezclados entre miles y miles de hombres lagarto corrientes. Aquí y allá podía distinguirse la enorme mole de un saurio toro, haciendo pequeños a los reptiles que les rodeaban. Ante los ojos del paladín se abría un mosaico de colores que abarcaban principalmente el verde y el azul, pero también había rojos, negros y amarillos. A pesar de que Vidar ya lo había visto docenas de veces, seguía asombrándose de la extraña belleza que tenía esa raza tan maligna.</p>
<p>El gigantesco circo estaba a rebosar. Enormes figuras de amenazadores saurios tallados en roca, coronaban los muros en distintos puntos, y desde allí saludaban con sus armas, vencedores, al público que se encontraba dentro del recinto.</p>
<p>Durante unos instantes se permitió disfrutar de los gritos del público, simulando indiferencia escondido tras su casco y su escudo, después, conocedor de los gustos de éste, se quitó el casco y levantó las armas en señal de saludo, lo que levantó otra oleada de gritos.</p>
<p>Cuando levantó el martillo hacia el palco se quedó congelado. En el atrio de honor, rodeado de los saurios toro más grandes que había visto hasta ese día, se encontraba una extraña criatura a la que el resto de los saurios mostraban verdadera veneración. Más parecido a un enorme sapo que a un reptil, el ser tenía una cresta que le nacía en la parte trasera del cráneo, y que se le abría como un abanico alrededor de la cabeza. En el rostro, unos labios grandes y carnosos y dos enormes ojos saltones resaltaban en su gran cabeza, haciendo al ser desagradable a la vista. La mirada del hombre sapo aparentaba carecer de todo tipo de emoción e inteligencia, aunque Vidar era plenamente consciente de que, si se encontraba sentado en ese lugar, no estaría falto de lo segundo como mínimo.</p>
<p>Situados alrededor del extraño ser, los saurios más influyentes de la ciudad, con sus crestas de brillantes colores, intentaban ganarse el favor de su invitado de honor, aunque con escaso éxito. Entre ellos, Siskhaa especulaba con los resultados de los combates, apostando grandes cantidades de dinero, y con ello, reputación.</p>
<p>Otro estallido de rugidos indicó a Vidar que su oponente se disponía a entrar en la arena, así que en ese punto olvidó por completo al hombre sapo y a cuanto le rodeaba. Murmuró una plegaria a Tyr, y notó como su dios le insuflaba nuevas energías. El dios de la guerra y la batalla exigía su tributo de muerte. Con los músculos temblándole a causa de la adrenalina, giró sobre sí mismo, dispuesto.</p>
<p>Por una de las puertas que se encontraban enfrentadas a la que había utilizado Vidar, hicieron su aparición los oponentes que, en esa velada, cruzarían sus armas con el Campeón nórdico.</p>
<p>El grupo estaba compuesto por dos humanos y un orco, todos ellos curtidos gladiadores con experiencia.</p>
<p>El primero de los humanos, cuya piel era de un color marrón oscuro e iba rasurado, lucía una ceñida cota de mallas por armadura. De uno de sus brazos, colgaba medio enrolladla una red con varios contrapesos dispuestos en sus bordes. En su mano libre, una pesada lanza de larga y curva hoja completaba su equipo.</p>
<p>A su lado, el segundo humano tenía un aspecto mucho menos exótico. Iba armado con una espada larga y un escudo, y cubierto de cuero tachonado, pero Vidar no se dejó engañar. La forma de sujetar sus armas, de moverse, delataban una familiaridad con ellas preocupante, y el nórdico hacía ya tiempo que se había dado cuenta que los adversarios más peligrosos eran los que portaban las armas más comunes, puesto que con ellas tenían mayor práctica.</p>
<p>Por último, el guerrero orco caminaba ligeramente apartado de los otros dos. Era evidente que el simple hecho de ser esclavo del mismo señor, no le hacía confiar más en sus compañeros de armas. Siglos de conflictos y enfrentamientos pesaban más que cualquier cadena. Aunque era quince centímetros más bajo que Vidar, compensaba ese aparente desequilibrio con una enorme corpulencia. El ser iba protegido por una pesada armadura de placas. En cada brazo, llevaba fijada firmemente una rodela del tamaño de un plato grande. Y entre sus manos, un enorme hacha de doble hoja. El arma era una de las herramientas más burdas que había visto el nórdico en su vida como guerrero, y como Campeón de Tyr muchos habían sido los combates que había vivido. El mango era poco más que el tronco de un árbol joven cortado. La cabeza parecía que había sido trabajada por un aspirante de herrero, el acabado de las hojas era desigual y estas estaban sin pulir. En cambio, los filos del hacha llamaban la atención, brillantes y trabajados.</p>
<p>El trío lucía un grueso cordón trenzado con los colores rojo y negro atado al cinto. Eso los marcaba como propiedad del principal contrincante en las arenas del dueño de Vidar, y por las gradas se levantó un murmullo de excitación, al comprender que iban a volver a asistir a un combate de primera categoría.</p>
<p>El nivel de excitación y el griterío en las gradas alcanzaron cotas increíbles, cuando comenzaron a aceptarse las primeras apuestas. En ese instante las gradas, con su gama de colores, parecieron entrar en ebullición.</p>
<p>Durante varios minutos,  Siskhaa y el resto de los más poderosos saurios de la ciudad, junto a su extraño invitado de honor, observaron complacidos como la población disfrutaba del espectáculo, incluso antes de que este diese comienzo. También allí, en las tribunas, se movieron apuestas. Grandes sumas se pusieron sobre la mesa, ya fuera en metálico, o en especias. Y tras un movimiento apenas imperceptible, realizado por el ser sentado en el atrio de honor, sonaron las <em>trasisgas, </em>los instrumentos de viento rituales, que señalaban el fin de las apuestas, y el comienzo de la pelea.</p>
<p>Como uno solo, los cuatro gladiadores se pusieron los cascos y se dispusieron a matar y a morir.</p>
<p>Vidar era consciente de la enorme desventaja que suponía luchar contra tantos adversarios a la vez, y no tenía ninguna duda de cuál iba a ser la táctica a seguir por sus contrincantes: le rodearían, y el ataque llegaría desde atrás. Él solo tenía un par de ojos y no podría abarcar todos los ángulos.</p>
<p>Lentamente, tal y como había previsto el guerrero, sus adversarios comenzaron a situarse a su alrededor, sin precipitarse en realizar el primer ataque. Ellos tenían la superioridad numérica de su lado, y las prisas no podían reportarles nada bueno.</p>
<p>De forma inesperada, Vidar se lanzó al ataque contra el humano que portaba el escudo. Éste consiguió detener la rápida sucesión de golpes sin ningún esfuerzo, pero la intención del nórdico tampoco iba más allá. Para el Campeón de Tyr, el adversario más peligroso era el humano de color, mucho más ágil y pertrechado con la red, que podía inmovilizarle, lo que le costaría la vida sin duda alguna. Y este ataque no era sino un señuelo para que sus otros dos adversarios, viéndole distraído machacando el escudo de su compañero, intentaran atacarle por la espalda.</p>
<p>De nuevo no le defraudaron. A la vez, humano y orco se lanzaron sobre él.</p>
<p>Tan rápido como había comenzado, Vidar interrumpió sus ataques y pivotó sobre sí mismo, encarando a sus atacantes en mitad de su movimiento.</p>
<p>La bendición de su deidad permitía al Campeón moverse en combate ligeramente más rápido que un humano normal, no mucho, pero si lo suficiente como para conseguir desviar con el pavés la enorme hacha del orco, que ya se precipitaba en un golpe descendente sobre su cabeza y, tras permitir que el barrido de la red, pasara inofensivo por debajo de una de sus botas, golpeó con todas sus fuerzas a su propietario. El martillo cayó como un rayo sobre el hombro que portaba la red. El crujido que hizo el hueso al partirse solo lo pudieron escuchar Vidar y su víctima, pues miles de gargantas rugieron de placer ante este primer golpe demoledor.</p>
<p>Con la adrenalina bombeando por sus venas, el guerrero nórdico se obligó a retomar una posición defensiva, y permitió que el gladiador herido se apartara ligeramente del combate, arrastrando tras de sí la red, ahora inofensiva. No pudo evitar sonreír mientras paraba con su escudo la tormenta de golpes que le propinaban sus dos contrincantes, enfurecidos por el engaño.</p>
<p>Cuando más apurado parecía estar, con el público de pie esperando el golpe que atravesaría por fin su defensa, el Campeón de Tyr volvió a fintar, provocando que la enorme hacha del orco pasara excesivamente alta, lo que le permitió golpearle con la cabeza acabada en punta en el pectoral, hundiendo éste.</p>
<p>El golpe levantó otra ola de vítores entre el público, que asistía extasiado a otra demostración de habilidad de uno de sus campeones de la arena más populares.</p>
<p>El orco se llevó la mano al pecho, al punto donde la coraza había quedado hundida, quebrando las costillas que había debajo. El maligno ser se quedó bloqueado momentáneamente, a causa de una mezcla de dolor lacerante y confusión, no entendía como la situación se había torcido tanto en tan poco tiempo. Después, la criatura se volvió loca de furia asesina y se lanzó de nuevo al combate, abandonando cualquier lógica o táctica común. En ese momento el orco ya no tenía aliados en la arena, solo objetivos.</p>
<p>Durante más de un minuto, el orco se limitó a lanzar fuertes acometidas que hubieran terminado el combate sin más de haber encontrado a su objetivo. Pero Vidar no se dejó acorralar. Atento del enfurecido ser, vigilaba también al humano restante, que se esforzaba en encontrar su hueco en el campo, lo que no era nada fácil, ya que acercarse mucho a su compañero era arriesgarse a ser agredido.</p>
<p>La cosa mejoró cuando el otro gladiador humano regresó renqueando al combate. El brazo le colgaba laxo, y en el rostro tapado parcialmente por el yelmo se podía adivinar el sufrimiento, pero también la determinación.</p>
<p>El orco soltó un rugido de ira cuando Vidar estampó la cara de su escudo contra su rostro, partiendo uno de los colmillos que sobresalía de su boca. Un segundo después, el rugido bestial quedó eclipsado por el de miles de gargantas sorprendidas. El gladiador de la espada había conseguido herir en el brazo al campeón de Siskhaa, que retrocedía ante las acometidas del humano.</p>
<p>Los siguientes instantes fueron críticos. Los dos gladiadores humanos le acosaban, en especial el espadachín, y el nórdico se veía desbordado por sus ataques conjuntos. Una y otra vez, las hojas conseguían atravesar su defensa, y solo la suerte y la bendición decreciente de su dios, evitaron que consiguieran causar una herida fatal.</p>
<p>Y entonces, el mundo se volvió loco.</p>
<p>La enorme hacha del orco entró por la clavícula del gladiador armado con la espada, que ya se había olvidado de su furioso e inestable compañero de armas. La pesada arma se enterró hasta casi el estómago de su asombrada víctima, y bañó en sangre a Vidar que, al igual que el otro gladiador, se quedó petrificado ante la escena que se desarrollaba ante sus ojos.</p>
<p>Con la sorpresa todavía dibujada en su rostro, el ya cadáver, cayó de rodillas, solo sujeto por el hacha que le unía a su verdugo. Cuando el orco arrancó el arma de un brusco tirón, el cuerpo cayó hacia delante, vertiendo rápidamente sobre la arena gran parte de su contenido por la espantosa herida. Otro rugido furioso del descontrolado orco levantó una oleada de aprobación de las masas, que veían como el combate no paraba de cambiar de rumbo.</p>
<p>Vidar fue el primero en recuperar el control. Viendo la oportunidad de recuperar la iniciativa, y aprovechando el desconcierto que había causado el monstruo en el humano restante, no dudó ni un momento y se abalanzó sobre él. El martillo de guerra hendió el aire e impacto con fuerza contra la frente del desprevenido gladiador, cuyo cráneo explotó literalmente dentro de su yelmo. El hombre salió despedido hacia atrás, cayendo desmadejado.</p>
<p>El Campeón de Tyr no tuvo tiempo de saborear el momento. Tampoco lo esperaba. El orco cargó contra él en cuanto vio que le daba la espalda para golpear al humano. Y al igual que en la otra ocasión, Vidar estaba preparado para recibir la torpe maniobra. Tras dar un paso lateral que lo situó fuera de la trayectoria de su atacante, pivotó sobre sí mismo a la vez que el orco pasaba junto a él, y le golpeó con todas sus fuerzas con el escudo pavés en el espaldar. El fuerte golpe y el impulso que llevaba la pesada criatura hicieron el resto. El orco salió rodando varios metros, perdiendo el arma en la caída.</p>
<p>Cuando el ser se levantó cubierto de sangre ajena y arena, se encontró cara a cara con Vidar. No pidió clemencia. Tampoco se la hubieran concedido.</p>
<p>Una vez más, Vidar se convirtió en dueño y señor de la arena. Ese día hizo ganar dinero a muchos, otros lo perdieron. Su señor, Siskhaa, se hizo más poderoso.</p>
<p>                                    *          *          *          *          *          *         </p>
<p>Aquella noche Vidar pasó a disponer de una pequeña celda para él solo. Hasta aquel día había vivido con el resto de los gladiadores, en una sala comunal durmiendo sobre montones de paja, como animales bien cuidados.</p>
<p>Una vez más, el Campeón invocó los ya mermados favores de Tyr y cerró con ellos un feo corte que le corría por el antebrazo. Satisfecho, observó como los bordes de la herida lentamente se iban fundiendo, hasta no quedar vestigio alguno de ella.</p>
<p>Apenas había terminado de admirar su obra cuando la puerta de la celda se abrió y entró una joven esclava humana, vestida con la típica túnica de lana basta que dispensaban los saurios a sus esclavos. La chica era bonita.</p>
<p>Durante unos instantes ambos se miraron en silencio. En los ojos de la joven se veía la duda y la vergüenza. Después, como si se hubiera decidido, se soltó el nudo que ataba su vestido detrás de su cuello, dejándolo caer, y quedando desnuda ante el guerrero nórdico.</p>
<p>Vidar la recorrió con la mirada. Hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer, y lo cierto es que hacía mucho que ya había dejado de soñar con volver a estar con una.</p>
<p>- Cierra la puerta y ven aquí – dijo a la chica con voz queda.</p>
<p>Y el campeón de Siskhaa cobró su premio.</p>
<p>    <em>  Por Fernando Bendicho</em></p>
<p><a href="http://www.safecreative.org/work/1205111620942" xmlns:cc="http://creativecommons.org/ns#" rel="cc:license"><img src="http://resources.safecreative.org/work/1205111620942/label/standard-72" style="border:0;" alt="Safe Creative #1205111620942"/></a></p>
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		<title>El Linaje Perdido IX</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Apr 2012 09:56:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Bendicho</dc:creator>
				<category><![CDATA[Histórico]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Edad Media]]></category>
		<category><![CDATA[Nórdicos]]></category>
		<category><![CDATA[Vikingos]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO IX – LA INCURSIÓN Año 867, finales de otoño. - ¡Yo digo que ataquemos! – la afirmación fue acompañada de un golpe en la mesa con la jarra de cerveza, que hizo que buena parte del contenido de ésta saliera &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/04/el-linaje-perdido-ix/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>CAPÍTULO IX – LA INCURSIÓN</strong></p>
<p><em>Año 867, finales de otoño.</em></p>
<p>- ¡Yo digo que ataquemos! – la afirmación fue acompañada de un golpe en la mesa con la jarra de cerveza, que hizo que buena parte del contenido de ésta saliera despedido para desagrado de los nobles cercanos al vehemente earldorman. &#8211; Menos hablar y vayamos a matar a esos perros.</p>
<p>Como cada vez que alguien expresaba su opinión, una explosión de gritos a favor y en contra de la postura que defendía, llenó por completo la sala.</p>
<p><span id="more-294"></span></p>
<p>Sin abrir la boca, Lord Edgar siguió observando a sus compatriotas desgañitarse, tratando de decidir qué hacer, cuando para él, era obvio que allí ya se había tomado una decisión. O mejor dicho, que jamás se iba a tomar.</p>
<p>Divertido, dio un corto trago a su jarra, sin perder detalle de cómo dos nobles perdían los nervios y se liaban a golpes allí mismo, teniendo que ser separados por sus compañeros.</p>
<p>Tanto el rey Osbert, como el usurpador, Aella, habían muerto luchando contra los daneses. Y a su lado, una buena cantidad de nobles junto con los hombres que les seguían. La derrota había sido tan espectacular, que los daneses esta vez no se habían vuelto a hacer a la mar, cargados con el botín de regreso a sus hogares, sino que se habían quedado acampados en lo que parecía, una enorme base permanente.</p>
<p>Ahora, parecía que ninguno de esos nobles era capaz de hacerse con el liderazgo. Unos y otros gritan, se maldecían e incluso llegaban a las manos, pero en dos días de negociaciones no se había avanzado nada.</p>
<p>A la reunión, asistían todos los nobles de Northumbria capaces de reunir una fuerza aceptable, o como en el caso de Lord Edgar, earldorman cuyas fortalezas tuvieran cierta importancia estratégica. Y, aunque la familia de Nathaniel disponía de pocos hombres de armas, en cambio mantenía en su poder un castillo que, por su situación geográfica, era muy fácil de defender con una fuerza escasa, y dominaba una gran franja de terreno al norte, cerca de la frontera con los salvajes escoceses. Esta circunstancia, hacía de Lord Edgar una pieza más valiosa, que otros nobles capaces de movilizar tropas muchísimo más numerosas que él. Además, había representantes del alto clero y de los reinos del sur, preocupados con la situación que se vivía en su no tan lejano vecino.</p>
<p>Ahora, con el invierno a la vuelta de la esquina, y los daneses sin la posibilidad de huir en sus barcos, los nobles trataban de ponerse de acuerdo en qué debía de hacerse a continuación. La lógica dictaba un ataque contra los invasores ahora que eran pocos y estaban aislados. Con la primavera llegarían nuevos barcos, y ese campamento se convertiría en una herida abierta en la isla, desde la cual se extendería la infección danesa.</p>
<p>Ese punto era indiscutible, y todos estaban de acuerdo en la necesidad de solucionar ese asunto. El problema radicaba en que muchos eran los que reclamaban el liderazgo de la coalición que debía de atacar a los daneses atrincherados. El que venciera en esa batalla, tendría grandes posibilidades de optar al trono de Northumbria o, como mínimo, adquiriría un peso en el reino considerable.</p>
<p>Ante ese panorama, los más grandes nobles de Northumbria e incluso de los reinos del sur, competían entre sí por el derecho a comandar el ejército, y se negaban en redondo a prestar su apoyo si no se cedía a sus exigencias.</p>
<p>Los nobles más modestos, los que no podían optar a liderar el ejército ni en su más loca fantasía, sí que podían negociar para dar su apoyo a uno u otro líder, aumentando así el número de hombres con el que éste intentaba hacer fuerza para su causa.</p>
<p>Las embajadas, tanto de los reinos de Wessex y Mercia principalmente, como del clero, trataban de influir lo más posible en la elección, con la esperanza de que el vencedor pudiera ser un aliado en el futuro, en vez de un incómodo vecino.</p>
<p>Y entre medias, estaba el grupo de los escépticos, grupo al que pertenecía Lord Edgar. Estos reconocían el peligro de los daneses, pero también la debilidad de la coalición anglosajona, dispuesta a romperse en pedazos antes de ser formada.</p>
<p>Esas tierras no soportarían otra derrota como la sufrida por el rey Osbert y su ejército, y los daneses habían elegido muy bien el emplazamiento de su campamento. El ataque sería una sangría que requeriría muchos hombres, lo que dejaría muchas plazas fuertes mal defendidas para la primavera, cuando sin duda llegaría una nueva oleada de barcos con cabezas de dragón, cargados hasta los topes de nórdicos sedientos de sangre.</p>
<p>Lord Edgar estaba en condiciones de resistir en su fortaleza, Norshield, sin ayuda alguna de sus vecinos, a un ejército de gran tamaño durante muchas semanas. La geografía, con caminos estrechos y acantilados, jugaba a su favor, y no estaba por la labor de arriesgar a uno solo de sus valiosos hombres de armas, si no era para obtener un beneficio claro.</p>
<p>- ¿Qué va a pasar, padre? – preguntó Nathaniel en un susurro, inclinándose hacia el noble para que nadie escuchara sus palabras.</p>
<p>- Nada – fue la lacónica respuesta de éste. – Seguirán, y seguirán. Mientras nosotros comeremos un poco más de este magnífico cerdo, y beberemos de su cerveza, en lo que les miramos aparentando un gran interés. Y mañana nos iremos.</p>
<p>- ¿No vamos a luchar? – el chico parecía sorprendido.</p>
<p>- Nadie lo va a hacer. O por lo menos, nadie lo va a hacer y va a vivir para contarlo. Míralos bien – dijo, señalando la sala donde los nobles discutían por el poder. – Van a dejar que los maten. Lo prefieren así antes que ver a su vecino por encima de ellos. Y yo prefiero verme vivo antes que cualquier otra cosa. Recuerda hacia quién tienes tus responsabilidades. Hemos venido para obtener lo mejor para nuestra gente, no su ruina.</p>
<p>Nathaniel no volvió a sacar el tema. Tal como había dicho su padre, de aquella reunión no salió nada de valor, y a la mañana siguiente, justo después del amanecer, Lord Edgar y su hijo se fueron sin decir nada a nadie.</p>
<p>Los nobles del norte no se unieron contra el enemigo común, y mucho menos consiguieron ayuda efectiva de los reinos del sur ni de la iglesia. Uno de los nobles más influyentes reunió un ejército con varios aliados menores, y juntos intentaron destruir el reducto danés, fracasando estrepitosamente.</p>
<p>Tal y como había predicho Lord Edgar, lo único que se consiguió ese día, fue debilitar las tropas de algunas guarniciones, que al año siguiente serían asediadas por la siguiente oleada de nórdicos.</p>
<p>El siguiente año fue duro. Las predicciones hechas en cónclave se mostraron correctas, y ese año llegó una flota danesa como no la habían conocido esas tierras jamás.</p>
<p>Northumbria, debilitada y desunida, sucumbió rápidamente, quedando tan solo las más poderosas fortalezas como solitarias islas en un mar bajo control danés.</p>
<p>Cuando los daneses llegaron a la frontera norte, se encontraron con la pequeña fortaleza que dominaba la zona. El jarl que mandaba la fuerza se dio cuenta del enorme coste que le supondría  tratar de tomar por las armas el lugar, y se limitó a saquear la región con total impunidad a sabiendas que el noble no se atrevería a salir a plantar batalla.</p>
<p>Desde las murallas, Lord Edgar observó cómo sus tierras ardían.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>            *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>- Mi señor, con su permiso – la voz de Ryan sacó a Lord Edgar de sus ensoñaciones.</p>
<p>- Si – la voz del noble sonaba distraída.</p>
<p>- Los escoceses han vuelto a atacar una de nuestras granjas. Se han llevado el grano y el ganado, no han dejado a nadie con vida.</p>
<p>Lord Edgar permaneció en silencio durante unos instantes mirando el fuego. Le gustaba hacerlo cuando pensaba, le ayudaba a concentrarse. Desde la llegada de los daneses sus problemas no paraban de crecer. A la presión constante que sufría desde el sur, por parte de sus nuevos y belicosos vecinos, que se traducía en saqueos periódicos que podía sustituir por el pago de un rescate, cuya cuantía variaba en función a las ganas de saquear que tenía el jarl en cuestión, había que añadir los ataques cada vez más frecuentes provenientes del norte, de tribus de escoceses que normalmente no se habrían atrevido, pero que ahora, sabedores de la delicada situación que atravesaban en Norshield, se iban volviendo cada vez más audaces.</p>
<p>- Quiero mi grano –dijo tras varios minutos en silencio.</p>
<p>Durante unos instantes Ryan se quedó mirando a su señor como si hubiera escuchado mal.</p>
<p>- ¿Mi señor?</p>
<p>- Quiero ese grano de vuelta, Ryan. Y las cabezas de esos escoceses. De todos. Como en los viejos tiempos – en ese momento el noble se volvió para mirar al hombre de armas, y éste se dio cuenta de que no bromeaba.</p>
<p>- Pero, mi señor. ¿Quién defenderá Norshield si atacan los daneses?</p>
<p>- Si no acabamos con los ataques del norte, no habrá mucho Norshield que defender, ¿no crees? – contestó su señor. Para desgracia de Ryan, tuvo que reconocer que la situación era tan lamentable como la pintaba el earldorman. – Cogerás a quince de tus hombres, con cuatro perros. Te llevarás a Nathaniel contigo.</p>
<p>- Sí, señor.</p>
<p>- Ryan. Quiero el grano, pero no es imprescindible. No vuelvas sin esas cabezas. Que sea ejemplar.</p>
<p>Hacía mucho tiempo que los hombres no se preparaban para tomar la iniciativa, y en el patio de armas reinaba un ambiente de excitación, incluso entre los soldados que se quedaban para defender la fortaleza.</p>
<p>La noticia de las represalias contra los atacantes ordenadas por su señor habían sentado muy bien entre la soldadesca, que tras la llegada de los daneses, se había visto reducida a una guarnición, siempre atenta de no ser descubierta en campo abierto, donde se encontraba en inferioridad frente a los temibles guerreros nórdicos, superiores en número y equipo.</p>
<p>Como años atrás, cuando Lord Edgar tuvo que sofocar la revuelta campesina, Nathaniel paseó la mirada por la plaza mientras se ponía, esta vez él solo, la cota de mallas. Alrededor suyo los hombres de armas que le acompañarían hacían lo propio y terminaban de ensillar sus monturas.</p>
<p>Esta vez disfrutó de la tensión que se acumulaba en el ambiente. Por fin, las horas de duro entrenamiento iban a dar su fruto. Ansiaba con todas sus fuerzas que llegara el momento de entrar a sangre y fuego en el poblado de esos salvajes.</p>
<p>Observó como uno de los mozos de cuadras forcejeaba con uno de los mastines intentando ponerle su arnés. Éste se resistía tenazmente, inicialmente con estoicismo, hasta que en un momento determinado se cansó del juego, y sacó a relucir una colección de enormes dientes que hizo que el joven quedara congelado en el sitio, lo que levantó una ola de risas.</p>
<p>- ¡Basta! – el tono de Ryan no era excesivamente severo, pero se notaba que no quería retrasar más de lo necesario la partida. – Dame eso, chaval – dijo arrebatando de las manos temblorosas al mozo el arnés de cuero. Cuando el curtido veterano se acercó a ponerle la pieza, el perro era la viva imagen de la docilidad, imagen que se evaporó en cuanto el capitán lo dejó cubierto de cuero y otra vez al cuidado del desdichado muchacho. Nathaniel no pudo reprimir una sonrisa cuando, desde la distancia, observó como el perro volvía a mostrarle los dientes al mozo de cuadras cada vez que el tendía una mano hacia él.</p>
<p>Ryan no tardó mucho en pasar revista a los hombres. Había seleccionado para la salida a los más curtidos y veteranos. Ninguno necesitaba que le dijeran lo que iba a necesitar y lo que no. Y de Nathaniel ya se había ocupado previamente.</p>
<p>Una vez montados todos, les repitió de nuevo lo que se esperaba de ellos. Irían en línea recta y lo más rápido posible hacía el poblado del que provenía el clan que les había atacado. Los harían pedazos, y regresarían tan rápido como habían ido. Antes de la llegada de los daneses eso era impensable. Los escoceses tenían centinelas y les habrían sorprendido mucho antes de que hubieran llegado. Pero también era impensable que las tribus se atrevieran a adentrarse tan al sur si no era en gran número.</p>
<p>- No parece un plan muy sofisticado – comentó con sorna Nathaniel colocando su montura al lado de la de Ryan.</p>
<p>- ¿Y tú que sabrás de sofisticación, cachorro? – le contestó el veterano con falso disgusto.</p>
<p>- Ir en línea recta. Rezar para que no haya centinelas. Atacar. Matarlos. Y regresar. Hum. Me imagino que habrás pasado horas para idear tan astuta jugada. Seré solo un cachorro, pero este cachorro sabe que como esos perros tengan centinelas, con los pocos que somos, lo vamos a pasar muy mal.</p>
<p>- Cállate, joder – contestó malhumorado el hombre. &#8211; ¿Te crees que no lo sé? No tenemos otra forma de hacerlo. Tenemos la ventaja de ir montados, y de que con suerte llegaremos sin que se lo esperen. Si es así, les haremos trizas. Si no… Pues entonces ya veremos. Tu padre me ha pedido cabezas. Ya veremos las de quien obtiene. Ahora, ocupa tu lugar, y recuerda que aunque seas hijo de Lord Edgar, aquí mando yo. Deja de tocarme los huevos.</p>
<p>Nathaniel, que conocía bien al soldado, levantó las manos a forma de disculpa, y colocó su montura de nuevo en su posición, en los primeros puestos, pero ligeramente retrasada respecto a la de Ryan. Cuando la columna estuvo dispuesta, se puso en marcha entre los vítores de sus compañeros que, envidiosos, les observaban marchar desde las murallas de la fortaleza.</p>
<p>Los exploradores habían determinado que el ataque había sido perpetrado por uno de los clanes escoceses situados más cerca de la frontera, aunque para llegar hasta su aldea tendrían que atravesar primero otra más pequeña situada a mitad de camino, o dar un enorme rodeo en el cual correrían más riesgo de ser avistados por alguien. En total, el viaje duraría entre una semana y nueve días, de los cuales, dos terceras partes lo pasarían en territorio enemigo. Si se decantaban por el rodeo, la duración del mismo podía llegar a los once o doce días. Todas las esperanzas de supervivencia del grupo pasaban por conseguir llegar hasta su objetivo sin ser vistos, cumplir con lo que se les había encomendado, y regresar antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar.</p>
<p>Por ello, Ryan decidió que lo mejor era esperar a la noche, cerca de la primera aldea fronteriza. Ésta, era poco más que unas cuantas chozas mugrientas, agrupadas en mitad de una tierra que apenas les daba para malvivir. Contaban con pocas cabezas de ganado y el suelo no les permitía cultivar gran cosa.</p>
<p>Cuando anocheció, Ryan y diez hombres, sin ningún tipo de armadura que pudiera emitir un ruido o un brillo delatador, se introdujeron en la misma. De vez en cuando se escuchaba los ladridos furiosos de un perro que, al contrario de su somnoliento amo, había detectado el peligro que acechaba entre las chozas y la voz de estos mandándoles callar.</p>
<p>Una a una, las cabañas fueron visitadas por los sigilosos soldados, y sus inquilinos pasados a cuchillo. No hubo supervivientes.</p>
<p>Cuando el grupo pasó al galope junto a la aldea silenciosa, Nathaniel no pudo evitar sentir un escalofrío correrle por la espalda al pensar en lo terrible de lo que acababan de hacer. Puede que con ello hubieran salvado sus vidas, pero eso no cambiaba lo despreciable del hecho. Hombres, mujeres, niños, ancianos. Todos habían muerto. Solo para que ellos no tuvieran que dar un rodeo. Aunque él mismo no hubiera bajado allí, sentía el peso de cada muerte sobre sus hombros.</p>
<p>Los siguientes días el grupo viajó lo más rápido que pudo, con un par de batidores con perros en vanguardia, en busca de algún tipo de peligro que pudiera acecharles más adelante. Durante la noche, dormían sin encender fuego, arrebujados en sus mantas y apretados los unos con los otros. Y las jornadas pasaron sin novedad. Lo cierto, es que el plan de Ryan iba saliendo a la perfección.</p>
<p>Los clanes escoceses, sintiéndose seguros ante el creciente debilitamiento de sus enemigos naturales del sur, y con tantas jornadas de viaje entre ellos y las tierras de Northumbria, se habían ido relajando progresivamente, hasta eliminar casi por completo ciertas costumbres que antaño cumplían a rajatabla. Ahora que sabían que los anglosajones no estaban en condiciones de atacar, los belicosos escoceses aprovechaban para batallar entre sí, o para saquear la frontera de Northumbria, aunque esto último no era del todo seguro, ya que más de una partida se había topado con un grupo danés y lo que prometía ser un saqueo fácil, había acabado en una carnicería.</p>
<p>Se encontraba avanzado el cuarto día de viaje, cuando uno de los batidores regresó junto al grupo a galope tendido. El poblado enemigo, este de mayor tamaño, se encontraba a pocos kilómetros de allí.</p>
<p>Durante un buen rato, el explorador fue detallando al grupo cuanto había visto. La aldea estaba dispuesta alrededor de una estructura de gran tamaño, que debía de ser el salón donde residía el jefe y donde se celebraban los actos sociales relevantes. El resto de las cabañas eran como pequeños satélites de la primera, y formaban un entramado que dificultaría considerablemente avanzar a caballo entre ellas. El poblado disponía de algo que pretendía ser una muralla, pero que no era más que una empalizada baja plantada sobre un terraplén de tierra. Aún así, el obstáculo era suficiente para dar al traste con el plan de Ryan, que era entrar a la carga durante la noche, y valiéndose de la sorpresa y de la superioridad otorgada por las monturas, terminar con rapidez con la mayor parte de aquellos que pudieran suponer una amenaza.</p>
<p>A éste se le cayó el mundo al suelo. El plan desde el principio había dependido de demasiados factores, y suponer que el poblado iba a estar indefenso había sido una estupidez. Y más proviniendo de un hombre que había guerreado contra los clanes durante toda su vida.</p>
<p>Pesimista, le indicó al batidor que les guiara hasta un lugar desde el que pudiera observar el enclave, con la esperanza de que viéndolo con sus propios ojos, apareciera de repente una solución a su apurada situación. El ataque o la retirada no podían retrasarse. Era cuestión de tiempo que un pastor o un cazador se topara con ellos o descubrieran la masacre de la aldea, y entonces su grupo dejaría a ser incursor, y adquiriría la categoría de presa.</p>
<p>- Ataquemos – interrumpió sus pensamientos Nathaniel.</p>
<p>- Calla, muchacho. No sabes lo que dices. Esa empalizada estará vigilada, no podremos atravesarla, o si lo hacemos, lo que no podremos hacer es volver a salir. No veo la forma.</p>
<p>- Ataquemos – la terquedad del chico comenzaba a irritar profundamente a Ryan. – Echemos abajo la empalizada, y hagamos lo que hemos venido a hacer.</p>
<p>- Ah, bueno. Pues ya está, muchachos. Echemos la empalizada abajo, matemos a todos y salgamos pitando de aquí. Joder, no sé cómo no se me había ocurrido un plan así. Y eso lo haremos los diecisiete, con los cuatro mastines. A ver listillo, ¿cómo vamos a hacer semejante cosa? – la respuesta irónica del veterano levantó alguna sonrisa entre los hombres, que hubiera estado cargada de más humor si la situación no fuera tan preocupante.</p>
<p>- Mira ahí, Ryan – dijo Nathaniel, paciente, señalando una sección del muro defensivo en concreto. – Los troncos parecen inclinados. No están bien asentados. Esperaremos a la noche. Y cuando la oscuridad juegue a nuestro favor, los ataremos a dos caballos y echaremos abajo esa basura. Después…</p>
<p>Durante unos instantes nadie dijo nada. Ninguno de los presentes se había percatado de ese detalle a pesar de ser bastante más experimentados. Ahora, con el plan del chico, se les presentaba una oportunidad de regresar ante Lord Edgar victoriosos. Era arriesgado, pero era algo. Así que se dispusieron a esperar el anochecer.</p>
<p>Aquella noche las nubes fueron parte activa en el ataque al poblado escocés. Desde última hora de la tarde, el cielo fue cubriéndose por un denso manto que hizo que la noche fuera especialmente oscura. Y a medianoche, como si quisieran completar su obra, fueron descendiendo, hasta posarse sobre la tierra.</p>
<p>Los escoceses se sentían seguros tan adentrados en su territorio, y la noche no invitaba a paseos por la empalizada, así que en cuanto cayó la neblina, todos los habitantes del poblado se pusieron a resguardo. Nadie estaba en disposición de dar la voz de alarma, cuando el grupo de anglosajones se acercó sigilosamente al sector de la empalizaba en mal estado.</p>
<p>Cuando los caballos tiraron de las sogas atadas a los postes mal fijados, estos cedieron con facilidad, y mucho más silenciosamente de lo que habían esperado. Tan solo un hombre, de la cabaña más cercana, salió a investigar la fuente del extraño ruido que había interrumpido su sueño. Una daga en el cuello terminó rápida y silenciosamente con el somnoliento escocés.</p>
<p>Una vez dentro, Ryan no acababa de creerse el vuelco que había dado la situación, y no estaba dispuesto a renunciar a su suerte. Con un gesto, dividió a sus hombres en dos grupos. El primero se encargaría de ir entrando, cabaña a cabaña, e iría eliminando a cuantos lugareños pudieran antes de que, inevitablemente, acabaran siendo descubiertos. Entonces entraría en acción el segundo grupo, más numeroso, y que además disponía de los perros. Éste formaría un muro de escudos, y se enfrentaría a cuantos enemigos fueran saliendo y haciéndoles frente.</p>
<p>Durante lo que parecieron horas, los cinco hombres designados para ello, fueron entrando en las chozas más cercanas al punto por el que había entrado el grupo, y eliminaron sistemáticamente a todos sus moradores, sin excepción.</p>
<p>Durante la espera, Nathaniel se acercó sigilosamente a Ryan.</p>
<p>- Ryan, se nos acaba el tiempo –le susurró, señalándole el cielo que comenzaba a clarear. Era cuestión de tiempo que los habitantes más madrugadores salieran de sus cabañas y el poblado entero se convirtiera en una trampa.</p>
<p>- Tienes razón. Nos retiramos. Cuando se levanten y vean esto entenderán el mensaje – dijo el guerrero.</p>
<p>- ¡No! Mi padre dijo que debía ser ejemplar. Tengo una idea.</p>
<p>Durante unos instantes, Ryan estuvo tentado de cruzarle la cara al mocoso por su falta de disciplina. Daba lo mismo que fuera el hijo de su señor; en esa incursión mandaba él, no un adolescente imberbe. Pero después su lado más pragmático se impuso, y con un gesto le animó a exponer su plan.</p>
<p>La charla fue corta. El plan era simple, y si salía bien les permitiría escapar con relativa tranquilidad. Si se torcía… Bueno, entonces nadie saldría de allí vivo. Con la seña preestablecida se reunió a todo el grupo de nuevo, y los diecisiete hombres avanzaron entre las chozas en dirección al gran salón que dominaba el poblado.</p>
<p>Una vez situados en la parte trasera del mismo, el grupo fue encendiendo, una a una, varias antorchas que fueron acumulando. Cuando tuvieron un número suficiente para llevar a cabo su plan, lanzaron varias de ellas sobre la techumbre del gran salón, que no tardó en encenderse por varios puntos distintos. El resto fueron arrojadas sobre los techados de paja de las chozas más cercanas, que también comenzaron a arder con rapidez.</p>
<p>En pocos segundos el poblado entero se convirtió en una locura de gritos. Los escoceses, desconcertados, salían en tromba de sus cabañas alertados por los gritos de pánico de sus vecinos y muchos se encontraron con las hojas desnudas de los guerreros anglosajones esperándoles. Los mastines fueron soltados por fin, y tras horas de estar amordazados, se lanzaron como posesos contra cuanto se les puso por delante, como demonios en la noche.</p>
<p>La gran mayoría de los escoceses, cegados por las llamas y el humo, no se habían percatado todavía del grupo de guerreros apiñados que, lentamente, iba reculando hacia el hueco que habían abierto en la empalizada.</p>
<p>Para cuando la alarma comenzó a propagarse por entre los norteños, el grupo ya había recorrido la mitad del camino y seguía avanzando con paso decidido hacia su salvación.</p>
<p>Una vez descubiertos, se desató el infierno sobre los hombres de Norshield. Los escoceses, furiosos, cayeron sobre ellos armados con cualquier cosa que tuvieran en la mano.</p>
<p>Al principio fue fácil rechazarlos, y el avance continuó dejando tras de sí un reguero de cuerpos maltrechos, pero lentamente los guerreros escoceses fueron organizándose, y el acoso al pequeño grupo que se movía entre las chozas fue volviéndose más violento. Pronto una espada consiguió atravesar las defensas, y un hombre cayó, quedando atrás, presa de la marea furiosa que les seguía. Luego cayó otro. Junto a la empalizada, pudieron crear un férreo muro, donde se estrellaron las olas de escoceses. Y aunque varios sufrieron diversas heridas, consiguieron que los defensores se retiraran momentáneamente. Eso era todo lo que necesitaba Ryan, que era consciente que si los habitantes del poblado salían y los rodeaban, serían hombres muertos.</p>
<p>Sin más, dio la orden de echar a correr hacia las monturas, y los quince hombres abandonaron el hueco de la empalizada, perdiéndose en la noche.</p>
<p>Nathaniel corría con el corazón desbocado. No acababa de creerse que su plan hubiera salido tan bien, cuando una flecha se enterró profundamente en la espalda del hombre que corría junto a él. El guerrero dio dos torpes zancadas más, y se desplomó con estrepito. Cuando el chico se detuvo para tratar de socorrer al herido, otro guerrero que pasaba junto a él le agarró del brazo y le gritó:</p>
<p>- ¡Corre! Corre o eres hombre muerto, ¡como él!-</p>
<p>Nathaniel no tuvo más remedio que dar la razón al hombre, y echó a correr mientras a su alrededor llovían las flechas. Metros más adelante, las monturas les esperaban. Y con ellas, un largo camino de varias jornadas, para lograr escapar de la ira de los escoceses.</p>
<p>      <em>Por Fernando Bendicho. Para Cynthia, ella sabe por qué.</em></p>
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		<title>Sangre de Dragón XII</title>
		<link>http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/04/sangre-de-dragon-xii/</link>
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		<pubDate>Fri, 06 Apr 2012 08:24:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[CAPÍTULO XI. LA CARAVANA.  “Desde el acantilado divisó el vasto territorio verde. El viento le trajo la nota eterna de la Naturaleza. Cerró los ojos y dejó volar su mente. Durante un instante la gran vastedad del mundo lo rodeó &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/04/sangre-de-dragon-xii/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;" align="center"><strong>CAPÍTULO XI. LA CARAVANA.</strong></p>
<p> “Desde el acantilado divisó el vasto territorio verde. El viento le trajo la nota eterna de la Naturaleza. Cerró los ojos y dejó volar su mente. Durante un instante la gran vastedad del mundo lo rodeó y él formó parte de ella.</p>
<p>Luego, como persiguiendo un ritual sagrado saltó al vacío. Sus alas lo impulsaron hacía adelante en un poderoso batir y se sintió el rey de ese mundo, y de muchos otros.</p>
<p><span id="more-252"></span></p>
<p>Un grito inconsciente, surgió de su garganta, al saberse libre. La alegría, la magnificencia y la vida se movían en un mágico silencio. Y todo era parte de todo.</p>
<p>Allí, junto al río, Halfdan gritó de nuevo, y al recorrer las planicies salpicadas de árboles de esplendoroso follaje…, y al remontar las cumbres nevadas.</p>
<p>La pequeña aldea se encontraba a tiro de piedra para su colosal vista. Gentes sencillas, de vidas sencillas y sueños sencillos…</p>
<p>El dragón batió sus alas en dirección al hermoso pueblo. Quería compartir su alegría con las buenas gentes que poblaban el mundo…</p>
<p>Descendió cerca y quiso gritarles que estaba vivo…que el mal no había podido doblegar su voluntad…Pero aquellas personas empezaron a correr y a gritar ante su presencia.</p>
<p>-¡Noooo!- les gritó el dragón.</p>
<p>Pero no le entendieron.</p>
<p>-¡Nos atacan, nos atacan!-decían.</p>
<p>Sintió un impacto en su pecho, un zarandeo violento que lo desestabilizó. Bajó la mirada y vio un virote de balista enorme, saliendo de su costado.</p>
<p>-¡Noooo!- volvió a gritar Halfdan -¡No lo entendéis!-</p>
<p>Otro impacto sacudió su cuerpo, un movimiento frenético que trataba de robarle toda esa paz que había sentido.</p>
<p>-¡Nos atacan, nos atacan…!-</p>
<p>De pronto, la voz  de aquellas gentes fue menguando y fundiéndose una sobre otra, hasta que sonó como una sola…”</p>
<p>-¡Halfdan nos atacan…!- dijo Caitlín mientras zarandeaba al bárbaro.</p>
<p>El guerrero se levantó, sudando y la miró sin entender.</p>
<p>-¿Qué…?- preguntó.</p>
<p>-¡Nos atacan!, ¡por todos lados!- respondió la trovadora con cara desencajada.</p>
<p>Halfdan se incorporó de un salto. Años de entrenamiento marcial habían conseguido que sus capacidades se encontraran alerta al menor signo de peligro.</p>
<p>Durante dos días, él y Caitlín habían permanecido en la posada, saliendo lo estrictamente necesario. Allí habían compartido las diferentes historias de sus vidas.</p>
<p>Luego habían partido con la caravana, deslizándose en la fría madrugada como dos ánimas errantes.</p>
<p>Llevaban más de tres semanas de viaje, en las cuales, el bárbaro había estado entrenando a Caitlín en el manejo de la espada y el escudo.</p>
<p>Para su grata sorpresa, la trovadora se desenvolvía muy bien, demostraba cualidades excepcionales, aprendía rápido y no se quejaba por los golpes o lo duro que debía de resultarle llevar la cota de malla y el escudo a todas horas para acostumbrarse a su peso.</p>
<p>El corto pero intensivo entrenamiento que había realizado junto a Halfdan, unido a las nociones que tenía por haber estado al lado de Naron, hacían de Caitlín una luchadora bastante decente.</p>
<p>La caravana atravesaba en aquel momento un frondoso bosque, con rincones pantanosos. Y aunque, seguía en camino real, aquel era un terreno extremadamente peligroso.</p>
<p>Halfdan recogió la camisola de cota de malla y se la metió por la cabeza, mientras Caitlín le ayudaba a ajustarse las cinchas. Desenfundó a <em>Espíritu de Tormenta</em>  se dirigió a la puerta del carro.</p>
<p>El carruaje del bárbaro y la trovadora era un gran cajón rectangular de hierro y madera, con dos pequeñas ventanas, una a la izquierda y otra en la parte frontal que comunicaba con el pescante. Una puerta en el lado derecho permitía salir y entrar del mismo. El interior tenía dos camas, una mesa plegable y dos sillas, un pequeño armario, un baúl y un biombo.</p>
<p>Estos carros de pasajeros eran típicos en Hazaria, ya que al ser un país tan enorme, muchas caravanas los incorporaban para no tener que detenerse en posadas o pueblos innecesariamente.</p>
<p>Dentro del convoy que viajaba a Portal Blanco había cinco carros más como el suyo. Incluso dos de ellos, pertenecientes a un grupo de guerreros enanos, tenían unas cuchillas defensivas que salían del pescante hacia a fuera, accionando una palanca.</p>
<p>-Voy a echar un vistazo. Quédate aquí, no tardaré-  dijo Halfdan.</p>
<p>-Ten cuidado…-</p>
<p>El guerrero le dedicó una sonrisa de despedida a la trovadora y salió del carruaje cerrando la puerta tras de sí.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El roce de la túnica contra el suelo de piedra negra alertaron a Váragos de que el Sumo Sacerdote se acercaba.</p>
<p>Bassa cruzó el umbral rúnico que separaba el pasillo de la sala de meditación del general.</p>
<p>Todo era oscuridad. Sólo una hoguera en el centro de la estancia permitía fantasear con lo que había alrededor.</p>
<p>Detrás del fuego, el general Váragos estaba sentado en el suelo, de espaldas a la puerta, con las piernas cruzadas. La luz del débil fuego, iluminaba apenas su cuerpo, que lanzaba sombras y destellos rojizos.</p>
<p>Bassa avanzó decidido cuando un gólem de piedra, con la forma de un  guerrero enfundado en una armadura completa de color negro, le cortó el paso.</p>
<p>El sacerdote de Sarak, se detuvo y agarró el medallón con forma de calavera con colmillos que llevaba colgado de su esquelético cuello.</p>
<p>-Déjale pasar, Archade-dijo el general.</p>
<p>El monstruo mágico se retiró y Bassa  se acercó a la hoguera. Se detuvo a pocos pasos de la misma, mientras el gólem se fundía de nuevo en la oscuridad.</p>
<p>-Algún día,  no estaré aquí para protegerte y Archade te hará pedazos- dijo Váragos sin levantarse del suelo ni dar la cara al clérigo.</p>
<p>-Con la cantidad de protecciones mágicas que llevo encima, si tu gólem es capaz de acercarse a menos de un metro de mí, merece matarme- respondió Bassa.</p>
<p>-Tu magia no funciona en este lugar, Bassa. Te lo he dicho decenas de veces, pero sigues sin creerme. En fin…allá tú…-</p>
<p>-No he venido a discutir contigo, Váragos. He venido a ver que tal marcha la invasión, ya que no te has dignado a contarme nada…- el tétrico tono de reproche del sacerdote oscuro no pasó le desapercibido al general.</p>
<p>-Marcha muy bien. Y marcharía mejor si dispusiera de más capital. Con lo que te has gastado en contratar de nuevo a los Ladrones de Almas, podría haber pagado dos unidades de mercenarios fomorianos- replicó Váragos.</p>
<p>Bassa se estremeció ante la visión de más de  cuarenta fomorianos, aullando y despedazando cuerpos. Los semigigantes eran unos mercenarios excepcionales, y como tal, cobraban unos honorarios astronómicos. Aún así merecía la pena pagarlos.</p>
<p>-¿Todavía sigues enfadado por lo que le hice a tu capitán orco? No pensé que te fuera a afectar tanto…-dijo Bassa en tono de burla.</p>
<p>Váragos se levantó de un salto y se giró para mirar al sacerdote de Sarak. Su musculoso cuerpo estaba en tensión.</p>
<p>En un extremo de la sombría habitación, dos ojos anaranjados, como trozos de lava volcánica, destellaron. Archade intuía la ira de su amo, sentía su odio hacía el sacerdote. Un simple pensamiento hubiera bastado para desatar la furia del gólem.</p>
<p>A pesar de la confianza que decía tener, una gota de sudor frío recorrió la espalda de Bassa.</p>
<p>-¿Tienes idea de lo que me ha costado encontrar un cacique que imponga el respeto que imponía Garok? No, desde luego que no…-se respondió así mismo el general &#8211; La cuarta parte de las fuerzas goblinoides que tenía disponibles para la guerra, han desertado o se han matado entre ellas…, pero a ti todo eso te da igual…-.</p>
<p>-¡La finalidad principal es recuperar el objeto! &#8211; dijo Bassa perdiendo los nervios.</p>
<p>-¡La tuya!- respondió Váragos, y Bassa pudo escuchar como el monstruo de piedra se movía a su espalda – Yo tengo un reino que invadir. Márchate de aquí, Bassa. No hagas que me arrepienta de haber detenido a Archade-.</p>
<p>-No se te ocurra amenazarme, Váragos, o…-</p>
<p>-¿O qué?, ¿Qué ejército va a seguirte a ti si me matas?- respondió el general con tono de desprecio.- Márchate Bassa. Dedícate a buscar tu maldita reliquia y deja la guerra a hombres de verdad. Te informaré cuando crea que debo hacerlo-.</p>
<p>Váragos volvió a su postura inicial de meditación y Bassa salió de la estancia con la furia hirviendo en su interior. Había perdido una batalla…pero no la guerra…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los diez minutos que Caitlín estuvo sola dentro del carro se le hicieron eternos. Justo cuando la espera fue insoportable y decidió salir a ver lo que sucedía, Halfdan regresó.</p>
<p>Tenía un corte en la ceja y su espada estaba manchada de una especie de sangre de color verdoso.</p>
<p>-¿Qué pasa Halfdan?, ¿Qué sucede?, estas herido…- preguntó la trovadora nerviosa y preocupada.</p>
<p>-Hombres lagarto, atacan la caravana por múltiples sitios a la vez. Son de una raza desconocida para mí. Hay muchos y este maldito bosque enmarañado juega en nuestra contra…Coge las armas…vamos a poner a prueba tu entrenamiento.</p>
<p>Caitlín recogió el escudo y desenvainó la espada. Su cota de malla se ajustaba a la perfección a su cuerpo.</p>
<p>El bárbaro y la trovadora salieron del carro. Un humo sofocante lo llenaba todo y tanto los ruidos de lucha como los gritos y lamentos de los heridos se escuchaban por doquier.</p>
<p>Halfdan y Caitlín avanzaron pegados a los carruajes. Un poco más adelante vieron a dos hombres lagarto, muertos. Llevaban unas extrañas armaduras, hechas con placas de algún tipo de coraza quitinosa, aunque sus armas eran de buen acero, lanzas y espadas en su mayoría.</p>
<p>Los reptilianos seres debían de medir algo más que un ser humano normal. Sus cuerpos eran musculosos y estaban recubiertos de escamas de un profundo color verde azulado. Tenían una enorme cola, recubierta de placas naturales y sus hocicos ahusados estaban atestados de fieros colmillos. Las manos eran auténticas garras, afiladas como cuchillas, con las cuales podrían despedazar a un hombre sin ningún esfuerzo.</p>
<p>Alrededor de los saurios abatidos, había dos guerreros enanos y un mercenario humano, todos muertos también. Los ruidos de lucha se oían claramente hacía el principio del convoy, y a medida que el bárbaro y la trovadora avanzaban con cautela, aparecían más cuerpos de hombres lagarto, pero menos cuerpos de los integrantes de la caravana.</p>
<p>De repente, una de aquellas criaturas surgió de la parte superior de uno de los carruajes. Portaba una siniestra lanza, y apuntó con ella al bárbaro.</p>
<p>-¡Cuidado!- gritó Caitlín, que al ir detrás del guerrero nórdico había visto a su atacante antes que su compañero.</p>
<p>Halfdan reaccionó tarde y la lanza salió disparada hacía él.</p>
<p>Sin embargo Caitlín, había previsto el ataque del reptil y, adelantando el brazo en un movimiento fulgurante, interpuso el escudo en el camino de la lanza.</p>
<p>El impacto la derribó, pero evitó que Halfdan quedara ensartado allí mismo.</p>
<p>El guerrero humano no perdió ni un segundo, trazó un arco ascendente con <em>Espíritu de Tormenta</em> y le partió al saurio la cabeza por la mitad.</p>
<p>La alegría que podían sentir el bárbaro y la joven duro poco tiempo. A través del denso humo empezaron a aparecer hombres lagarto. La mayoría eran como los anteriores, pero había un par de ellos grandes como una montaña. Debían superar los dos metros de Halfdan en al menos cincuenta o sesenta centímetros y pesar más de trescientos kilos. Unas protuberancias, parecidas a los cuernos de un buey o un toro, les salían de lo que en un ser humano podrían ser las sienes. Uno de ellos portaba un hacha de doble filo, de grandes dimensiones, y el otro una red de captura, aunque una especie de garrote cubierto de púas colgaba de su rústico cinturón de piel.</p>
<p>Caitlín se levantó de un salto y agarró la espada con las dos manos. El escudo había quedado destrozado por el impacto de la lanza. El brazo de la trovadora temblaba por el dolor, pues a pesar de la fuerza adquirida en las últimas semanas, el lanzazo había sido brutal.</p>
<p>Poco a poco el humo se iba disipando, gracias a una suave brisa. Los hombres lagarto rodeaban a los dos compañeros, que se habían colocado espalda contra espalda y tenían las armas prestas para el combate.</p>
<p>Halfdan observó que había un hombre lagarto, más delgado y con una cresta perpendicular a lo largo del cráneo,  entre los guerreros que lo rodeaban, que parecía impartir una especie de órdenes a través de siseos. Detrás de los guerreros lagarto, la mayor parte de las personas que viajaban en la caravana estaban tendidas en el suelo bajo pesadas redes de captura.</p>
<p>&lt;&lt;Nos quieren como esclavos&gt;&gt; entendió Halfdan al momento. Antes de que pudiera decírselo a Caitlín los saurios se les echaron encima.</p>
<p>Halfdan esquivó al primer de ellos, armado con un garrote y le rajó las tripas en un rápido movimiento. A su espada, Caitlín penetró por debajo de la defensa de un reptil armado con una espada y le clavó la suya en la garganta. Extrajo el acero de tirón y girando sobre sí misma le cortó la pierna a un segundo atacante.</p>
<p>Mientras, Halfdan había abatido a dos saurios más. Su objetivo era el lagarto de la cresta, ya que pensaba que si mataba al que parecía ser el jefe, tal vez los otros se retirarían.</p>
<p>El bárbaro avanzaba inexorablemente, cortando miembros y segando vidas. En un momento dado recibió un golpe fuerte en el costado derecho que lo desequilibró ligeramente. Su posición defensiva quedó abierta y otro hombre lagarto le golpeó el pecho con una porra, pero el bárbaro apenas si lo sintió. Con un gruñido de furia Halfdan acometió al guerrero hombre lagarto y le partió la cabeza por la mitad.</p>
<p>Dos pasos más y un brazo terminado en una garra de aspecto horrible, salió volando por los aires.</p>
<p>Solo le separaban dos guerreros de su objetivo. En menos de un minuto más de media docena de monstruos yacían muertos y otros tres estaban gravemente heridos. Por alguna extraña razón que no entendía, los dos saurios grandes no habían intervenido en la pelea.</p>
<p>A su espalda, Caitlín emitió un grito cuando unas boleadoras se ciñeron a su cabeza y le golpearon el rostro. La trovadora tenía los cadáveres de tres enemigos a su alrededor, pero no era capaz de vencerlos a todos.</p>
<p>Las bolas de cuero rellenas de piedras golpearon su cabeza por varios sitios a la vez, y la joven sintió como un latigazo de dolor le recorría el cuerpo. Sus piernas flaquearon, unas garras de acero la agarraron por los brazos y el pecho. Lanzó una estocada hacia a delante en un intento desesperado de librarse de sus captores. Encontró resistencia y empujó con todas las fuerzas que pudo reunir. Escuchó un alarido de agonía y supo que otra de aquellas criaturas había muerto. Luego una pesada red cayó sobre ella mientras llamaba a gritos a Halfdan. Un golpe en la cara acabó con su petición de ayuda.</p>
<p>Cerca de ella, Halfdan  destripó al primero de los dos reptiles que tenía delante. El segundo hombre lagarto reculó ante la furiosa acometida del guerrero humano, que parecía poseído por un demonio. Fue su último error.</p>
<p>Sin ningún tipo de defensa montada, Halfdan trazó un tremendo golpe descendente.</p>
<p><em>Espíritu de Tormenta</em> penetró por el escamoso hombro y partió al monstruo por la mitad.</p>
<p>&lt;&lt;Ya eres mío, bastardo&gt;&gt; pensó el bárbaro mirando al lagarto de la cresta</p>
<p>Un golpe en la cabeza derribó al guerrero.</p>
<p><em>Espíritu de Tormenta</em> salió volando por los aires y Halfdan cayó al suelo. Intuyó el siguiente ataque y sus excelentes reflejos no le fallaron. Rodó sobre sí mismo, sacó la daga de la bota y se la clavó a su enemigo en el pie hasta la empuñadura.</p>
<p>Otro golpe le llegó desde arriba y lo incrustó contra el suelo. Su mano asió un mango de madera.</p>
<p>Nunca supo con qué tipo de arma se había hecho, pero la movió con un golpe circular y sonrió cuando una fuente de sangre verdosa le baño el cuerpo.</p>
<p>Se levantó. Recibió otro impacto en la cabeza que le nubló la vista, pero entre la bruma mental distinguió al reptil con cresta, justo delante de él.</p>
<p>Descargó un potente golpe frontal.</p>
<p>El pico de guerra enano, pues esa era el arma que portaba, se incrustó en el pecho del líder hombre lagarto.</p>
<p>Un golpe en la base de la nuca hizo que Halfdan doblara las rodillas. Alguien le arrebató el pico de las manos, pero él lanzó un puñetazo hacia delante y le partió los dientes.</p>
<p>Otro golpe le dio en el lateral de la cabeza y el orgulloso bárbaro se desplomó, sumiéndose en las tinieblas de un futuro incierto.</p>
<p><em>Por Ricardo Garrido.</em><br />
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		<title>1993. Sarajevo, ciudad de muerte.</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Mar 2012 09:53:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Bendicho</dc:creator>
				<category><![CDATA[Histórico]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Balcanes]]></category>
		<category><![CDATA[Bosnia]]></category>
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		<description><![CDATA[El ruido amortiguado de un arma automática dio los buenos días a Drago. Lentamente, se incorporó, con un enorme dolor de espalda, fruto de una  mezcla del frio y mala posición durante la noche. No recordaba la última vez que &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/03/1993-sarajevo-ciudad-de-muerte/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El ruido amortiguado de un arma automática dio los buenos días a Drago. Lentamente, se incorporó, con un enorme dolor de espalda, fruto de una  mezcla del frio y mala posición durante la noche. No recordaba la última vez que había disfrutado de una noche en una cama decente.</p>
<p>Se calentó algo parecido al café en una lata de conserva, que utilizaba a modo de cacerola, para desayunar. Mientras el líquido oscuro iba cogiendo temperatura, echó una mirada desapasionada a su alrededor. La basura y los escombros se acumulaban junto a los restos del antiguo mobiliario cubierto de polvo.</p>
<p><span id="more-248"></span></p>
<p>Durante unos instantes trató de imaginarse como fue la vida en ese piso antes de la guerra, qué tipo de personas lo habitaron, o si seguirían con vida. Después descartó esos pensamientos. Lo cierto es que le daba exactamente igual. El mundo se hacía pedazos, por lo menos por lo que a él concernía, y lo que ocurriera a su alrededor cada vez le importaba menos.</p>
<p>Ese pensamiento le mantuvo ocupado los siguientes minutos. Mientras desayunaba su sucedáneo de café, meditaba en cuanto había cambiado. Antes era profesor. Un hombre de letras, culto, y amante de la paz. Se declaraba de izquierdas, y soñaba con un mundo idílico, gobernado por la razón. Pero, de eso… ¿cuánto tiempo hacía? Parecía un siglo ya.</p>
<p>Ahora el profesor había desaparecido, engullido por la locura que incendiaba su país y que en su voracidad había destruido su vida, y acabado con cuantos amaba. Ahora a Drago todo le daba igual. Él no hacía lo que hacía por creencias. No era un nacionalista convencido, ni un fanático religioso. Todo lo contrario, sus compañeros le matarían si supieran cuanto les despreciaba, cuanto les odiaba por ser lo que eran. Él se había convertido en un asesino porque era un cobarde. Se vengaría de los que habían destruido su vida destruyendo a su vez las suyas, y no pararía hasta que lo mataran y lo libraran de su dolor.</p>
<p>Ya apenas recordaba los primeros días. Sólo recordaba el dolor por la pérdida de su familia a manos de milicianos musulmanes y como se le ofreció la oportunidad de vengarlos. En los ojos del militar que le reclutó, Drago vio claramente que no daba ni un dinar porque sobrevivía más de una semana. Le daba lo mismo. Cogió un viejo fusil Mosin Nagant, e hizo cuanto le pidieron. Y más.</p>
<p>Enseguida un oficial de la milicia chetnik se fijó en ese combatiente que, sin participar en los excesos en los que caían varios de sus camaradas, mataba sin ningún tipo de remordimiento a cuanto se le ponía por delante. Su falta de escrúpulos a la hora de matar, unidos a una puntería superior a la media, hicieron el resto. Si con una vieja arma era capaz de hacer eso… ¿qué no podría hacer bien equipado?</p>
<p>El oficial movió cielo y tierra hasta conseguir un fusil de francotirador Dragunov SVD para Drago, y  había ido encargando misiones de distinta índole para ver como se apañaba el antiguo profesor. El resultado no pudo ser mejor, y pronto las cifras del tirador hablaron por sí mismas.</p>
<p>Drago no derramó una gota de su lata cuando un proyectil de artillería impactó contra un edificio cercano. La onda expansiva hizo que la estructura del que le cobijaba temblara ostensiblemente, y una pequeña lluvia de polvo de yeso cayó del techo dejando la superficie de su desayuno cubierta de pequeños objetos flotantes.</p>
<p>&lt;&lt; De puta madre. Valientes gilipollas &gt;&gt; pensó, observando cómo los barquitos blancos chocaban entre sí en una batalla naval sin sentido.</p>
<p>Más molesto por haberse quedado sin su aporte de cafeína matutino, que preocupado por la posibilidad de que el siguiente impacto fuera sobre su posición, vació el contenido de la lata en una esquina con una maldición y se dispuso a arreglarse como cualquier hombre que se levanta, aunque sea con mal pie, y se dispone a hacer su trabajo.</p>
<p>Hizo sus necesidades en la sala contigua para evitar que los olores le pasaran factura el resto del día, cuando el calor apretara, y se lavó como pudo los dientes con un cepillo que necesitaba un recambio. Después se aseó en la medida que le fue posible, que no fue mucho.</p>
<p>Una vez terminado su ritual personal, comenzó con el de su arma, no menos importante. La desmontó, aunque lo había hecho la noche anterior, y comprobó el estado de cada pieza, así como de cada cartucho. Su carácter obsesivo y meticuloso había hecho de él un buen profesor, y ahora le había convertido en un buen asesino.</p>
<p>Repitió el ritual con su arma corta, y después con el lanzador RPG y las granadas que había emplazado en ese puesto.</p>
<p>Durante todo este proceso los proyectiles de la artillería serbia fueron cayendo sobre el sector, pero ya nunca tan cerca como ese primer impacto. Mientras tanto, Drago se preparó y dispuso todo para estar lo más cómodo posible durante “la hora punta”.</p>
<p>El tirador había bautizado como “La hora punta” a los momentos que seguían a los bombardeos más violentos, cuando los impactos habían derribado fachadas enteras, cuando no la estructura al completo, los incendios amenazaban con extenderse, los heridos no podían esperar a recibir atención, o simplemente, los supervivientes estaban tan descompuestos por la experiencia que se olvidaban de cómo transcurría su existencia ahora. En esos instantes las calles, hasta entonces muertas, recuperaban la vida.</p>
<p>Esa mañana los proyectiles de artillería y mortero machacaron con insistencia la ciudad. Se notaba que en las colinas se habían levantado con ganas, y eso le dio a Drago la oportunidad de fumarse en una sala interior, uno de sus últimos cigarrillos medio aplastados. Nunca fumaba en su puesto de trabajo, era muy peligroso. La ciudad estaba plagada de tiradores, tiradores encargados de buscar y matar a los primeros, y otros encargados de matar a esos. El humo de un cigarrillo podía ser el billete para ganarse una bala en la cabeza, y a él no le importaba que le mataran, pero de ahí a desearlo&#8230;</p>
<p>Lentamente, notó como la cadencia de las explosiones iba disminuyendo, y tomó posición junto a un hueco en el muro que le permitía batir la gran avenida que dividía como un corte irregular la ciudad. Con ojo crítico, fue observando donde los impactos de la artillería habían dejado abiertos cráteres más profundos, agujeros que más tarde serían utilizados por los transeúntes para buscar cobijo entre salto y salto, o incluso por otro tirador.</p>
<p>Como quien cierra un grifo sin prisa alguna, el número de proyectiles fue disminuyendo hasta desaparecer completamente. Entonces, la ciudad quedó en silencio, solo roto por el ruido del crepitar de las llamas, o por algún edificio que, demasiado castigado para mantenerse en pie, cedía ante la acumulación de impactos e incendios. Y poco después, imponiéndose a cualquier otro ruido, comenzaron los gritos.</p>
<p>Drago no se precipitó. Sus preferencias eran claras. Buscaba combatientes preferentemente, y sabía que si estos sabían que los estaba esperando, antes dejarían que diezmara la población de la ciudad, que exponerse uno solo de ellos. Aún así, si en un plazo razonable no encontraba combatientes, descargaría su fuerza contra todo aquel que se pusiera a tiro.</p>
<p>Con suavidad, mientras observaba a través de la mira de su fusil, sacó de debajo de su ropa la pequeña cruz recuerdo de su esposa. Como otras muchas veces antes, la acarició con el mismo cariño que le habría dedicado a ella, y le rogó que le diera fuerzas para poder cumplir su cometido.</p>
<p>Pasaron los minutos, y el tirador no se dejó ablandar ante la escena que se representaba ante él. Ya la había visto demasiadas veces para que le hiciera sentir algo. Por un momento cerró los ojos, atormentado por su creciente falta de humanidad, después los abrió con renovada determinación. Él ya no era un hombre, recordó. Él era un muerto, pendiente de reunirse con los suyos, mientras, recolectaba cuantas almas de los que le habían arrebatado todo.</p>
<p>&lt;&lt; Cobardes. No les van a ayudar. Pues morirán &gt;&gt; pensó posando el índice en el gatillo, mientras tomaba el control de su respiración.</p>
<p>Ante sus ojos, un hombre escarbaba con sus manos entre los restos derrumbados de una vivienda, buscando a algún familiar desafortunado. A su alrededor no había nadie, y cuando cayera no se levantaría un gran revuelo. Eso era importante.</p>
<p>Un disparo.</p>
<p>Alrededor de la cabeza del hombre se levanta algo parecido a una neblina roja. Dura apenas un instante, lo que tarda él en desplomarse sobre los cascotes que removía con tanto ahínco hasta un segundo antes. El rescate del anónimo enterrado queda abortado.</p>
<p>Drago coloca un cartucho verticalmente junto a él. Es un ritual privado que realiza cada día. Un cartucho por caído.</p>
<p>Puede que alguien haya escuchado el disparo. Pero incluso si es así, no pueden saber de dónde viene, ni si ha sido cerca. En Sarajevo, todos los días suenan cientos como ese, sino miles.</p>
<p>Si tienen suerte, y se encuentran realmente cerca, por la nitidez del sonido quedarán advertidos de la proximidad de la muerte, y correrán a esconderse. Si no, seguirán con lo que sea que estuvieran haciendo, y rezarán por volver a ver la luna esa noche.</p>
<p>Drago pasea la mirada tranquilamente, consciente de que antes o después algún objetivo saldrá de su escondite o quedará expuesto a su ángulo de tiro. &lt;Es hora punta&gt;, se dice, con paciencia.</p>
<p>En uno de los cruces le parece ver algo. Ya casi ha desistido, cuando vuelve a ver asomar una cabeza de mujer. El francotirador, observa como mira hacia ambos lados de la avenida, intentando advertir cualquier peligro que aceche. En su camino hay un contenedor, los restos calcinados de un par de vehículos, así como varios bloques de cemento que puede utilizar para cubrirse. El serbio también los ha visto, y es un tiro lejano. Le agrada la posibilidad de un reto.</p>
<p>Cuando el objetivo echa a correr Drago ve que es una chica joven. Se mueve rápido para ser mujer, y eso le agrada. Observa cómo se cubre en el primer obstáculo, quedando temporalmente fuera de su vista, como si supiera donde está él ubicado.</p>
<p>&lt;&lt; Bien. Buena, chica &gt;&gt; la anima en silencio.</p>
<p>La joven, inconsciente de ser objeto de tan peligrosa atención, realiza el segundo salto, el más corto. El corazón se le sale por la boca del miedo. La adrenalina y la inconsciencia propias de la juventud, le hacen pensar que es más rápida y fuerte de lo que realmente es, y ese sentimiento queda reforzado cuando sortea su segundo obstáculo sana y salva.</p>
<p>Ante ella se abre el tercer salto. Es el más largo, pero si lo logra, luego todo estará hecho, pues podrá ir gateando por un tramo de alcantarillado que ha quedado descubierto por la artillería serbia.</p>
<p>Sin querer, durante unos instantes su cabeza queda expuesta a la vista de su depredador, que no puede dejar de observar la mirada asustada que echa hacia atrás.</p>
<p>&lt;&lt; Joder. No quieres hacerlo, ¿verdad? Ellos te están obligando. Quieren saber si la muerte les espera en esa esquina. &gt;&gt; En el interior de Drago las emociones se desbordan. Los nervios le atenazan como a un adolescente antes de su primer baile, le ocurre siempre antes de un tiro que considera especial. Odia a todos los soldados musulmanes, pero a los que obligan a los suyos, a su propia gente, a cruzar las calles a punta de pistola, para comprobar si hay francotiradores…</p>
<p>Con mimo, coloca un cartucho tumbado junto al cartucho vertical. Por la corredora. Hoy la cosa queda en tablas. Mañana, si los dos siguen vivos y vuelven a cruzarse, quizás acabe vertical.</p>
<p>Sin más, deja a la chica que prosiga su carrera hacia su destino y vuelve a posar la mira al principio de la calle, donde sabe que espera el grupo que ha amenazado a su anterior objetivo. Su mirada se posa por un momento en el proyectil tumbado con cierta simpatía, la chica lo ha hecho bien. Ahora sabe que ésta, va a ser una buena mañana.</p>
<p>El grupo está compuesto por cuatro hombres armados, uno joven, poco más que un adolescente, dos adultos, y uno más maduro que parece tener cierta influencia en el grupo por cómo se mueven, al compás que marcan sus indicaciones, y más de una decena de ancianos de ambos sexos.</p>
<p>Drago reconoce enseguida a los armados como muyahidines,  por las cintas verdes con versos del Corán que llevan atadas en torno a la cabeza. Todos van armados con fusiles AK-47 y lucen en sus chalecos granadas y machetes. Como los que irrumpieron en su aldea.</p>
<p>El francotirador ya sabe dónde y cómo será. El tercer tramo es el más largo, y con su carga los musulmanes se verán atrapados. Incluso si deciden abandonarles, es posible que no lleguen a conseguirlo.</p>
<p>- Vamos. Vamos – les apremia.</p>
<p>Para cuando los objetivos llegan al lugar que ha escogido Drago, él está más que preparado. Incluso a esa distancia, fallar es muy difícil. Los blancos se mueven muy despacio y han quedado expuestos en mitad de una zona sin ninguna cubierta.</p>
<p>El pecho del combatiente maduro, el que imparte las órdenes, parece explotar lanzando un gran surtidor de sangre sobre los asustados ancianos que le rodean, cuando el proyectil de 7,62 mm le impacta. El hombre cae impulsado hacia atrás, derribando con él a una pareja que caminaba ayudándose el uno al otro.</p>
<p>El disparo ha cogido por sorpresa al grupo, que apenas unos minutos antes habían visto cruzar a la chica sin problemas. Los milicianos, que no saben de dónde ha llegado el ataque, dispararan sus armas automáticas contras las fachadas que los rodean, mientras apremian al grupo que protegen para que se den prisa.</p>
<p>Suena una detonación, un zumbido, y la cabeza de uno de los adultos revienta como una sandia madura. Los ancianos gritan presa del pánico, al igual que los dos milicianos que quedan vivos. Hay varios intentando ayudar a los dos derribados por el jefe muyahidín, pero la situación les hace dudar, y sueltan a sus compañeros a los que tenían medio izados. Les abandonan.</p>
<p>En el caos que se ha desatado hay ancianos corriendo en ambas direcciones, algunos avanzan siguiendo el plan inicial, otros retroceden, tratando de volver al punto de partida.</p>
<p>El miliciano más joven no puede más, tras lanzar otra ráfaga contra una ventana en la que le ha parecido ver algo, echa a correr, desoyendo las voces de su compañero, exhortándole a que permanezca con ellos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&lt;&lt; Estúpido. Él no ha ido hasta allí para que le maten por una banda de viejos &gt;&gt; piensa. Un instante antes de llegar a la cubierta que le hubiera salvado, un impacto salvaje en un costado le lanza como un muñeco roto contra los restos consumidos por el fuego de una motocicleta.</p>
<p>En el edificio, a muchos metros de allí, Drago está disfrutando. Ya solo quedaba uno. No le veía bien, pues el muy cobarde utilizaba a los ancianos como escudo.</p>
<p>Se echó a reír. Primero quedamente, después a carcajadas, viendo al muyahidín tratando de esconderse de las balas de su fusil poniendo el cuerpo de los viejos entre él y estas.</p>
<p>&lt;&lt; Ay. Madre mía. Estoy por dejarle marchar solo por el buen rato que me ha hecho pasar &gt;&gt; pensó, secándose las lágrimas que le emborronaban la obra macabra que se desarrollaba más abajo, solo para él.</p>
<p>&lt;&lt; No. Mejor, no &gt;&gt;</p>
<p>El siguiente disparo atravesó a la anciana que se debatía tratando de separarse del miliciano, consciente de que estar cerca de él era su perdición, e impactó en el pecho de éste. Como si se arrojara a los brazos de su amado, la mujer fue lanzada contra el hombre que había sido su desgracia.</p>
<p>Drago iba a comenzar a abatir a los viejos que trataban de escapar desesperados, cuando escuchó el ruido de motores.</p>
<p>A pesar de que veía que algunos ancianos estaban consiguiendo ponerse a cubierto, se dio unos instantes para descubrir la procedencia de los vehículos. En esa zona no los había aliados, así que solo podían ser, o problemas, o la guinda a una mañana magnífica.</p>
<p>En cuanto vio los blindados supo que la diversión se había acabado. Arriesgándose a ser visto, encaró por última vez el Dragunov  hacía sus aterrorizadas victimas y realizó una rápida sucesión de tres disparos, de los cuales, dos hicieron blanco, dejando tendidos en el asfalto sendos cadáveres.</p>
<p>Instantes después, los primeros blindados franceses llegaron al lugar donde yacían los cadáveres, y de sus entrañas comenzaron a salir soldados con sus cascos envueltos en fundas azules, creando un perímetro de seguridad. Encima de cada vehículo, un militar manejaba una ametralladora de 12.70 mm, y barría con la mirada alerta los edificios que los rodeaban, atentos a cualquier peligro que pudiera acechar.</p>
<p>Durante unos instantes por la mente de Drago jugueteó la idea de cobrarse la vida de un casco azul. Quería saber qué se sentía. Los veía ahí abajo, ayudando a los viejos llorosos, con sus rostros serios, como si estuvieran en posición de evitar que él cogiera su RPG, y desde una de las ventanas del primer piso, dejara uno de sus bonitos blindados pintados de blanco hecho puré.</p>
<p>En el retículo del fusil de francotirador, el rostro severo de un soldado de color miraba hacía un punto indeterminado. El militar iba pertrechado de un pesado chaleco antibalas, pero a esa distancia, un impacto con un arma como la suya no le sería de ninguna protección.</p>
<p>Con ansiedad Drago acarició el gatillo, tentado. Después, frustrado, se obligó a apartar el fusil. Ni los franceses le habían hecho nada, ni estaba autorizado para abrir fuego contra ellos. Quizás otro día, cuando hubiera más tiradores en la zona y no pudiera atribuirse con claridad la autoría del disparo. Entonces se cobraría a uno de esos serios y soberbios soldados, que tan superiores se creían. Les demostraría que ellos también eran de carne y hueso, y que podían morir.</p>
<p>Una vez terminado su trabajo, por lo menos hasta que la patrulla de cascos azules se alejara, fue colocando un cartucho sobre su base, uno por cada objetivo abatido, junto a los colocados inicialmente. Siete más. Al final, ocho verticales y uno tumbado. Ocho muertos, de los cuales cuatro eran muyahidines. Sonrió satisfecho.</p>
<p>Durante un rato largo observó la formación muda de figuras metálicas. Después, una a una, fue extrayendo cuidadosamente la bala del cartucho, y guardándolas en una pequeña bolsa que colgaba de su cinto. De ahí, pendían sus trofeos. Una bala por cada vida arrebatada.</p>
<p>     <em>Por Fernando Bendicho. A David, por todas las horas que te estás quitando de tu tiempo de forma altruista. Muchas gracias amigo.</em></p>
<p><a href="http://www.safecreative.org/work/1204061432476" xmlns:cc="http://creativecommons.org/ns#" rel="cc:license"><img src="http://resources.safecreative.org/work/1204061432476/label/standard-72" style="border:0;" alt="Safe Creative #1204061432476"/></a></p>
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		<title>Sangre de Dragón XI</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Mar 2012 09:51:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fantasía]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>

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		<description><![CDATA[NOTA: Me gustaría recomendar una canción para la lectura de este capítulo, más concretamente para la tercera parte del mismo. Y antes de decir cual es, quiero decir que  fue Fernando el que la descubrió y me la recomendó como inspiración &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/03/sangre-de-dragon-xi/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>NOTA: Me gustaría recomendar una canción para la lectura de este capítulo, más concretamente para la tercera parte del mismo. Y antes de decir cual es, quiero decir que  fue Fernando el que la descubrió y me la recomendó como inspiración (Gracias amigo mío). La canción es <a href="http://www.youtube.com/watch?v=k5U-yGpA4k0" target="_blank">Illuminati del grupo Audiomachine</a>. Espero que me hagáis caso. Que lo disfrutéis.</em></p>
<p><strong>CAPÍTULO X. VIENTOS DE GUERRA.</strong></p>
<p>Jarik corrió a través de la espesura, sin importarle que el viento azotara sus ojos haciéndolos llorar, y destrozándose la cara por culpa de los arañazos que le producían las ramas y las zarzas del frondoso bosque.</p>
<p>Su corazón latía desbocado, su pecho subía y bajaba a tal velocidad que parecía que los pulmones iban a estallar dentro de la caja torácica.</p>
<p><span id="more-187"></span></p>
<p>Pero el espía hazariano sabía que no podía detenerse. No después de haber sido testigo de la magnitud de la invasión y de la alianza entre los dos reinos vecinos de Hazaria, El Maansul y Semperia.</p>
<p>Jarik llevaba casi tres años infiltrado en el ejército de El Maansul. Había conseguido el rango de teniente y había luchado codo con codo junto a los hombres a los cuales espiaba, en las Guerras de Sangre, cuando las Naciones Goblins habían invadido el sur del desértico país. Tenía más de cien hombres de armas a su cargo y una unidad ligera de caballería de exploración de veinte jinetes.</p>
<p>Dos condecoraciones por méritos de guerra mostraban al mundo el coraje del teniente Remar Sadé, como se hacía llamar. Ganadas duramente, una en la batalla de Atolón, donde su caballería ligera había sido capaz de hostigar sin descanso y posteriormente diezmar a una unidad de infantería pesada orca, evitando así que los monstruos devastaran una serie de aldeas costeras. La otra al salvarle la vida a un joven capitán, Azzam Ganem, hijo de un general del alto mando, miembro influyente no sólo en la milicia sino también en la vida política del reino.</p>
<p>Desde entonces, Azzam y él habían sido inseparables, más que hermanos. Hasta tal punto que Jarik estuvo tentado en varias ocasiones de desvelarle su secreto.</p>
<p>Azzam había ascendido rápidamente, en primer lugar por sus logros en batalla pero también debido a las influencias de su padre, y Jarik no habría tardado en seguirle los pasos.</p>
<p>Cuando el general Váragos había movilizado una fuerza para viajar a Lagoon, un gran oasis fronterizo, paso obligatorio de caravanas mercantes y ubicación donde iba a tener lugar el encuentro entre las delegaciones de las dos naciones, el teniente Remar Sadé y el capitán Azzam Ganem, habían sido elegidos para formar parte de las unidades desplegadas en la zona.</p>
<p>Semperia y El Maansul, los dos reinos más occidentales de Hybernia, a excepción de Sirosdill, las gigantescas islas, hogar de las Naciones Élficas, eran muy parecidos geográficamente hablando.</p>
<p>Ambos territorios eran en su mayor parte desierto, con oasis dispersos aquí y allá, pero bien ubicados gracias al comercio.</p>
<p>La frontera oeste de ambos reinos tenía salida al Mar Agitado, con grandes ciudades costeras, una flota naviera importante y una poderosa armada.</p>
<p>Semperia delimitaba al sur con El Maansul y al norte y al este con Hazaria, mientras que las fronteras de El Maansul se extendían al sur con Krotán, el reino de las razas goblinoides, orcos, goblins y ogros, al norte con Semperia y toda la zona este con Hazaria.</p>
<p>Azzam era el comandante de uno de los campamentos, y jefe de un importante contingente de caballería. Por supuesto, su amigo Remar, con su magnífica unidad de caballería de exploración era su segundo.</p>
<p>Jarik desconocía los acuerdos a los que habían llegado El Maansul y Semperia, al fin y al cabo era un simple teniente, pero todavía sentía un nudo en el estómago cuando recordaba las palabras de Azzam al entrar en la tienda de mando</p>
<p>-¡Ya está hecho!-decía alegremente- ¡vamos a aplastar a esos bastardos! No va quedar piedra sobre piedra. Hazaria arderá y con ella todos esos perros sarnosos que se creen el ombligo del mundo…-</p>
<p>Azzam había desplegado un mapa sobre la mesa de madera de la tienda y explicado, hasta donde a él le concernía, los movimientos de las tropas de El Maansul.</p>
<p>La unidad de caballería de Jarik sería de las primeras en intervenir, atacando sistemáticamente a las patrullas fronterizas hazarianas, en pequeñas escaramuzas e informando de los movimientos que el país vecino hiciera.</p>
<p>Eso había sido la mañana del día anterior.</p>
<p>Durante la noche, el teniente Remar Sadé, Jarik el espía, había huido con toda la información posible y se dirigía hacía la frontera de su país.</p>
<p>Un ruido tronante de cascos, alertó a Jarik. Sin duda ya habrían descubierto su engaño, así como a los dos centinelas que había tenido que degollar, hombres de su propia guardia, leales al teniente Remar.</p>
<p>El espía hazariano se movió, silencioso como una serpiente al acecho.</p>
<p>Salió de la zona boscosa y remontó lentamente una suave loma, en dirección a una zona de vegetación alta, pero libre de árboles.</p>
<p>Se escondió en una pequeña formación rocosa que encontró entre los altos juncos y observó.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Descendió la ligera pendiente, serpenteando en los verdes y largos matorrales. Varias decenas de metros más adelante, la zona de vegetación alta terminaba, dando paso a un suelo pedregoso, prácticamente despejado.</p>
<p>Jarik avanzó hasta dejar atrás la protección de los juncos y entró en la zona despejada. El inconfundible rugir de las aguas de un río llenó sus oídos.</p>
<p>&lt;&lt;Bien, estoy cerca de un río, no será difícil perderles&gt;&gt;-pensó el espía.</p>
<p>Remontó otro cúmulo de grandes rocas, un resplandor se veía más intenso justo detrás de la formación granítica. A lo lejos. Parecía un pueblo.</p>
<p>Se encaramó a una de ellas, grande y con forma de huevo.</p>
<p>Cuando iba a coronar la gran roca sintió un dolor terrible en el hombro derecho. Perdió agarre y se precipitó desde el peñasco, golpeándose contra el suelo, una caída de más de dos metros.</p>
<p>Gimió de dolor. En el suelo, partido había parte de un astil emplumado. Se palpó el hombro y una oleada de dolor le recorrió todo el brazo.</p>
<p>Con un esfuerzo sobrehumano se levantó. Por los intensos pinchazos que sentía debía de tener un par de costillas rotas.</p>
<p>Arrastrándose como una culebra fue hasta la zona de juncos altos. Si se tumbaba allí y no se movía tal vez los despistara.</p>
<p>Pasaron un par de minutos, que al espía se le hicieron eternos. El rocío de la gélida mañana le empapaba el cuerpo, haciendo que la sensación de frío se incrementara.</p>
<p>Justo cuando Jarik iba a salir, el estruendo de los caballos lo detuvo y una gota de sudor corrió por la espalda del hazariano.</p>
<p>Rezó a Loth, el Creador, para que le diera suerte, y girando la cabeza se atrevió a mirar a sus perseguidores.</p>
<p>Eran tres guerreros, vestidos con cota de cuero tachonado de metal y casco con nasal.</p>
<p>Iban armados con escudos de acero, espadas largas y lanzas largas. Dos de ellos portaban además largos arcos de guerra y sendas aljabas llenas de flechas.</p>
<p>Montaban caballos ligeros, muy rápidos y resistentes, entrenados para maniobrar con gran precisión y así servir en acciones de hostigamiento a unidades pesadas.</p>
<p>&lt;&lt;Mi propia guardia&gt;&gt; pensó Jarik.</p>
<p>El dolor del hombro era insoportable, y el estar tumbado boca abajo sobre el frío suelo no contribuía a mejorar los daños que había sufrido el espía en las costillas.</p>
<p>Los guerreros lanceaban sin parar la alta maleza. Era solo cuestión de tiempo que una de esas lanzadas diera con él, así que Jarik decidió arriesgarse.</p>
<p>Reptó hacia atrás unos metros, pero las piedras que sembraban el suelo hicieron que el dolor se acrecentara.</p>
<p>Jarik emitió un gemido lastimero, y los guerreros de El Maansul, antaño sus propios hombres, se giraron en redondo al oírlo. Avanzaron rápidamente, con las armas listas, y Jarik supo que estaba perdido, así que decidió vender cara su vida.</p>
<p>Se levantó, sacando en el mismo movimiento un cuchillo arrojadizo que llevaba escondido en la zona lumbar, y se lo lanzó al primero de los exploradores. La hoja, perfectamente equilibrada, voló rauda y se clavó en el cuello del guerrero montado. El hombre cayó al suelo agarrándose la garganta. Entre sus dedos, la sangre se escapaba rítmicamente. Los latidos de su corazón, destinados a mantenerlo con vida, ahora marcaban el ritmo de su muerte.</p>
<p>Los otros dos cruzaron los escudos sobre el pecho y avanzaron.</p>
<p>Jarik desenvainó su espada larga y se dispuso a morir. Sin embargo a los pocos pasos, los jinetes se detuvieron. Intercambiaron una mirada y unos susurros apresurados. Entonces, uno de ellos clavó la lanza larga en el suelo y de la grupa de su caballo extrajo un abultado fardo.</p>
<p>Lo extendió pesadamente para descubrir una red de captura.</p>
<p>&lt;&lt;Quieren llevarme con vida&gt;&gt; pensó Jarik horrorizado. Tenía la esperanza de que los jinetes acabaran con él allí mismo. Y los secretos que tenía sobre Hazaria murieran con él.</p>
<p>Sabía que si lo capturaban, los procesos de tortura serían eficaces tarde o temprano. Lo había visto muchas veces. Solo le quedaba una cosa por hacer.</p>
<p>El espía hazariano dio la vuelta a la hoja de la espada, con el ahusado extremo apuntando a su estómago.</p>
<p>Los jinetes cargaron hacía él. Cada uno sostenía de un extremo la red de captura. Una punzada de terrible dolor le recorrió las costillas. Inspiró. Un segundo demasiado tarde.</p>
<p>La red se abatió sobre su cuerpo y le arrebató la espada de las manos. Jarik lanzó un grito de desesperación, que el asta de una lanza se ocupó de acallar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Azzam se giró dentro de su tienda cuando los dos guardias trajeron, cogido por debajo de los hombros, el castigado cuerpo de Jarik.</p>
<p>El espía hazariano arrastraba los pies, incapaz de mantenerse erguido por sí mismo.</p>
<p>Su ojo izquierdo estaba morado y tan hinchado que apenas podía abrirlo. La nariz rota y la falta de múltiples piezas dentales, explicaban a la perfección el “trato de cortesía” que había recibido.</p>
<p>Azzam se acercó, despacio. Sus ojos marrones expresaban pesadumbre. Los guardias no se movieron ni un ápice.</p>
<p>-Remar… ¿Por qué?- preguntó en un susurro.</p>
<p>Jarik levantó poco a poco la cabeza. Su castigado rostro parecía no entender la pregunta. Una baba sanguinolenta se escurrió desde sus labios partidos.</p>
<p>-¿Cuánto tiempo llevas engañándome, Remar? Éramos amigos…éramos hermanos… ¿por qué?- volvió a preguntar Azzam.</p>
<p>Jarik no contestó.</p>
<p>-Con mis propias manos maté al mensajero que me trajo la noticia de tu traición. No podía dar crédito…-Azzam se acercó, y su tono desesperado dolió más a Jarik que todas las heridas de su desmadejado cuerpo-&#8230;y aun sigo sin hacerlo. Dime que no eres un traidor,…dímelo Remar y te creeré…-</p>
<p>Jarik levanto la cabeza todo lo que pudo.</p>
<p>-Soy…soy u…un soldado…de…de Hazaria…- respondió el espía.</p>
<p>Azzam asintió levemente. Su rostro era como un bloque de granito. Miró a los dos guardias y su voz fue tan pétrea como su mirada.</p>
<p>-Crucificadle-.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>*          *          *          *          *          *          *          *          *          *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La luz de la mañana penetró por los pequeños resquicios de la ventana de madera. Dentro de la casa, Steve Berman, se desperezó cansinamente. El joven leñador abrió ligeramente los ojos. Sonrió. Se giró y el olor de los cabellos dorados de Arla, su esposa, le llenó de gozo.</p>
<p>Se levantó con cuidado, pues Arla podría dormir un rato más. Aun era temprano.</p>
<p>Como cada mañana, se vistió y se lavó en la tina de agua fría. El gélido líquido lo desperezó del todo. Desayunó unas gachas de avena con un buen trozo de carne y un pichel de cerveza tibia.</p>
<p>Cuando hubo terminado, Arla estaba despierta. Hicieron el amor. Después cogió su hacha y salió a la fresca mañana. Inspiró el aroma primaveral de las flores silvestres, escuchó el canto de los pájaros y el murmullo de las gentes que iniciaban una jornada más en la pequeña aldea de Ram-Tor.</p>
<p>El pueblo prosperaba, y él era un esposo feliz.</p>
<p>Anduvo por la calle, principal, era buen mozo y las chicas casaderas le miraban picaronas, a pesar de que su corazón jamás podría pertenecerlas.</p>
<p>En la plaza, los chiquillos, traviesos corretearon a su alrededor, atrayendo la regañinas de sus atareadas madres.</p>
<p>Salió del pueblo, en dirección al bosque, dejando atrás los rítmicos martilleos de Magnus, el herrero local.</p>
<p>A pesar de que el sol le cegaba en parte, le fue posible distinguir a lo lejos una gran polvareda. Pensó que los carromatos para la fiesta de la primavera llegaban un poco pronto, pero no le dio más importancia.</p>
<p>A medida que acortaba la distancia, su visión se aclaró y pudo vislumbrar una columna de hombres montados, en formación de a dos, que se dirigían al trote por el camino, en dirección a la aldea. Le extrañó la cantidad de jinetes que había. Muy superior a los de una patrulla fronteriza normal.</p>
<p>Steve redujo su enérgico paso, hasta detenerse, cuando se dio cuenta de que la formación se abría en abanico y los caballos pasaban progresivamente del trote al galope.</p>
<p>El hacha de leñador cayó de sus temblorosas manos. Comenzó a retroceder, unos pasos vacilantes al principio…luego, el terror se apoderó de su cuerpo como un parásito. Los pesados cascos levantaban pedazos de hierba fresca, casi con lentitud…las lanzas bajaron en perfecta sincronía…</p>
<p>Un grito ahogado surgió de la garganta de Steve…un lamento silencioso de aviso que nunca llegó a producirse…</p>
<p>La guerra había comenzado.</p>
<p><em>  Por Ricardo Garrido. Para David, por el tiempo que estás dedicando a ayudarnos. Gracias amigo.</em><br />
<a href="http://www.safecreative.org/work/1204061432384" xmlns:cc="http://creativecommons.org/ns#" rel="cc:license"><img src="http://resources.safecreative.org/work/1204061432384/label/standard-72" style="border:0;" alt="Safe Creative #1204061432384"/></a></p>
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		<title>Presentación Profesión VII &#8211; Caballero (Juego de Rol)</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Mar 2012 10:27:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ricardo Garrido</dc:creator>
				<category><![CDATA[Histórico]]></category>
		<category><![CDATA[Medieval]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Rol]]></category>
		<category><![CDATA[Edad Media]]></category>
		<category><![CDATA[Juegos]]></category>
		<category><![CDATA[Ocio]]></category>

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		<description><![CDATA[Aquí tenéis un nuevo relato corto, perteneciente a otra de las profesiones del juego de rol que estamos diseñando. Esperamos que os guste. Arcángel se mantuvo al paso, reforzando la línea de carga. Sus poderosos cascos levantaban la hierba y &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/03/presentacion-profesion-vii-caballero-juego-de-rol/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Aquí tenéis un nuevo relato corto, perteneciente a otra de las profesiones del juego de rol que estamos diseñando. Esperamos que os guste.</em></p>
<p>Arcángel se mantuvo al paso, reforzando la línea de carga. Sus poderosos cascos levantaban la hierba y gruesos pedazos de barro saltaban en todas direcciones.</p>
<p>Lentamente, la formación fue cogiendo velocidad, pasando del trote al galope. Sir Robert Ballister puso su lanza de caballería en ristre y junto con sus hermanos de orden avanzó contra la formación de piqueros.</p>
<p><span id="more-172"></span></p>
<p>Los grandes caballos de batalla atravesaron la línea de infantería como una hoja de acero al rojo en un montón de nieve.</p>
<p>Las afiladas pezuñas  aplastaron cabezas y cuerpos. Llegó un momento en que la lanza de Robert se partió. La tiró y sacó su espada. Su escudo estaba abollado y la pintura descascarillada, y él ni siquiera se había dado cuenta de cuando había sucedido eso.</p>
<p>El campo de batalla era un verdadero hervidero.</p>
<p>Los gritos de los hombres heridos, las cabezas cortadas y los miembros amputados, los caballos atravesados por las largas picas…aquello era el infierno.</p>
<p>Robert rajó a un franco desde el hombro hasta la mitad del pecho.</p>
<p>Dio un tirón, extrajo el acero del cadáver, giro hacia el flanco contrario de Arcángel y seccionó el brazo de un enemigo que combatía contra otro caballero.</p>
<p>La gualdrapa de su caballo estaba cubierta de sangre y restos de carne y ya no se distinguían los colores de su escudo de armas.</p>
<p>Un golpe en el lateral del yelmo lo derribó del caballo. El espaldarazo lo dejó sin respiración. Un infante franco se lanzó contra el con su misericordia en la mano, pero el adiestramiento de Robert jugó a su favor. Levantó la espada en diagonal y atravesó las entrañas de su adversario. El pobre diablo puso los ojos y blanco y un chorro de vómitos manchó el pecho del caballero.</p>
<p>Un franco vestido con armadura de cuero y una espada mugrosa se lanzó hacia él, aullando. Robert levantó el escudo y detuvo la torpe acometida, para después cercenar la mano de su enemigo que portaba la espada. El infeliz lanzó un alarido y se lanzó a por el caballero. Robert no había previsto aquello y ambos cayeron al suelo. El franco se incorporó pero la lanza de un jinete de caballería ligera le atravesó el costado al pasar junto a él. Robert se quitó de encima el cadáver. Cuando consiguió levantarse la batalla había terminado.</p>
<p>Apenas unos minutos. Eso era la caballería. Lejos quedaban los  ideales, la cortesía, el honor y los buenos modales. Lejos quedaban las damas, los certámenes de cetrería y las palabras de los sacerdotes exculpándoles de los pecados.</p>
<p>Por encima de todo, Robert era un guerrero. Pensó, antes de agarrar a Arcángel por las riendas, que mucho tendrían que rezar los curas para absolverle de matar a tantos seres humanos de aquella manera tan horrible.     </p>
<p>      Por Ricardo Garrido y Fernando Bendicho.</p>
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		<title>Nuevo sitio</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Mar 2012 14:00:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Administrador</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Os volvemos a saludar, esta vez desde el nuevo y esperamos que definitivo sitio de este nuestro proyecto. Hemos decidido a dar el paso de activar nuestro propio servidor y dominio, desde donde os damos la bienvenida, y esperamos que &#8230; <a href="http://www.relatosdesdevalheim.com/2012/03/nuevo-sitio/">Sigue leyendo <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Os volvemos a saludar, esta vez desde el nuevo y esperamos que definitivo sitio de este nuestro proyecto. Hemos decidido a dar el paso de activar nuestro propio servidor y dominio, desde donde os damos la bienvenida, y esperamos que disfrutéis tanto o más que el anterior.</p>
<p>¡Muchas gracias a todos!</p>
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